Cine y TV

La soledad de Jack Nicholson: All work and no play makes Jack a dull boy (1)

Jack Nicholson en El resplandor. Foto Cordon.
Jack Nicholson en El resplandor. Foto: Cordon.

Se asoma el sol sobre las colinas de Los Ángeles. Hollywood comienza a arder desde los cimientos de su geografía, desde los rincones secretos en los que ahora ve esparcirse luz. La mañana se acomoda cálida, serena, repetida. Un hombre frota los nudillos de los índices contra sus ojos cerrados, se despereza un poco, remolonea entre las sábanas como hace cualquiera, no se apura. Después de todo, hace varios años que no tiene que ir a trabajar. Da unas cuentas vueltas más en su cama, se levanta aún medio dormido, hace algunas de esas cosas irrelevantes que hacemos todos para llenar una mañana amodorrada y decide salir a su balcón a ver qué sombras forma esta vez el sol entre los matorrales y las rocas del Franklin Canyon que hace más de cincuenta años contempla desde allí como si fuera su ventana mayor al mundo. El cañón y las colinas, acostumbrados a él y a todas las manifestaciones de su espíritu, le muestran su apatía entre piedras, arbustos y hierba mala. Sí, la que nunca muere. Esa de la que parece hecho él mismo. Hasta ese momento, era una mañana tranquila en el multiverso Jack Nicholson. 

Eterno resplandor

Ubicado en el 12850 de la legendaria Mulholland Drive, en Beverly Hills, California, lo habita desde los tiempos de Easy Rider, aquellos años sesenta del «Born to be Wild», humeante dimensión en la que Hopper y Fonda siguen paseándolo en motocicleta, ataviado con un dorado y pintoresco casco de fútbol americano.

Jack estira los brazos como si quisiera ser un pájaro, «If You Want to be a Bird», y de vuelta a esa Harley, al «nik-nik-nik» que pronuncia con voz de duende maligno mientras agita la axila derecha cada vez que bebe un trago de la petaca de Jim Beam que lleva escondida en su saco; de vuelta al paisaje natural y al polvo de la carretera ante el que sonríe como si fuera un gato de Cheshire, aquel personaje de Lewis Carroll que parecía imitar a Jack Nicholson desde antes que él naciera. Como él, tiene la capacidad de aparecer cuando lo desea o de mostrar solo su cabeza y ocultar su cuerpo. Es posible, incluso, ver solo su sonrisa si así lo quiere. Así lo hizo el gato ante Alicia en el País de las maravillas y así lo hace hoy Jack cuando abre la mampara de su habitación y se asoma a su balcón. Ajusta un poco la vista por el brillo del sol, entrecierra los ojos y avanza, decide mostrarse todo, sin saberse visto. 

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3 comentarios

  1. Pues… no me ha gustado este articulo. Parece un obituario escrito en prosa y con estilo… pero no aporta nada. Es una mera compilación de hitos, soltados a modo de ristra y entretejidos con un texto superfluo.

    Y no ha acabado…

  2. Pingback: La soledad de Jack Nicholson: All work and no play makes Jack a dull boy (y 2) - Jot Down Cultural Magazine

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