
Ahora que soy padre entiendo a mi madre, que era la que normalmente tenía que prepararlo todo: no tenía mucho tiempo, porque ella también trabajaba. Al salir de la escuela, las mochilas, con todo lo necesario dentro, tenían que estar colocadas junto al armario. Nosotros estábamos nerviosos, mi padre, que tenía que llevarnos a la estación, estaba nervioso, y mi madre estaba nerviosa por si nos dejábamos algo. Al final, todo salía bien, llegábamos a la estación a tiempo y no nos olvidábamos de nada. Nos subíamos al tren y empezaba la «acampada» (en realidad, normalmente dormíamos en el albergue del colegio, aunque a veces también en tiendas de campaña o incluso al raso, debajo de un pino). A veces las acampadas eran «campamentos», que duraban dos semanas y siempre se nos hacían cortas. Para mis padres era un agobio, porque éramos dos y éramos bastante distraídos y despreocupados. Ahora que lo pienso, nunca les agradecí que quisieran apuntarme al grupo de «aire libre» del colegio (muy parecido a los Juniors o a los Scouts, aunque íbamos por libre, sin uniforme, sin jerarquías, sin casi normas, ya se sabe: «Qué buenos son los padres salesianos que nos llevan de excursión»). Allí hicimos amigos, vivimos grandes aventuras y lo que quería explicar ahora: hice mis primeros viajes en tren y descubrí, después de caminar por la antigua vía, mi primera estación abandonada.
Debía tener unos trece o catorce años. Habíamos salido por la mañana, cruzado la sierra y descubierto un valle nuevo. En el valle existían pueblos desconocidos, bosques desconocidos, campos desconocidos y dos estaciones desconocidas. Una todavía se usaba y no recuerdo nada de ella, pero debía existir en aquellos años (luego la derribaron y en su lugar dejaron un ridículo apeadero); era la estación de vía ancha, la de Renfe, por donde pasaba el tren que nos llevaba a Valencia. La otra estaba abandonada, parecía llevar muchos siglos abandonada, y era un edificio robusto, elegante, pero vacío y rodeado por altos matorrales y hierbajos, un sitio perfecto para una exploración (aunque no lo recuerdo, no creo que los monitores nos dejaran entrar dentro, así que nos debimos conformar con verlo desde fuera). En cualquier caso, se distinguían bien los andenes, que se perdían entre los árboles que se levantaban orgullosos, como burlándose de las piedras, junto a la estación. Era como si una naturaleza espléndida quisiera levantar la bandera de la victoria, ante los trabajos desmesurados e inútiles de los hombres. El sitio, que por supuesto no conocía, ni sabía nada de su historia, ni nadie me había dicho lo que íbamos a ver y por tanto fue una sorpresa total, me dejó tan profundamente impresionado que, al volver a casa, lo busqué en el mapa. Quería regresar allí algún día. No sabía cuándo, pero quería volver allí. No sabía a qué, pero quería volver allí.
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la estación de Agres no lleva tanto tiempo en ruinas, yo he llegado a utilizarla (hace ya más de 20 años, eso sí).
las circunstancias que han generado la decadencia de esta línea férrea, que une Valencia con Alcoi, son un triste ejemplo de cómo se hacen a veces las cosas en este país.
j
No, la estación de la foto, de la que hablo, es la del ferrocarril de vía estrecha que iba de Alcoy a Jumilla. Aquí se juntaba con el de vía ancha que venía de Játiva a Alcoy. Y la de Renfe aún se usa, por supuesto, pero como apeadero, la estación original fue demolida hace bastantes años. La única que queda en pie (y de milagro, porque una parte se ha caído, como cuento en el artículo, es la del tren de vía estrecha, que es la de la foto). Y ese ferrocarril se cerró en 1969, desde entonces está abandonada.
Un saludo.
Hola otra vez, continuo con mi respuesta… Dejando al margen el lio que hay con las dos estaciones (en muchas webs por ejemplo se confunden), coincido totalmente con lo de la decadencia del ferrocarril de Játiva a Alcoy, que es muy parecido a la decadencia de muchas otras líneas de ferrocarriles españolas, sobre todo las que sólo son usadas por los regionales, y por muy pocos regionales al día. En casi todas encontramos el mismo problema: las estaciones han pasado a ser apeaderos (generalmente sitios inhóspitos, donde es una heroicidad esperar el tren, el billete hay que comprarlo al revisor (si hay), hay muy pocos servicios, a veces un único tren al día en cada sentido, son trenes viejos que tienen muchas averías, etc. etc. Es un panorama desolador…
Un saludo, y como digo siempre, gracias por leerme.
Enhorabuena. Si escribimos en español, Játiva y Alcoy. Por lo políticamente correcto y el negrolegendarismo, a estas alturas es rara avis.
estamos aburridos, eh?
j
Lindos recuerdos. El tren tiene algo especial y la estación complementa ese encanto. Cuando describen un lugar que dejó de ser utilizado por seres humanos y comienza a deteriorarse culpan al tiempo, y éste lo envejece. Creo que las cosas se envejecen porque dejan de ser útiles, dejan de prestar el servicio para lo que fueron creadas. Extrañan el sentirse necesarias. Nadie las mira, nadie las visita y poco a poco van muriendo porque se sienten olvidadas e inútiles. Existe el espíritu de las cosas. Poseen la virtud de su creador.