Schopenhauer: más Johanna y menos Arthur 

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Johanna Schopenhauer (detalle) por Caroline Bardua
Johanna Schopenhauer (detalle), por Caroline Bardua.

De vez en cuando unas líneas de Johanna Schopenhauer dirigidas a su hijo Arthur se pasean por redes para recordar que hay algo más tremendo que sentirse abocado irremediablemente a la filosofía y tener que arreglárselas en la vida con ello: ser la madre de esa criatura. Esto es lo que escribía Johanna Schopenhauer a la suya intentando sentar las bases de una convivencia pacífica: «(…) podrás quedarte luego a cenar conmigo siempre que dejes aparte ese enojoso gusto tuyo por la disputa, que tanto me crispa, lo mismo que todas esas lamentaciones sobre el necio mundo y la miseria humana que siempre me hacen pasar mal la noche y tener sueños desagradables, ya sabes que a mí me gusta dormir bien». 

El jovencito Schopenhauer le quitaba el sueño a su señora madre desde antes incluso de llegar a su residencia en Weimar y hasta que desaparecía. Y en las cartas que ella le dirigió en esa época (1806-1814) los motivos quedan más que claros. Porque una cosa es afanarse en comprender El mundo como voluntad y representación y disfrutar los aforismos y pensamientos de Parerga y Paralipómena —sí, se puede— y otra bien distinta es que aquel que los escribiera y que consideraba la vida como una tragedia, una carga, una penosa y amarga tarea, y la existencia, un circo de seres atormentados y atemorizados que subsisten comiéndose unos a otros, se presente en tu casa a mesa puesta, se meta con tus amigos y tu forma de vida, te regañe y te explique el mundo entero acompañado, además, de un colega que se ha traído y del que también hay que ocuparse.

Pues este era Schopenhauer y esta su madre: «Me gustará mucho tenerte unos días conmigo; lo único que te pido es que te traigas contigo el buen humor y que dejes en casa ese espíritu tuyo de discusión a fin de que no tenga que pasarme tardes enteras discutiendo acerca de las bellas letras o las barbas del emperador». Ánimo conciliador y preavisos no faltaron por parte de Johanna Schopenhauer, aunque sirvieran para poco. Por mucho que su vástago estuviera llamado a convertirse en el reconocido padre del pesimismo metafísico, ella era una reina vitalista y animosa que había buscado y conquistado un espacio propio, que vivía feliz en él y que no estaba dispuesta a que viniera nadie, ni siquiera su hijo, a amargar sus días felices a golpe de aforismo y actitud.

Y es que puede que te guste, te interese y estudies la filosofía de Arthur Schopenhauer, pero imagina por un momento lo que supone convivir con alguien así. «Si tanto te gustan sus frasecitas tristonas, amargantes e iracundas, ¿por qué no lo metes en tu casa?», podría decirnos, con toda razón, Johanna Schopenhauer desde el cielo ganado de las madres de los filósofos. 

Apuntes para un diálogo imposible: Schopenhauer contra Schopenhauer 

Sobre la generosidad y el egoísmo de los seres humanos, sobre su maldad o todo lo contrario, sobre el destino, sobre las pequeñas cosas del día a día (el juego, la ópera, los dineros…) y sobre los grandes acontecimientos vitales, Johanna y Arthur tenían sistemáticamente opiniones dispares y actitudes enfrentadas. Aquí una selección de frases de la correspondencia de Johanna Schopenhauer contestadas desde de las diversas obras de su hijo para establecer un diálogo imposible: 

Johanna dice: «La necesidad extingue todo pequeño interés y nos enseña, ante todo, cuán cercanos estamos y cómo nos parecemos los unos a los otros». 

Y Arthur: «El egoísmo está tan profundamente arraigado en el individuo, que para moverlo a actuar solo podemos contar con seguridad con móviles egoístas». 

Johanna escribe: «Cuanta más desdicha observo en el mundo más satisfecha estoy con los seres humanos. En realidad no son tan malos». 

Y Arthur: «El hombre es en el fondo un horrible animal salvaje (…), nada tiene que envidiar a los tigres y a las hienas en crueldad e inexorabilidad».

Johanna actúa: «Donde pude, ayudé a paliar el sufrimiento ajeno».

Y mientras, Arthur…: «(…) nada como acostumbrarse a ver este mundo como un lugar de penitencia; por tanto, por así decirlo, como un centro penitenciario».

Y dale: «Todo el género humano parece en verdad estar destinado directamente y haber sido creado expresamente (…) para el tormento y la condenación». 

Y su madre: «Cada vez veo con más claridad que debemos encararnos con nuestra suerte».

Y Arthur: « (…) nos convendría y se adecuaría a nosotros un tipo de existencia enteramente distinto de la que tenemos, tan indeciblemente mezquina, temporal, individual y repleta de miserias (…)».

Johanna: «Sé valiente y no dejes que eso te abrume demasiado: (…) el valor y la entereza son nuestros únicos escudos contra el mal del mundo».

Cambiando de tema…: «Cómprame un juego de sombras pero no de esos didácticos, sino uno como aquellos que a ti te solían gustar tanto, o si no, una caja panorama de un tálero, o bien, una de esas cajas con transparencias, en fin, lo que a ti te parezca más curioso. Si encuentras un juego de dominó, cómpralo también; aquí andamos bastante mal de todas esas cosas». 

Arthur, sobre el juego (de naipes, en concreto): «En todos los países, los juegos de cartas se han convertido en la principal actividad social, lo que indica el valor de esas sociedades y representa el acta de defunción de todo pensamiento. Como no tienen ideas que intercambiar, se intercambian naipes y tratan de sacarse los cuartos. ¡Qué raza deplorable!».

¿Un pour parler?: «Nuestro teatro no se ha abierto todavía; ya tengo ganas de que lo abran».

Arthur: «Bien puede decirse que la ópera se ha convertido en la perdición de la música». 

¿Alguna cosa más sobre el común de los mortales, Arthur, hijo?: «(…) mucho esfuerzo; constante tumulto; diverso aprietos, pero sin preocupación por el mañana; agradable descanso tras el agotamiento; frecuentes disputas con otros; ni un instante para pensar; bienestar sensible en un clima suave y con alimentación pasable; finalmente, como elemento metafísico, un poco de crasa superstición suministrada por la Iglesia: en conjunto, un ir tirando, o más bien ser tirado, caracterizado por embotamiento y la insensibilidad. En este intranquilo y confuso sueño es en lo que consiste la vida de muchos millones de hombres». 

Johanna, Kant y la regla de oro en una frase: «Tendrías que dejar hacer a los demás lo que les apetece tal y como ellos te lo dejan hacer a ti, creo yo». 

Y toma algunas decisiones: «Es hora, querido Arthur, de que te rinda cuentas de tu herencia paterna».

Arthur: «Que una madre pueda ser designada tutora y administradora de la herencia paterna de sus hijos, me parece una imperdonable y peligrosa necedad». 

Y fin. Esto le escribe Johanna Schopenhauer a su hijo el 17 de mayo de 1814: «Llegados a este punto se separan nuestros caminos, escribo esto con profundo dolor pero no queda otro remedio si es que quiero vivir y proteger mi salud. Así pues, todo ha terminado. He dado órdenes…».

Una mujer al mando de su vida

¿Qué ha pasado? ¿Quién era Johanna Schopenhauer? ¿Cómo era esta pionera, esta mujer adelantada a su tiempo, que celosa de un espacio propio, no dudaba en ponerle cercos a la invasiva y tediosa presencia de su hijo? «Tenía un espíritu aventurero y poco dado a los convencionalismos», escribe el traductor y crítico literario Luis Fernando Moreno Claros en la introducción al Epistolario de Weimar, editado por Valdemar, que recoge la correspondencia entre Johanna Schopenhauer, su hijo Arthur y Goethe entre los años 1806 y 1819. 

Nacida en Danzig en 1766 en una familia «bien’», Johanna Schopenhauer había mostrado interés por los idiomas, por los viajes y por la pintura y había querido marchar a Berlín para formarse en esta disciplina junto al pintor y grabador Daniel Chodowiecki, a cuyos parientes, afincados en su ciudad, conocía. Pero ni por esas consintieron sus padres. Johanna se quedó con ellos hasta que entró en escena un rico comerciante, casi dos décadas mayor que ella, que pidió su mano y con el que finalmente contrajo matrimonio.

Su nueva vida de casada trajo de vuelta —si es que alguna vez se habían ido— las antiguas inquietudes: viajar, pintar… formar parte, en definitiva, de los círculos culturales europeos. También trajo hijos: Arthur, que casi vino al mundo en Londres —los esposos estaban de viaje—, pero acabó haciéndolo en Danzig también, el 22 de febrero de 1788, y Adele, nacida en Hamburgo en 1797. En esta ciudad residían los Schopenhauer hasta que el padre cayó desde lo alto de un granero y murió en un extraño accidente con toda la pinta de ser un suicidio. Un año después, Johanna Schopenhauer descarta su destino de viuda compungida, toma las rindas de su vida y se va a vivir donde quiere y cómo quiere: elige Weimar y marcha para allá con su pequeña hija. Por el contrario, Arthur se queda en Hamburgo encadenado a la promesa que hizo a su padre: seguir sus pasos y prepararse para la vida de comerciante. 

«Tienes que decidir tú solo» 

Este es el primer punto de torramiento entre Arthur y su madre. El hijo no quiere seguir con esa vida, pero no se atreve a romper la promesa hecha a su difunto padre. Empiezan las idas y venidas, las vueltas y las explicaciones al modo Schopenhauer (Arthur). No constan en la correspondencia publicada en el libro de Valdemar, pero uno se puede hacer a la idea solo con las palabras de su madre. Pero antes, un poco de contexto. En el año que Johanna y su hija llevan en Weimar han vivido y sufrido la guerra y han temido por su vida. En localidades muy cercanas se han librado las batallas de Jena y Auerstädt entre el ejército prusiano y las tropas de Napoleón que han invadido y saqueado la ciudad. Su casa no ha sido una excepción. Actuando con gran inteligencia, diplomacia y generosidad, acogiendo y aliviando enfermos y damnificados, mediando con las tropas francesas, Johanna se ganó enseguida la confianza de todos, incluidos la duquesa Ana Amalia de Brunswick-Wolfenbüttel y Goethe, a cuya antigua amante —acabaría siendo su esposa— acogió sin dudarlo: «La recibí como si no supiera quién había sido antes. Creo que si Goethe le ha otorgado su nombre, bien podemos ofrecerle los demás una taza de té». 

Pronto la vida allí es maravillosa: «Hago lo que me place de la noche a la mañana», escribe Johanna, que ha vuelto a los pinceles, toma lecciones de piano, aprende italiano… Todo le gusta, todo le ilusiona y apasiona. «Vivo todo lo contenta y feliz que puedo desear», escribe a Arthur que, en cambio, no anda muy contento, sigue sin saber qué hacer con su vida, se inclina hacia el estudio, pero no lo termina de ver… Su madre, siempre resuelta y optimista, piensa que son cosas de la edad e intenta animarle: «Que ni en el mundo ni en tu piel te sientas a gusto es algo que llegaría a preocuparme si no supiera que, a tu edad, eso es precisamente lo que le ocurre a todo aquel a quien la naturaleza no destina a ser un tarugo. Pronto te aclararás y sabrás qué es lo que quieres, y entonces, cuando estés en paz contigo mismo, también el mundo acabará por gustarte». Enseguida, la madre, que bien conoce a su hijo, baja a la realidad: «desde luego, mi pobre y querido Arthur, a ti, con lo aislado que estás, te será mucho más difícil que a los otros el paso a la vida real». Pero ella tiene confianza y se la trasmite a Arthur: «(…) vacilas y ni tú mismo aciertas a saber dónde está el puesto que te corresponde. Esto cambiará, tu malestar desaparecerá y vivirás alegre y con gusto». 

Las dudas no cesan y el 28 de abril de 1807 le escribe la carta decisiva. Primero comienza constatando lo distintos que son y la disposición de Arthur «para las cavilaciones melancólicas, triste herencia de tu padre». Dicho esto le anima a seguir su inclinación: «no es todavía demasiado tarde si de verdad sientes el impulso irresistible y el tesón suficiente como para dedicarte a la ciencia y al estudio (…).Yo, Arthur mío, no deseo poner trabas a tu felicidad, pero tu camino debes buscarlo y elegirlo tú mismo». Johanna, que ha elegido por sí misma y se siente absolutamente feliz, sabe de lo que habla, le anima a encontrar: «una meta determinada que dé sentido a tu trabajo, pues solo esa firme determinación hace feliz. En cuanto estés decidido, comunícamelo, pero tienes que decidir tú solo, yo no quiero aconsejarte y no voy a hacerlo». No lo hace más allá de impulsarle, pero también le recuerda y le advierte: «te quiero de todo corazón y deseo ayudarte en todo de buena gana; recompénsame a cambio con tu confianza y cuando hayas tomado tu decisión sigue mi consejo y acepta plenamente las consecuencias de tu elección y no me martirices con tensiones». 

Arthur Schopenhauer en 1815, por Ludwig Sigismund Ruhl.
El hijo de Johanna Schopenhauer, Arthur, en 1815, en un retrato de Ludwig Sigismund Ruhl.

Los Schopenhauer y el mansplaining en el siglo XIX

Está decidido, Arthur se instala en Gotha, es decir, Johanna lo instala en Gotha: le busca alojamiento, organiza la mudanza… Él solo se tiene que ocupar de aplicarse en el estudio y de ser mirado con los gastos. Se aplica bien y progresa mucho, adelantando a sus compañeros. Se siente distinto a ellos por ser mayor, llevar una vida distinta… «Un sentimiento de superioridad intelectual y social —incluso con respecto a algunos profesores— alentaba a Arthur a permitirse “bromas peligrosas”», escribe Rüdiger Safranski en su biografía Schophenhauer y los años salvajes de la filosofía. Una de ellas le cuesta la expulsión. Cuando se lo relata a su madre, junto con las intenciones de ir a vivir con ella a Weimar, Johanna entra en pánico: «Conozco, además, tus sentimientos y sé que hay pocos que sean mejores que tú, pero no obstante eres pesado a insoportable y considero harto penoso vivir contigo».

La descripción que a continuación ofrece de su hijo podría corresponder tranquilamente, además de a la del padre del pesimismo filosófico, a la del padre del mansplaining mucho antes de que Lily Rothman o Rebecca Solnit hablaran de la condescendencia masculina… con toques de cuñadismo adicionales, en este caso. Es largo, pero merece la pena esta estupenda definición de ese alguien: «(…) incapaz de dominar la manía de querer saberlo todo mejor que nadie, de encontrar faltas en todas parte menos en ti mismo, de querer mejorarlo todo y ser maestro en todo. Con esto exasperas a las personas que te rodean ya que nadie quiere dejarse ilustrar y mejorar de manera tan violenta y menos por un individuo tan insignificante como tú eres todavía. Nadie está dispuesto a soportar que lo censures tú, que tantas flaquezas tienes, y menos aún con el modo que tienes de hacerlo, afirmado en un tono oracular que esto es así y aquello asá, sin considerar que pueda existir alguna objeción». 

Ante este panorama, Johanna Schopenhauer decide organizar la convivencia de modo que sea lo menos lesiva para ambos. Ahora es ella quien le explica sus horarios y costumbres, marcando territorio, pretendiendo vivir de la forma más independiente posible, todo con tal de preservar su felicidad y la manera en que se ha montado su vida: «estoy tan acostumbrada a este modo tan tranquilo de vivir que me horroriza cualquier cosa que pudiese suponer un cambio». Con todo le da la bienvenida y le dice que hará todo lo posible para facilitarle la estancia y la vida «sin necesidad de tener que sacrificar mi libertad y mi tranquilidad».

Decálogo feminista de Johanna Schopenhauer

Por razones como estas, en forma de frases, merece Johanna Schopenhauer un lugar de preferencia en el feminismo, una corona de reina en la ciudad de las señoras. 

1. «No consentiré ningún sermón».

2. «Saber que eres feliz es algo necesario para mi felicidad, pero no necesito ser testigo de ello».

3. «No creo que sea lo más indicado que una madre viva en la misma casa que un hijo suyo ya adulto e independiente: a ninguno de los dos puede reportar nada bueno». 

4. «A la hora de comer podrás decirme todo aquello que necesite saber de ti; el resto del tiempo tendrás que valerte solo». 

5. «No puedo comprar tu bienestar a costa del mío».

6. «Estoy demasiado acostumbrada a vivir sola y no puedo desacostumbrarme así como así; por eso te ruego que no objetes nada en contra, pues no renunciaré bajo ninguna condición a seguir este plan».

7. «(…) es necesario que no estemos mucho tiempo juntos».

8. «Estoy cansada de soportar tus malas maneras, me voy al campo y no regresaré hasta saber que te has marchado; se lo debo a mi salud». 

9. «Si yo hubiese muerto y tuvieras que vértelas con tu padre (…), ¿tratarías de determinar su vida y sus amistades? ¿Acaso soy yo menos que él? ¿Hizo él más por ti que yo? ¿Sufrió más?».

10. «Deja que nos separemos en paz puesto que no podemos seguir juntos, y no trates de forzarme a ninguna otra entrevista que pudiera tener como consecuencia mi muerte repentina. Me has hecho demasiado daño. Vive y sé tan feliz como puedas». 

Machismo vicario 

Arthur veía con malos ojos y modales la nueva vida de su madre. Sentía recelos ante el devenir de la herencia de su padre y miedo ante la posibilidad de que su madre se volviera a casar, lo cual era probable, convertida como estaba en la reina del lugar. «No me faltan pretendientes, pero no tienes motivos para estar celoso», le había escrito. Pero la defensa de su nueva vida en solitario era férrea y su decisión de estar sola al frente de la misma, irrevocable: «Nada de esto era del agrado de Arthur, al que le hubiera gustado sentirse representante del padre ante su madre y no hubiese tenido nada que objetar si Johanna llevase una vida tranquila, retirada, entregada con devoción al recuerdo del difunto y exclusivamente consagrada, como corresponde, al cuidado de los hijos», escribe Safranski en la mencionada biografía de Tusquets.

No hubiera habido desavenencias, ni conoceríamos a Johanna Schopenhauer de haber sido una mujer sumisa, sin identidad ni voluntad propias, sometida al cuidado y porvenir de sus hijos y más bien de su hijo, pero no era así. Johanna Schopenahuer era una igual, lo defendía y lo demostraba y esto no lo soportaba un Arthur Schopenhauer ejerciendo una especie de machismo vicario en ausencia de su padre. En la serie de libros Filósofos en 90 minutos que le dedica Paul Strather escribe este sobre la relación entre madre e hijo: «Ambos eran voluntariosos y temperamentales y pronto tuvieron sus desavenencias. Hubo escenas frecuentes y muchos portazos. No hay duda de que Schopenahuer se sentía verdaderamente escandalizado por la conducta de su madre. El concepto de hipocresía machista, como la Antártida, estaba todavía por descubrir (…)». 

Otro punto de fricción entre ellos fueron las aspiraciones literarias de su madre, que poco a poco iban dando sus frutos, y la sincera amistad de esta con Goethe, a quien Arthur admiraba y del que buscaba aprobación, cuando no, directamente, admiración. Pero Goethe, por más que Arthur se acercara con zalamerías, grandilocuencias y cultivando sus mismos intereses —escribió un tratado sobre lo que Goethe había escrito ya otro, la teoría de los colores, por el gusto de rebatirlo y tener así de qué hablar—, acabó pensando que era un pesado y un impertinente.

Básicamente está de acuerdo con su amiga Johanna Schopenhauer y, aunque no de manera tan explícita en sus palabras, es lo que traslucen sus dilaciones y evasivas. De todas formas, en la carta que fecha el 28 de enero de 1816 es bastante expresivo: «(…) demasiado claramente me percaté también de lo inútil que resulta nuestro esfuerzo de querer comprendernos mutuamente». Se despide con discreto tacto y a la vuelta de correo llegan los reproches: «Me ha dolido mucho no haber obtenido de usted ninguna cooperación seria, ni el menor asomo de interés y ni tan siquiera una réplica». Habla un joven y desconocido aprendiz de filósofo por esas fechas a la mayor autoridad de las letras alemanas de esa época y de prácticamente todas. Qué cargante. 

Tiras y aflojas

En diciembre de 1807, Arthur se instala en Weimar y todo transcurre exactamente como Johanna ha previsto. Tal y como temía… o peor: «(…) no puedo estar de acuerdo contigo en nada referente al mundo exterior. También tu mal humor me oprime y contraría mi carácter jovial (…). Solo has estado unos días de visita en mi casa y no ha habido más que escenas violentas y por nada, sencillamente por nada. Y cada vez que te ibas respiraba tranquila». 

Al llegar la mayoría de edad, uno de los temores de Arthur se disipa. Johanna le rinde cuentas de la herencia paterna. Se le hace extraño tratar estos asuntos con su hijo y por escrito, pero prefiere el orden. El vínculo económico se desata, pero el de la carne nunca se deshará. Johanna se lo recuerda también: «Nuestra mutua relación no puede romperla nada, el lazo natural está demasiado apretado, si yo necesitara algo, ¿a quien recurriría sino a ti? Y si tú necesitas a tu madre, aquí la encontrarás, como hasta ahora». 

Arthur prosigue sus estudios en Göttingen primero y en Berlín a continuación. La filosofía ha prendido en él. Su presencia en Weimar es intermitente, pero lo que son constantes son las riñas cuando se acerca uno de estos periodos de convivencia. Por si fuera poco, ha invitado a un colega y allí están los dos: «El 14 de abril hará diez meses que vives en mi casa, y él, tres. Hacia finales de este mes desearía volver a mi antigua forma de vida; en consecuencia, habrás de elegir otro lugar de residencia». Johanna le da explicaciones de nuevo, le dice que le ayudará «de palabra y obra» si desea permanecer en Weimar, pero tiene que ser en otra parte.

Además de esos dos huéspedes familiares, Johanna alojaba a un amigo de mucho mejor trato que su hijo, lo cual soliviantaba aún más al airado estudiante de filosofía. En sus cartas, Johanna refiere insultos de su hijo a Müller —ese era el nombre de su protegido—, escenas desagradables y se intuye el brete en el que le puso: elegir entre uno u otro. «Os conozco a ambos y a cada uno de vosotros lo quiero como es, sin que prefiera a uno en perjuicio del otro, y no estoy dispuesta a sacrificar a ninguno de los dos». Lo que podría haber aprendido Arthur de su señora madre si la hubiera escuchado y tenido en cuenta en vez de juzgarla a cada paso. «Simplemente déjalo en paz, él no se mete contigo. Trata de ser afable, bueno y cariñoso conmigo y con Adele, desciende de ese sitial de juez que siempre pareces ocupar frente a nosotras y verás cómo te queremos». 

«No sabes nada del corazón de una madre»

En mayo de 1814 la ruptura se oficializa. La carta es encendida, pero incluso así, Johanna Schopenahuer sigue abriendo una puerta a la reconciliación… con una condición: que Arthur cambie. Después de manifestarle su dolor y su incomprensión, «no sabes nada del corazón de una madre», aparece de nuevo el tal Müller con el que Arthur había seguido enredando: «No es Müller (…) quien te separa de mí, sino tú mismo, tu desconfianza, la censura que ejerces sobre mi vida y sobre la elección de mis amigos, tu desdeñoso comportamiento para conmigo, el desprecio que muestras hacia mi sexo, tu negativa manifiesta a contribuir a mi felicidad (…): esto y mucho más es lo que ha hecho que acabes por parecerme absolutamente odioso y eso es lo que nos separa, si bien no para siempre, sí hasta que retornes a mí en calma y buena disposición. En este caso estaría dispuesta a acogerte con benevolencia; pero si prefieres seguir siendo como eres, entonces no quiero volver a verte jamás».

Arthur Schopenhauer prefirió seguir siendo como era. Aparte de escribir una obra decisiva para la filosofía, siguió cultivando su insoportabilidad aleccionadora con quienes le rodeaban y en escritos que dieron lugar a títulos como El arte de tratar a (con, en otras traducciones) las mujeres, El arte de tener razón, El arte de insultar o El arte de ser feliz. Por cierto, qué fantasía un título como ese escrito por Johanna Schopenhauer… Ella se convirtió en una de las primeras mujeres que vivió de su escritura. Según bajaban las rentas familiares, las novelas que iba publicando se convirtieron en la base de su economía. En español está traducida La nieve, editada por Periférica, en la que la autora recrea su famoso salón de Weimar. 

Arthur y Johanna Schopenhauer no volvieron a verse desde esa primavera de 1814 y ella murió en 1838, al cuidado de su hija Adele. Se escribieron fríamente. Parece que el hijo guardó hasta su muerte, junto a un busto de Kant y una estatua de Buda, un retrato de su madre. 

Johanna y Adele Schopenhauer por Caroline Bardua
Johanna y Adele Schopenhauer, por Caroline Bardua.

Bibliografía

Epistolario de Weimar. Selección de cartas de Johanna, Arthur Schopenhauer y Goethe. Editorial Valdemar/El club Diógenes

El arte de insultar, de Arthur Schopenhauer. Editorial Edaf

La nieve, de Johanna Schopenhauer. Editorial Periférica

Schopenhauer en 90 minutos, de Paul Strathern. Siglo XXI

Schopenhauer y los años salvajes de la filosofía, de Rüdiger Safranski. Tusquets

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7 Comentarios

  1. Hemos perdido mucho al desaparecer el marxismo y el análisis de clases. Los problemas entre Schopenhauer y su madre fueron los propios entre los componentes de la clase alta (léase “pijillos”) de Dantzig. Johanna era una pija de marca mayor, lo mismo que su hijo. Hubiera arreado de bastonazos a cualquier sirvienta que la hubiera desobedecido mínimamente o no cumpliera con sus expectativas (por ejemplo, de que amamantara a sus hijos). Exige a su hijo la conducta de su clase, pero no por motivos morales o de justicia, sino de casta. Convertir en ídolos a la gente de la corte tiene como resultado inevitable pegarse un escopetazo en el pie. Le aconsejo que lea una obra de Matthew Stewart (“El cortesano y el hereje”) en la que enfrenta a dos filósofos (Leibniz y Spinoza) y comprenderá la distancia abismal entre la conducta superficial de la clase alta y los valores de los pequeñoburgueses (que no deja de ser a lo que usted se aferra, equivocándose completamente de bandera).
    Echo de menos un buen repaso a los análisis sociales del marxismo en nuestros días.

    • “El cortesano y el hereje”, es un buen libro, que pude leer hace años.
      No tiene nada que ver con lo que usted dice; sí, desde su sectarismo ideológico-marxista; pero, recuerde que hablamos de la época de Spinoza y Leibniz, Marx no estaba ni en camino…
      Si quiere leer buen Marxismo” a día de hoy lea a David Graeber o a Slavoj Zizek (si lee en inglés, mejor que mejor).
      También, por supuesto, puede leer las biografías de Marx y Engels, y ver como trataban a la “clase trabajadora”: Marx teniendo hijos con su sirvienta (¿violada?) a espaldas de su mujer, por ejemplo… Entre otras lindezas…
      En fin, puede terminar leyendo los Grundrisse, corregidos por Engels (benefactor y amanuense de Marx), donde hablan del “Desecho Nacional”, etnias político-sociales que debían ser laminadas en pro de la revolución proletaria, cita ejemplos como los galeses o los vascos, directamente debían ser eliminados de la faz de la tierra.
      Como ve, el marxismo entra mejor con un par de lingotazos encima…
      Un saludo.

  2. Con toda simpatía la autora del artículo no hay leído a Schopenhuer, quizás un resumen en 90 minutos y lo rodea de tópicos como el filósofo del pesimismo y referencias a su mal carácter… desconoce que Schopenhauer fue un gran defensor de la compasión entre todas las virtudes la más sabia y necesaria…
    Su pensamiento es de una altura filosófica que merece la pena no frívolizar sobre el bajo las acusaciones de machistas y ponerse al tajo… o será otro filósofo “ cancelado “ por que tenia supuesto mal caracter… en fin Pilarin 😉

    • “De igual modo que las antorchas y los fuegos artificiales palidecen y cesan de brillar ante la llegada del sol, el ingenio, el genio e igualmente la belleza quedan eclipsados y oscurecidos por la bondad del corazón” (“El mundo como voluntad y representación”, II, capítulo 19).

    • Lo que uno defiende en sus escritos y lo que hace en su vida privada pueden ser mundos distintos. Louise May Alcott pudo escribir “Mujercitas”, pero no le gustaban los niños. Harvey Weinstein fue el hombre que rompió el monopolio de los grandes estudios de Hollywood y abrió la puerta a todos el sistema de cine independiente… mientras iba violando actrices. Una cosa no quita la otra, y no creo que Schopenhauer vaya a perder valor filosófico porque resultase un trasunto del Sheldon Cooper de “The big bang theory”.

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