
Este artículo es un adelanto de nuestra revista trimestral nº 51 especial Fuego, ya disponible aquí.
Enriqueta «Queta» Basilio Sotelo corre. Corre por las calles de tierra de Mexicali, al norte de México, en la frontera con Estados Unidos, y cuando todavía es una niña. Corre contra sus hermanas, contra sus hermanos: les gana. Se intriga por los misterios de una casa que ocupa toda una cuadra y se trepa al muro que la oculta. También se sube a otros muros. Corre por las pistas públicas de una ciudad que apenas está en desarrollo y practica salto en largo y en alto, impacta sobre un colchón hecho de paja. Va a la escuela de la mano de su padre. Y, si no, va sola, corriendo. Queta es inquieta y todo en Mexicali, mientras Queta es una niña, es llanero.
Nació allí, en la ciudad capital de Baja California, el 15 de julio de 1948. Fue la quinta (la última de las cuatro mujeres) de los seis hijos que tuvo la familia tradicional que conformaron Everardo Basilio González, empleado rural en las plantaciones de algodón, y Bernardina Sotelo, una mujer dedicada a la casa y a los niños, a quien le determinaron su casamiento a los dieciséis años. Enriqueta tiene en claro dos cosas. No va a ir, como sus hermanas, ni a la escuela de monjas ni más tarde a la de señoritas; quiere ser atleta, pero su madre tiene miedo de que se lastime. En la escuela primaria Queta encabeza un acto en el que tiene que trasladar una pequeña antorcha y en segundo año del colegio secundario hace lo mismo: es la celebración del 20 de noviembre, aniversario de la Revolución Mexicana. Queta no tiene ojos más que para ese fuego: se deslumbra.
El 18 de octubre de 1963, durante la 60ª Sesión del Comité Olímpico Internacional llevada a cabo en Baden-Baden, Alemania, la ciudad de México es elegida para ser sede de los Juegos Olímpicos de 1968 por delante de las candidaturas de Detroit, Buenos Aires y Lyon. Serán los primeros Juegos en Latinoamérica y el reto es supremo. Queta Basilio tiene quince años y para entonces ya no hay demasiada discusión sobre lo que quiere hacer: atletismo. Encuentra que su padre, un autodidacta ejemplar que puede describir rincones del mundo como si hubiera estado allí, no tiene la rigidez de la mayoría de los hombres del norte y escucha esa apertura como una oportunidad. Lo que también sabe Queta es que ese hombre bueno recibirá en los años siguientes muchas cartas que no abrirá: son las que le piden que autorice a su hija a instalarse en la ciudad de México para entrenarse en el alto rendimiento.
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Qué buen y sentido artículo. Una emoción contínua leerlo. Una mujer excepcional. Muchísimas gracias.