Cine y TV

‘Robot Chicken’: Thermomix pop

Robot Chicken. Imagen Warner Bros.
Robot Chicken. Imagen: Warner Bros.

El primer sketch que vi de Robot Chicken no me pareció ni un sketch. En él, un mono intentaba encajar un tenedor en un enchufe durante dos o tres segundos de animación stop-motion. ¿Cómo? ¿Y ya está? Pues sí, ya está. Ni set-up ni punch ni estructura de gag (no digamos ya de sketch) ni leches. Era simplemente una imagen de impacto extravagante, graciosa a su manera, que apelaba a un extraño sentido de la comedia del espectador pero, sobre todo, buscaba su perplejidad. ¿Es esto el posthumor? ¿La comedia del estupor? ¿La posmodernidad de la risa? ¿La vanguardia del chiste? Pues… vista la serie en su totalidad, ahora creo que, al margen de sesudos marcos teóricos, en realidad ese microsketch (venga, pactemos que lo vamos a llamar así) era simple y llanamente una gamberrada. Una vacilada, incluso. Se estaban quedando con nosotros.

Ahora que lo pienso, he mentido. El primer sketch que vi nunca de Robot Chicken fue su careta. Una parodia de Frankenstein («¡It’s aliveeee!») en la que un mad doctor insufla vida a un pollo cíborg al que somete a una terapia de choque frente a una pantalla parecida a la cura contra la ultraviolencia que le practican al personaje de Alex en La naranja mecánica. ¿Qué nos quería decir esa secuencia de obertura? ¿Que a partir de esos créditos nos iban a hacer sentir como aves de corral a punto de ser lobotomizadas por el televisor? ¿Que el show iba a saturar nuestras retinas con imágenes transgresoras? ¿Que en realidad son el resto de programas de televisión (y películas, y anuncios, y videojuegos, y cómics…) los que nos tratan como pollos en un laboratorio regido por un aprendiz de Josef Mengele?

Ay, qué malo es el sobreanálisis. Robot Chicken, repetimos de nuevo, es una gamberrada. Un atentado contra nuestra inocencia y credulidad como espectadores que hemos elevado a la categoría de obras maestras cualquier pieza audiovisual que haya contribuido en la etapa más tierna de nuestra vida a nuestra educación sentimental-audiovisual. Si adoras y ni te planteas cuestionar E. T., el extraterrestre, por ejemplo, mejor no veas el sketch de este programa en el que el bicho vuelve a su planeta y se descubre que en realidad es un ejemplar de la especie con severos problemas en el habla y contrahecho físicamente incluso en la comparación con sus iguales, que son unos alienígenas fortachones que juegan al baloncesto y se burlan de nuestro E. T. al más puro estilo bully.

Y así, con todos los iconos pop de nuestra infancia-juventud: los superhéroes tanto de Marvel como de DC, la fauna de la saga La guerra de las galaxias, los presentadores de tele míticos, los juguetes vintage… toda su aureola de intocabilidad nostálgica se va al traste con Robot Chicken, siete temporadas de veinte episodios (en torno a los diez minutos cada uno de ellos) que han vandalizado nuestra memoria pop sin tomar prisioneros.

Las cabezas pensantes detrás de toda esta operación de acoso y derribo de la cultura popular amparada y financiada por el canal Adult Swim desde 2005 (e inspirada en las tiras cómicas con Photoshop de la revista Toyfare: the toy magazine) son Matthew Senreich y, muy especialmente, Seth Green (la voz de Chris Griffin en Padre de familia, el hijo que le sale rana al Dr. Maligno en la saga de Austin Powers y el pelirrojo con cara de chiste de tantas y tantas películas y teleseries). Ellos son los que aprietan el botón, sin compasión alguna, de esa trituradora pop llamada Robot Chicken.

Aunque, en realidad, la parodia, por descarnada que sea, siempre es una especie de homenaje. Así lo han entendido, al menos, muchos fans del programa cuyo frikerío no les impide tener sentido del humor, y también algunos de los personajes (salvajemente) caricaturizados: Conan O’Brien o los propios George Lucas o Mark Hamill han prestado sus voces para reírse de sí mismos en algunos sketches que destrozaban alegremente su trabajo.

Este sketch-show al sprint, pues, ha conseguido que su tentativa de forzar los límites de lo que puede y no puede verse en un programa de dibujos animados para televisión (o cómo llevar al paroxismo creativo los «¿Y si…?» más descabellados que tienen lugar en la sala de guion y, a menudo, se quedan ahí) sea considerada algo más que una sarta de barbaridades: es una gran, descreída y alocada celebración de la cultura pop que nos ha hecho tal como somos.

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