Arte y Letras Lengua

La importancia de llamarse Pérez

smith
Rufus Sewell como John Smith en El Hombre en el Castillo. Imagen: Amazon Prime.

Un inglés, un francés y un español sobrevuelan Jutlandia cuando el motor falla. El piloto, un polaco, pide calma pero el copiloto ruso y la azafata griega se abrazan antes de empezar a gritar. Son, por orden de aparición, Smith, Lefévre, Herrero, Kowalski, Kuznetsov y Siderakis. No hay chiste, pero sí una maravillosa coincidencia: todos los apellidos significan «herrero».

Lo de los apellidos es algo que interesa porque todos tenemos uno. Los hay de todos los colores y tamaños, y más o menos todos nos hemos molestado en saber de dónde viene el nuestro. Nos gusta saber por qué narices nos apellidamos Retuerto Limón, e incluso una vez pensamos en cambiar el orden, pero al final no. Un apellido es de lo poco que ni se compra ni se vende; viene de serie con lo que, a diferencia de un chándal de felpa amarillo o unas botas de piel de serpiente, dice muy poco de quiénes somos. Nos pueden sonar más o menos bonitos o feos pero hablamos de lo mismo en todas partes: hasta que se popularicen nombres tan categóricos y definitivos como el del retoño de Elon Musk (X Æ A-12,), los apellidos seguirán siendo imprescindibles para identificarnos y diferenciarnos los unos de los otros.

Hubo una época en la que no hacían falta. La gente vivía en pequeñas aldeas donde todos se conocían y bastaba con un nombre para moverse en sociedad. Todo se torció en la Edad Media, cuando comenzaron a formarse núcleos de población donde la gente se empeñaba en compartir un mismo nombre. Una forma de distinguir a un Leandro de otro era por  sus oficios. Así surgen los Herrero, lo mismo que los Molinero —Miller y Müller en inglés y alemán—, los Zapatero (Shoemaker, Schumacher), los Sastre (Taylor, Schneider) o los Pastor (Sheppard, Schäfer), entre decenas sino cientos de ocupaciones. Smith, por cierto, es el más común entre los ingleses. En España no vemos a Herrero sino a García en lo más alto del podio (casi un millón y medio de propietarios y en el Top 10 del ranking de Estados Unidos).

Para aquellos sin oficio conocido siempre se podía usar el nombre del padre y derivarlo en un González («hijo de Gonzalo»), Pérez (de Pere, Pedro), Ramírez, etc. En España fue allá por el siglo XV cuando se comienza a utilizar el patronímico como una prolongación del nombre, independientemente de cuál fuera el del progenitor. Probablemente esa haya sido la fórmula más recurrente para construir apellidos. Es el Johnson inglés, que no es sino «hijo de Juan», lo mismo que el Johansson sueco, el Johanssen noruego o el Ivanov ruso. Ya que estamos, sepan que Tolstói nos llega de tolsti, «gordo», y Chéjov de chijat, «estornudar». Probablemente todos esperábamos algo más de gente tan insigne pero no deja de corroborar la naturaleza completamente arbitraria de los apellidos.

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14 comentarios

  1. Alan Moore agradecido por el guiño

  2. Qué buen artículo!

  3. Y yo a él muchísimo más. Muchísimo.

  4. Me pregunto qué clase de procesos dio lugar a nombres tan hermosos como «Joāo Domingo Getulio da Costa e Amaral do Nascimento» ;).

  5. Y (tengo entendido que) en la India los ingleses pusieron los apellidos por zonas geográficas y por eso hay tantos PATEL! (pasaría parecido en Vietnam con los Nguyen, que lo asignaron por zona geográfica)
    Me ha encantado el artículo :) muy bien escrito Karlos zzjdjzjz ;)

  6. Palmira Figatova

    ¿Y a que no sabes decir el significado de mi apellido?

  7. Con los artículos de Jotdown, siempre se aprende algo interesante ;)

  8. Excelente artículo. Ameno e instructivo. Al descubridor de las cataratas del Iguazú lo conocemos por su sobre nombre, no por su apellido. Alvar Núñez Cabeza de Vaca. No está mal como apellido compuesto.
    De pibe cantábamos,
    Cabeza de Vaca descubrió las cataratas.
    y como brújula usaba sus cuernos, con uno
    señalaba el norte y con el otro el infierno

  9. Puntualización: Es -dóttir, con acento. En islandés cambia la pronunciación de la vocal. Felicidades por el artículo.

  10. Sería posible poner el segundo apellido de los padres?
    Y el segundo apellido de la madre en primer lugar y el segundo apellido del padre en segundo lugar?
    Combinaciones las que quiera????

  11. Si quisiéramos rendir homenaje a nuestra evolución biológica desde sus inicios, lo ideal sería identificarnos, primero, con el apellido de nuestras madres, y si es compuesto, con el de nuestras abuelas como segundo. Con ellos podemos llegar científicamente sin sobresaltos hasta nuestra Eva primigenia, de mujer en mujer siguiendo el rastro mitocondrial. Con el de nuestros padres siempre terminamos en la mujer que parió una femenina disfrazada de hombre. Un obstáculo en detrimento si queremos remontarnos hacia atrás por pura curiosidad, no insalvable, por cierto, pero espurio.
    Aunque nos pese, todo se reduce a la
    dimensión del clítoris femenino, un pene
    de escolta en caso de peligro existencial,
    con dos ovarios que pueden ser testículos,
    con más masa muscular y con un instinto
    superior para el espacio tridimensional,
    y como se nos ha prohibido el cuidado
    de la prole hemos tenido tiempo para
    dedicarnos a lo que más nos representa;
    la poesía, la filosofía, la religión, el teatro,
    las estrategias, las guerras y todo el resto
    que nos hacen más machos.

  12. Fu Xi es una figura mitológica y legendaria, así que considerarlo como un emperador real es bastante dudoso, sobre todo cuando la primera dinastía china de la que hay documentos históricos fidedignos es al menos 1000 años posterior a ese año 2852 a.c. del artículo…
    A parte de esa exageración, un artículo muy ameno.

  13. Manuel Queimaliños Rivera

    Entretenido, con buena información y muy , muy simpático. Si un artículo puede ser simpático. Pero me he reído. Y he aprendido.

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