
La ciudad de Nueva York. Lo primero que se viene a la cabeza cuando se la menciona son esos imponentes rascacielos. Sus avenidas de gigantes. El bullicio. Coches de arriba a abajo. Luces y pantallas gigantes por todas partes. Porque, por supuesto, uno no se imagina Nueva York de día. El día es aburrido en esta ciudad. La luz del sol muestra a gente aburrida que va a sus trabajos aburridos, con sus oficinas aburridas y sus trajes aburridos. La noche espanta todo atisbo de monotonía. Es cuando llega la magia, la emoción y la vida se respira en cada esquina, en cada barrio.
Y donde hay vida y emoción, hay peligro. Porque cuando imaginas Nueva York, también imaginas criminalidad. Es la ciudad más atacada del mundo, porque es la más poderosa del mundo y todas las miradas del mundo se dirigen a ella. Los aliens hostiles aterrizan allí, los terroristas de todas las nacionalidades buscan hacer mella en sus habitantes. Los supervillanos, ¿acaso vendrían a una medianía para comenzar su plan de dominación mun dial? ¡NO! Irían a la capital del planeta. Y esa es, pese a quien pese, Nueva York. Sabiendo entonces que entre las luces deslumbrantes y las atrayentes calles principales existen callejones donde el mal se oculta en la oscuridad y en esos misteriosos vapores que salen de las alcantarillas, ¿cómo es posible que queramos ir tanto a Nueva York? ¿Acaso te vas a sentir seguro en un sitio así? La respuesta es eviden temente afirmativa.
Porque sí, Nueva York está llena de peligros. Pero, por cada asesino que ronde una esquina, por cada alienígena invasor que pretenda extinguir la raza humana, por cada maníaco que pretenda volar un edificio en nombre de su dios, estarán ellos. Los héroes. A veces son súper. A veces no. Pero siempre están ahí. Muchas veces los héroes son estrellas. Las multitudes los aclaman, los vitorean cuando aparecen prestos a combatir el mal, en cualquiera de sus formas. Ya sea balanceándose en una telaraña o en una molona armadura a golpe de AC/DC.
Pero hay ocasiones en las que los héroes son figuras incomprendidas. Ni siquiera son de nuestra especie. Odiados, traicionados, incomprendidos… pero fieles. La noche es su reino. Cómo no. La magia de la noche. Quizás sea el único vestigio de un mundo que les había olvidado durante un milenio. Una leyenda que contar a los niños antes de dormir, para asustarlos, probablemente. Una deshonra para esas criaturas, que estuvieron mucho antes que nosotros, pero que nos ayudaron en tiempos de peligro. Y, sin embargo, les traicionamos. Si terrible es relegarlos a cuentos de pesadilla, peor es la indiferencia con la que se actuó después con ellos. Ignorados, aunque estén a la vista de todo el mundo. Olvidados. Están en cada cornisa, en las alturas, guardianes silenciosos, fríos y duros como piedras durante el día. Fieros protectores durante la noche.
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Era un serión, efectivamente.