Libros

Por qué la adicción no es una enfermedad

Naces en 1955 en Toronto, una ciudad helada, en una familia de clase media donde el estudio y el autocontrol son la prioridad. Aprendes pronto a corregirte. A no molestar.

A los quince años te envían a un internado en Estados Unidos. Un lugar rígido y cruel. Los alumnos mayores son unos cabrones y los supervisores te castigan. Llegar tarde al desayuno puede significar semanas limpiando zapatos o haciendo las camas de tus compañeros. Empiezas a pensar que hay algo malo en ti.

Por la noche, en la litera, le das vueltas a la cabeza. Te dices que no encajas, que eres menos que los demás. Un imbécil.

Descubres el alcohol y te alivia. No lo ves como algo peligroso sino como algo muy útil. Luego empiezas con la marihuana y el LSD. Lo único que quieres es dejar de sentirte mal.

Empiezas a escribir diarios. Cuadernos donde intentas entender qué te pasa y por qué necesitas drogarte para soportarte a ti mismo.

Superas la adolescencia y te mudas a California. Son los años 70 y Berkeley está llena de casas compartidas, colchones en el suelo, drogas baratas y discursos sobre libertad. Nadie te conoce y eso te gusta. Fumas marihuana casi a diario. Lees a Conrad y a Lawrence. Escribes poemas y el LSD te permite experimentar la sensación de sentido.

Aprendes qué tomar, cuándo y con quién. Eres un intelectual en plena revolución cultural. Cuando no consumes, el mundo pierde interés. Así que repites.

Estudias psicología. Sacas buenas notas. Desde fuera, todo parece ir bien. Pero tú vives obsesionado, organizas tu día en función de la sustancia que vas a tomar. Empiezas a mentir sin pensarlo demasiado.

Cruzas líneas aparentemente inocentes: coges algo de dinero que no es tuyo, manipulas a tu familia… Siempre encuentras un buen motivo.

Pero un día te detienen. Te juzgan y te ponen en libertad condicional. Lo peor es que el periódico publica tu nombre. Te sientes humillado.

Prometes parar. Pronto. Pero te estás quedando sin margen. O frenas, o todo se va a la mierda. A los treinta años sientes que estás acabado, no puedes dejar de drogarte, te avergüenzas de ti mismo y te pasas las horas pensando cómo conseguir dinero para tu siguiente dosis.

Te recomiendan que vayas a terapia.

Empiezas terapia. Hablas de la vergüenza, la rabia y una tristeza muy antigua. Consigues trabajo en un centro para jóvenes de la calle. Los entiendes muy bien.

Vuelves a estudiar. Esta vez Psicología del desarrollo. Te va de fábula. Un profesor te dice que no existe un alumno más brillante. Empiezas a sentirte mejor.

Trabajas con niños, con electrodos, con señales eléctricas, con cerebros que cambian con la experiencia. Ves plasticidad donde otros ven enfermedad. Esto te resulta demasiado familiar.

Relees los cuadernos que escribiste durante los años de consumo y empiezas a ver algo que entonces no podías identificar. Es un patrón. Decides reescribir la historia para entenderla mejor.

Ese libro se convierte en Cerebro adicto. Tu biografía.

Después surge otra pregunta, ya no sobre ti, sino sobre la forma con la que se explican historias como la tuya. Revisas datos, comparas cerebros, observas trayectorias vitales. No encuentras un cerebro enfermo, sino un cerebro que ha aprendido unas rutas muy concretas. Un aprendizaje tan profundo y eficaz, que resulta casi imposible de deshacer.

Casi.

Tus tesis se convierten en otro libro, Biología del deseo. Tu premisa es que la adicción no es un fallo del cerebro, sino un proceso de aprendizaje llevado al límite, moldeado por la repetición, un deseo irrefrenable y la famosa plasticidad neuronal.

Una vida extraordinaria, dos libros para entender por fin que la adicción no es una enfermedad del cerebro y un tipo que pasó de ser drogadicto a uno de los mejores investigadores en adicciones.

Disfrutad de Marc Lewis.

 

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Un comentario

  1. Me identifique con la historia. Aunque viví casi lo mismo en los 80. Hoy ayudo a adictos a superar la enfermedad.

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