
Este artículo es un adelanto de nuestra revista trimestral Jot Down #53 «Intimidad», ya disponible aquí
Dirijo sin cesar al ausente el discurso de su ausencia. (Roland Barthes)
I
La llegada de Queralt es inminente. Mi cuerpo tiembla. Hemos catalogado los diferentes puestos de la feria. Tras un intenso debate del club astrológico escogemos los stands que tienen mejor pinta. Queralt me envía un mensaje y me desplazo a la entrada para recibirla, tal vez de rodillas. Trato de mostrarme firme, aunque amistoso. Al verla mis labios quedan desencajados. Aparece con un abrigo de pieles sintéticas. Las botas de tacón la hacen más alta y los dos besos se producen en una nueva elevación de su persona que me asusta. Hay algún tipo de abrazo no del todo sólido entre ambos. Cuando ella me dijo semanas atrás por Instagram que me veía «Totalmente como un amigo» quedé obsesionado. No fue la idea del «amigo», sino el «Totalmente» lo que me sumió en oscuras cavilaciones. Yo era totalmente un amigo. Sin resquicios. Sin posibilidad remota o factible de deseo: totalmente. Omnia sine amor. Durante días quedé contaminado por la palabra. Cómo te encuentras, me preguntaban, y yo contestaba: Bien… totalmente bien, añadía. La literatura ha muerto, anunciaba mi compañero de piso en pijama, y yo desde el salón: ¡totalmente de acuerdo!, y en las fiestas, llegada cierta hora, empecé a decir Creo que me marcho totalmente, o que Totalmente me marcho, y de esa manera completa salía de inmediato de las fiestas. Mi trabajo está totalmente acabado, anunciaba en la videollamada y apagaba el ordenador ocioso, y estoy totalmente despierto, me decía al abrir los ojos por la mañana encontrándome a solas en la cama. En mi desgracia hay un motor. O varios. Y cuando finaliza nuestro abrazo totalmente amistoso y desacoplado Queralt me mira un momento los labios —yo me pregunto por qué lo hace— y luego avanzamos hacia el interior de la feria. Distinguimos a nuestras socias del club de astrólogas de Hospitalet por sus coloridos cabellos. Rodean a un alemán con aspecto de leñador que las mira desde las alturas. Lo vitorean. Canelita Planner, al frente, acaricia el sólido muslo.
¿Quieres un análisis quiropráctico?, me dice el leñador germánico desde las alturas de su trono.
Su musculatura dobla a la mía y su mirada acerada de ojos azules me traspasa.
Totalmente, le digo, hipnotizado por el aura, la camisa de cuadros, la bata de doctor apócrifo que calza, por la que se intuyen mullidos los pectorales.
Túmbate, me ordena.
Solícito me tumbo en la camilla. Percibo sus manos que pinzan mis hombros. Gruñe. Siento parte de su pelo largo, suave, sobre mi nuca. Ojos cerrados, manos inertes.
Estás duro, anuncia.
No en el sentido muscular, precisa a continuación, sino óseo.
Como una piedra.
Duro. La mano repasa el perfil de la columna hacia arriba y siento sus dedos al desplazarse hacia mis clavículas. Solo te estoy abriendo, me dice. Me acaricia; no me frota ni me masajea. Siento su cabello en mi nuca al moverse. Lo noto cuando respira sobre mi cuello y, con su acento alemán, me dice, ahora serio: Te recomiendo que vengas a mi consulta. Me abandona a mi suerte en medio del ritual y me entrega, todavía yo parcialmente desnudo, una tarjeta con las indicaciones por si en otro momento quiero concluirlo en privado.
Tambaleante, salgo del quiropráctico y mis ojos buscan automáticos a Queralt, siendo yo su totalmente amigo extraviado, de hueso duro. ¡Queralt! Mi voz resuena en los pasillos. Acuden las amigas del club astrológico para asistirme con inciensos, me depositan en una silla y me abanican. Canelita Planner toma la iniciativa a la hora de cuidarme, caído. Si yo pudiera apenas rozar su mano, balbuceo en mi silla esquinada entre delirios. Al levantar la vista doy con el perfil rojo de sus cabellos al otro lado de la sala. Me incorporo envuelto en fuego. Canelita Planner trata de volver a sentarme: los chakras están desalineados, anuncia; por el hombro me devuelve al asiento. ¡Queralt!, digo, de nuevo antiguo y polimorfo, resistiéndome al empuje de Canelita. Ella está ahora con la tarotista, me dice Canelita. Y me acaricia el cabello como suele hacer con los perros de la finca, esperando así calmarme. Vive con galgos, planea bodas sublimes por Instagram, conoce los secretos de la astrología. Hace tres años que nadie me toca sensualmente, le confieso derrotado.
Ahora yo te estoy tocando el pelo, dice.
Y el leñador quiropráctico aquel me tocó antes el cuerpo, digo.
¿Entonces?
La mano de Canelita se siente aflojada, tibia en mi cabeza como un esparadrapo chorreante. No siento que su mano me esté acariciando. No siento nada amable. Se diría más bien que está fregando o limpiando mi coronilla. A lo lejos veo a Queralt inclinada hacia la bruja. Si concentro mi mirada en su piel puedo sentir con la mente que la toco a través de la distancia.
II
En la Universidad de Wisconsin se llevó a cabo otro estudio de separación con monos; los investigadores separaban a un mono bebé de su madre por medio de un tabique de vidrio. Madre e hijo podían verse, oírse y olerse. Pero se les impidió el contacto. Su ausencia creó un vacío tan grave que el monito gritaba y se movía de forma frenética y sin pausa al otro lado del cristal, según quedó registrado en desdibujadas grabaciones en blanco y negro. En otro grupo de monos, el tabique divisor había sido perforado de modo que madre e hijo pudieran tocarse, lo que al parecer era suficiente: en ese caso los monitos no sufrieron problemas de conducta grave. En su libro Historia natural de los sentidos, Diane Ackerman dedica una parte al sentido del tacto. Señala, no sin desconcierto, que los receptores táctiles se adaptan a los estímulos para, a continuación, siempre, dejar de responder. Una presión constante puede activar los receptores táctiles, pero su misma constancia estable los desactiva. Con las consecuencias fisiológicas y filosóficas que eso implica. Por lo que tendría que existir en la práctica un dinamismo del tacto a lo largo de la existencia, un cultivar constante del intercambio amable por el contraste, para el mantenimiento del deseo, se hipotetiza. Y como práctica de la resistencia íntima de la comunidad frente al Estado o la corporación surge la caricia. Por ello su desaparición o supresión resulta turbia.
A través de su web, Canelita Planner ofrece paquetes de boda tematizados que te permiten resaltar tu boda frente al resto de bodas. Si te gusta The Lord of the Rings o Star Wars, es posible contratar un paquete para que el casamiento tenga un toque tematizado. De entre los añadidos opcionales que ofrecen los paquetes de boda de Canelita Planner existe la opción de imprimir selectas tarjetas en chapa dorada sobre las que se imprime el carmen 5 de Catulo, Vivamus, mea Lesbia («aunque amemos»), donde el narrador, devoto, entrega una cantidad cada vez más grande de besos para su amada, hasta llegar a los incontables y las dimensiones fuera de todo cálculo y dimensión, en el orden último del tocamiento constante y contrastado de los amantes insaciables. Para que ningún malvado envidioso sea capaz de embrujarnos cuando sepa que nos hemos dado tantos besos.
III
eHarmony, creado en el año 2000, fue uno de los primeros sitios de citas en línea en desarrollar y patentar un algoritmo de emparejamiento para vincular a los usuarios con parejas compatibles. El algoritmo original de eHarmony era relativamente simple para los estándares actuales. Emparejaba a usuarios según variables que se creía predecían la satisfacción en relaciones a largo plazo. Al registrarse, el usuario debía completar una prueba de compatibilidad que incluía hasta 450 preguntas. Un dudoso estudio de 2009 publicado por Carter & Buckwalter determinó que los matrimonios nacidos del algoritmo eHarmony tenían mayor calidad que los matrimonios gestados lejos del algoritmo. Poco después, en 2004, OkCupid empezó a ofrecer emparejamiento algorítmico + funcionalidad básica de búsqueda, en lo que pareció un claro avance en la estancada ciencia de los algoritmos de emparejamiento, pero los resultados estadísticos no mejoraron o siguieron falseándose. Los algoritmos primitivos de eHarmony y OkCupid asumían que los usuarios sabían precisamente lo que querían. El giro copernicano se dio pocos años después con el lanzamiento del iPhone y el surgir de las apps de citas en el móvil. El nuevo algoritmo de Grindr permitía a los developers ofrecer recomendaciones de pareja basadas en el comportamiento in app de los usuarios. Los algoritmos de filtrado colaborativo suponían una evolución que extirpaba de los usuarios el control de lo que sucedía en pantalla. Y junto con la plataforma Tinder se fundó en 2012 Hinge, una aplicación de citas orientada a relaciones a largo plazo. En Hinge, el algoritmo de Gale-Shapley, de patente antigua, sofistica un poco más la selección automática al dar también prioridad a la dirección del deseo del usuario. Sin embargo, estudios revelaron que en la realidad de las apps de citas la gente tiende a puntuar más alto: muchos usuarios intentan conquistar a personas lo más atractivas posibles, no a quienes fantasiosamente consideran a su nivel (Bruch & Newman, 2018; Dinh et al., 2021), por lo que los datos de aprendizaje están corrompidos. Así que sucesivos estudios han derivado hacia la tipificación cuasi fallida del universo fantasmal del deseo para tratar de cifrarlo en algoritmos cada vez más complejos y disfuncionales. Los principales rivales de Hinge, Tinder y Bumble se encuentran en fase de incertidumbre debido a la presencia masiva de bots y a un sistema cada vez más impersonal de conectar a las personas. Tinder dejó de utilizar el sistema de clasificación ELO, basado en los torneos de ajedrez, para clasificar a las personas a favor de un uso más sofisticado de un algoritmo basado en machine learning, pero también positivista, clasificador, compartimentador de las personas en espacios y jaulas.
IV
Era la segunda vez que hacía match con Queralt. La primera, en 2019, nos condujo a una serie de divertidas citas sin beso, sin tacto y, en esencia, sin cita que culminaron en un opacado silencio, convirtiéndonos ambos en incorpóreos storywatchers de Instagram. Tres años más tarde, de nuevo swipeando por la app me apareció ella con la misma foto de 2019 y por el grato recuerdo y la secreta esperanza traté de matchearla. Ella también me había escogido así que hicimos match y entonces mi mente fantaseó con un reencuentro totalmente físico y carnal, sin palabras esta vez, después de los largos y serviciales discursos de antaño. El match había ocurrido en la aplicación de citas Bumble por lo que ella disponía de 24 horas para abrirme el chat. Recuerdo que hicimos match por la mañana, que yo había madrugado para ir a la piscina y limpiar la casa antes de las rutinarias y sórdidas reuniones diarias. A lo largo de la jornada de trabajo y durante el rato en el supermercado o caminando junto a la autopista estuve comprobando el móvil para ver si ella me decía algo. Llegó la hora de comer y se puso el sol y alcancé la noche con una ensalada reseca con brócolis y ella siguió sin hablarme. A lo largo de todo el día soñé con un reencuentro febril y enamorado y ya en cama repasé lo fantástica que sería nuestra cita, evaluando los posibles restaurantes en los que se daría, lo que nos diríamos, nuestra renovada disposición a por fin conocernos.
Por la mañana el match había caducado.
Todavía en pijama entré en Instagram e impulsado por el onirismo de la noche o la convicción de mi propia obsesión autonarrada en la mente abrí su perfil, pasé al chat y después de cuatro años de silencio le dije «He visto que hemos hecho match pero ha caducado». Ella tardó todavía unas horas en contestar y lo hizo escueta. «¿Nos citamos?», acabé pidiéndole. «Vale, pero yo te veo totalmente como un amigo», dijo. «¿Totalmente?», dije. «Totalmente», dijo. Recuerdo que la conversación ocurrió cuando yo estaba tumbado en el sofá, a solas, de mi casa, y que nevaba al otro lado de la ventana.









