
Nos nutrimos de las imperecederas obras de nuestros artistas favoritos, aquellos que parecen hablarnos como si nos conocieran y alumbran recónditos lugares de nuestra psique que no habíamos osado hollar, adhiriéndose a nuestros propios recuerdos como si formasen parte de la existencia vivida. Sin embargo, a menudo olvidamos que trenzar una creación suprema —un poema o canción, un cuadro o escultura, una novela o película…— requiere un largo aprendizaje, que no es tanto técnico como vivencial, durante el cual los esbozos tirados a la papelera y los proyectos abandonados a medias, o sencillamente no iniciados, han superado ampliamente a la obra materializada y traída hasta la realidad. Convengamos en que esta pauta tiene su reflejo en la naturaleza, cuyas criaturas son el exiguo producto del desperdicio seminal en nombre de la supervivencia del más fuerte. Solo que nosotros podemos, a veces, rescatar esos esbozos o imaginar lo que hubiese podido ser y no fue.
¿Cuántas grandes obras se perdieron antes de nacer? La pregunta parece pertinente en esta época de acceso total e instantáneo a casi toda expresión cultural del pasado. Hoy que vuelven películas y discos restaurados y ampliados, en una generosa limpieza de armario que —con excepciones— desmerece la obra original más que la amplía o explica, tal vez el siguiente paso sea el de las ideas que no llegaron a cuajar o quedaron en el tintero. Un campo inabarcable, por supuesto, pero soñar aún es gratis. No caigamos, empero, en la glotonería imaginativa, ciñámonos a lo plausible y olvidemos a Homero dándole ideas a Shakespeare para el guion —firmado por Charles Dickens y Ben Hecht— de una producción virtual en 3D con decorados de Velázquez, efectos especiales a cargo de Picasso y dirección de Federico Fellini u Orson Welles (quien, por cierto, fue un campeón de los grandes sueños irrealizables o, más prosaicamente, no realizados). Seamos realistas y pongamos, un ejemplo, que Sam Shepard, Lou Reed y Martin Scorsese hubiesen hecho una película juntos.
Y ahora viene lo bueno: pudo haber sucedido. En 1985, recién salido de la universidad, Jack Lechner logra un primer empleo como chico para todo en una productora, con sede en Manhattan, que elabora programas dramáticos para la televisión pública. Consciente de que su jefe sueña con algún día poder levantar una producción cinematográfica de alcurnia, el esforzado empleado trata de imaginar posibles escenarios para que eso suceda en el futuro próximo. En aquellos días de la plaga yuppie, escucha a todas horas el nuevo álbum de Lou Reed, New Sensations, músico a quien sigue desde sus años universitarios. En el nuevo repertorio y remozado sonido del disco, el áspero cantautor rock parece más amable y contemporáneo que en anteriores grabaciones. Abre la segunda cara del elepé una canción titulada «Doing the Things that We Want to», en la que sorprendentemente Lou proclama su amor por las películas de Martin Scorsese y las obras teatrales de Sam Shepard.
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Notable ejercicio de imaginación. De todas formas, si pudiera elegir, preferiría ver un documental filmado de esa cena, en lugar de contemplar la obra que hubiera salido de ese encuentro, que vaya uno a saber si hubiese estado a la altura de las expectativas.