Arte y Letras Cómics

El museo del manga de Kioto

Museo Internacional del Manga de Kioto.
Museo Internacional del Manga de Kioto.

Estuve hace unos días en Kioto. Los palacios y templos ya están muy vistos, lo mismo que la floración de los cerezos, así que me acerqué a ver el Museo Internacional del Manga. De niño leía tebeos. Mortadelo y Filemón, Roberto Alcázar y Pedrín, El Guerrero del Antifaz o Flash Gordon; y clásicos europeos también, como Astérix y Tintín. Quizá lo de «clásico» sea una convención que se aplica con generosidad, pero esos tebeos tenían una coherencia de mundo, una geografía imaginaria en la que uno podía instalarse durante horas.

Luego, de jovencito, pasé a otros cómics que aún recuerdo con placer: El Víbora, Cimoc, Cairo, Zona 84, Tótem, 1984, Makoki… Yo los leí prestados, pero esa constelación de revistas adornó los quioscos españoles durante los años ochenta. Eran otra cosa, dirigidas a una generación que había salido de la dictadura con hambre de todo: revistas con vocación política, con sexo, con ironía, con autores que venían de la contracultura y que usaban el cómic como se usa un panfleto, para decir lo que antes no se podía decir de otra manera. Un ejemplo canónico es el España libre (1978), de Carlos Giménez, en el que se puede encontrar a pocas páginas de distancia una versión admirable de Réquiem por un campesino español, de Ramón J. Sender, y una pieza con Durruti saliendo de la tumba para dar una patada a un anarca grafitero.

Nunca, sin embargo, desarrollé una afición por el manga o el anime. A pesar de Mazinger Z y Los caballeros del Zodiaco, míticos, la versión papel nunca me enganchó. De adulto, tampoco. No soy fan del género. Pero esa es, paradójicamente, una excelente razón para ir a un museo: buscar que algo te guste, añadir una afición nueva al catálogo de cosas que hacen mejor la vida. Los museos que visitamos de cosas que ya amamos son una confirmación, y eso aunque tienen su placer, no amplía tanto nuestro mundo. Son los museos de lo ajeno-al-Ser —que hubiera dicho Heidegger— los que pueden hacer algo por uno. Este género gusta a cientos de miles de personas —ahí está el éxito de Hispacómic para atestiguarlo—, genera una actividad económica y tiene una historia de siglos, así que algo tendrá. A ver: el museo está en una de las avenidas que llevan a los jardines del palacio imperial de Kioto, no en un suburbio discutible. Por cierto, ese jardín está bien, como lo está el parque del palacio imperial de Tokio, pero ambos se quedan atrás si los comparamos con el Retiro de Madrid, que es mejor que ambos en todos los sentidos que importan: escala, vocación pública, variedad florística, de vistas y de usos, densidad de vida, etc. Los japoneses son cuidadosos con sus parques de una manera que se parece más a la preservación y al miedo que al disfrute y a la vida. El Retiro, en cambio, es un organismo que late con mi ciudad. Pero eso es una historia para otro día.

El edificio que alberga el museo era una escuela. La escuela Tatsuike, de primaria, construida en la era Shōwa —desde 1926 hasta 1989, desde las vísperas de la Segunda Guerra Mundial hasta el año en que cayó el Muro de Berlín—. El edificio sobrevivió a todo eso. Ahora alberga una colección de trescientas mil piezas. El contraste entre los dos mundos es parte de la visita. Uno recorre pasillos que olían a tiza y a orden escolar, con la escala del mobiliario pensada para niños de ocho años, y en los que ahora hay vitrinas y estanterías. Visitar el museo del manga es, pues, hacer una doble visita, porque el contenedor es también un objeto de interés. Ver cómo era una escuela japonesa a mediados del siglo pasado justifica el precio de la entrada independientemente de lo que uno piense del manga.

La concepción museística es curiosa. Más que un museo al uso, es una biblioteca con tienda, actividades y exposiciones. Un museo convencional organiza su colección para que uno la recorra en un sentido, con un argumento implícito que va de un punto a otro. Una biblioteca, por su naturaleza, no tiene argumento: es un inventario del mundo, y cada visitante construye el suyo propio. El Museo Internacional del Manga de Kioto funciona así. Uno puede sentarse en el suelo o salir al césped a leer los objetos expuestos, lo cual es algo que rara vez está permitido en un museo, y eso cambia la relación con el espacio y con la colección. La gente va allí a eso. Hay grupos de escolares japoneses tirados en el pasillo con un volumen abierto sobre las rodillas, y hay turistas que los fotografían sin entender del todo qué están viendo.

El museo fue fundado en 2006 como proyecto conjunto del Ayuntamiento de Kioto y la Universidad Seika de Kioto, que es una universidad de artes. La combinación es interesante porque une el interés institucional de la ciudad, que quiere preservar algo que considera patrimonio, con el interés de una universidad que investiga ese mismo patrimonio. El resultado es una institución híbrida que hace cosas distintas a la vez: conserva, exhibe, investiga y publica los resultados de esa investigación a través de exposiciones, seminarios y talleres. No es solo un lugar para fans. Es un lugar para estudiar el manga como fenómeno cultural; y quizá para tipos como yo, gente que quiere que le guste el manga.

La colección abarca unos trescientos mil materiales, de los cuales cincuenta mil son mangas publicados desde 1970. El rango cronológico es más amplio de lo que uno esperaría. Hay xilografías del período Edo, del siglo XVIII, que son antecedentes formales del manga moderno: caricaturas en madera que usan la deformación y la síntesis visual de una manera que prefigura lo que vendría dos siglos después. Hay revistas de la segunda mitad del siglo XIX, de la era Meiji, cuando Japón se abrió al mundo y absorbió influencias del exterior con una velocidad que no tiene paralelo en la historia moderna, cambiando para siempre —y a mejor— su arte. Hay material de entreguerras, de la posguerra, libros de alquiler de los años cincuenta, que eran una forma de distribución específica del Japón de aquella época, y luego las series modernas, las que conoce cualquiera que haya tenido acceso a una pantalla en los últimos treinta años.

Esa continuidad histórica es lo que el museo defiende. La tesis implícita es que el manga no es un fenómeno de masas de ahora, sino el resultado de una tradición de varios siglos que se ha ido transformando al absorber influencias externas. Es una tesis razonable, y la colección la sostiene. Ver una xilografía del período Edo junto a una página de Dragon Ball es hacer el mismo ejercicio que al ver un retablo medieval con san Cristóbal junto a un cómic de superhéroes en un museo de historia del arte occidental: la genealogía no es obvia, pero existe y es interesante para darle contexto a lo que ves.

Lo que el museo no hace, o no hace bien, es explicar por qué el manga se exportó de la manera en que lo hizo. Que un género visual nacido en Japón, con unas ligaduras culturales concretas, se convierta en un fenómeno global, con lectores en Brasil, Francia, España o Nigeria, es algo que merece una explicación que va más allá de la calidad de los dibujos. Tiene que ver con las condiciones de distribución, con la globalización de las plataformas de entretenimiento, con algo en la estructura narrativa del manga que supongo debe de ser universal. El museo lo da por supuesto, y quizá tenga razón al hacerlo, pero a un visitante sin formación en el tema le falta ese andamiaje. Hay una sección de cómic internacional —ahí están los Mortadelo y Filemón de Ibáñez, cómo no—, pero no se explica bien el éxito del «japonesismo» en sentido más amplio, el qué tiene la cultura japonesa —o qué se ha interpretado que tiene, mejor dicho— para ejercer cierta atracción en una cultura tan alejada en todos los aspectos como la nuestra.

Una cosa que el museo sí hace bien es plantear que el manga y el cómic occidental son dos respuestas distintas al problema de narrar con imágenes. Las diferencias son de fondo. El manga se lee de derecha a izquierda, usa una gramática visual con convenciones propias, trabaja con el blanco y negro de una manera que el cómic americano o europeo tardó en explorar, y tiene géneros que no existen en el cómic occidental, o que existen de forma marginal. Entre las comunalidades, hay shōnen, para chicos. Hay shōjo, para chicas. Hay seinen, que es el equivalente de aquellas revistas españolas de los ochenta, el material para adultos con ambición literaria. Esa segmentación tan fina del público es algo que el mercado del cómic occidental no desarrolló de la misma manera, y eso explica en parte por qué el manga tiene audiencias tan amplias. Tiene que ver con que hay un manga para cada lector, incluso para los que no saben que lo son.

La tienda es buena. Esto no es un detalle menor, sino que es mayor, como dijo famosamente aquel. Una tienda en un museo es siempre un buen indicador de cómo entienden los patronos su misión. Las tiendas malas venden llaveros y tazas con el logo para hacer negocio y salvar las cuentas. Las tiendas buenas se consideran parte del museo y venden libros únicos que difícilmente se encuentran en otros sitios, monografías eruditas, ediciones de lujo y objetos capaces de prolongar la visita más allá del tiempo que uno pasa dentro, manteniendo la conexión e incitando a regresar, no a poner una muesca en la casilla de cosas por ver y olvidarse para siempre. La tienda del museo de Kioto vende ediciones en varios idiomas de sus exposiciones temporales y cosas que uno no encuentra en otro sitio. Compré un par de volúmenes para regalo. Traérmelos fue parte de la visita, de la misma manera que adquirir el catálogo de una exposición es parte de una visita aprovechada. No comprendo a la gente que se pasa la visita tomando fotos, perdiendo un tiempo precioso de un evento único, algo que vale mucho más que el libro. Es mucho más razonable ir a una exposición, disfrutarla y comprarse a la salida el catálogo para tener un apoyo de lo que has visto, con fotos que seguro que tienen una calidad mejor que la que tú vas a conseguir nunca.

¿Salí convertido en un fan del manga? No. Me queda muy lejos en sensibilidad y cultura. Mi mente no es oriental en casi ningún sentido. Pero salí con más interés por el género que el que tenía al entrar, que no está nada mal. Entendí algo que no había explicitado nunca: que el manga no es un estilo, sino un medio, de la misma manera que lo es el cómic. Dentro de ese medio caben cosas tan distintas entre sí como lo que cabe dentro de la novela o el cine —hasta se me ocurrieron ideas para uno—. Que yo haya encontrado algo que me interese dentro de ese medio es un dato sobre mí, no sobre el medio, pero esa es una lección que los museos te dan de vez en cuando si uno se deja.

Hay una frase que se repite en los textos de los museos de arte contemporáneo, algo del tipo «este museo pretende ampliar tu concepto de lo que es el arte». Es una frase que suena a disculpa, como si el museo supiera que parte del público va a salir sin entender nada o decepcionado, y quisiera ponerse la tirita antes de la herida. El Museo del Manga de Kioto no se disculpa de nada. No lo necesita. El manga lleva décadas siendo uno de los fenómenos culturales más importantes del planeta, con o sin la bendición de los que preferimos otras cosas. El museo existe porque el objeto de interés está ahí y hay mucha gente a la que le gusta, y eso es una razón tan buena como cualquier otra para montar un tinglado. Casi mejor eso que los museos que están ahí para desgravar, blanquear o vender una ideología.

Hasta tiene su lógica que el museo esté en una escuela. El manga lo leen, sobre todo, niños y jóvenes, como los tebeos que yo leía de niño en España. Que el edificio haya sido un lugar de formación, y que ahora albergue un archivo de lo que varias generaciones aprendieron a leer y a ver, no es solo una coincidencia. Es una continuidad de función que ofrece un hilo cultural que a mí me parece lo suficientemente interesante como para echar un rato en escribir un artículo para Jot Down.

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