
En mi treintena tuve un novio sevillano que vivía en el barrio de Nervión, no muy lejos del campo del Sevilla. No era el típico sevillanito con náuticos porque era del Betis. Durante aquella relación pasé innumerables veces por el número 5 de la calle Ceán Bermúdez sin saber que allí estaba una de las primeras viviendas racionalistas de la capital andaluza. En ese Nervión de chalés desiguales que creció alrededor del antiguo matadero, se encuentra una casa blanca de volúmenes limpios, con una galería y una cubierta plana. Sinceramente, nunca me fijé en ella, quizás porque algunos árboles la mantenían algo oculta.
Ya terminada la relación con el sevillano, un arquitecto amigo me dijo que aquello era la Casa Duclós, una de las primeras obras de Josep Lluís Sert, el hombre que había levantado la Fundació Joan Miró en Montjuïc, presidido los Congresos Internacionales de Arquitectura Moderna (CIAM) y dirigido durante dieciséis años la Graduate School of Design de Harvard. Que la casa era de 1930, que Sert, recién titulado, había regalado el proyecto a su prima María Benita López Sert por su boda con el cardiólogo onubense Francisco Duclós, y que aquella vivienda era su «primer ensayo», además de su única obra construida en Andalucía. Me quedé un rato mirando aquella fachada con la sensación, un poco absurda, de haber pasado tantas veces junto a un secreto.
Cuento esto porque el 1 y el 2 de octubre el CCCB y la Graduate School of Design de Harvard dedican dos jornadas a Sert dentro del programa de Barcelona 2026, Capital Mundial de la Arquitectura, con un seminario en cuatro bloques —la vivienda, las artes, las Américas, Barcelona— comisariado por Lluís Ortega y Moisés Puente. La figura que allí se va a repasar se conoce mucho mejor entre arquitectos que entre quienes paseamos junto a sus edificios.
Sert nació en Barcelona en 1902, en una familia de la alta burguesía —su tío era el pintor Josep Maria Sert, autor de murales para el Palacio de las Naciones de Ginebra y para el Rockefeller Center—, se formó en una Escuela de Arquitectura cuya enseñanza académica le pareció siempre un lastre y encontró su verdadera educación en París, en el estudio de Le Corbusier, donde trabajó al comienzo de su carrera. Volvió con la convicción, que compartía con otros arquitectos de su generación, de que la arquitectura moderna no era una cuestión de estilo, sino de reforma social, y en 1930 participó junto a Josep Torres Clavé y otros arquitectos en la fundación del GATCPAC, el grupo que impulsó el racionalismo en Cataluña. La revista A. C., órgano del GATEPAC en cuya elaboración Sert tuvo un papel central, recogió durante siete años aquellos debates sobre vivienda obrera, escuelas, hospitales y urbanismo. De aquellos años quedan dos obras que firmó con Torres Clavé y Joan Baptista Subirana: la Casa Bloc de Sant Andreu, un conjunto de viviendas dúplex para obreros promovido por la Generalitat republicana, y el dispensario antituberculoso del Raval, un edificio de una elegancia casi japonesa plantado en uno de los barrios más densos e insalubres de la Barcelona de entonces. También queda el Pla Macià, el plan que el GATCPAC elaboró con Le Corbusier y Pierre Jeanneret para reordenar toda la ciudad y que nunca se ejecutó, aunque algunas de sus intuiciones —abrir Barcelona al mar, esponjar el casco antiguo— reaparecerían por otras vías medio siglo después.
Y queda, sobre todo, el pabellón de 1937. Cuando la República le encargó, junto a Luis Lacasa, el pabellón español para la Exposición Internacional de París, Sert aún no había cumplido treinta y cinco años y disponía de muy poco dinero y menos tiempo. Ambos resolvieron el problema con una estructura ligera de tres plantas, montada en seco, cuya planta baja era en parte un patio cubierto. Aquel edificio modesto se convirtió en uno de los escenarios más cargados de la historia del arte del siglo XX: en un muro de la planta baja colgaba el Guernica de Pablo Picasso, frente a él manaba la Fuente de mercurio de Alexander Calder, en el exterior se alzaba El pueblo español tiene un camino que conduce a una estrella de Alberto Sánchez, a la entrada estaba La Montserrat, de Julio González, y en el interior, el mural de Joan Miró El segador (Campesino catalán en rebeldía), que desapareció tras el desmontaje del pabellón. El pabellón era propaganda de un Estado en guerra, y era también la demostración temprana de una idea que Sert formularía en 1943, ya en el exilio, con Fernand Léger y Sigfried Giedion, en un texto titulado Nine Points on Monumentality: que la arquitectura moderna, tan eficaz resolviendo viviendas y fábricas, había renunciado a expresar lo colectivo, y que recuperar esa emoción cívica exigía volver a meter la pintura y la escultura en los edificios y en las plazas.
La derrota lo convirtió en exiliado. Inhabilitado por el franquismo para ejercer en España, llegó a Nueva York en junio de 1939, invitado por Walter Gropius a dar unas conferencias. A comienzos de los años cuarenta fundó con Paul Lester Wiener la firma Town Planning Associates, en la que también participó Paul Schulz, desde la que proyectó durante casi dos décadas planes urbanos para ciudades de Brasil, Perú, Colombia, Venezuela y Cuba. Es el capítulo menos conocido de su biografía y quizá el más interesante, porque en él se ve cómo cambia su manera de pensar. El hombre que en 1942 publica Can Our Cities Survive?, un manual de urbanismo funcionalista destilado de los congresos CIAM, es el mismo que en Chimbote, una ciudad industrial peruana que crecía sin control, propone agrupaciones densas de casas bajas con patio, que reconcilian la tradición doméstica hispanoamericana con la racionalidad moderna, y el mismo que en el plan para La Habana, encargado por la dictadura de Fulgencio Batista y abandonado tras la Revolución, plantea sustituir una parte importante del tejido de La Habana Vieja por edificios de mayor altura. Su atención a la tradición urbana hispanoamericana —la retícula, la plaza, el patio, la calle porticada— convivió con operaciones de derribo que hoy resultan indefendibles. Esa tensión impide contar su trayectoria como una rectificación sin contradicciones. Durante su presidencia de los CIAM, el congreso de Hoddesdon de 1951, dedicado al «corazón de la ciudad», dio un lugar central al espacio público, los centros cívicos y los peatones dentro del debate del urbanismo moderno.
En 1953 sucedió a Joseph Hudnut como decano de la Graduate School of Design de Harvard, y desde allí hizo dos cosas que explican por qué su nombre sigue circulando entre arquitectos que jamás han visto un edificio suyo. La primera fue contribuir a consolidar una disciplina: organizó en Harvard, en 1956, la primera conferencia sobre diseño urbano y en 1960 puso en marcha el primer programa de estudios de este campo en Estados Unidos, dedicado al territorio intermedio entre la arquitectura y el planeamiento, ese espacio entre los edificios donde se decide si una ciudad es habitable. La segunda fue construir en Cambridge, con su propia casa de tres patios y con conjuntos como Peabody Terrace —torres de veintidós plantas combinadas con bloques bajos, patios y pasarelas, para estudiantes casados de Harvard—, la prueba de que una ciudad densa no tiene por qué ser una ciudad de rascacielos aislados, sino una topografía de alturas variadas donde el peatón siempre encuentra algo a su medida. La relación de Peabody Terrace con el barrio circundante ha sido discutida desde su construcción: su ambición urbanística no evitó los problemas de encaje con las viviendas de menor altura que lo rodeaban.
El regreso a Barcelona fue primero simbólico y luego físico. Para la generación de Oriol Bohigas y Federico Correa, que en los años cincuenta reivindicaba el legado del GATCPAC como forma de resistencia cultural, Sert era el eslabón que unía la modernidad republicana con la que ellos querían reconstruir bajo la dictadura. Sus nuevos proyectos en España llegaron de la mano de su amigo Miró. El pintor, que no había pisado Estados Unidos hasta 1947 pero que mantuvo con Sert una amistad estrecha durante todo el exilio, le encargó primero su taller de Palma, terminado en 1956, un edificio de cubierta ondulada y luz cuidadosamente orientada que el pintor llenó hasta el techo, y después la Fundació de Montjuïc, inaugurada el 10 de junio de 1975, pocos meses antes de la muerte de Franco. Para mí, es la obra maestra de Sert: una secuencia de salas de escala doméstica, iluminadas por característicos lucernarios curvos, en las que prolongó sus investigaciones sobre la luz natural desarrolladas en la Fondation Maeght de Saint-Paul-de-Vence. Los patios y las terrazas abren el museo al paisaje de Montjuïc y a la ciudad. Todo en ella responde a una idea de museo como recorrido y no como almacén, y todo en ella es mediterráneo sin ser folclórico: el patio, la azotea, la cerámica del pavimento, la sombra. Las dos ampliaciones posteriores, de 1988 y 2000, son de Jaume Freixa, su discípulo y colaborador, que mantuvo la estética del edificio original.
Sert murió en Barcelona el 15 de marzo de 1983, con la vida todavía repartida entre Cambridge, Ibiza —donde se había construido una casa inspirada en la arquitectura payesa que el GATCPAC había estudiado décadas antes— y la ciudad donde había empezado todo. Las jornadas del CCCB permitirán volver sobre sus respuestas a problemas que siguen pendientes: conseguir densidad sin renunciar a la calidad de la vivienda, hacer que los edificios generen espacio público, aprovechar el patio, la sombra y la ventilación cruzada en ciudades cada vez más calurosas. En Sevilla, algunas de esas preocupaciones habían tomado forma mucho antes en una casa proyectada como regalo de bodas, en una calle de Nervión que yo recorría sin prestarle atención. Ahora la miro cada vez que paso.





