“Desde que tenía siete años la gente me decía: gana todo lo que puedas. Gana, gana, gana… llega a lo más alto, ya seas el presidente de una compañía o una superestrella. Mira, Pete, una vez llegues a eso, una vez tengas todo el dinero, las grandes casas, los coches, los yates; una vez tengas el poder… puedes sentarte junto a tu piscina y agitar los dedos de los pies en el agua mientras sostienes una bebida en la mano diciendo: ‘qué gran vida’. Y bien, amigos míos, eso es lo que yo hice. Y era tan desgraciado. Tan desgraciado. Subía en mi Porsche y lo conducía a 200 Km/h atravesando el puente. Tantas veces me venía la idea del suicidio a la cabeza. Todo lo que tenía que hacer era simplemente girar el volante unos diez grados… y ya está, sería historia. Todo el mundo diría: ‘vaya accidente, ¿no es terrible lo que le acaba de ocurrir a Pistol Pete?’. Pero no pude hacerlo. No tuve suficientes agallas. (…) Era como aquel día cuando tenía diecinueve años y estaba tendido en un aparcamiento, después de haber sido golpeado con porras por la espalda. Una chica vino hacia mí, yo estaba todo ensangrentado, tumbado en mi propio charco de sangre, medio inconsciente. Y ella cogió una pistola, la puso en mi boca, colocó las manos sobre el gatillo y dijo: ‘Pistol Pete, estás muerto’. Y recuerdo estar pensando: ‘Dispara. Hazlo. Ya no tendré nada de lo que preocuparme. Habrá solamente paz. Me habré ido, eso será todo: borrado de la existencia’. Pero Dios intervino y la pistola no funcionó”
Contábamos en la primera parte que Pete Maravich dejó la universidad investido de un aura de héroe mitológico. Aquel jugador adolescente para quien el baloncesto siempre lo había sido todo y que llevaba desde los siete años obsesionado con un anillo de campeón de la NBA, no podía estar más cerca de la cumbre: había batido todos los registros de anotación del baloncesto universitario con unas diferencias insultantes sobre el resto —diferencias que cuarenta años después siguen intactas— y habia establecido unas marcas de puntuación que son consideradas literalmente imposibles no ya de superar, sino de igualar. Además, sus canastas inverosímiles y sus pases acrobáticos habían provocado el delirio del público allá donde su equipo universitario había jugado. Sí, estaba en lo más alto.
Y sin embargo había un poso de continuo dolor en su interior. Tal vez fuese la total falta de autoestima. O la compleja relación con su padre, quien a la vez era su duro entrenador. O las carencias emocionales de su infancia. O la tremenda presión por cumplir unos sueños grandilocuentes que, en el fondo, eran sueños heredados que su progenitor había proyectado en él. Nadie lo sospechaba por entonces, pero el idolatrado Pistol Pete, el rey del campus, era un individuo infeliz.
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gran artículo y mejor persona, vaya conclusión.
BA-LON-CES-TO
Creo que se me ha metido algo en el ojo cuando estaba terminando el artículo…
No conocía la historia de Pistol Pete (sí sus números y movimientos), pero para alguien que lleva jugando desde los 3 años y con problemas de corazón desde los quince, la verdad es que es un ejemplo.
Un artículo sublime. Te has vuelto a superar.
Impresionante
Genial díptico. No puedo decir nada más.
No importa. Ha vuelto: http://www.youtube.com/watch?v=StHpaO-ROFw
Aplaudo enfervorecido.
Fantástico, E.J.
Genial artículo, si existe el cielo Pete estará allí driblando ángeles.
Me he emocionado, gran artículo, impresionante historia
Delicioso y trabajadísimo artículo. Enhorabuena
Hacia tiempo que no leia un artículo deportivo tan bien escrito, intenso, emocional.Enhorabuena (también por la revista, magnífica)
Simplemente genial. Mi más sincero agradecimiento por el artículo. Y gracias por tu juego Pete.
Desde mi absoluta ignorancia, porque nunca vi jugar a Maravich, y sólo tengo un vago recuerdo de Mirza Delibasic, ¿existe alguna comparación posible entre ellos, tanto a nivel baloncestístico como a nivel personal?
Hola, Óscar:
No es sólo cosa tuya, siempre se ha comparado a Delibasic con Pete Maravich. Tenía un fisico parecido. Y, salvando las distancias —eso por descontado— el estilo de juego estaba en la misma onda. Por entonces había aún más diferencia de nivel que hoy entre la NBA y Europa, una diferencia enorme de hecho, pero hay ciertas similitudes en su forma de jugar. Delibasic también mostraba un ramalazo artístico dentro de la cancha. Y una vida más bien desordenada fuera de ella, con connotaciones trágicas (la guerra, acusaciones truculentas a las que tuvo que hacer frente, etc.). E igualmente murió joven, no llegó a cumplir los cincuenta. Creo que psicológicamente eran individuos bastante diferentes, pero en cuanto al estilo de su baloncesto sí podría decirse que Delibasic era una especie de Maravich europeo.
Un saludo.
Tremendo artículo. Tremendo jugador.
Siempre agradecido por sus perlas sr. E.J. Rodríguez pero la de hoy… Muchísimas gracias!!!
Hay un aspecto de Pete Maravich que no se comenta en el artículo y que me gustaria saber.Cómo era Maravich en el aspecto defensivo?
Hola, Raponcio:
Maravich no era un buen defensor; no era la mejor de sus cualidades. Tenía una mentalidad muy orientada al ataque. Aunque como suele ocurrir con este tipo de jugador que tiene mucha visión de la pista y mente rápida, se le daba bien lo de robar balones. Pero eso era todo.
Pero vamos, nunca se le recordará como un buen jugador defensivo.
Un saludo.
Muy bueno!! Enhorabuena por el artículo
Impresionante. Desconocía su historia personal, solo tenía conocimiento de sus estadísticas.
Por cierto, no te parece exagerado o incluso lamentable q se compare a este jugador con ricky rubio?? a mi parecer, el único parecido puede el fisico…el resto esta a años luz.
Saludos
Gracias por este excelente articulo, muy emotivo.
Simplemente GRACIAS
Brillante y emocionante artículo. Enhorabuena.
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Increible articulo e historia!! El Julian Ross del baloncesto Puro talento
Brutal los dos articulos, me han encantado
Articulo genial, me gustaria simplemente resaltar la idea de que finalmente descubre la felicidad en su vida a pesar de no conseguir el anillo, y es en ese momento cuando su corazon falla, E-P-I-CO.
Preciosos los dos artículos. Siempre ha sido un personaje muy interesante para mí. Qué buena historia
La madre que me parió que pedazo de articulo. Gracias.
El mismo dia de.la muerte de Pete, en Detroit, en pleno auge baloncestistico de los Pistons, dejaba de funcionar para siempre la MCStation
Uno de los mejores artículos deportivos que he leído. Usted podría dar más de una lección a algunos columnistas deportivos. Un saludo y gracias
no tengo palabras ….
una historia tan real como la vida misma …
seguro q dios le habra dado el amor que merece
articulos como esten no solo sirven para dar a conocer el baloncesto si no como es la vida de algunas personas
Aquí otro artículo interesante sobre la figura de este genio, creo bastante recomendable.
http://www.skyhook.es/2016/06/pete-maravich-romanticismo-y-nostalgia-sobre-el-parquet/
En esa foto del final del artículo, se nota una mirada triste, incluso, aparenta una sonrisa un tanto forzada.
Muy buen reportaje.
Cuando las cosas se hacen con el corazón, salen obras de arte. Como el nivel de juego que llegó a alcanzar Maravich… y como este artículo. Hasta ayer (retiraron su camiseta los Hawks) no sabía ni una palabra de él… y hoy ya forma parte de mi vida. Gracias.
Grandisimo articulo, para un jugador irrepetible.
Para mi, que nunca he sido de ir con el ganador, por el mero hecho de serlo, Pete siempre sera uno de los mas grandes.
He disfrutado lo indecible con este artículo, en una tarde tormentosa de verano. Con un vino fuerte, pero frío. Yo me incorpore a este deporte esa madrugada de plata en las olimpiadas de los Angeles y empecé a estar cerca de las estrellas en esos primeras finales de Lakers y Celtics que llegaban a cuenta gotas a España. Lo practique y ame este deporte, como otros muchos grandullones gorditos, empollones que no serviamos para el deporte Rey. Pero siempre me atrajeron las historias más melancólicas, sórdidas e inverosímiles del baloncesto americano, casi siempre de negros sobrehumanos pero muchas veces mezcladas con blancos brillantes. Gracias por haberme hecho pasar un buen rato mientras todos dormían la siesta.