
Durante una de las batallas de Ready Player One, el robot popularmente conocido como el gigante de hierro se presentó repartiendo hostias como hogazas, disparando rayos y haciendo equipo con el RX-78-2 Gundam para calentar el culo de un mechagodzilla asalvajado. Tras derrotar al doppelgänger mecánico de Godzilla, el gigante de hierro efectuaba [spoiler] un último sacrificio que lo condenó a caer en un río de lava y convertirse en cocido metálico mientras levantaba el pulgar al estilo de Arnold Schwarzenegger en Terminator 2 [fin del spoiler]. Entre tanta arbitraria ensalada pop, el cinéfilo con buena memoria no tardaba en descubrir que la propia naturaleza del androide titánico chirriaba demasiado. Porque el gigante de hierro, aquel que se presentaba como un extraordinario soldado sobre el campo de batalla, era una criatura famosa por ser rotundamente pacifista.
El gigante de hierro llegó a los cines en 1999 dirigida por Brad Bird. Estaba basada en una novela británica de ciencia ficción sesentera llamada The Iron Man, un título que se transformó en The Iron Giant para unos Estados Unidos donde ya existía otro Iron Man guerreando entre viñetas, bocadillos y dibujos animados. La película era elegante, espabilada y en general tan fabulosa como para entusiasmar a la crítica de manera unánime, pero se estrelló en taquilla recolectando treinta millones de dólares que andaban demasiado lejos de los ochenta (cincuenta de producción y treinta de marketing) que le había costado a Warner. Lorenzo di Bonaventura, presidente por entonces de la compañía, comentó en referencia al fracaso: «La gente siempre me pregunta por qué no hacemos películas familiares más inteligentes. Y la lección es: cada vez que lo intentas, te destrozan», deslizando de manera nada sutil que el público en general es imbécil.
El gigante de hierro narraba la amistad, en los EE. UU. de Joseph McCarthy, entre un niño y un gigantesco robot del espacio exterior que se estampaba en la costa de Maine. Una historia de chico conoce a extraterrestre adobada con agentes del gobierno a la caza de materia alienígena, un beatnik colega del crío, un ejército estadounidense con el gatillo flojo y un desenlace de los que hacen que a la gente se les metan pelusas en el ojo. La producción también tenía a Vin Diesel interpretando un papel complejo al encargarse de doblar la voz del propio gigante, una labor que obligaba al actor a producir exactamente cincuenta y tres palabras, la mayor parte de ellas distintas entre sí. Pero lo más interesante de aquella fábula orquestada por Bird era su mensaje pacifista, aquel que elaboraba la propia naturaleza del coloso de metal, un ser que descubría el concepto de la muerte a través cuerpo de un ciervo derribado por cazadores. En El gigante de hierro el robot era un guerrero adiestrado para la batalla que no quería causar daño a pesar de estar programado para hacerlo. Una criatura sensible que se negaba a convertirse en un arma de guerra, en Ready Player One era justamente eso: un arma para la batalla.
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Ready Player One es el ejemplo perfecto de la manía de Steven Spielberg de joder el material en el que se basan sus películas para expurgar cualquier rasgo mínimamente ofensivo, subversivo o que pueda afectar a la taquilla, y que ha caracterizado toda su carrera. En la novela de Ernest Cline el suburbio en el que vive el héroe protagonista -The Stacks- es un agujero infernal que parece sacado de un cómic del Juez Dredd; pero en su traslación a la pantalla grande los vecinos se saludan entre sí, tienen placas solares en sus chabolas y hasta parterres con macetas. Se elimina cualquier mención al lesbianismo de uno de los personajes principales de la novela, el villano se infantiliza hasta extremos insultantes (perdí la cuenta de las veces que Ben Mendelsohn recibía una patada en las pelotas para arrancar unas risa del público), y la desesperada situación familiar de Wade Watts se reduce a que el novio de su tía es un capullo que le roba sus juguetes… Spielberg dirigió esta mierda por Skype, lo tengo claro.
Muy de acuerdo con su mensaje en general; la novela no es ninguna obra de arte trascendental pero la adaptación cinematográfica está tan edulcorada que causa diabetes retinal. En cambio no estoy nada de acuerdo con el análisis que hace Diego Cuevas de las referencias y guiños que incluye la película (ni el libro) y mucho menos que las compare con el resto de películas, cómics y demás que ha mencionado. La diferencia entre RPO y el resto de material analizado es que en RPO en ningún momento aparece ninguno de los personajes mencionados (ni los que se quedan en el tintero); en ningún momento se pretende que se comporten de forma coherente con el original. En el mundo virtual de RPO todo lo que se ve es a gente vistiendo avatares; luego su comportamiento será el de la persona que está jugando, que no tiene porqué querer respetar en absoluto el original. La inmensa mayoría son adictos al videojuego que simplemente visten uno u otro avatar por su nivel de «molonidad» y/o por las capacidades de dar zurras más gordas que les pueda dar. Adictos que además viven en una época muy posterior a la aparición de todas esas referencias, con lo cual para la mayoría no tienen más significado que el estatus y el poder que les otorguen dentro de la realidad virtual de Oasis. Solo los gunters más serios (que no son pocos, pero siguen siendo una ínfima minoría) llegaban a adoptar, entender y respetar la cultura de donde venían todas esas referencias y aún así no se vuelven unos puristas talibanes si la ocasión lo requiere. Resumiendo, lo que sería del todo incoherente en RPO (novela o película) es que la referencia XXXX de turno se comportase como en el original del que proviniese. Que luego la novela y/o el libro gusten más o menos es un tema aparte.
De los muchos pastiches en los que han enfangado a Batman, destaca sobremanera el sorprendente «Batman & Drácula». Un cómic que a priori sonaba improbable, acabó resultando apasionante y pletórico.
Es por la palabra crossover y venirme a la mente el cómic SUPERMAN & Quicky (la mascota de Neskuic)…. Y Superman Va Muhammad Alí, de un tal Neal Adams..
De 20 años a ahora, cosas de la continuidad y de compartir mundo, hay tantos crossovers/sagas/macroeventos_que_cambiaran_el_universo que ya deslució la palabra crossover, con lo que molaba de pequeño leer el Superman vs spidermam