Arte y Letras

Sangre y tiempo: Mar Gómez Glez y Alberto Casas ganan el primer Premio Delta de Dirac de Ensayo

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Mar Gómez Glez, por Sangre. Historia íntima y cultural de un fluir constante (Ariel), y Alberto Casas, por La ilusión del tiempo (Ediciones B), son los ganadores de la primera edición del Premio Delta de Dirac de Ensayo, el galardón que Jot Down convocó en marzo con ocho finalistas propuestos por autores de la revista y que se sometió durante el verano a dos votaciones independientes, la de los lectores de Jot Down y la de los usuarios de Menéame, cada una de las cuales ha elegido un libro distinto. El premio, nacido al calor de La querella española y de su pregunta sobre lo mal que viajan las ideas escritas en castellano, carece de dotación económica y paga en la única moneda que una revista puede acuñar sin endeudarse, que es la atención sostenida —artículos, entrevistas, un club de lectura con los lectores— hasta que ambos lo recojan en Sevilla el viernes 20 de noviembre, durante el festival Bookstock.

El libro de Gómez Glez, escritora y dramaturga madrileña formada entre España y Estados Unidos, arranca de un asunto doméstico, los problemas de sangrado en su propia familia, y desde ahí se abre hacia casi todo lo que la especie ha hecho con ese líquido que damos por sabido a fuerza de llevarlo dentro. Por sus trescientas páginas pasan las sangrías con las que la medicina hipocrática pretendía reequilibrar los humores, el descubrimiento de la circulación por William Harvey, que dejó el cuerpo reducido a un sistema de cañerías, las primeras transfusiones, la hemofilia y la leucemia, la condesa Erzsébet Báthory amparada en la impunidad que su rango le concedía sobre las siervas y los millonarios de Silicon Valley que hoy buscan en el plasma ajeno esa misma juventud.

La parte más afilada del ensayo trata la sangre como instrumento para trazar fronteras entre los de dentro y los de fuera, desde los estatutos de limpieza de sangre del siglo XV, en los que hay quien sitúa el origen del racismo, hasta el empeño nazi en hallar una diferencia biológica que jamás apareció, pasando por el tabú de la menstruación, que la autora lee como producto de la misoginia allí donde la biología solo ve una ventaja adaptativa, y por un mercado global del plasma en el que unos cuerpos cuentan más que otros. En la conversación que mantuvo con Cristina Consuegra para Mercurio, Gómez Glez confesaba que «a mí escribirlo me ha hecho más humilde», y esa humildad, la de quien se descubre pieza de un engranaje que incluye el agua y el hierro, recorre una prosa que prefiere dejar las preguntas abiertas.

Casas, profesor de investigación del CSIC en el Instituto de Física Teórica, se mide con una sola pregunta, la de si el paso del tiempo es algo real o una construcción de nuestra mente, y la persigue a lo largo de lo que Juan José Gómez Cadenas describió en estas páginas como tres travesías, la de la relatividad, la de la entropía y la de la cuántica. En la primera el lector aprende que Einstein acabó con el presente común a todo el universo, de modo que dos personas que se cruzan caminando pueden discrepar en semanas sobre lo que está ocurriendo «ahora» en Andrómeda, según el experimento mental de Roger Penrose, y que junto a un agujero negro los relojes se ralentizan, como sabe cualquiera que haya visto Interstellar.

La segunda travesía explica por qué recordamos el pasado y no el futuro cuando las ecuaciones fundamentales funcionan igual en ambos sentidos, misterio que Casas resuelve remitiéndose a un universo que nació extraordinariamente ordenado y que desde entonces no hace otra cosa que envejecer, mientras la tercera desemboca en los muchos mundos de Hugh Everett, donde cada instante se ramifica. De todo ello extrae el autor una tesis que admite el desacuerdo —el propio Gómez Cadenas, que elogiaba su «mezcla de rigor y amenidad», le discutía en la reseña que el fluir del tiempo sea una ilusión, además de sus reservas sobre el libre albedrío—, lo cual habla bien de un libro que convierte un problema técnico en conversación.

Un libro escrito desde las humanidades que entra en el laboratorio y otro escrito desde la física teórica que termina en la filosofía componen un palmarés que retrata bien el tipo de ensayo que el premio quería señalar cuando tomó el nombre de la delta de Dirac, ese impulso que ocupa el mínimo espacio y transfiere la máxima energía. Los otros seis finalistas —Norbert Bilbeny, Anna Caballé, Sonia Contera, Raquel Ferrández, Víctor Gómez Pin y Diego Gracia— firmaron libros que merecen la misma circulación. La cita con los ganadores queda fijada para el 21 de noviembre en Sevilla, donde Bookstock dedica este año su edición al ensayo y donde se comprobará si la hipótesis de partida, la de que el prestigio no se compra, resiste su primera prueba.

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