
En plena oscuridad y silencio absoluto, alguien te coloca un objeto en las manos. Tú tratas de reconocerlo a tientas. No ves nada ni oyes nada. Tampoco sabes quién es ese alguien ni percibes si hay más personas con él. Al momento, sientes una caricia en la mejilla y, a continuación, un beso en la frente. Te limitas a suponer cuánta gente hay a tu alrededor. En un mundo sin imágenes ni sonidos, solo notas su presencia a través del tacto y el olfato. Eso es lo único que te comunica con la realidad: un roce, un aroma… Todo lo demás es un profundo abismo de silencio y negrura.
Así era la vida de Helen Adams Keller, una niña nacida en 1880 en Tuscumbia, Alabama, que se quedó sorda y ciega a los diecinueve meses de edad. En aquel entonces, los médicos afirmaron que la patología causante de tan terribles secuelas había sido una «congestión cerebro-estomacal», pero hoy se sospecha que fue meningitis la enfermedad que afectó a Helen de forma tan severa, privándola para siempre del sentido de la vista y el oído.
Y, a partir de ahí, el aislamiento. La pequeña Helen todavía era un bebé cuando el mundo se apagó y enmudeció, dejándola sola, prácticamente incomunicada, en la más callada oscuridad. A esas alturas de su vida, apenas había aprendido un puñado de palabras, como cualquier otro niño de su edad. No sabía hablar, no podía expresarse ni conocía el nombre de las cosas. Ni siquiera era consciente de la existencia de esas cosas ni podía comprender la realidad que la rodeaba. Solo existían olores y relieves en las tinieblas. Nada tenía entidad propia. Nada podía ser mencionado, ni tan solo imaginado: a Helen no le había dado tiempo a desarrollar la base de un lenguaje a través del cual estructurar su pensamiento. No era capaz de razonar. No podía entender qué era la vida. Qué había ahí fuera. En un mundo sin luz ni sonido, sin palabras ni conceptos, no había forma de aprender nada ni comprender nada. Confinada sensorial e intelectualmente, ni siquiera podía entender qué era ella misma.
Hagan la prueba: cierren bien los ojos y tápense con fuerza los oídos durante unos instantes. Lo poco que queda tras esa privación sensitiva era todo para ella. Para una niña que carecía incluso de una representación mental de la realidad. Todo cuanto conocía, más allá de los lejanos destellos de sus primeros meses de vida, era la nada más impenetrable, sumida en el mutismo y la oscuridad. Si yo sufriese hoy un percance que me dejase sordo y ciego de repente, todavía dispondría de referencias, sería consciente de mí mismo y de mis circunstancias, sabría qué es lo que me rodea y en qué situación me encuentro. Helen, sin embargo, incomunicada desde los diecinueve meses, habiendo crecido a oscuras y en total silencio, vivía en un limbo sin contenido en el que nada tenía nombre. No es difícil imaginar cómo debió de empeorar su temperamento con el paso de los años. Cómo debió de brotar la rabia, la rebeldía y también la amargura. Hasta que su familia se vio obligada a pedir ayuda.
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Excelente relato de una historia deslumbrante. Muy recomendable la excelente película «El milagro de Ana Sullivan» (1962) de Arthur Penn para poner en imágenes lo aquí leído.
Dos milagros, Anne Sullivan y Hellen Keller.