Ilustraciones de Xelon
Lou miraba por la ventana de su habitación cada mañana, recibida por el mismo paisaje de ladrillos. Era la fachada lateral de un edificio abandonado en venta al que el paso del tiempo había despojado de color, desvistiendo sus costuras hasta llegar a un hueso anaranjado cubierto de pintadas. Desayunaba un café con leche sentada en su escritorio y observaba cada rectángulo de barro, contándolos para tratar de apagar su dolor antes de enfrentarse a un mundo que no se había detenido para ella.
Desde que May había desaparecido, Lou solo salía del apartamento para lo imprescindible: ir a la universidad, comprar bienes de primera necesidad y acercarse de vez en cuando hasta la biblioteca, buscando libros que la llevasen a lugares mejores que resultaban ser siempre los mismos. No era del todo acertado decir que May había desaparecido, pudiendo decir que la había abandonado. Sin una nota o llamada de por medio, pero dejando la cama hecha y la habitación ordenada con la pulcritud que la caracterizaba y que tantas bromas cómplices había generado entre ellas —«mi casa; mis normas»— cuando pisaba el suelo con los zapatos mojados. En ningún momento pensó que su partida fuese algo ajeno a su voluntad. Y por eso mismo no había pensado en buscarla. No a alguien como May, que siempre tenía las cosas claras y se mantenía firme en sus posturas.
El dibujo del robot apareció una de aquellas mañanas de noviembre, frías y lluviosas, surgiendo entre la niebla del callejón que se extendía a los pies de la ventana como recién salido de una nave espacial. Su perfil metálico recordaba al del Gigante de Hierro, hermoso en su caminar decidido, dispuesto a lanzarse al exterior en busca de algo concreto. A Lou le parecía imposible que hubiesen podido pintar una obra de semejante tamaño en una sola noche, a saber con qué clase de artilugios. Le sorprendió todavía más que los ojos de aquel ser enfocasen directamente a su ventana, en un quinto piso. Y pensó que a May le hubiese gustado aquella obra de arte silenciosa, tanto como lo era ella cuando la observaba con su mirada, extraña e interrogante.
Los días pasaban, pero May no abandonaba su cabeza. Su recuerdo regresaba cada vez más fuerte, en ráfagas espaciadas a lo largo del día. La compañera de piso que apareció como un gato abandonado en el rellano. El círculo que se cerraba por las noches en el sofá de casa, aislándolas en su propio mundo sin que nadie más estuviese autorizado a traspasar esa muralla. Sus ciclos vitales coordinados. Esa confianza que solo es posible entre mujeres, por mucho que demasiados hombres se hayan empeñado en convencernos de que su estado natural sea estar enfrentadas. Fueron meses de una intensidad tal que el sol parecía brillar con la añoranza de algo que todavía está por suceder. Todas esas cosas habían desaparecido tan rápido como llegaron y el único testigo de ello era aquel robot silencioso atrapado en la pared.
Cada pocos días, el Gigante amanecía acompañado de otros congéneres. Lo secundaban pequeñas criaturas que se arremolinaban a su alrededor, cabizbajas, curiosas, pensativas o melancólicas, como esperando a un tren que nunca termina de llegar. Reconoció en algunas a Wall-E, Johnny Five o María, sintiendo en todas ellas su propia soledad. Los imaginó escapando, invadiendo las calles, danzando por los tejados de las casas, recorriendo los arcenes de las autopistas en procesión y enseñándonos con su silencio que a veces las cosas que más duelen no pueden definirse.
Tal vez echasen a volar o se oxidasen, convertidos en estatuas perennes. La gente los miraría durante un segundo, indiferente, y seguiría con su rutina artificial, alimentada por un combustible vital a base de aditamentos.
Lou nunca quiso averiguar quién estaba detrás de aquellos dibujos, pero no le cabía duda de que arrastraba una tristeza similar a la suya. Para ella era mejor el misterio que la respuesta, algo que la partida de May le había enseñado. Y le gustaba pensar, sabiéndolo imposible, que algo había nacido entre ella y el Gigante, seres inmóviles en un universo que seguía adelante. Su único anclaje a un pasado que la había abandonado. O quizá una puerta abierta a otro lugar. Pocos paseantes se detenían a mirar aquellas figuras ocultas entre las sombras del callejón y ella tenía celos de quienes lo hacían.
De un modo inconfesable, sentía que el gigante era suyo. Lo quería del mismo modo que seguía queriendo a May, a su manera egoísta. Cada noche, con la ventana abierta, leía y conversaba en silencio con el robot mientras escuchaba caer las gotas sobre las azoteas. Cerraba la tapa del libro que tuviese entre las manos y se estremecía cuando le venía a la cabeza el final de aquella novela sobre esa bruja de Oz a la que convirtieron en malvada por necesidad.
—Y entonces, la bruja se escondió en una gruta oscura y puso una enorme piedra en la entrada para que nadie pudiera verla nunca más.
—¿Ha salido alguna vez? —preguntaba una voz infantil al terminar el cuento.
—Todavía no.
Con el paso de los días, Lou comenzó a darse cuenta de que lo que más le dolía no era tanto la ausencia de May como la pérdida de la persona que había sido, aquellos momentos que no se repetirían porque ella misma había cambiado. Se preguntaba, de hecho, si May seguiría siendo la misma que había conocido. Si había llegado a conocerla realmente. Si dialogaba con otra pared o la habría olvidado. Había leído una vez que hay personas que llegan a nuestras vidas para cambiarnos, rompernos y enseñarnos a reconstruirnos, relaciones que nacen fuertes como el acero pero no aguantan el transcurso de las estaciones y terminan borrándose como pintura demasiado débil en un muro de piedra, grafitis que pierden su sentido insertados en una composición abstracta, papel pintado que se desgaja, agrieta y rompe para revelar que realmente no había nada detrás.
Sucedió de forma tan inesperada como había comenzado. Una mañana, la figura del Gigante había desaparecido, sin previo aviso, como lo había hecho May. La fachada del edificio de enfrente se mostraba completamente desnuda y nada se movía entre sus grietas de argamasa.
Amanecía tras los tejados y el frío del invierno dejaba en el aire una brisa que quemaba los pulmones. Algo quería comunicarse con ella sin necesidad de palabras. Tanta lluvia le había hecho perder la noción del tiempo. Supo que era el momento de cerrar la ventana, dejar aquella habitación y partir a otro lugar.
Más soleado o nublado, no le importaba. Esbozó esa sonrisa con la que uno despide a veces a las cosas que se pierden por el carril contrario para no volver nunca. Una mirada a la pared, vacía y corriente. Un lienzo en blanco para los que viniesen después. Una última confidencia.
—Pues claro que te echo de menos —dijo en voz baja.
—Pues claro que nos echo de menos —parecieron contestar aquellos ladrillos donde antes hubo vida.










