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Placeres y pesares de trolear a la censura en Irlanda

trolear a la censura en irlanda

En 1922, el crítico Shane Leslie, también conocido como Domini Canis, escribió en The Dublin Review que ningún católico debería siquiera poseer un ejemplar de Ulises, pues en él se describe y comete un pecado contra el Espíritu Santo. El «perro del Señor» temía que ese «caviar podrido» que era para él la novela de Joyce, y que sin duda debería incluirse en el Index Expurgatorius, pudiera acabar corrompiendo a las personas inocentes de Irlanda. Por suerte, como la edición era reducida y el precio del libro se estaba poniendo por las nubes, su potencial para corromper las almas del pueblo irlandés sería limitado.

En contra de lo que se suele pensar, Ulises nunca fue prohibido en Irlanda, al menos de forma oficial (hasta más de cuatro décadas después de su publicación era imposible de encontrar en las librerías y bibliotecas irlandesas). No obstante, la reseña del Domini Canis refleja bien el ambiente de censura de la época. Ese mismo año, el Estado Libre Irlandés había empezado su andadura tras independizarse del Gobierno británico. Interesaba crear una identidad irlandesa pura, apuntalada en buena medida en las convicciones católicas, y libros como Ulises, donde se unían peligrosamente «lo espiritualmente ofensivo y lo físicamente impuro», suponían, a su entender, un claro peligro. Para salvaguardar la moral del pueblo irlandés se creó en 1926 una especie de comité contra la literatura nociva (Committee on Evil Literature). Poco después, se aprobaría la ley de la censura (Censorship of Publications Act). Un consejo formado por cuatro católicos y un protestante fue nombrado para velar por su cumplimiento. Los funcionarios de aduanas, la policía o incluso los lectores les hacían llegar los libros sospechosos, y todo el que tuviera una «tendencia general a ser indecente u obsceno», hiciera referencia al aborto, fomentase de algún modo la anticoncepción o dedicara demasiado espacio a algún asunto delictivo (como lo era entonces la homosexualidad) pasaba a engrosar la lista de libros prohibidos.

Este intento de «proteger» la moral de la gente corriente de Irlanda, que diría el gran Flann O’Brien, no solo era paternalista, sino también muy clasista. Por descontado, las personas con medios seguían teniendo acceso a la cultura. Podían hacerse con los libros que querían en sus viajes a Gran Bretaña o Irlanda del Norte, igual que se hacían con los anticonceptivos. El sistema era también muy sexista. Se daba por hecho que las más susceptibles de ser corrompidas eran las mujeres. La escritora Anne Enright contó en una entrevista que, si un hombre leía Ulises, se convertía automáticamente en alguien inteligente, pero, si lo hacía una mujer, se transformaba en una persona sucia. Por supuesto, eso no era exclusivo de Irlanda. En el famoso juicio «los Estados Unidos de América vs. un libro titulado Ulises», celebrado en 1933, el fiscal se negó a pronunciar en voz alta todas las palabras «indecentes» que contenía la novela por la presencia en la sala de una sola mujer. Por suerte, el juez encargado de pronunciarse sobre la legalidad de Ulises supo ver más allá de esas palabras presuntamente corruptoras y fue directo al quid de la cuestión: «Cuando un gran artista de las palabras, tal como Joyce sin duda lo es, busca pintar un retrato genuino de las clases medias y bajas de una ciudad europea, ¿debería ser imposible para el público estadounidense ver legalmente dicho retrato?»1. Para él, la respuesta era clara. Sin embargo, eso exactamente, privar al pueblo irlandés de leer legalmente los libros que retrataban su vida, era lo que, de forma extraoficial, con Ulises, y de forma oficial, con tantas y tantas novelas, se estaba haciendo en Irlanda.

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4 comentarios

  1. Agustín Serrano

    Hoy por hoy la literatura irlandesa es una de las más innovadoras y fascinantes del mundo…

    Qué cierto.

    He disfrutado mucho leyendo este artículo. Enhorabuena.

  2. En la película Noche de verano (1962), Barcelona, en un parque de atracciones, de repente todos dejan las atracciones, se bajan de los coches de tope y se van corriendo a mirar al cielo a ver los fuegos artificiales. Me recordó a los bombardeos de Barcelona.

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