
Al principio intenté no decir nada. Y no porque no tuviese nada que decir. De pequeño mis padres solían repetirme a todas horas que yo no me callo ni debajo del agua (ja), así que se imaginarán ustedes que parco en palabras no soy. Lo que pasa es que hace algo más de un año, cuando Luisgé Martín publicó (o trató de publicar) El odio, yo estaba ocupadísimo con varias labores absolutamente perentorias, entre ellas, y sin ánimo exhaustivo, la traducción al latín del manual de instrucciones de la tostadora, un cursillo intensivo para aprender a tocar el oboe por correspondencia y, la más acuciante de todas, mis vanos esfuerzos por enseñarle a mi perro Cooper, un pastor de Brie monísimo, a distinguir el Barroco del Rococó, cosa que, por desgracia, aún no ha asimilado, porque se distrae con las molduras. Total, que cuando Luisgé Martín desató un tsunami con aquello de El odio, no tuve tiempo de unirme al ejército de defensores de la moral y las buenas costumbres que lo pusieron a parir, con toda la razón del mundo, por supuesto. Aprovecho para hacerlo ahora, primero, porque más vale tarde que nunca, y segundo, porque Martín, que parece que aún no ha escarmentado, acaba de regalarnos (lo de «regalarnos» es un decir) un ensayo defendiendo el derecho a la creación artística y haciendo exégesis autocomplaciente sobre la cancelación y el puritanismo y lo que él llama «el sesgo de género» [sic]. Así que ya no aguanto más. Cooper tendrá que esperar. Y el manual de la tostadora terminaré de traducirlo con ChatGPT, que además sabe más latín que yo, para qué nos vamos a engañar.
Quiénes odian El odio (y quiénes no)
Por si alguien andaba bajo las piedras, o en la luna, o simplemente distraído con el Ángelus de la COPE, que cada vez entonan mejor, permítanme resumirles esta espinosísima historia. En 2011, el ciudadano cordobés José Bretón, en pleno proceso de separación de su esposa Ruth, asesinó e incineró a los hijos de ambos, una niña de seis años y un niño (bebé, joder) de dos. Bretón, que además de monstruoso y mediocre era un pelín cortito de miras, le dijo a todo el mundo que las criaturitas se habían perdido en un parque de Córdoba. Al poco de denunciarse la desaparición, las autoridades encontraron una pira con restos óseos en una finca familiar llamada —en una de esas alucinantes burlas del destino— Las Quemadillas. Inicialmente, el perito forense aseguró que aquellos restos eran de origen animal. Tardaron diez meses en enmendar el error y establecer, ahora de forma fehaciente, que el hijueputa de Bretón había asesinado a sus hijos para hacerle daño a su exmujer, Ruth Ortiz, en uno de los casos de violencia vicaria más espeluznantes (y repugnantes) de nuestra ya de por sí vergonzosamente larga lista de crímenes machistas.
Años después, entra en escena el escritor Luisgé Martín, quien, después de haber parido varios libros sobre parafilias sexuales y pedófilos y abismos de toda índole, decide adentrarse en esta otra forma de oscuridad. Contacta con el asesino, inician una correspondencia, lo visita en la cárcel, y, a guisa de colofón, escribe un libro titulado El odio, donde da cuenta de los entresijos mentales de Bretón y del parricidio que lo arrojó en brazos de la infamia. Tal y como escribió Primo Levi en su Trilogía de Auschwitz, «Si comprender es imposible, conocer es necesario». Parapetado, al parecer, tras esa consigna, u otras análogas, a Martín se le ocurrió urdir un true crime donde trataba de desentrañar qué pudo llevar a un tipo en apariencia pedestre y anodino como Bretón a cometer tamaña abominación.
La editorial Anagrama imprimió el libro y lo mandó a críticos literarios, periodistas culturales y libreros. Por fortuna, antes de salir a la venta, miles de personas incendiaron las redes sociales con diatribas contra Luisgé Martín y, en un claro ejemplo del progreso civilizador, que permite que la siempre ecuánime voz popular decida qué se puede publicar y qué no, Anagrama decidió retirar el libro, pese a que los dictámenes judiciales (sí: como en todo buen culebrón, aquí hubo alguna que otra denuncia) refrendaban el derecho a la creación literaria y no vieron en aquellas páginas ni rastro de ilegalidad. Si me preguntan a mí, creo que Anagrama tomó la decisión acertada. Una buena editorial debe escuchar al pueblo. Es cierto que el susodicho pueblo no había leído el libro, porque aún no había sido puesto a la venta, y también es verdad que las amenazas de la masa eran confusas; por ejemplo, un usuario de Twitter escribió «Si se publica El odio no volveré a comprar nunca un libro de Onograma»; otro decía lo mismo refiriéndose a la supuestamente prestigiosa editorial Holograma, de modo que no quedaba muy claro a quién estaban amenazando (ni si los sujetos en cuestión eran, en realidad, lectores de libros), pero ya saben lo que se suele decir: más vale prevenir que curar, así que Anagrama hizo lo correcto (lo que todos esperamos de una editorial de renombre) y mandó la tirada al completo a la guillotina.
Todo esto ocurría el año pasado, mientras yo, como les adelanté, me afanaba en enseñarle a Cooper las diferencias entre el Barroco y el Rococó. El tal Luisgé, considerándose a sí mismo víctima de una supuesta caza de brujas, se apartó del mundo y se refugió, según contó luego él mismo, en la química amable de los antidepresivos. Pero claramente no escarmentó y hace unos días, para sorpresa de la república de las letras, incluidos los doctos lectores de Onograma y Holograma, volvió a la carga, más envalentonado que un toro miura, y publicó Desde el odio, esta vez en la editorial Altamarea.
No les voy a mentir: Desde el odio es un ensayo la mar de interesante. No solo cuenta con lujo de detalles todo lo anterior, sino que también ahonda en la psicopatía de Bretón, en la fascinación por el mal a lo largo de la historia de la literatura y en los linchamientos que a veces («a veces») se pergeñan en las redes sociales. Se nos habla también, siempre con elocuencia, de lo que Martín denomina «el puritanismo de nuevo cuño abanderado por la izquierda progresista» (pese a que él mismo sea más de izquierdas que un Primero de Mayo; de hecho, durante varios años fue el encargado de escribirle los discursos a Pedro Sánchez) y da un puñado de ejemplos, entre patéticos e hilarantes, de lo chapuceros que pueden ser ciertos medios de comunicación, a los que no les importa copiar/pegar a la carrera lo que leen en cualquier sitio, sin tomarse siquiera la molestia de verificarlo, acaso por miedo a quedar a la zaga del algoritmo. En fin, que si el libro no lo hubiese firmado Luisgé Martín, si fuese de alguien con prestigio intachable, pongamos por caso Michel Houellebecq, o el rey emérito, o quizás hasta Woody Allen, yo se lo recomendaría a cualquiera encarecidamente. Pero habiendo salido, como salió, de la pluma de un hereje, es mejor boicotearlo ab initio (esto es parte del latín que aprendí con lo del manual de la tostadora). Y ojo: lo de la pluma no lo digo porque Martín sea homosexual, aunque lo sea. Juro que yo no soy homófobo. Creo que la cancelación cultural debe seguir aplicándose siempre que podamos, con independencia de la raza, la religión, la ideología política, la nacionalidad, el género y, por supuesto, la orientación sexual.
Eso sí, lo más insólito en las páginas de Desde el odio es la lista de agradecimientos, donde el autor se deshace en elogios a su agente, Palmira Márquez, una ilustre egresada de la Universidad de Sevilla, y ensalza a la escritora Sara Mesa, quien firma el prólogo y que, pese a haber nacido en Madrid, lleva años instalada en la capital andaluza, hasta el punto de que es justo considerarla sevillana adoptiva, y agradece también a Juan Bonilla, que será de Jerez, de acuerdo, pero que, tal y como se menciona en su página web (si es que Bonilla tiene página web), vive en la sevillana localidad de Mairena del Aljarafe y, además, como todo el mundo sabe, y como escribió él mismo en Nadie contra nadie, Jerez es un barrio de Sevilla. En fin, la lista de agradecimientos es larga, y el autor llega incluso a rendir homenaje a Marina Perezagua, quien además de sevillana es cuentista y practicante de apnea. Vamos, que solo le faltó dedicarle unas palabras a Nuestro Padre Jesús del Gran Poder, cosa que no hace, supongo, porque, además de homosexual, Martín se declara ateo. Sea como fuere, la pregunta resulta inevitable. No, inevitable no, i-n-e-l-u-d-i-b-l-e: ¿por qué Sevilla no odia El odio?
La puta quimera de la libertad de expresión
Si esto fuese un artículo satírico, cosa que por supuesto no es, podríamos ahora aludir a cómo los sevillanos son denostados por el resto de los andaluces, entre otras cosas por chulos (todo el mundo sabe que un sevillano es a Andalucía lo mismo que un madrileño al conjunto de España), y recordar que la rivalidad entre sevillanos y cordobeses ha sido siempre particularmente virulenta, alcanzando su cenit cuando al incauto de Manuel Machado se le ocurrió dedicarle unos versos a las ciudades del sur de España, y tras aquello de Málaga cantaora y Almería dorada y Córdoba romana y mora, remataba el poema con el hoy archiconocido «Y Sevilla», como si no hubiese palabras para describir a la ciudad de la Giralda, gesto que, como bien recuerdan los manuales de historia, a las otras siete provincias de la comunidad les sentó peor que un salmorejo con nata. En fin, que si esto fuese un artículo satírico podríamos desgranar con detenimiento las causas, fobias y rencores ancestrales que llevan ahora a una caterva de sevillanos y filosevillanos a defender el derecho a que se publique un libro donde se hace quedar mal a un parricida cordobés (El odio), o un ensayo donde se defiende el derecho a publicar el susodicho libro (Desde el odio). En efecto, si esto fuese un artículo satírico, uno podría seguir tirando de ese hilo hasta Despeñaperros, haciendo leña del árbol caído. Pero en estas líneas no hay cabida para las bromas (si alguien quiere una foto de Cooper delante del mazacote de La historia del arte de Gombrich no tiene más que escribirme por privado), de modo que lo que tenemos que hacer es más bien desmontar de una vez por todas la puta quimera de la libertad de expresión, le pese a quien le pese.
Esto último es muy fácil. A los escritores (y a los escribanos) se les cae la boca diciendo que la literatura es el reino de la libertad y que in libris libertas (en mi traducción del manual de la tostadora yo escribí la frase: «Panem tostum ne tangas: ardet», y tres páginas después: «Torreo, ergo sum») y que, en las entrañas de una novela, con o sin ficción, se puede hacer lo que a uno le salga de los genitales. Pero no. El artículo 19 del Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos dice explícitamente que el ejercicio del derecho a la libertad de expresión «entraña deberes y responsabilidades especiales» y, «por consiguiente, puede estar sujeto a ciertas restricciones». Durante la dictadura, lo de las restricciones funcionaba a las mil maravillas. En el Ministerio de Información y Turismo, el mismo que promovía el litoral español entre los modernos ciudadanos escandinavos, labor que indirectamente apuntaló maravillosas películas de Fernando Esteso y Andrés Pajares, contaban con una Sección de Inspección de Libros, donde funcionarios de bigotito fino y misa diaria revisaban manuscritos y prohibían todo lo que atentaba contra la Santa Madre Iglesia y el Glorioso Alzamiento Nacional, con el resultado que todos conocemos: una sociedad, si no más libre, al menos más limpia y recatada. (Como bien decía mi abuela Nina, que en paz descanse, con Franco no se vivía tan mal). Pero ahora que la Transición nos trajo libertades desmesuradas (tranquilos, al paso que vamos no tardaremos en perderlas), es necesario que todos los ciudadanos de bien contribuyan, eh… esto… contribuyamos, a asear la cultura. Claro, me dirán ustedes que quienes no deseaban leer El odio podían limitarse a no hacerlo, que para eso se publican en España miles de libros al año, demasiados. Es decir, que hay de dónde escoger. Pero lo cierto es que el boicot individual no basta. Es importante evitar que textos así caigan en manos de los otros, los despistados, quienes necesitan la tutela de mentes preclaras, de ciudadanos de criterio y moral intachables, incluidos los lectores de Onograma.
Es preciso aclarar que una de las principales razones de quienes se opusieron a la publicación de El odio fue el hecho de que el autor no hubiese contactado con Ruth Ortiz, exmujer de Bretón, negándole, pues, voz a la víctima. Curiosamente, encontramos un paralelismo cuasiidéntico en las páginas de El adversario, la novela de Emmanuel Carrère donde se narran los crímenes de Jean-Claude Romand, quien mató a su esposa, a sus hijos y a sus padres para evitar que descubriesen la estafa piramidal —y otra larga sarta de mentiras— con que venía engañándolos desde hacía años. En la página 38 de la vigesimotercera edición de El adversario, publicada, nada menos que por la propia Anagrama, en noviembre de 2024, o sea, tres o cuatro meses antes del lanzamiento de El odio, el narrador escribe lo siguiente en relación con el juicio:
«Las partes civiles eran las únicas que no le miraban. Sentada justo delante de mí, entre sus dos hijos, la madre de Florence clavaba la mirada en el suelo […] Cuando llegaron a la autopsia de su hija y de sus nietos, la mano crispada con que apretaba contra la boca un pañuelo hecho una bola empezó a temblar un poco. Yo habría podido, extendiendo el brazo, tocarle el hombro, pero me separaba de ella un abismo que no era solamente la intolerable densidad de su dolor. Yo no le había escrito a ella ni a los suyos, sino al hombre que había destruido sus vidas».
Al principio no lograba entender por qué a todo el mundo le parecía mal que Martín no hubiese entrevistado a la madre de los niños asesinados, pero a nadie parecía importarle que en el catálogo de aquella misma editorial hubiese un long-seller cuyo autor había escrito sobre crímenes igual de atroces (tras asesinar a sus seres queridos, Jean-Claude Romand le prendió fuego al hogar familiar) sin dar voz a la madre y abuela de tres de las víctimas. Tras conversar con un par de profesores eméritos, comprendí la principal diferencia: El adversario se publicó en el año 2000, cuando aún no existía Twitter y para expresar indignación había que mandar una carta al director del periódico o a la mismísima editorial, con sello y todo, lo cual dificultaba las muy necesarias labores de vigilancia que aquí venimos encomiando.
A Martín también le echaron en cara haber escrito El odio para enriquecerse, algo que posiblemente sea igual de atinado. Todo el mundo sabe el dineral que se gana escribiendo libros.
Pero, de los muchos reproches que se esgrimieron contra El odio, para mí los más sensatos fueron los de quienes aludieron al riesgo de revictimizar a Ruth Ortiz, posibilidad sin duda real. Lo que no se entiende es cómo se permitió a programas de televisión, periódicos y hasta plataformas de streaming regodearse en la noticia. De un lado se censura un libro (¡bien!), de otro aparecen columnas, editoriales, crónicas, tertulias, reportajes de investigación, magacines matinales, vídeos de YouTube, hilos de Twitter, mesas de expertos, podcasts y hasta documentales sobre el caso Bretón, todos ellos igual de revictimizantes. Desde aquí pedimos, por coherencia, la censura retroactiva de todas esas manifestaciones pseudoperiodísticas, con la esperanza de, si no enmendar lo inenmendable, al menos purgar internet de la mera huella de este parricidio, que atenta contra todas nuestras conciencias.
Huelga decir que eso no sería más que un primer paso. Aún nos queda mucho trabajo por delante. La entelequia de la literatura no puede servir de coartada para que sigan pululando por ahí libros nocivos, esos cuya mera existencia daña, o revictimiza, o simplemente molesta a ciudadanos de bien. Yo, por ejemplo, sufrí abusos sexuales siendo menor de edad (por desgracia, esto tampoco es broma), algo sobre lo que escribí el correspondiente libro, y me gustaría unir mi humilde voz a la de Laura Freixas y señalar que Lolita estetiza, erotiza y edulcora la violación de una niña. Freixas, algo más tibia que yo, se conformaba con criticar a Nabokov, pero me parece justo ir un poquito más lejos y solicitar respetuosamente a Onograma, perdón, Anagrama, que la retire de su catálogo ipso facto (de mi traducción del manual de la tostadora: «Panis combustus abiciendus est»). Otra razón para prohibir ese libro es que un Vargas Llosa semipresenil afease a Freixas su crítica y tuviese el descaro de escribir en El País que «el feminismo es hoy el más resuelto enemigo de la literatura, que pretende descontaminarla de machismo». Hombreporfavor.
Eso sí, no cometamos el error de pensar que Anagrama —por lo demás uno de mis sellos predilectos— es la única culpable de esta crisis sin parangón a la que nos enfrentamos los lectores del mundo entero (menos los lectores sevillanos). Todas las editoriales, todas sin excepción, deben purgar sus catálogos de forma expeditiva, concienzuda e inapelable. Alfaguara haría bien en retirar cuanto antes su nueva traducción de El corazón de las tinieblas, porque, como bien apuntó el escritor nigeriano Chinua Achebe, el libro deshumaniza a los africanos y su autor, Conrad, era «un maldito racista». A Navona le pido respetuosamente que queme cualquier ejemplar de Moby Dick que aún le quede en el almacén; admito a regañadientes que la edición era preciosa, pero la novela de Melville se regodea en el más cruento maltrato animal, algo antitético a nuestro Zeitgeist. A Literatura Random House no sé ni qué pedirles, la verdad. Lo mejor sería que se declarasen en quiebra y, a falta de eso, por lo menos que censurasen de una vez American Psycho, no solo por las injustas burlas a Donald Trump, que cuando se escribió el libro era ya una celebridad neoyorquina y acabó efectuando varios cameos en la obra, sino sobre todo por la retahíla de asesinatos misóginos que recorren sus páginas. En uno de ellos, el protagonista, Patrick Bateman, le corta la lengua a una mujer y, acto seguido, procede a follarle la boca. Me declaro víctima de esa escena. Qué quieren que les diga, a mí me arruinó para siempre el sexo oral.
Podría seguir, sí. La lista es larga y, como les advertí, yo no me callo ni debajo del agua. Glu, glu. Pero creo que entienden la idea. No basta con censurar los odios de Luisgé Martín. A falta de Franco, nos compete a nosotros, los ciudadanos de a pie, asumir la labor de aquellos míticos funcionarios de bigotito fino. Debemos señalar y denunciar todos los libros incómodos. Glu, glu, glu. Hasta se me ocurre un hashtag para viralizar este movimiento neoemancipador: #JeSuisSectionD’InspectionDesLivres.
Yo, por mi parte, ya empecé: esta mañana le he quitado a Cooper el Gombrich. Salen desnudos.
Y Sevilla.
Glu.






