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‘The Paris Review’, el arte de la conversación literaria

Algunas portadas de The Paris Review.
Algunas portadas de The Paris Review

Un grupo de jóvenes americanos escritores en París. Iban tras la estela de F. Scott Fitzgerald, de Hemingway, de los que entre guerras escribían en los bares de la ciudad; iban detrás de una mística que parecía perdida. Peter Matthiessen, William Styron y Harold Humes se propusieron editar una revista literaria. Una más de las muchas que aparecían, y desaparecían. A último momento llegó desde Inglaterra, donde estaba estudiando, George Plimpton. Él trabajaría en el día a día y saldría a buscar el dinero para que la publicación pudiera solventarse. Cuando apareció en la primavera de 1953, nadie creyó que setenta años después todavía seguiría saliendo. The Paris Review subvirtió el dictum de Fabián Casas: «Las parejas y las revistas literarias casi siempre duran dos números». 

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Para el primer número tenían una buena selección de poemas y cuentos de autores inéditos, casi desconocidos. Necesitaban algún gran nombre que llamara la atención. Pero no podían pagar por él. Y deseaban ir contra la moda del momento. Estaban cansados de los críticos, del imperio de la crítica. En París, bajo el dominio de Sartre y con el estructuralismo a punto de irrumpir, los fundadores de la revista deseaban poner el centro en los escritores. Para eso se les ocurrió conversar con ellos e indagar sobre el oficio.

Esa fue la idea que los inmortalizó. 

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La entrevista es un género artificial, desequilibrado, incluso algo injusto. No suele ser un diálogo entre pares: no hay equivalencia ni reciprocidad. Una conversación asimétrica donde el que hace el mayor esfuerzo, el que más resalta, el que justifica la pieza periodística, es el que no cobra. Pierde tiempo, pone lo mejor de su intelecto, para no tener la última palabra, para quedar en manos de su interlocutor, quien muchas veces busca hacerlo caer en la trampa de una confesión inesperada o del one-liner contundente, aunque no necesariamente representativo, que llame la atención y funcione como título. 

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Los que entrevistan en The Paris Review son conscientes del artificio del género. No buscan grandes revelaciones, ni confesiones intempestivas. Llegan al encuentro convencidos de que no se debe traicionar al entrevistado. Saben que deben pasar desapercibidos, ser propiciadores: médiums tímidos. Se despojan de su personalidad y se convierten en lo que todo buen entrevistador debe ser: en el hombre (o la mujer) invisible.

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Las entrevistas ya se acercan a las trescientas. Casi setenta años de conversaciones, de confesiones de escritores. Sin embargo, todo puede condensarse en tres de las iniciales. En ellas, tal vez, resida el secreto de su vigencia y, claro, de su longevidad. Son las que determinaron el formato, las que le imprimieron el carácter definitivo. 

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Un comentario

  1. EXCELENTE artículo!
    En Argentina, en los años 90, hubo un proyecto singular que tomó ese modelo y publicó varios títulos en El Ateneo. Estaba a cargo del editor y poeta Edgardo Russo. En esa colección tuve la suerte de publicar mi primer libro periodístico, justamente traslando el mismo esquema aunque sumándole la experiencia acumulada en mis años de entrevistador para el Suple Literario de LN y una serie de 30 programas de libros para TV entre 1994 y 1995. El libro al que me refiero salió en 1997 y se tituló LOS LIBROS DE LOS ARGENTINOS: https://www.ayesha.com.ar/libros.php?pagina=10 Fue una suerte de canon de la literatura nacional (antes de la aparición del famoso de Harold Bloom en US) hecho a partir de reportajes a las figuras argentinas señeras de los 90 que eligieron cada una uno de los libros fundamentales de este país. Recomiendo la búsqueda, pesquisa de la serie completa que todavía se encuentra en librerías de viejo o en librerías virtuales.

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