
Este artículo está disponible en la revista Jot Down Places.
Mucho se ha escrito sobre el «milagro» del pueblo que cambió la luz titilante de las farolas vigilantes en las esquinas, en las calles estrechas y en recovecos cargados de misterio, y de las barquillas que, como inquietas luciérnagas, faenaban en sus aguas mediterráneas por esas otras centelleantes, deslumbrantes y prometedoras de diversión y vida por descubrir. Y, sin embargo —ahora, todos sabemos cómo sucedió—, nadie se imaginaba entonces el cambio profundo y sin retorno que estaba produciendo y que marcaría el camino a otros lugares de España.
Situada a quince minutos del aeropuerto internacional de Málaga (uno de los más importantes de España y de Europa), a menos de media hora de la estación de tren María Zambrano, a la misma distancia del puerto de Málaga, y conectada con la capital y gran parte de la costa por un moderno tren de cercanías y una red de carreteras de primer orden, Torremolinos es una de las más singulares y, al mismo tiempo, más populares localidades turísticas españolas.
Su evolución en los últimos sesenta años resulta tan impresionante como los altibajos que durante ese mismo periodo ha ido experimentando. Quizá, o, mejor dicho, precisamente por ese motivo merezca la pena conocerla en profundidad.
Y para hacerlo más interesante, comenzaremos in medias res, como si de una hazaña épica se tratase, porque este es, en realidad, un relato épico y pionero.
Una interesante mirada al pasado
Si nos remontamos a los años sesenta del pasado siglo, aquel sencillo pueblo de pescadores y molineros comenzó a despuntar como destino turístico de calado internacional hasta el punto de hacer sombra a otras localidades de la Costa del Sol, incluida la mismísima capital, Málaga.
Durante dos décadas, el crecimiento y, por tanto, el flujo de turistas fue imparable, y Torremolinos se convirtió en un referente turístico sin parangón. El ir y venir de autocares transportando turistas desde el aeropuerto era incontable. Resultaba habitual ver un séquito de coches escoltando a un jefe de Estado, a un actor o a una actriz de renombre mundial o al más elogiado de los artistas.
Torremolinos estaba de moda y todo aquel que pudiera permitírselo quería venir a «dejarse llevar» por la vida en este espacio singular y transgresor que se ofrecía con descaro al visitante. Todo ello enmarcado en un lugar privilegiado: un pueblecito mediterráneo y típicamente andaluz, bañado por un sol espléndido, con un mar habitualmente calmo y cálido.
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Hay calles que están completamente abamdonadas, sucias y rotas.
Sin tantos rodeos mejor arreglar las aceras y organizar mejor el servicio de basuras.Cada año más degenerado…..una pena.A ver si esta alcaldesa empieza a urbanizar mejor