
Gabriel García Márquez quería que se hiciera una película de El otoño del patriarca, pero no le valía que la dirigiera cualquiera. Tenía que hacerlo Akira Kurosawa. Su empeño era tal que se lo propuso en persona durante una larga conversación que los dos mantuvieron en Tokio en octubre de 1990, cuyos extractos se publicaron más tarde en Los Angeles Times. «Si usted puede y quiere y se le ocurre», le dijo al cineasta japonés, «puede hacer con ese libro lo que quiera. Creo que lo único que se puede hacer con ese libro en cine es encontrar a alguien como usted, que haga lo que quiera. Adaptarlo al cine yo creo que es imposible. Repensarlo en cine en otra cultura completamente distinta yo creo que sí es posible, si es una persona como usted». El director de Rashōmon y Los siete samuráis alegó que todavía estaba rematando su última cinta, Rapsodia en agosto, y escapó de la encerrona comprometiéndose a echarle una pensada al asunto. El otoño del patriarca es un libro de doscientas setenta páginas con una prosa enrevesadísima, sin apenas puntos y seguidos, cuya trama no transcurre de forma lineal. Kurosawa, que tenía ochenta y un años, nunca se prestó a adaptarlo.
Con Cien años de soledad las cosas eran distintas. Con Cien años de soledad no habría valido ni su admirado Kurosawa. García Márquez, que estudió cine en su juventud, que escribió multitud de guiones y que permitió la adaptación cinematográfica de varias de sus novelas, se negó a que la más leída de todas llegara a la gran pantalla. En La bendita manía de contar, donde se transcriben las lecciones de guion que impartía en Cuba, explica que lo hacía para «respetar la inventiva del lector, su soberano derecho a imaginar la cara de la tía Úrsula o del Coronel como le venga en gana», aunque no conviene creérselo demasiado: en otros puntos del mismo libro alaba encendidamente el trasvase de los personajes de las páginas a la pantalla, admitiendo que la interpretación de los actores puede y suele enriquecerlos. Que la hipotética adaptación de Cien años de soledad fuera a constituir un resumen de la novela o que tuviera que rodarse en inglés debieron ser factores de peso en su contra, pero tampoco parecen determinantes. Desde luego, no lo fueron en el caso de las demás películas que adaptan libros suyos, todos acortados, ni en el de Love in the Time of Cholera, la adaptación en inglés de El amor en los tiempos del cólera estrenada en 2007. ¿Era la consustancia literaria, entonces, aquello por lo que temía García Márquez? ¿La irremediable desaparición de las palabras, el silenciamiento de su aplaudido estilo literario? Pues mire usted, es que tampoco lo parece. En ese sentido, El otoño del patriarca es una novela mucho más compleja y singular que Cien años de soledad, y el hecho es que se la ofreció a Kurosawa.
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Buena y ya y según qué criterio? Para quienes estamos acostumbrados a ver nuestros actores, no es muy claro que hayan hecho el papel de sus vidas, tal vez han ido lejos en el auto elogio y el mutuo elogio y también hay que saber actuar eso. De los extranjeros contratados para encarnar personajes decisivos en la novela, no hay uno solo que no le haya quedado impostada la actuación, como si en su vida hubieran leído una línea de Gabo. Y lo del dinero y la industria no es la más acertada queja. Hay milagros en el cine que hicieron Tarkovski, Da Sica, Fellini, Kusturica (quien por cierto entiende lo hiperbólico como un Bajkthin y debió haber sido el director) con presupuestos bajísimos pero obras maestras impagables y tesoros nacionales.