Música

Vete a casa, free jazz, estás borracho

Free jazz 1
Ornette Coleman, artífice de Free Jazz, en el Moers Festival de 2011. Imagen: Michael Höefner (CC).

No estaba tan interesado en que me pagaran. Yo quería ser escuchado. Por eso estoy arruinado. (Ornette Coleman)

A principios de los sesenta, existían pocos lugares más acogedores para los músicos del Midtown neoyorquino que el 116 de la 48 Este. Porque aquella era la dirección donde se emplazaba el Jim & Andy’s, una alegre tasca por la que se paseaban constantemente criaturas relacionadas con el negocio discográfico: músicos de jazz, artistas de Broadway, cantantes de renombre, compositores, arreglistas, productores con pasta y todo tipo de similares seres amigos de beber mucho, dormir poco y evitar el dulce hogar para amargarse en una barra. Gente para la que el Jim & Andy’s funcionaba como un hospitalario segundo techo bajo el que refugiarse en Manhattan. Algo que ocurría muy a menudo debido a que dicho lugar no solo ofrecía bebida y comida a los artistas, sino que también les proporcionaba un almacén en el que apilar los instrumentos, un banco informal para los ahorros, un servicio de préstamos e incluso una línea telefónica donde los recados de los músicos eran recogidos diligentemente por el gerente del lugar, Jim Koulouvaris, un griego que había bautizado el bar con su nombre y el de su gato, Andy.

Pero lo más curioso e inusual del Jim & Andy’s era un altavoz que lucía orgulloso atornillado a una de las paredes del local. Un aparato que se utilizaba como canal de comunicación directa (en ambos sentidos al tener instalado un micrófono) con la sala de grabación A&R Studio, situada en el número 112 de la 48 Este, a un puñado de pasos de la taberna de Jim. Lo gracioso del asunto es que aquel sistema de megafonía había sido ideado e instalado por los propios responsables del A&R Studio con el objetivo de localizar a los músicos, esos especímenes que acostumbraban a escabullirse hacia la cantina más cercana, para rogarles desde el estudio que volviesen a ocupar su puesto durante las grabaciones.

Pero el A&R neoyorquino fue mucho más que un estudio con conexión directa a una barra de bar repleta de artistas borrachos. Porque entre sus paredes se gestaron sesiones legendarias que revolucionarían la historia de la música. Empresas tan importantes como la arriesgada aventura acontecida el 21 de diciembre de 1960, cuando Ornette Coleman (1930-2015) entró en dicha sala de grabación junto a siete compañeros de tropelías para parir del tirón el sorprendente Free Jazz: A Collective Improvisation. Un disco tan especial, inverosímil y único como para dividir de manera brutal a la audiencia: cuando Free Jazz se publicó, los críticos musicales y los eruditos del jazz no fueron capaces de ponerse de acuerdo sobre si aquello era una genialidad o una tomadura de pelo enorme: la revista Down Beat publicó una doble reseña firmada por dos expertos musicales diferentes, uno de ellos calificaba el disco con cinco estrellas. Y el otro con cero.

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9 comentarios

  1. Carlos Sardiña Galache

    Con todos los respetos al autor del texto y sin desmerecer la revolución del gran Ornette Coleman, decir que el jazz «se había enquistado al acurrucarse en su propio ombligo y demostrar un carácter cabezota y conservador» en 1959 (cuando aquel año se grabaron obras tan avanzadas en diferentes aspectos como «Giant Steps» de Coltrane, «Mingus Ah Um» de Charlie Mingus, «Kind of Blue» de Miles Davis, el «Time Out» de Dave Brubeck con sus innovaciones rítmicas o el «Love for Sale» de Cecil Taylor) es sencillamente falso.

    • Esto mismo venía a decir yo.

    • Todo lo anterior, refrendado en el excelente documental «1959: el año que cambió el Jazz». (Detalle que nos da luces de lo dramáticamente «enquistado y acurrucado» que estaba el Jazz por ese año).
      Al parecer, hubo alguien que no se fue a casa…

  2. Constantino

    El problema del free jazz es parecido al del teatro de Samuel Beckett y la música contemporánea clásica. Conceptualmente son fantásticos, pero no gustan a nadie. Ni siquiera a sus entusiastas. Recuerdo a Th. W. Adorno, quien loaba la música dodecafónica… pero en su casa se escuchaba a Bach, Beethoven y Mozart.

  3. Parece que el autor se sorprende de que alguien hays colgado el disco en youtube, como si fuera algo discordante en un lugar donde solo hay pop comercial. Hay discos mucho más extremos ahí metidos, y casi todos ellos con comentarios de gente que verdaderamente los disfruta.

    No es para tanto.

  4. Muy interesante artículo, felicidades al autor. Sólo comentar que no existe la nota «do menor», menores o mayores pueden ser los acordes, pero no las notas. Tampoco me queda claro porqué dice que después de la paliza se «pasó al saxofón alto»; ¿es que tocaba otro tipo de saxofón antes?

  5. Pingback: Para el Free Jazz hay que valer - Caravan

  6. Pingback: 'Tom y Jerry': la rivalidad como razón de ser - Jot Down Cultural Magazine

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