Sociedad

Instrucciones para ejecutar a una mujer

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Vehículos de emergencia abandonan la prisión de máxima seguridad Riverbend después de que se suspendiera la ejecución de Christa Pike, el 30 de septiembre de 2026, en Nashville, Tennessee. (AP Photo/George Walker IV)

El pasado 30 de septiembre, en la camilla de ejecuciones de una prisión de Tennessee, Christa Pike no murió. Le habían preparado dos dosis de pentobarbital para detenerle el corazón en los minutos previstos. Las venas, según denuncia su defensa, colapsaron; el fármaco llegó degradado; nadie intervino. El público convocado esa noche no estaba allí para salvarla, sino para verla morir. Christa, todavía consciente, dijo que sentía el brazo a punto de reventar, un latido convertido en dolor. Lo imagino como si el pulso, acorralado, hubiera decidido golpear desde dentro el único sitio por donde no podía escapar. Poco antes, cuando suponía que su ejecución comenzaría en pocos segundos y acabaría con su vida de manera eficiente (y por eficiente entiendo que todo ocurriera según lo previsto, en los tiempos que marca el protocolo) había dicho que se iba en paz, que aquel era «un día feliz». Luego siguió respirando. Y se oyó un ronquido. Un ronquido. Escribo esto y casi me cuesta aceptar que en la sala letal entrara el sonido más doméstico y menos solemne que existe, de pronto, en mitad del ritual más frío que ha inventado el ser humano para matar con pulcritud y público.

Habría sido la primera mujer ejecutada en Tennessee en más de doscientos años. El gobernador tuvo que suspender el resto de las ejecuciones previstas para lo que queda de 2026 y ordenó una investigación. Han pasado ya varios días desde aquella noche, y en todo este tiempo algo no ha dejado de rondarme sin que supiera nombrarlo del todo, una inquietud de fondo que no terminaba de encajar en ninguna de las lecturas habituales del caso (el fallo técnico, la intensificación del sufrimiento, si lo ocurrido equivale a una doble condena a muerte), hasta que até cabos. Soy española, pero también norteamericana, y se trata también de una cuestión personal. Esta es la pregunta que no me soltaba, la que todavía no le he visto hacer a nadie: ¿qué consecuencias tiene sobre el cuerpo de una mujer un protocolo, un manual de muerte, diseñado únicamente sobre miles de cuerpos de hombre? ¿En quién pensaron al escribirlo, y a quién olvidaron por completo? No lo sé con certeza, quizá algún día se sepa. Pero mientras tanto, no se puede descartar que esto fuera una de las causas de que Christa Pike, aquella noche, no llegara a morir. No se puede descartar porque seguimos muriendo por la misma causa. Un ejemplo: los test de choque de los coches, pensados para un maniquí del tamaño de un hombre adulto, hacen que las mujeres tengamos muchas más probabilidades de morir en un accidente de tráfico idéntico. De hecho, una mujer con cinturón tiene un 17 % más de probabilidad de morir que un hombre en el mismo accidente.

Lo que no sabíamos esa noche, y que los documentos judiciales han ido revelando después, es que nada de esto era imprevisible. En agosto, los abogados de Pike ya habían advertido por escrito al Estado de Tennessee sobre la dificultad para encontrar vena, venas que podían colapsar, pentobarbital que podía llegar degradado, ausencia de atención médica de emergencia, «dolor y sufrimiento innecesario y añadido». No fue una sorpresa: fue un riesgo anunciado sobre un cuerpo concreto, y nadie con poder para detenerlo lo hizo. El médico encargado de encontrarle la vena esa noche, el doctor Mark Walton Fowler, no había colocado una vía central desde 2013 y no tenía privilegios hospitalarios vigentes. La vena no es lo que falló primero. Lo que falló primero fue la decisión, tomada semanas atrás, de que ese cuerpo, el suyo, el de Christa Pike, un cuerpo biológicamente de mujer cuyas respuestas son distintas, no merecía ningún tipo de respeto para matarlo.

Desde 1976, cuando Estados Unidos reanudó el negocio de matar a sus condenados, ha ejecutado a más de 1.600 personas. Dieciocho eran mujeres. Dieciocho, en medio siglo. Christa Pike iba a ser la decimonovena, una cifra tan pequeña que cualquier estadístico la llamaría ruido, un margen de error que no merece columna propia en la tabla. El protocolo de la inyección letal, es decir, las dosis, el calibre de la vía, los minutos exactos entre un fármaco y el siguiente, se perfeccionó sobre miles de cuerpos de hombre. Hombres a los que buscarles la vena, hombres cuya grasa corporal diluye el sedante de una manera determinada, hombres cuyo corazón tarda un tiempo calculado en rendirse. Del cuerpo de una mujer, en cambio, apenas hay registro. No porque sea igual —no lo es en absoluto—, porque cambia el volumen de sangre, la distribución de la grasa, el modo en que el hígado procesa un barbitúrico. Pero a nadie, en ningún comité, en ningún laboratorio penitenciario, se le ocurrió preguntar si el manual serviría para una mujer. Se ejecuta a las mujeres con las instrucciones escritas para otro cuerpo, igual que durante décadas se nos ha vendido ibuprofeno probado para un hombre, un chaleco antibalas cosido para un hombre.

Las mujeres constituyen apenas el 2 % del corredor de la muerte en Estados Unidos, una excepción dentro de la excepción. A quien objete que las ejecuciones de mujeres son pocas, y que esto constituye cierta ventaja, conviene recordarle dos cosas. La primera es que ser estadísticamente minoritaria nunca ha sido, en la historia del diseño de nada, un privilegio; ha sido casi siempre la coartada perfecta para no diseñar particularidades. La segunda es que ninguna probabilidad protege al cuerpo concreto que ya está atado a la camilla. A Christa Pike no le sirvió de nada ser una entre dieciocho. Esa noche, para ella, la probabilidad era del cien por cien.

Caroline Criado Pérez lo documentó en Invisible Women: el cuerpo masculino funciona, casi siempre sin que nadie lo decida de forma consciente, como la medida por defecto de este mundo. Los test de choque de los coches a los que me referí al principio, pensados para un hombre, hacen que las mujeres tengamos muchas más probabilidades de morir en un accidente idéntico: con cinturón, un 17 % más. Las dosis de medicamentos, ensayadas sobre todo en hombres, nos provocan efectos secundarios más frecuentes y más graves. La temperatura de cualquier oficina del planeta está calculada sobre un metabolismo masculino, y por eso en algunos sitios tenemos que llevar prendas adicionales en pleno julio. Es la misma plantilla en todas partes: un cuerpo se convirtió en la norma, y el otro aprendió a sobrevivir a sus márgenes de error.

Hay un territorio todavía más antiguo donde pasó lo mismo, y es tan hermoso como injusto. En 1844, el anatomista alemán Georg Ludwig Kobelt disecó e inyectó los vasos sanguíneos del clítoris y dejó dibujada, con una precisión que tardaría siglo y medio en repetirse, toda su estructura interna: una arquitectura de tejido eréctil escondida bajo la piel como un árbol que ramifica su vida bajo tierra. Tristemente, nadie siguió su trabajo. Durante ciento cincuenta años, los libros de anatomía dedicaron páginas enteras al pene, nervio por nervio, mientras el clítoris se despachaba en una frase, como un apéndice sin interés quirúrgico, el pequeño botón de una camisa abandonada en un armario, lejos del movimiento, el fresco, la brisa, el placer de los vientos libres que circulan entre el órgano y la piel. Helen O’Connell, uróloga australiana, tuvo que esperar hasta 2005 y usar resonancias magnéticas para confirmar lo que Kobelt ya sabía en el siglo XIX: que el noventa por ciento de esa estructura es interna, invisible, y que generaciones de cirujanos habían operado a ciegas porque nadie les había entregado el mapa. A mujeres como Jessica Pin les cortaron un nervio en una cirugía rutinaria y perdieron sensibilidad para siempre, no por mala suerte, sino porque el mapa que usaban sus médicos llevaba siglo y medio sin que a nadie le importara actualizarlo.

Pienso en eso, y pienso en el brazo de Christa Pike, en ese punto exacto donde el pulso no dejaba de golpearle mientras alguien, a su lado, seguía buscando una vena que no aparecía. Son el mismo gesto, separado por siglo y medio y por un propósito completamente distinto —dar placer, dar muerte— y sin embargo los dos dibujan un idéntico vacío: un cuerpo de mujer sobre el que nadie quiso dibujar el mapa a tiempo. Durante ciento cincuenta años nadie consideró, y nadie considera, que ese cuerpo mereciera la misma urgencia que el de un hombre, ni en un quirófano ni en una sala de ejecuciones. A Christa Pike esa indiferencia le ha costado un limbo, una muerte todavía más lenta que la que el Estado tenía planeada. A otras, en silencio, bajo luces de quirófano y no de celda, les ha costado el derecho a conocer su cuerpo, acariciarlo con mimo, que lo acaricien. Y es que la experimentación del placer, como la de la muerte, también pasa por el conocimiento del cuerpo que vibra y fallece.

Criado Pérez no escribió sobre ejecuciones, que yo sepa. No hacía falta. Su tesis es tan completa que llega sola, sin que nadie la empuje, hasta la sala donde intentaron matar a Christa Pike. Y llega justo al único lugar donde se supone que no debería faltar nada, donde el Estado presume de su precisión como en ningún otro procedimiento. Treinta años de apelaciones, tribunales, calendarios de últimas horas firmados al minuto. Y aun así, en el preciso instante de la verdad, a nadie se le ocurrió comprobar si el cuerpo real que iban a introducir en esa ecuación encajaba con las variables del manual para matar.

Hace años, documentándome para una novela sobre el corredor de la muerte de Texas, me topé con el caso de Romell Broom. El 15 de septiembre de 2009, en Ohio, un equipo de verdugos intentó ejecutarlo durante más de dos horas. Le clavaron la aguja dieciocho veces, en los brazos y en las piernas. En al menos una ocasión, la aguja chocó contra el hueso. Broom, consciente todo el tiempo, intentaba colaborar: señalaba él mismo dónde podían probar. Cuando por fin dieron con una vena y empezaron a inyectar suero para comprobarla, la vena colapsó, y Broom, el hombre al que todo el manual estaba dedicado, se puso a llorar. Esa noche el gobernador también tuvo que suspender la ejecución. Broom no murió entonces. Su defensa alegó doble pena capital y trato cruel; los tribunales le dieron la razón al Estado, no a él, y fijaron una nueva fecha: el 17 de junio de 2020. Tampoco esa fecha se cumplió —la falta del fármaco obligó a aplazarla de nuevo, hasta marzo de 2022—. Romell Broom murió el 28 de diciembre de 2020, de covid, en el corredor de la muerte, sin que el Estado de Ohio hubiera conseguido, en más de una década de intentos, matarlo.

Conviene detenerse aquí, porque a primera vista parece contradecir lo que vengo defendiendo: Broom era un hombre, el cuerpo para el que en teoría está escrito el manual, y aun así el protocolo fracasó. Pero es exactamente al revés. Si ni siquiera en un cuerpo con décadas de casos documentados, de venas estudiadas, de dosis corregidas una y otra vez sobre miles de hombres anteriores, el sistema logra funcionar sin fallos, ¿qué puede esperarse de un cuerpo del que no existe un solo caso de referencia? El fallo con Broom demuestra que el manual, incluso en su versión más probada, es frágil. El fallo con Pike demuestra algo más hondo: que para las mujeres ni siquiera hay manual que pueda fallar. Hay, directamente, un vacío, un silencio con forma de cuerpo.

Mientras investigaba me informé también de que, según las autopsias, hasta un 43 % de los ejecutados por inyección letal en Estados Unidos recibieron una dosis de anestesia insuficiente para perder del todo la conciencia, y de que el cloruro de potasio —el tercer fármaco, el que de verdad detiene el corazón— ha sido descrito por los propios médicos y supervivientes con una frase que no logro olvidar: «es como arder vivo, pero desde dentro». Guardé aquel dato sabiendo que algún día volvería a doler. Ha vuelto ahora, con nombre de mujer, en una fecha concreta de hace pocos días, convertido otra vez en ese ronquido doméstico en mitad de una sala donde todo lo demás pretendía ser solemne. Esto no hace a Christa Pike más o menos culpable del crimen atroz que cometió a los dieciocho años; me interesa otra pregunta, más incómoda: cuántas Christa Pike hacen falta todavía para que alguien se pregunte, por fin, para quién está hecho el manual.

No voy a defender aquí una inyección más precisa, un protocolo mejor calibrado, una muerte de Estado más «humana». Ya hay voces pidiendo desde hace décadas el fin completo de la pena de muerte, sin que Tennessee ni los otros veintiséis estados que todavía matan parezcan escucharlas. Lo mío es un deseo más pequeño y, por eso mismo, más difícil de esquivar. Tenemos que nombrar con exactitud lo que falló esa noche. Tal vez no fue solo una vena esquiva, ni un lote de pentobarbital degradado, ni un turno de verdugos que desde hace décadas se sabe que no tienen información médica suficiente. Tal vez fue la misma ceguera que lleva siglos diseñando marcapasos, airbags e instrumental quirúrgico a la medida de un cuerpo de hombre, la misma que trazó, y abandonó, el mapa clitoriano de Kobelt, y que esta vez llegó hasta la camilla de una ejecución.

Hace años, en el certificado de defunción de un condenado a muerte en Texas, se marcaba una casilla incluida para tal propósito: «Muerte por envenenamiento letal». Pero ahora el certificado ha cambiado, y se ofrecen solo seis casillas para compendiar las seis formas de morir en Texas: Muerte natural / Accidente / Suicidio / Homicidio / Desconocida o no se puede determinar / Pendiente de investigación. La casilla que el funcionario debe marcar en el caso de una ejecución es la de homicidio. Los certificados de defunción que dejan los condenados a muerte son, por tanto, el testimonio legal de que el Estado comete, de manera regular, homicidio. Y sin embargo no existe una séptima casilla, la que de verdad habría que marcar en el caso de Christa Pike: muerte por un manual que nunca contempló este cuerpo.

Christa Pike sigue, mientras escribo esto, conectada a un respirador, sin que nadie sepa si vivirá ni qué hará el Estado con ella si sobrevive. No está permitido ejecutar a nadie que esté enfermo, por eso antes de la ejecución el recluso debe pasar por un examen médico que certifique que se encuentra en buen estado de salud. El sistema es perverso en cada átomo: cuanto más vivo esté el vivo, más viva e incisiva será su muerte. Cuando un recluso intenta suicidarse con los sedantes la noche previa a su ejecución, se apresuran a llevarlo al hospital, a hacerle un lavado de estómago, y horas después, cuando ya lo han salvado, lo ejecutan. El corredor de la muerte, en el fondo, no es más que eso: el lugar donde se cuida minuciosamente un pulso, solo para ostentar el poder de decidir, con toda precisión, el instante exacto en que se lo detiene.

Sea cual sea el destino de Pike, hay una deuda que ya es irreversible: durante treinta años nadie se ha tomado el trabajo de preguntarse si el cuerpo que van a matar es, de verdad, el cuerpo para el que han escrito las instrucciones. Esa pregunta no va a devolverle nada a Christa Pike. Pero a nosotras, que seguimos siendo la excepción en tantos manuales ajenos (el del quirófano, el del cinturón de seguridad, el de la camilla), sí debería inquietarnos, aunque sea por las que todavía estamos amarradas, en silencio, a instrucciones escritas para un cuerpo que no es el nuestro. Al parecer, no servimos ni para que nos maten.

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