
Años antes del desahucio de Maricarmen, se produjo el de otra anciana que se me quedó grabado en la memoria debido a su crudeza. Su casa fue comprada por un fondo buitre, le subieron el alquiler a lo bestia para echarla y especular con su hogar, y finalmente la dejaron en la calle. Tras ser desahuciada en pleno invierno, la pobre mujer no supo más que quedarse sentada en un banco cercano a su casa con las pocas bolsas donde guardaba sus pertenencias. Allí seguía bien entrada la noche, hasta que el SAMUR se la tuvo que llevar con un cuadro de hipotermia.
Ver a una persona tan absolutamente derrotada y atenazada por el dolor, en una etapa de su vida donde la fragilidad, la debilidad y la enfermedad ya vuelven todo extremadamente difícil, revuelve las entrañas de cualquiera con alma y cerebro. De cualquiera con alma porque en esa mujer reside la misma humanidad que hay en mí y en cualquiera de nosotros, y duele verla pisoteada, del mismo modo que alegra verla sonreír. Y de cualquiera con cerebro porque, si no perteneces a la élite económica, tienes muchas posibilidades de acabar como ella, de modo que defenderla es defender tu futuro, y abandonarla a su suerte es dejar el camino abierto para que la misma escoria que se lucró con su sufrimiento te convierta en su próxima víctima.
Algunos piensan que la derecha y la ultraderecha hacen gala de su inhumanidad porque simplemente son así. Que llaman jeta a Maricarmen por no poder pagar el alquiler astronómico que le impusieron —Espinosa de los Monteros— porque les sale espontáneamente. Que se burlan de su necesidad —Ayuso— por mera aporofobia. Que la insultan y difaman porque les divierte, como demuestra la retahíla de declaraciones al respecto. Pero hay algo más.
Derecha y ultraderecha promueven una revolución de las alimañas, incitándonos a sacar lo peor de nosotros mismos y proyectarlo sobre los más débiles. Hace treinta años nadie se habría atrevido a defender a un fondo buitre tan desalmado que es incapaz de esperar unos pocos años a que su inquilina muera en paz para convertir su hogar en un piso turístico. Hoy nos presentan a la anciana como un parásito y —toma giro argumental kafkiano— a los migrantes como culpables de su desahucio: véase el tuit de Vox que, actualizando el viejo mantra «el judío es el culpable», culpa a los «moros» del desahucio porque, si Maricarmen fuese mora, no se habría quedado en la calle, obviando que en España se desahucia a más migrantes que nacionales en proporción a su peso poblacional.
Esto forma parte de una estrategia más amplia que pretende modelar una masa social envilecida e idiotizada, cobarde con el fuerte y asquerosamente cruel con el débil, saco de boxeo sobre el que descargar las frustraciones de los súbditos explotados, empobrecidos y víctimas del capitalismo salvaje. Escupe al mendigo para desquitarte de que tu jefe te escupe diariamente. Odia al migrante que sufre condiciones laborales indignas junto a ti porque no te atreves a enfrentarte al patrón. Culpa al desahuciado por no poder pagar el alquiler porque no te atreves a denunciar que, mientras tú no llegas a fin de mes, los hijos de los poderosos heredan cincuenta pisos de golpe por su cara bonita. Arrástrate como un gusano y mete la cabeza bajo el estiércol del odio al diferente, al pobre y al excluido para olvidar tu miseria.
Nos quieren convertidos en alimañas estúpidas, y de ahí la apología de la xenofobia, la aporofobia, la crueldad, la imbecilidad, el analfabetismo, el ansia de lucro y poder, el clasismo… que representan figuras como Ayuso. Sé un patán indocumentado, ve a lo tuyo y lame las botas al jefe mientras pateas la cara de quien tienes por debajo. Podrás llegar a presidente de la Comunidad de Madrid. Hace poco escribí El derecho frente a la ultraderecha, un libro sobre el peligro para la democracia que representa la ultraderecha —descargable gratuitamente en la web de Editorial Atelier— y dedico el capítulo 1 a, entre otras cosas, desarrollar las claves de esa estrategia de apología de la miseria intelectual y moral que ejecutan las ultraderechas con un fin muy claro: cuanto más idiotas e infames sean los ciudadanos, más nos votarán y más sumisos serán a nuestras políticas orientadas a destruir derechos sociales, servicios públicos e incrementar radicalmente los privilegios de las élites económicas.
La muerte de Maricarmen parece haber provocado un punto de inflexión que puede revertir esta ola de maldad y ruindad. Tenemos muchas razones para despertar. No solo que luchar por la dignidad del prójimo es el fin más noble al que un ser humano puede dedicarse, y que verle salir adelante sabiendo que has tenido algo que ver es una de las sensaciones más reconfortantes. Es que cuando luchas por los derechos de tu vecino luchas por los tuyos. Y cuando los conquistas para él, también los logras para ti. Por separado no podéis hacerlo. No podéis conquistar salarios dignos, regular el precio de la vivienda o lograr servicios públicos de calidad haciendo pagar a los privilegiados que se han forrado explotando, heredando y especulando. Porque son demasiado fuertes. Pero juntos podéis mover montañas y lograr milagros que disfrutaremos todos. Es el momento de reconquistar el país para el futuro de todos. Por la justicia social, la democracia y los derechos humanos. Por Maricarmen.






