
Hay quien dice por ahí que esta novela fue tan importante que ayudó materialmente a que los aliados ganasen la Primera Guerra Mundial. Es una tontería, por supuesto, pero, como la propaganda vive de exageraciones y el marketing, de descalabrar la verdad, arrinconada en una esquina, rendiremos homenaje a su triunfo reseñando esta novela, que llegó a vender dos millones de ejemplares o puede que más.
Su autor, Vicente Blasco Ibáñez, valenciano de corazón y de ejercicio, nació en 1867 en una familia de comerciantes aragoneses afincados algunas décadas antes en la ribera del Turia. Se aficionó a la literatura desde muy joven y se hizo seguidor de Zola, Víctor Hugo y Pérez Galdós, al tiempo que comenzaba a participar en diversos movimientos sociales y políticos locales de su época. Joven, con sobradas energías y talento, destacó por su compromiso social y su oratoria, produjo artículos a mansalva, fundó el periódico El Pueblo, creó la editorial Prometeo y comenzó a escribir y publicar sus primeras novelas mientras estudiaba Derecho casi por casualidad o como entretenimiento, porque no tenía la menor intención de ejercer como abogado.
Le interesaban mucho más la política y el activismo, y denunciaba en sus escritos la pobreza en que malvivía la clase trabajadora. Y en eso fue honrado: trató de conocer de primera mano las condiciones de vida y las relaciones sociales en la Albufera y las reflejó con magistral realismo en algunas de sus novelas más famosas, como Cañas y barro y La barraca. Y, por encima de todo, identificó como el mayor problema social el altísimo porcentaje de analfabetismo en España. Para combatirlo, entendió que había que publicar buenos libros a precios bajos y a ello se lanzó desde su editorial, creando ediciones populares de autores que iban de Aristófanes a Voltaire y de Quevedo a Poe.
En 1891, con veinticuatro años, se casó con María Blasco, con la que tuvo cuatro hijos. Lejos de sentar la cabeza por su recién adquirida condición de cabeza de familia, siguió metido en toda clase de trifulcas políticas, lo que en varias ocasiones llevó sus huesos al calabozo debido a sus denuncias anticlericales, antimonárquicas y mayormente progresistas. Era la época del Noventa y Ocho, con la pérdida de las últimas colonias españolas, y las noches de calabozo se compensaron ampliamente con su elección como diputado en Madrid durante varias legislaturas, hasta completar diez años de dedicación exclusiva a la política. En las últimas elecciones a las que se presentó ganó igualmente su escaño, pero, harto de aquel mundillo, abandonó la política para dedicarse exclusivamente a la literatura. Con la llegada de la dictadura de Primo de Rivera, el escritor volvió a la denuncia política mediante la publicación de artículos, pero esta vez desde su exilio en Francia.
Excelente articulista, cronista y provocador. Novelista costumbrista, escritor propulsor del naturalismo y el realismo social. Títulos como Sangre y arena, Mare Nostrum y Cañas y barro han sido llevados al cine y la televisión en numerosas ocasiones. Actores de renombre internacional como Valentino, Rita Hayworth, Tyrone Power, Anthony Quinn y Greta Garbo han dado vida a personajes de Blasco Ibáñez en la gran pantalla. También artistas españoles como Concha Piquer, José Bódalo, Victoria Vera y Sancho Gracia han participado en las adaptaciones de la obra de Blasco Ibáñez al cine y la televisión.
Su extensa obra periodística y literaria es conocida especialmente por sus novelas, que abarcan diferentes géneros, desde las costumbristas y las calificadas como regionalistas hasta las sociales, las psicológicas, las históricas y las de aventuras. Entusiasta de Cervantes, apasionado de Wagner, amigo de Sorolla, vivió una intensa vida comprometida con la sociedad de su tiempo. Falleció en Francia en 1928 como consecuencia de las complicaciones de una neumonía. Sus restos mortales fueron trasladados a Valencia durante la Segunda República.
En cuanto a Los cuatro jinetes del Apocalipsis, su obra más internacional y más vendida, comenzó a escribirla en París en 1914, tras su estancia en Argentina. Dadas las circunstancias internacionales del momento, Blasco Ibáñez creyó que podría ser buena idea mezclar los acontecimientos históricos de Europa con las vicisitudes sociales de Argentina y construyó un enorme fresco que se convertiría en una de las novelas más populares sobre la Gran Guerra. De hecho, lo tiene todo: amor, intrigas familiares, celos, más amor, rencores, miseria, batallas, trincheras, más rencor, denuncia social y sacos, verdaderas talegadas de propaganda política.
La historia fue más o menos como sigue: impulsado por sus creencias políticas y sus intereses comerciales, don Vicente inició un gran proyecto agrario en la Patagonia que no tardó en llevar a la bancarrota a su familia, por aquello de que, en teoría, la teoría y la práctica son iguales, pero en la práctica nunca lo son. Empobrecido y algo avergonzado, o quizás cabreadísimo, regresó a Europa poco antes de que empezara la Gran Guerra. El contexto social europeo no podía ser más inestable y el escritor entró en contacto con el presidente de la República Francesa, conocedor de su obra y de sus últimos artículos, en los que se posicionaba a favor de Francia y en contra del amenazante imperialismo alemán.
«Quiero que vaya usted al frente, pero no para escribir en los periódicos. Eso pueden hacerlo muchos. Vaya como novelista. Observe y tal vez de su viaje nazca un libro que sirva a nuestra causa», le transmitió M. Poincaré.
Y así lo hizo. Conoció la primera línea de fuego, las trincheras, la situación en la retaguardia y el traslado del Gobierno francés a Burdeos —que los franceses no interpretaron como esperanzador, precisamente—, visitó los campos de batalla y fue testigo de la muerte, el miedo y el hambre de la población.
En 1916, la guerra no había terminado, pero Blasco Ibáñez decidió darla por concluida y publicarla inmediatamente. La obra no tuvo la repercusión esperada en Europa, al menos no tanta como otras novelas posteriores cuyo escenario también es la Primera Guerra Mundial, como la muy exitosa Sin novedad en el frente, de Erich Maria Remarque. Sin embargo, la entrada de Estados Unidos en la guerra mundial abrió un horizonte nuevo para la novela y, en el país norteamericano, se convirtió en un inesperado superventas: fue el libro más vendido en los EE. UU. en 1919 en la categoría de no ficción, con más de doscientos mil ejemplares durante ese año, impulsado, sin duda alguna, por la necesidad del Gobierno norteamericano de hacer popular entre sus votantes la participación en la guerra. La acogida fue tan entusiasta que enseguida llovieron los reconocimientos académicos, las conferencias por todo Estados Unidos y demás parafernalia publicitaria. En 1921, la revista británica The Illustrated London News señaló que esta obra era el libro más leído del planeta después de la Biblia, lo que, francamente, nos parece una exageración.
Ha tenido varias adaptaciones cinematográficas. La primera, estrenada en 1921 y protagonizada por Rodolfo Valentino, fue un éxito de taquilla. En 1962, el director Vincente Minnelli realizó su versión cinematográfica de la novela, con Glenn Ford en el papel principal.
La cifra global de ventas hasta nuestros días supera con creces los dos millones de ejemplares.
La novela narra la historia de dos familias: los Desnoyers y los von Hartrott. Proceden de un tronco común, el patriarca español don Julio de Madariaga, emigrante en Argentina que consigue hacer fortuna y ascender en la escala social del país. Sus yernos, sin embargo, eran, respectivamente, de origen francés —Marcelo Desnoyers— y alemán —Karl von Hartrott—. Tras la muerte de don Julio, los von Hartrott se marcharon a Alemania y los Desnoyers, a Francia. Ambas familias terminaron combatiendo en bandos opuestos durante la Primera Guerra Mundial, ya que cada una abrazó las posiciones políticas y nacionales de sus raíces.
Blasco Ibáñez utiliza el viejo símbolo de los jinetes del Apocalipsis porque quiere referirse a los desastres de la guerra, pero, aun así, se esfuerza en crear personajes complejos y describe con inteligencia la atmósfera de la época. En la novela se alternan escenas bélicas con enredos amorosos y bailes de salón, un poco al estilo de Tolstói. En teoría, la denuncia principal de la obra es la inutilidad devastadora de la guerra, pero, si en Estados Unidos se consideró que su difusión podía contribuir al esfuerzo bélico, por algo sería. Seguramente porque, cuando habla de la culpabilidad de Alemania, lo hace con la boca grande y, cuando habla de la necesidad de la paz, lo hace con la boca pequeña. Cuestión de diámetro.
Los cuatro jinetes del Apocalipsis es, de todos modos, una de las mejores novelas de uno de los escritores más importantes de la literatura española del siglo XX. El hecho de publicarla en 1916, cuando aún no se sabía quién iba a ganar la guerra, la absuelve de su compromiso propagandístico. En nuestros días, el autor habría esperado a conocer al ganador antes de escribir semejante libro, por aquello de nuestra inmensa afición a sacudirle estacazos al penúltimo enemigo, al tirano muerto y al opresor jubilado.
Por eso, nos guste o no, podemos decir que Blasco Ibáñez rigió su vida por un intenso compromiso con sus ideas y con la sociedad que le tocó vivir, y se arriesgó a llamar la atención sobre las consecuencias destructivas que las guerras traen a las sociedades y a las vidas de los individuos que las sufren.
Lo parcial no quita lo valiente.







