Cine y TV

Antoine Doinel: Truffaut ante el espejo

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Jean-Pierre Léaud en Les quatre cents coups, 1959. Fotografía: Cordon Press.

Si va a perder el tiempo inútilmente viendo algún vídeo en YouTube, piérdalo bien. Eche un vistazo al entrañable casting de Jean-Pierre Léaud para el papel protagonista de Los cuatrocientos golpes (1959), donde aparece filmado de medio cuerpo y luciendo todo el desparpajo y la espontaneidad que caben en un minuto y medio. François Truffaut, cuya voz escuchamos fuera de plano, le pregunta cuántos años tiene. «Catorce». «Pues eres un poco mayor para el personaje». Léaud esquiva el dardo y sale rápido al quite: «Bueno, pero no soy muy alto». «¿Puedes interpretar a un niño de doce y medio?». Léaud, seguro de sí mismo: «Sí, creo que sí, además dice usted que busca a un chaval con gracia, yo lo soy… a mí los chavales que piensan mucho como que…». Truffaut le pregunta entonces de dónde viene, y cuando Léaud confiesa que se ha escapado del internado en el que estudia para poder acudir a la prueba el cineasta responde severo: «Pues no se van a poner muy contentos cuando se enteren». Léaud se cuadra y dispara: «¿Eso qué más da mientras yo esté contento?». La última pregunta: «Y tú, en la vida, ¿eres más bien triste o alegre?». El chaval luce entonces la sonrisa más grande y segura de sí misma del mundo y exclama: «¿Yo? ¡Yo soy una persona muy alegre!». 

Y seguramente no lo era del todo, porque tras las semanas de rodaje que siguieron (en las que Léaud se divirtió tanto que Truffaut le tenía que recordar a cada momento que intentara reírse lo menos posible mientras estaba en el plano) el muchacho rompió a llorar tras ver la película completa por primera vez. «Detrás de mi crónica autobiográfica, Jean-Pierre reconoció la historia de su propia vida», diría Truffaut. Después del rodaje Truffaut apadrinó al chaval y se convirtió en su mentor. Debió pensar que Léaud, que pronto se reveló un muchacho bastante difícil y de mala senda, lo necesitaba. Porque él mismo lo había necesitado años atrás.

Los cuatrocientos golpes es esa película-milagro sobre la adolescencia lacerante de Antoine Doinel, un chaval de doce años con todo el instinto y la inteligencia para salir adelante, pero al que la incompetencia de las figuras adultas de su entorno, gente que vale bastante menos que él, termina por hundirle la vida. Y Doinel es, ya sabe, el alter ego a través del que François Truffaut contaba su propia historia: el director fue un hijo no deseado, nacido fuera del matrimonio. Su madre se desentendió de él, fue criado por una nodriza y por su abuela, y a los doce años fue a vivir con su madre y con quien creía que era su padre. Truffaut descubrió la verdad tras una de las continuas discusiones que generaba su presencia no deseada en la casa, y se refugió entonces en las películas, entreteniendo su vida compulsivamente en las salas de cine durante los tiempos muertos transcurridos entre varias expulsiones del colegio y algún arresto por delincuencia juvenil. Su pasión cinéfila era lo único a lo que podía aferrarse y fue eso, en sus propias palabras, lo que le salvó, porque conoció entonces a André Bazin, el padre de los críticos franceses y el primer adulto comprensivo que se cruzó en su vida. Bazin se hizo cargo de él y le buscó un trabajo como crítico cinematográfico. A partir de ahí su biografía adquiere por fin cierta lógica: Truffaut defendería en las páginas de Cahiers du Cinéma que las películas deben ser un espejo de la propia experiencia y visión de la vida de su director, de ahora en adelante «autor», y cuando él mismo dio el salto a la dirección a los veintiséis años lo hizo para hablar de su temprana adolescencia. En el casting de Los cuatrocientos golpes se buscó a sí mismo y se encontró en los ojos de Jean-Pierre Léaud, que tras su aplomo dejaban entrever la realidad de un carácter problemático (y de algún cambio forzado de colegio). 

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2 comentarios

  1. ¡Qué bueno!

  2. En Carrie un imbécil de profe la ridiculiza porque Yeast le parece bonito,,, aquí hay que decir que Trufaut es lo más bonito, al modo cubano ( y claramente bueno, en sentido machadiano) que me pudo pasar a mí, sentado en la butaca de un cine… y, para colmo, postadolescente…

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