
Las letras de las canciones de Lendakaris Muertos me parecen graciosas, más allá del ingenio, porque todas tienen detrás retratos veraces. Son grandes cronistas de su tiempo. Y en «Veteranos de la Kale Borroka», de alguna manera captaban el pulso de muchos pequeños lugares que abrían el telediario de forma recurrente y que, tras el final del terrorismo, se quedaron en lo que son: pequeños lugares. No es algo que me haya dado la impresión a mí, me lo ha dicho más de un abertzale. Y coincide con lo ocurrido en otros puntos de Europa que conozco, donde, tras el feliz cese de la violencia, después de pasarse años hablando de la ONU, la OTAN, el POTUS y la UE, ahora están más al tanto de cuántos terneros ha tenido una vaca. Y yo a veces tengo la sensación de que, con las tribus urbanas y la mediana edad, ocurre algo muy similar.
Toda la mitología de estos años, especialmente en lo que tiene que ver con las tribus clásicas de los setenta, ochenta y noventa, está contada hasta la saciedad. Pero no está mal recordar la emoción de hacerse amigo de alguien porque ves en cuatro detalles que también está al tanto de un género de música underground que todavía no tiene una gran circulación comercial, de enamorarte en un concierto, de moverte por la ciudad en grupos de más de diez o de experimentar la adrenalina de que por el color de los cordones de unas botas te den, o no, una paliza en el metro. Todo ello era un poco absurdo, pero adaptarse a un horario laboral, hacer la declaración de la renta y lavar el coche será muy lógico, pero amohína bastante más.
El origen de las tribus urbanas procede de una época que difícilmente va a volver en el medio plazo. Había, lógicamente, clases sociales en Europa, pero la desigualdad era mucho menor, las diferencias eran pequeñas entre la mayoría, y la cantidad de jóvenes que había era abrumadora. Hay quien considera que fue la sobreabundancia de iguales lo que generó la necesidad de distinguirse adoptando una personalidad diferenciada. Pudo ser eso y también la pubertad. Entre los doce y los dieciocho años se produce una metamorfosis. El adolescente se mira en el espejo y cada día ve una cosa distinta, el despertar sexual no le deja pensar y, aturdido, se aferra a unos códigos estéticos que al menos le dan sensación de estabilidad, puede confiar en ellos.
Antes, en los años cincuenta, con el desarrollo de la industria del plástico, con la posibilidad de producir discos de forma masiva, apareció también el adolescente como target al que sustraer sus pocos ahorros con canciones que le daban lo que él sentía, pero no sabía expresar. Así se produjo el nacimiento de la industria del pop y del rock y de todo lo que vino después, en un fenómeno puramente capitalista, pero que acabó conteniendo verdaderos lenguajes y formas de expresión que hacen que, por mucho que un disco sea un bien de consumo, no se pueda equiparar a un bote de jabón de manos de Hacendado.
Con toda la suma de estos factores surgió la fe. El apego a cultos paganos que podían llegar a ser una tabla de salvación. Si bien los amigos del cole y los del barrio te venían impuestos por el azar de la cercanía, ahora podías elegir tú a la peña con la que te identificabas. Suena prehistórico para quien hoy puede mantener relaciones de amistad intercontinentales gracias a una tecnología con la que ha nacido, pero, entonces, huir de lo que no te gustaba y te había sido asignado por la vida tenía un valor extraordinario.
La afinidad entre fieles era maravillosa. Grabarse cintas, comprar ropa en el Rastro o el mercadillo correspondiente. Aún mejor que te lo trajeran si en tu ciudad o tu pueblo no había nada o ir tú a buscarlo en un viaje. Qué decir que no se haya dicho ya de lo emocionante que era estar bien maqueado entre un grupo de colegas que sabían de qué iba el rollo. Solo podía haber un problema, que así bien puesto, con tu chupa y tus parches y otros detalles que te señalaban como lo que querías ser, te cogieran y te dieran de hostias.
Como un abuelo cebolleta, repito sin cesar a quienes me conocen y no lo vivieron el infierno que era el metro de Madrid entre 1990 y 1995 aproximadamente. Ir a Studio Rock desde el metro de Argüelles era una experiencia terrorífica, caminar con la boca seca, mil ojos, listo para salir corriendo en cualquier momento. No entiendo cómo lo hacíamos una y otra vez, porque además el hecho de que te dieran una paliza venía con la amenaza de que se usaran puños americanos o la posibilidad real de que te metieran un navajazo en el culo o en la pierna. Conozco gente que todavía tiene secuelas graves de aquellos incidentes. Pero hoy, pasados los años, lo más paradójico de todo esto es que muchos neonazis de aquella época tenían opiniones sobre la inmigración más moderadas que las que hoy se vierten en los medios generalistas o están en el programa de partidos nacionales con representación apreciable. No es ninguna boutade, es un hecho. Viva el futuro.
Al margen de la violencia, siempre iniciada por acomplejados, el gran drama de las tribus urbanas estaba en el concepto de autenticidad. Auténticos frente a pastelones. Ahí se podían ver rasgos de personalidad de quien iba a tener muchas papeletas para, de mayor, ser un gilipollas profundo. Eran los que se erigían en policías de la tribu, comisarios para velar por la línea oficial. Sin embargo, si en algo se basaban todas aquellas relaciones era en la inautenticidad. ¿De qué te servía que un rollo tuviera el Dark Metal de Bethlehem si luego no se reía con Faemino y Cansado? Y hablo de metal, un grupo humano no excesivamente beligerante con estas cuestiones, porque lo que he oído de los mods clama al cielo. Hacerse auténtico y verdadero mod y cumplir con todas las normas escritas y no escritas es equiparable al vendado de pies de niñas chinas.
En realidad, quien más celo ponía en que todo encajase, en estar a la última, en tener más y mejores discos, no era raro que un año después se hubiera cambiado de tribu. Podía haber evoluciones lógicas, entre metal y siniestros, entre punks y skins, entre skins y rastas, pero más de lo deseable muchos ríos vitales iban a desembocar a los bakalas. No era de extrañar. En ese mundo había más paridad sexual, más motos, más violencia y sobre todo más drogas. Los que seguíamos mirando catálogos de importación de discos dejándonos los ojos porque estaban escritos en letra diminuta seguramente les pareceríamos unos pringaos. Si bien el final de los noventa se las arregló para que, por la vía de lo alternativo, metaleros, punks y sujetos de todo pelaje pudieran drogarse y bailar electrónica sin modificar mucho su atuendo en nombre de la modernidad de nuevas propuestas musicales que encima podían mirar por encima del hombro al rollo maquinero mascachapas, que pasaba a ser percibido como de pobres.
Con los años, tener que ganarse la vida y ver que hay mundo más allá de los pilares inamovibles de la adolescencia hacía que estas señales de pertenencia exhibidas se fuesen erosionando. Sí que ha quedado mucha gente con gustos musicales exquisitos, pero dudo que les guste la música, cuando alguien solo deja ver que le gustan artistas selectos, exclusivos y especiales es como cuando miente en el currículum. Y si no se lo inventa, si no está diseñando ese gusto de cara a la galería tras largas horas de estudio, si realmente es así, quizá lo que no tenga es alma. Porque si algo se derivaba del seguimiento estricto de un credo, no era otra cosa que servidumbre. Eras muy guay, eras muy true, pero en el fondo eras servil. En otros temas no lo sé, pero si en algo estuvo acertado el cascarrabias de Pasolini fue en su artículo «Contra el pelo largo» de 1973 en el que decía que el símbolo, las melenas, había sustituido al lenguaje para decir:
«Somos dos melenudos. Pertenecemos a una nueva categoría humana que está apareciendo en el mundo estos días, que tiene su centro en América y que, en las provincias (como, por ejemplo, de hecho, especialmente, aquí en Praga) es ignorada. Por lo tanto, somos una aparición para ustedes. Ejercemos nuestro apostolado, ya llenos de un conocimiento que nos llena y nos agota por completo. No tenemos nada que añadir oral y racionalmente a lo que nuestro cabello dice física y ontológicamente…».
Aunque estaba un tanto errado cuando concluía:
«Las repugnantes máscaras que los jóvenes se ponen en la cara, afeándose como las viejas rameras de una iconografía injusta, recrean objetivamente en sus rasgos lo que siempre han condenado solo de palabra. Han resurgido los viejos rostros de sacerdotes, jueces, funcionarios, falsos anarquistas, oficinistas payasos, oportunistas, don Ferrantes, mercenarios, estafadores, gamberros con moraleja. Es decir, la condena radical e indiscriminada que pronunciaron contra sus padres —quienes están transformando la historia y la cultura que les precedió—, al levantarles una barrera insuperable, ha terminado por aislarlos, impidiéndoles entablar una relación dialéctica con ellos. Ahora bien, solo a través de esa relación dialéctica —aunque sea dramática y extrema— podrían haber alcanzado una verdadera conciencia histórica de sí mismos y avanzar, «superando» a sus padres. En cambio, el aislamiento en el que se han encerrado —como en un mundo aparte, un gueto reservado para la juventud— los ha mantenido anclados a su incontenible realidad histórica; y esto, inevitablemente, ha provocado una regresión. De hecho, han retrocedido más que sus padres, reviviendo en sus almas terrores y conformismo, y, en su apariencia física, convencionalismos y miseria que parecían superados para siempre».
Porque, sin ser mentira que en la tribu se reproducían en miniatura las mismas dinámicas perversas de una sociedad jerárquica y represiva, lo mismo que el pensamiento de Bases Autónomas hoy se difunde en los magazines matutinos, también infinidad de ideas que circularon en los nichos de las tribus, relativas a la alimentación, ecologismo, maltrato animal, antimilitarismo, contra el racismo y sobre la libertad sexual, hoy están en la agenda política de la Unión Europea. Es más, la gran batalla que se está configurando entre fascismo y democracia para los próximos años utiliza la denuncia de estos movimientos, la perversión y degeneración de «Occidente» según sus filósofos de cabecera, como combustible para alinear cretinos contra los derechos fundamentales de todo el mundo. No descarto que ideas que leí en fanzines en los años noventa y me parecían curiosas y utópicas acaben metiendo a gente en la cárcel en un siglo XXI que, en lugar de coches voladores como el de Blade Runner (que transcurría en 2019), por ahora lo que más ha traído es canibalismo social.
Así que yo no subestimaría la política que se cocinó o fortaleció en aquellas subculturas. Otra cosa es la estética, donde no podríamos dejar de hablar de alienación capitalista, ir vestido según tus hábitos de consumo. Quizá por eso en el ámbito de la cultura, académica o popular, sean tan frecuentes las peleas miserables entre psicópatas agresivos, porque afectan a la imagen que uno cree proyectar en la creencia de que se es lo que se consume.
Y luego está la hipocresía cotidiana. Cuando alguien sigue vistiendo igual con cincuenta que con quince, se le trata de auténtico en público, pero de pobre hombre en la intimidad. «Qué desgraciado, todavía sigue con esa mierda de cuando éramos críos». Pero cuando nos encontramos al que ha cambiado completamente, pero en su día coincidió con nosotros uniformado, también surge la pulsión instintiva de «menudo mierda chaquetero, ahora ya pasa del tema, esto demuestra que en su día ¡era un fraude!». La idiotez es hermosa porque puede manifestarse en todas las direcciones. Es muy polivalente.
Pero nada de lo dicho quita que la mayor tragedia de la mediana edad sea simplemente la mediana edad. Yo ahora cierro los ojos y me veo yendo con diez en el metro a la Sala Canciller, con la entrada y dinero solo para poder consumir unos litros en la calle, ni de coña pedir una consumición dentro, ver a Death, Paradise Lost o Fear Factory cuando estaban en plena forma, y daría un ojo por trasladarme allí y volver a tener la experiencia. Pero no por la experiencia en sí, sino por las ganas que tenía de vivirla. Eso es lo que se esfuma con los años, la motivación, y se compensa muy malamente.






