Cine y TV

Richard Harris, Peter O’Toole, Richard Burton y Oliver Reed entraron a un bar…

Richard Harris, 1982. Fotografía: John Downing / Getty.
Richard Harris, 1982. Fotografía: John Downing / Getty.

Toc, toc.

Una vez más tocan a la puerta de la habitación 780 del Hotel Savoy de Londres. El cartel de «no molestar» y la fama del huésped que durante veintiocho años ha sido el dragón que esa puerta guarda han evitado que el personal de servicio lo molestara durante más de una semana. Pero ahora están preocupados. Toc, toc. Y nadie contesta.

* * *

«¡Bull, mírate en el espejo!», le grita ella, en un vano intento por sacarlo del trance demente en el que acaba de entrar. El viejo Bull ha empezado a destrozar su cabaña con una lampa, dándole a todo lo que puede, agitándola con desesperación, tumbando repisas, adornos, platos o vasos. Sus ojos parecen querer salirse de sus cuencas, su cuerpo no parece más su cuerpo sino un instrumento de odio, venganza, muerte y frustración. 

«Malditos sean mi padre y mi madre, por haber hecho de mí un esclavo de ese maldito prado, y por haberme condenado», dice Bull mientras rompe todo, preso de una furia incontrolable. Su esposa eligió rescatar apenas aquel espejo en el que le pedía mirarse. «¡Contémplate! ¿Quieres?», le insiste, y Bull se detiene solo un segundo en una mueca demacrada. «No… no. Me maldigo cien veces por haber condenado a mi madre al infierno para conseguir ese prado», dice mientras su voz parece irse de este mundo. «¡Contémplate! ¿Quieres? ¡Mírate en el espejo!», le suplica su mujer una vez más, con la voz entrecortada por el sonido de la destrucción. Bull entonces se detiene, baja la lampa, se acerca lentamente al espejo, lo mira. En ese momento es como si mirara a los ojos de todos los que auscultan su vida/su actuación, testigos mudos de su decadencia, su derrota y su locura. Bull es Richard Harris con todo el dolor de la Irlanda rural en su pecho.

«Hola, Bull, ¿estás ahí dentro? ¿Me oyes, Bull? ¿Tú también me oyes, Shaimy? ¿Me oyes dentro de ese espejo? —le pregunta al vidrio y al hijo ausente, cuyo suicidio sigue lamentando casi veinte años después—: ¿Puedes oír a tu padre, hijo? Voy a buscarte estés donde estés. En el cielo o en el infierno». Su puño derecho se estrella contra el cristal apenas pronuncia esta última palabra, sello definitivo de un conjuro trágico. Ha mostrado en primer plano los surcos de su rostro, los vastos canales de su frente, las arrugas cimbreantes alrededor de sus ojos azules, y sabemos que con ese golpe ha entrado al espejo a buscarse más allá de sí mismo, más allá del paraíso o la perdición. Es Bull enfrentando su destino; es Richard Harris recogiendo los gloriosos pedazos de todos los personajes que interpretó.

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2 comentarios

  1. Creo que fue Kurt Vonnegut, la verdad no puedo afirmarlo con toda certeza, quien dijo en una entrevista que ya no le interesaba conocer gente famosa, así los admirara, porque la experiencia le había demostrado que al conocerlos generalmente se encontraba con personas sosas, tontas, estúpidas, aburridas, etc…en youtube circulan recopilaciones de varias horas de entrevistas hechas a través de casi 20 años a O’Toole y Harris en las que cuentan sus legendarias borracheras junto a Burton y Reed, y debo confesar que hubiese dado lo que fuera por haberme tomado unos copas con esos señores…qué tipos más inteligentes, divertidos, simpáticos…y, sobre todo, al final de sus vidas, como confiesan con sinceridad la tristeza que sienten de ya no poder vuelta atrás al tiempo y en lugar de esas borracheras, haber pasado más tiempo con sus familias y haber disfrutado de sus hijos…

  2. Pingback: Para escribir o ser actor, la dulce vida de hotel - Jot Down Cultural Magazine

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