
Ascenso y derrota de Sergio Fajardo, el profesor de matemáticas que marchó a la selva de la política «desnudo de astucias».
Sergio Fajardo (Medellín, 1957) no desfallece jamás y responde a todas las críticas y cuestionamientos sobre sus posturas políticas afirmando con rotundidad que «la forma en que se llega al poder determina cómo se gobierna». Quien con niños se acuesta, mojado se levanta. Si llegas a gobernar con corruptos, tu gobierno será corrupto. Acudiendo a la tradición del pensamiento político occidental, resumiríamos la cuestión afirmando que, para el político antioqueño, «el fin no justifica los medios». Lea bien: «no» los justifica. Es decir, actuar de modo opuesto a lo muy asentadas que tenemos en la psique las presuntas enseñanzas de El príncipe, el tratado sobre el ejercicio del gobierno que Nicolás de Maquiavelo redactó como compendio de una vida al servicio del poder.
La edición con comentarios de Napoleón Bonaparte que publicó Austral en su venerada colección de clásicos, cuenta con la introducción del historiador italiano Giuliano Procacci. El comentario es una versión mucho más optimista que la interpretación siniestra del funcionario renacentista italiano. Para Procacci, el tema dominante de El príncipe no es ni mucho menos la falta de escrúpulos, sino la «regeneración de un organismo político corrupto» y de «su redención mediante la introducción de órdenes nuevos por obra de un príncipe nuevo».
Quiso Fajardo ser un nuevo príncipe. Corrupción y regeneración son sus temáticas constantes. Tanto en sus años como alcalde de Medellín, gobernador de Antioquia o en sus tres postulaciones a la presidencia de la República de Colombia, el nodo central de su propuesta pública es la misma: regenerar un país de infinitos problemas sin caer en el esquema de acceso al poder de su política tradicional. Que no es otro que un largo inventario de prácticas corruptas que van desde la compra de votos (que se pagan, posteriormente, con la obtención de contratos de la Administración en favor de quienes proporcionan esos votos) a la apropiación del gasto público mediante las más asombrosas técnicas de engaño. «Pocas manos y muchos ojos» es su fórmula para ese combate. No realizar acuerdos que rompan estos principios en la carrera electoral es la gran línea roja para no deber nada cuando se llegue al poder y así… gobernar como llegaste. Limpio.
Como el Maquiavelo de sus últimos días, Fajardo también compiló en un libro (que titula El poder de la decencia nada menos) su experiencia como candidato y cargo electo. Un compendio sobre cómo ejercer la vida pública, pero también un manifiesto político en la búsqueda, finalmente imposible, de la presidencia. Hector Abad Faciolince (el autor de la aclamada El olvido que seremos, otro intelectual paisa) es quien escribe el prólogo y quien advierte de la desnudez de trucos y artificios con la que el profesor de matemáticas se lanza a la jungla. E insiste en otra cosa más, especialmente importante en el auge y final de Fajardo como candidato a príncipe: su determinación en no dejarse etiquetar de «izquierdista o derechista, de socialista o neoliberal».
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Es el mejor analisis de estás elecciones que he leído. A mi parecer, Fajardo fue el único coherente de estás elecciones, siempre debe existir la objeción de conciencia. ¡Excelente artículo!
Fajardo nunca fue un mal candidato, de hecho es muy bueno. El error mas grave fue ese: Trinar «cumpliendo mi mas grande sueño de muchos años» cuando decia que la presidencia era su sueño de muchos años. Tal vez sin ese trino, le habria ido de forma muy diferente en estas elecciones en las que se puede notar, con bastante facilidad en la fotografia en la que revelaron los resultados, el aburrimiento y la decepcion.
Ademas de eso, solo faltaria hablar de Ingrid Betancourt. Nunca habia visto semejante despliegue de cizaña, lengua viperina
Te falta en tu análisis lo que fue vox pópuli, la donbernabilidad, con Gustavo Villegas como actor material de dicho pacto con el diablo. Eso le permitió «gobernabilidad» a Fajardo y que hiciera su biblioteca en Santo Domingo Savio (ya sabemos qué pasó con ese elefante blanco), el puente de Guadua que unía dos barrios (que se cayó pero del que nadie menciona, más detrimento), sus contratos con sus amigos y aportantes cuando fue alcalde. Habla de compra de votos, pero la campaña la compró el GEA y Conconcreto, entre otras, y se cobraron el favor por ventanilla. Ah, Orbitel, con sobrecostos. Y de gobernador? pues el contrato de aceleración de Hidroituango, desestimando las alertas por el pésimo desempeño del consorcio donde sus amigos de Conconcreto y Coninsa hacían parte. Y más, los escándalos de corrupción de Mauricio Valencia su sec. de infraestructura, el peculado a favor de terceros por Corpbanca, los elefantes blancos de Jessica Stephenson, su flamante directora de parques educativos, su altanería con las comunidades afectadas por el proyecto Hidroituango, enviándoles ESMAD para recordar que él es el propio, el «chacho», el moral e intelectualmente superior de los políticos que Antioquia ha visto nacer y prosperar. Ahora, desesperado intenta de nuevo ganar las regionales, retomar a Medellín (para devolverle a sus patrones del GEA las joyas de la corona EPM, Ruta N, la ACI, entre otras). Usted habla de corrupción por clientelismo querido Gonzalo, pero que más clientelismo que pagar una campaña para luego cobrarse los favores con contratos o proyectos que los beneficien. Así fue el GEA en el 2003, y luego Fajardo creó su gobierno corporativo permitiéndole al GEA controlar a EPM, al igual que entregarle y crear instituciones públicas para que el GEA las cooptara. Como se llama hacer contratos a dedo con aportantes a campañas, amañar términos de referencia para que se los ganen sus amigos…claro, esa es la corrupción más difícil de probar pero que es corrupción, lo es, y de lo más bajo. Lo que pasa es que el estilo cambia, es más light, más «educada» y menos «loba» que la que hacían políticos tradicionales