
La humanidad ha tenido a bien cultivar plantas desde el neolítico, aunque algunas más por ocio que por hambre. Lo notable, sin embargo, es que ahora florece en Instagram lo que antaño crecía al abrigo de los bosques o de la timidez de ciertos balcones orientados al oeste: los cogollos, tan redondos y aromáticos, se han convertido en objeto de deseo no por lo que hacen, sino por lo que ya no hacen. En estos tiempos modernos, el exceso no excede. Es la versión light, la sombra de una sombra, el eco vegetal de una rebeldía sin consecuencias. Bienvenidos al universo del CBD.
Por si algún lector ha vivido enclaustrado en una bodega sin conexión a internet (un estilo de vida, por cierto, cada vez más atractivo), el CBD es ese compuesto que, a diferencia de su hermano problemático, el THC, no produce subidón, paranoia ni ansias de papas fritas con ketchup. El CBD es el monje franciscano de la familia del cannabis: no se sube por las paredes, ni canta reguetón en las bodas, ni provoca miradas erráticas en las estaciones de tren. Ofrece, en cambio, una serenidad funcional, una calma compatible con la jornada laboral. Es el chill que no arruina tu productividad.
Pero lo verdaderamente fascinante no es el CBD en sí, sino su forma de presentarse ante el mundo. Aquí es donde entran los cogollos de Justbob, con su envoltorio de boutique parisina y sus nombres que oscilan entre el hipsterismo y el manual de botánica. No se venden como medicina, porque la medicina no suele oler a bosque húmedo y club de jazz. Tampoco como droga, porque eso implicaría una cierta promesa de caos. Se venden como experiencia, como bienestar, como esa manera muy siglo XXI de disimular el placer con el pretexto de la salud.
Uno de los grandes logros de esta época nuestra —junto con el latte de avena y los algoritmos que predicen con qué ex volveremos a escribir— es haber domesticado el imaginario de la marihuana. Los cogollos han pasado de ser icono de la disidencia a complemento decorativo de interiores escandinavos. Hay gente que los guarda junto al palo santo y el tarot de Marsella. En lugar de ser una vía de escape, son ahora un símbolo de armonía y reencuentro con uno mismo, como si fumar una infusión de cáñamo fuera una forma de hacer las paces con tu adolescente interior.
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Me ha encantado, gracias
Buenísimo, y lo digo con mi joint de CBD en la diestra