Arte y Letras Filosofía

Dos no dialogan si uno no quiere (o no sabe)

dos no dialogan

What kind of man was Mr. Pope in his conversation?

(Samuel Jonhson) dialoga

.

People usually fight because they don’t know how to argue.

(Gilbert K. Chesterton)

El azar me ha convertido en profesor de Retórica en la Facultad de Comunicación de una universidad española, donde ya no se imparte ni una sola asignatura de humanidades. Es decir, ni historia, ni filosofía, ni literatura. En realidad, los nuevos planes de estudios pretenden que los futuros comunicadores aprendan a exponer, argumentar y rebatir sin conocimientos humanísticos, porque para eso existen las competencias, concepto que a priori descarta la posibilidad de que alguien sea incompetente. Llegados a este punto, no deseo hablar ni de la universidad ni de los estudiantes, sino de la retórica y su importancia en esta era de monólogos y somniloquios.

Existe una retórica clásica y tradicional, que es la que nace de la Retórica de Aristóteles y que podemos seguir a través de clásicos latinos como Cicerón y escolásticos medievales como san Agustín, con su constelación de figuras, lugares y discursos. En líneas generales, se trata de la misma retórica que sirve como esgrima verbal para triunfar en los debates al estilo de Schopenhauer en El arte de tener razón (1864) como de la «nueva retórica» transformada en Tratado de la argumentación (1989) por Chaïm Perelman y Lucie Olbrechts-Tyteca, aunque ninguna nos salve de que nos propinen la expresión «lo que dices es pura retórica», porque —en el fondo— el desprecio de Platón por los sofistas sigue siendo el oprobio de la retórica.

Platón no solo es la fuente de la filosofía occidental, sino el fundamento de todos los autoritarismos políticos de la historia, como demostró Karl Popper en La sociedad abierta y sus enemigos (1945). Sin embargo, en la Atenas de Pericles, Platón tuvo un rival que fue más popular, mejor maestro y un crítico rotundo de muchas ensoñaciones platónicas como la del «rey filósofo». Me refiero a Isócrates (436-338 a. C.), orador y educador ateniense que promovía la enseñanza de la retórica al pueblo, en oposición a la enseñanza de la filosofía a los aristócratas encarnada por Platón. 

Las lecciones retóricas de Isócrates —perdidas o destruidas— buscaban entronizar la cultura y el conocimiento, para fomentar la opinión libre e individual que los ciudadanos debían exponer en las asambleas. Existen eruditas investigaciones sobre la figura de Isócrates, pero la documentación que manejo proviene de la bibliografía de mis estudios universitarios de historia. A saber, la maravillosa Paideia (1933) de Werner W. Jaeger y un deslumbrante capítulo de Uso y abuso de la historia (1975) del helenista Moses I. Finley, titulado «El legado de Isócrates».

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6 comentarios

  1. Maestro Ciruela

    «Dos no pelean si uno no quiere» es uno de esos aforismos que siempre he archivado mentalmente en el apartado de «estupideces varias». Sí, porque si se lleva eso a cabo , el que no pelea porque quiere evitar discusiones y mal ambiente, baja los brazos e irremisiblemente, le cede al que sí está dispuesto a pelear siempre, el dominio absoluto para impartir su tiranía en todas las disensiones que se puedan dar en la vida.

    • Otro desencantado del refranero

      Maestro Ciruela: conviene poner siempre la otra mejilla, porque si te dan una segunda hostia en la misma te dolerá más.

  2. Kirchhoff's Law

    Si tuviera que elegir entre conservar las obras de Popper y las de Platón, lo siento por Popper (a quien, por cierto, visitaba Margaret Thatcher por lo muy «abierto» que era).

    Tu alegato en contra de Platón me causa erisipela. Me recuerda la gente del Mayo francés tratando de borrar de la historia de la filosofía a Hegel, por haber legitimado el estado prusiano y ser inspirador el gobierno del pintor de brocha gorda. Un intelectual como Adorno salió al paso diciendo que era un signo de barbarie condenar la obra de Hegel, en particular por parte de personas que manifestaban no haberlo leído jamás. Marcuse no sólo se pronunció a favor de Hegel, sino que escribió en su honor uno de los mejores libros de dialéctica hegeliana que yo recuerde: “Razón y Revolución”.

    Platón es, sin duda, el filósofo más influyente que haya existido. Ocho siglos después de su muerte es el único filósofo al que Diógenes Laercio dedica todo un libro. Los teóricos de la Academia Florentina, que medio inventó el Renacimiento, fueron platónicos hasta el extremo de forzar a la Iglesia a reconocer la inmortalidad del alma humana como un dogma de fe.

    Platón no encarna la educación de la élite. Ocurría que había un hoplita llamado Sócrates interrogaba a medio mundo y sólo encontraba respuestas entre el círculo de los que ya tenían educación y una vida desocupada para poder pensar en otros temas que no fuera el mero sobrevivir.

    Yo no escribiría en contra del filósofo capital en un mundo donde se ha convertido en un valor ir por la vida manifestando no haber leído jamás un libro.

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