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La escuela de la aldea (The Village School), de Jan Steen, hacia 1670

El 8 de septiembre del presente año 2026, la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) hizo públicos los resultados del Programa para la Evaluación Internacional de los Estudiantes (PISA, por sus siglas en inglés), que evalúa de modo trienal las competencias básicas en comprensión lectora, matemáticas y ciencia en los estudiantes de quince años españoles, los cuales se sintetizaron en una sola palabra: demoledores.

Demoledores, claro, para cualquier ente cósmico más allá de la Puerta de Tannhäuser que al posar su lumínico platillo volante en nuestro país hubiera comprobado con estupor marciano que, de la misma manera que estamos avanzados científicamente en los estándares del planeta Tierra —energía nuclear mediante— nuestros adolescentes tienen serias dificultades a la hora de resolver problemas complejos y, sobre todo, no saben leer ni escribir… bien. Pero para cualquier persona con un mínimo de interés en el asunto no resulta nada extraño y para nosotros, los profesores, implica incluso cierto alivio —triste, pero alivio al cabo— comprobar que al fin se impone la realidad sobre demagogias baratas que tanto daño llevan haciendo en el mundo escolar desde hace demasiado tiempo.

Situada por debajo de la media OCDE y de la media de la Unión Europea (UE) en las tres competencias básicas, la comprensión lectora es con diferencia la peor parada, con un dato pavoroso: tan solo un 2% de los 30.000 alumnos examinados en casi 1.000 centros escolares es capaz de comprender textos largos y complejos. La tendencia es generalizada a nivel mundial en los últimos diez años coincidiendo con la expansión del uso generalizado de teléfonos inteligentes o cualquier otro dispositivo tecnológico, de inteligencia artificial (IA), redes sociales…

En España esta concomitancia es, sin embargo, inquietantemente perturbadora en tanto que según el Informe del Estado de la Década Digital 2025, publicado por el Ministerio para la Transformación Digital y de la Función Pública, somos uno de los países con mayor desempeño global en la digitalización. Es así como se entiende que un 8% de los estudiantes españoles sean los únicos que no utilicen la IA para sus deberes escolares, frente al 14% del promedio OCDE.

¿Quiere decir todo esto que el problema del sistema educativo actual ilustrado por el informe PISA gravita en el uso y abuso de la tecnología? No, no exactamente. Se trata tan solo de una tesela más en el temible mosaico que, como El sacrificio de Ifigenia, retrata nuestra personal tragedia griega al ofrendar la educación a unos dioses refulgentes pero poco o nada efectivos para sacarnos del fracaso escolar y llevarnos de vuelta a la tierra de la adquisición del conocimiento. Y es que un neopedagogismo viene recorriendo como un fantasma las aulas de la educación secundaria obligatoria (ESO) con un discurso tan positivista como pegadizo que vende las bondades de la inteligencia emocional y múltiple; el aprender a aprender; el trabajo por proyectos, la supresión de exámenes evaluadores, la gamificación de las materias, el emprendimiento… en aras de preparar a los alumnos para unos trabajos que según los gurús tecnológicos se desconocen en un 80% pero que, mira tú por dónde, estarán íntimamente relacionados con su sector.

Este neopedagogismo viene avalado por el propio Andreas Schleicher, creador del informe PISA, cuando afirma: «Hoy día, para ser un buen docente no basta con ser un buen instructor. Necesitas ser un buen coach, un diseñador creativo de entornos de aprendizaje innovadores…» Y añade con el mismo temple desinhibido: «Creo que el docente debe ver al estudiante como una persona, no solo enseñar ciencias, historia o matemáticas. Y eso requiere un cambio de mentalidad en los docentes.» Sus palabras no pueden resultar más groseramente ofensivas: no solo acusa al profesor de tener al alumno como un objeto inanimado, sino que sobre todo denigra la instrucción como proceso en la adquisición del conocimiento a favor de una suerte de Disneylandia diseñada a golpes de apps de ambiente californiano.

Cierto es que no debería extrañar la reflexión de Andreas Schleicher, puesto que ya en la última reforma educativa, la LOMLOE del año 2020, el Ministerio de Educación priorizó la asignatura de Economía y Emprendimiento con menoscabo hacia las Humanidades sobre la base de que la acumulación de datos no era productiva, esto es, no era útil al sistema capitalista. Así lo dejó actualizado en sus redes sociales con el siguiente mensaje: «La educación es lo que queda después de olvidar lo aprendido en la escuela», por lo que apostaban «por un aprendizaje que trasciende la memoria: comprender, crear y conectar saberes con la vida».

De esta deriva hacia la mercantilización del saber nos advertía Nuccio Ordine cuando denunciaba que la finalidad del sistema educativo ya no era transferir conocimientos al estudiante para formar un ciudadano culto con la capacidad crítica suficiente para llegar a comprenderse a él y al mundo que le rodea, sino hacer profesionales para la producción global fundamentada en un capitalismo puro y duro donde la exaltación del rendimiento transforma la vida en una perenne competición. Nos encontramos, en fin, ante una enseñanza moderna que respalda las competencias como concepciones utilitaristas del saber. La gran denostada es entonces, y como se oficializa desde el propio Ministerio de Educación, la memoria. Y lo es al punto que se la ha demonizado como algo arcaico, propio de una escuela «viejuna» que no sirve para nada en este mundo digitalizado… más allá de que para martirizar a los sufridos alumnos, claro.

Gregorio Luri es quien más y mejor combate esta postura embaucadora con sólidos argumentos que demuestran la necesidad absoluta del ejercicio memorístico como método de aprendizaje, distinguiendo dos tipos de memoria: la de trabajo, que almacena la información, y la de largo plazo, que funciona como recordatorio del conocimiento ya almacenado y que, por tanto, siempre está presta a agrandarse gracias al hábito de trabajo. Para ello es imprescindible la atención del alumno que, si ya es complicada de atraer en niños y adolescentes tan dispersos como propensos al divertimento, se ha convertido en un bien escasísimo por el uso de la tecnología invasiva del momento. Porque, como bien apuntan Sara de la Rica y David Martínez de Lafuente, de la Fundación Iseak, a «la exposición acumulada a los estímulos tecnológicos que desde su infancia han focalizado su atención» se les adicionan en el presente el consumo del video corto en una sucesión ad infinitum del scroll.

Esto constituye un auténtico escollo en el aprendizaje del estudiante y revela una falta de motivación ante todo lo que en una clase no tenga un componente lúdico a modo y manera de parque temático, lo que se traduce en un estado de apatía generalizado en el aula con el que se ha de lidiar constantemente. De ahí que con el tiempo el docente ya se haya convertido las más de las veces en ese coach animador que demanda con alegría Andreas Schleicher para levantar el ánimo de nuestros aburridos muchachos a base de actividades «creativas» relacionadas con el uso de la digitalización, el trabajo en grupos, debates… O, lo que es lo mismo, con la pérdida de exigencia que se traduce en un alarmante descenso del nivel y que convierte la ESO en un «pinta y colorea», tal y como se escucha por los claustros.

Cansados estamos los docentes de aguantar, entre otros muchos mantras quejosos recitados por la sociedad actual acerca de nuestro quehacer en las aulas, que si el alumno no aprende es por nuestra culpa en tanto que somos nosotros los que hemos de motivarlo. Y esto, aunque no guste oírlo, es un error. La motivación es lo que impulsa con una energía incandescente el aprendizaje, pero tiene que partir del alumno, es decir, de su predisposición a ir a la escuela y comprobar que es el aprender algo nuevo lo que le produce un doble sentimiento: la satisfacción del momento y las ganas de volver a experimentar esa sensación gratificante de descubrimiento. A partir de entonces, tan solo le queda perseverar: estar atento en clase, hacer los deberes y estudiar. Ya se encargará el profesor de hacer todo lo posible para llevarle «el fuego», la palabra y hacer florecer en él el amor por el conocimiento en su formación innegable para convertirse en un ser pensante.

Como dice Massimo Reccalti, en la escuela se produce el encuentro con la dimensión erótica de la cultura, ya que lo esencial de la enseñanza estriba en movilizar el deseo de saber mediante la explicación del docente y la atención del alumno. En el fondo, tan solo se trata de una cuestión de fe: la que ha de tener el segundo hacia el primero, que le promete durante el curso escolar que los beneficios a medio y largo plazo que obtendrá con el estudio serán mucho mayores que los malos ratos del presente con exámenes, elaboración de trabajos, ejercicios memorísticos…

Si bien es cierto que un profesor puede cambiar la vida de un alumno ofertándole todo un universo intelectual que explorar y al que aferrarse, no lo es menos que para ello el alumno tiene que estar bien atento desde la asimilación de que la didáctica no es una actividad ni ociosa ni terapéutica de per se. Es más, lo natural es que en ocasiones se vuelva frustrante: de ahí la importancia de la actitud perseverante y del apoyo de unas familias que tienen que volver a tolerar el fracaso como elemento cotidiano en la complejidad de la vida de sus hijos estudiantes. Porque, como observamos con pesar en las escuelas, nunca el exceso de celo de los padres por el bienestar de sus vástagos había provocado tantos problemas de salud mental al volverlos tan peligrosamente frágiles en su proceso de maduración.

La irrupción de la inteligencia artificial (IA) en las aulas ha echado más leña al fuego en la lucha del docente por captar la atención del alumno y enseñarle el conocimiento que necesita en su periodo de formación académica. España es uno de los países que más utiliza la IA, lo cual encaja con los resultados desastrosos del último informe PISA: ahora que el alumno siente que ya no necesita esforzarse ni lo más mínimo, su comprensión decae junto con su curiosidad, su imaginación y su creatividad.

De lo que se trata, en suma, es de liberar la atención, la memoria y la voluntad secuestradas por la ideología pedagógica imperante para balizar así la senda por la que debe transitar la adquisición del conocimiento del alumno. Pero para que ello se produzca debe recuperarse el extinto discurso educativo en una clase donde reine el más absoluto respeto hacia el profesor, lo que significa indefectiblemente silencio. La experiencia lleva demostrando desde los tiempos inmemoriales en los que los filósofos griegos enseñaban sus doctrinas a sus alumnos que, para que funcione el entorno académico en el aprendizaje, es necesario estar callado y hablar cuando esté permitido. Y es justo aquí, en el silencio que debe imperar en un aula, donde se encuentra la última pero definitiva tesela de nuestro particular mosaico de la tragedia educativa que acaban de refrendar los resultados PISA.

TALIS (Teaching and Learning International Survey) es un estudio promovido por la OCDE cuyo objetivo principal es ofrecer información sobre los procesos educativos a través de encuestas a los profesores y a los directores de los centros. Pues bien. En su informe de 2025 se destaca que los indicadores que referencian el clima disciplinario del aula en la educación secundaria obligatoria —ruido y desorden, interrupciones, retraso en el inicio del trabajo, tiempo de espera para lograr silencio— son superiores al resto de la OCDE y la UE. La disciplina y el clima tensionado de aula emergen, pues, como un reto específico para los claustros escolares; en especial, para el docente novel, el cual forma el grueso del 50 % que acusa estrés elevado por mantener el orden.

Esta falta de respeto a la autoridad que representa el docente no debe extrañar, pues quien siembra tormentas, recoge tempestades. Las buenas vibras de una pedagogía folklórica nos han llevado al final de un viaje absurdo con su denuncia de la escuela como lugar represivo para los adolescentes que, parece ser, necesitan expandirse junto a sus deseos de ser felices mientras se les ha de preparar para su inserción en un mercado laboral digitalizado. Y todo ello con la aquiescencia de una familia y una sociedad cada vez más permisivas. De ahí al pasotismo, a la soberbia, al creerse autorizados a opinar sobre todo gracias a unas redes sociales que han sustituido a la exigencia del conocimiento y, en fin, a la mala educación solo hay un paso que los alumnos dan con natural facilidad.

Es así como en la actualidad muchas veces la labor del profesor se ve cuestionada o, directamente, ninguneada. A los alumnos se les ha dado patente de corso para que no solo desprecien la escuela en el camino hacia su futuro éxito profesional que les vende su alrededor —padres, redes sociales, tecnólogos…—, sino también a la propia figura docente. Tan solo dos datos al respecto. Una encuesta realizada por Comisiones Obreras (CCOO) en el año 2025 mostraba que un 47 % del profesorado se ha planteado alguna vez abandonar la profesión y más del 70 % de docentes no se siente reconocido por su labor. Y según el Centro Sindical Independiente de Funcionarios (CSIF), más de un 50 % sufrió agresiones o trato vejatorio en el aula durante el último curso escolar.

Si sabemos que el silencio no es el estado natural de un hombre que necesita comunicarse en su desarrollo social evolutivo, qué decir entonces de un adolescente sometido a cambios hormonales durante una franja de edad compleja, zarandeado por unos tiempos vertiginosos que no le dan respiro. Precisamente por este motivo la escuela se erige en un lugar incuestionable para su salvaguarda del estruendo exterior que le bombardea. No, la enseñanza obligatoria de la secundaria no debe confundirse de modo maniqueo con una etapa represiva y traumática que se sufre en la escuela. Es una parte fundamental en la formación intelectual del alumno que, como tal, requiere un trabajo exigente y perseverante que le resultará beneficioso para su futuro no solo laboral, sino sobre todo personal. De ahí el aprender cuándo hablar, reír o callar.

A tal fin, y mal que les pese a los defensores de una libertad mal entendida, es urgentísimo revalidar la disciplina escolar como elemento de estabilidad social y emocional. Y más en un momento histórico en que las familias han delegado en la escuela las normas básicas de convivencia ciudadana. Hace una década que el profesor Albert Royo ya denunciaba la falta de educación en los estudiantes a la hora de saludar, pedir las cosas por favor, dar las gracias, respetar el mobiliario, relacionarse con sus compañeros y con el personal docente y no docente que trabaja en una escuela… Desde entonces, nada nuevo bajo el sol.

En mitad de esta tormenta, Tue Halgreen, analista jefe del informe PISA, incide en que sustituir las pantallas por los libros de papel fuera de la escuela es un factor clave en la debacle de la comprensión lectora. Acertada sugerencia, pero matizable. Ante la debacle que ha supuesto la tecnologización en las aulas, de un tiempo a esta parte ya se está produciendo ese cambio… pero con idéntico resultado en los bajos índices de comprensión lectora entre el alumnado. La lectura rápida y transversal del estudiante responde a una triple causa: la primera, es el presente acelerado en el que vive, que le impele a realizar todo a la velocidad del rayo; la segunda, la falta de una tradición lectora que arrastran; la tercera y última, la consideración de que leer es hacer algo aburrido y sin sentido práctico.

Motivos que explican las fallas en la comprensión lectora que demuestran los alumnos desde el enunciado de un problema matemático hasta el análisis de un poema. De ahí que la clave en la comprensión lectora esté en la concentración, que ha de ser regular y, sobre todo, silenciosa. Las evidencias empíricas demuestran que esto solo se puede conseguir con disciplina, esto es, con respeto y educación, con orden y hábitos de trabajo, con motivación y perseverancia. Con ello se conseguirá, además, que un profesor no acabe sincerando que está acostumbrado a explicar su lección con «ruido de fondo» y que cuando a un alumno de catorce o quince años le pregunten «¿qué tal tu clase?», no responda automáticamente: «una jungla».

Hace ya años, Antonio Muñoz Molina alertaba que «A los expertos, a los gurús de la jerga psicopedagógica y a los enchufados no les cabía la menor duda: los que alertábamos sobre la degradación de la enseñanza nos habíamos vuelto de derechas y no sabíamos nada, no entendíamos de nada», para continuar preguntándose: «¿Qué porvenir laboral tiene un hijo de trabajador o de inmigrante que a los quince años no es capaz de comprender un párrafo de tres líneas? ¿Qué podrá aprender sobre la complejidad del mundo y la de su propia alma quien no cuenta con una luz de las palabras escritas?» y acabar sentenciando: «me pregunto con ira y dolor qué habría sido de mí, de tantos de nosotros, si no hubiera sido por la escuela y por el instituto. Nuestros padres, niños en la guerra, escribían y leían con dificultad. En nuestras casas, donde había tan poco, mal podía haber libros. La escuela nos hizo lo que somos».

Cuando escribo estas líneas, los sindicatos están sopesando en Cataluña y Valencia la posibilidad de continuar con las huelgas docentes que iniciaron el curso pasado; mientras tanto, en Madrid se ha decretado ya un paro indefinido desde el 14 de octubre y las protestas se extienden al resto del territorio español. Si bien es verdad que la escuela pública es la más movilizada, no lo es menos que muchas de sus reivindicaciones son respaldadas por la concertada: reducción de la ratio, mejoras en las infraestructuras educativas, disminución de la carga burocrática, apoyo en una mayor autoridad en la figura del profesor, incorporación de especialistas para tratar a aquellos alumnos con necesidades especiales y aumento del salario.

Unas reivindicaciones para la profesión del docente en el siglo XXI que, curioso, vuelve su crítica mirada hacia el XIX, concretamente a Joseph Jacotot. Este pedagogo francés defendía que la gran tarea del profesor era la de transmitir sus conocimientos a los alumnos para educarlos en el saber, siguiendo una progresión ordenada de lo más simple a lo más complejo. Para ello eran absolutamente necesarias dos cosas: la primera, que el profesor explicara cuanto más y mejor; la segunda, que el alumno escuchara atento en su proceso de instrucción, cuyo núcleo residía en la comprensión favorecida por unos hábitos de trabajo que priorizaban la memoria en medio de un ambiente respetuoso en su silencio. Porque, como sintetizó Francisco Giner de los Ríos en aquella misma época, «el oficio de educar es la mayor de las empresas nacionales».

No querer entender esto por negligencia o intereses ajenos al mundo de la educación es abocar una y otra vez al estudiante al fracaso escolar que continuarán confirmando los sucesivos resultados PISA, a pesar de que salga con un resplandeciente título de la ESO bajo el brazo que oficialice unos conocimientos adquiridos que, oficiosamente, no tiene.

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