Arte y Letras Literatura

Cuando se despertaron, Cela ya estaba allí

Camilo José Cela, 1961. Fotografía: Cordon.
Camilo José Cela, 1961. Fotografía: Cordon.

España es un país tan pobre que no da para tener dos ideas de una misma persona. Así que si uno juega bien al mus no puede ser un buen podólogo, y si es un buen novelista no puede, por tanto, ser poeta.1 (Camilo José Cela)

No perdamos la perspectiva, no miremos solo a una de las caras del poliedro. Camilo José Cela no es un personaje como la mayoría, no llega un vistazo para apreciarlo en su totalidad y sería injusto por nuestra parte reducirlo a la banalidad del rostro y la máscara, el autor y la obra, o cualquier otra dicotomía perversa de esas que ayudan a apuntalar los prejuicios. Retírese el lector, si es tan amable, unos pasos atrás y entorne los ojos como lo haría para buscar la figura de tres dimensiones en una de esas láminas psicodélicas con las que jugábamos de pequeños.

Vayamos entonces al exacto punto medio del sujeto de estudio y observemos detenidamente: España, 1959.

Con apenas cuarenta y tres años, Camilo José Cela ya es académico de la lengua, el más joven en ingresar en la institución hasta la fecha. Ya ha publicado seis novelas, incluida La familia de Pascual Duarte, que escribió a los veinticuatro años, y La colmena, que ya ha sido traducida al inglés con prólogo de Arturo Barea2. Ya se ha repuesto del escándalo del contrato y la publicación de La catira, ha hecho al menos dos giras latinoamericanas y ha recorrido la Alcarria. Ha fundado Papeles de Son Armadans, la revista literaria mensual donde se dará voz a autores en todas las lenguas ibéricas, tanto exiliados como afines al régimen, lidiando con la censura del momento. Ha actuado en tres películas: El sótano, Facultad de letras y, en la última de ellas, Manicomio, dirigida por su amigo Fernando Fernán Gómez, su personaje come hierba y pega coces. Le han impuesto el Lazo de Isabel la Católica y le han echado de la Asociación de la Prensa. Se ha mudado a vivir a Mallorca desde Madrid buscando un lugar tranquilo donde mantener su férrea disciplina de trabajo sin demasiadas interrupciones. Ha declarado todo tipo de procacidades a los medios que han querido tomar nota de ello, tanto en España como en Hispanoamérica. Han malvivido, tanto él como su familia, hasta que le llegó el éxito literario dando conferencias, escribiendo artículos e incluso atendiendo un consultorio sentimental en una revista femenina. Intentó ser torero y tuvo un carnet del espectáculo que le autorizaba a serlo en «plazas abiertas y sin enfermería»3; aun así, tuvo que dejarlo porque, a pesar de su vocación por la lidia, contaba con un inconveniente insalvable: no sabía torear. Trabajó de censor, como sustituto de Eugenio Suárez, quien unos años más tarde sería director del famoso semanario El caso y describía así las consignas de la censura de entonces:

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Un comentario

  1. Graciñas e noraboa por este artigo, non coñecía moitos destes datos e alivia saber que un escritor que fixo cousas tan grandes -e outras tan de coña- non era tan falto de ética como a veces pareceu.

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