Cine y TV

Daredevil: Born Again. Volver a nacer, rebelarse y resistir

Daredevil Born Again. Imagen Disney+.
Daredevil Born Again. Imagen Disney+.

Cuando Jesús Quintero le preguntó a José Luis Sampedro aquello de «¿Qué es ser un anarquista, señor Sampedro?», Sampedro le respondió con esa dicción que hoy tanto se echa de menos: «Mire usted, un anarquista es un hombre que se resiste a aceptar el poder material de un hombre sobre los demás. Es decir, acepta la autoridad moral, pero la presión de unos hombres sobre otros la rechaza. Y para mí sería el mejor sistema, supuesto que…, y el supuesto ese no se da, que todos estuviésemos educados para el anarquismo. Es decir, si en la mentalidad de todos se internaliza el respeto a los demás, el respeto a los derechos ajenos, no haría falta que nos mandaran. Todos obedeceríamos a esa internalización del deber y de la fraternidad humana. Pero claro, como no ocurre así, pues no se puede realizar. Pero el anarquismo es mucho más hermoso que otras cosas (…). Yo alguna vez me he declarado ácrata, desde luego, porque me parece, como ideal utópico —en este momento no realizable—, me parece mucho más hermoso que ningún otro. Yo respeto enormemente la autoridad moral de los maestros, de los que saben, de los que nos pueden guiar de verdad, que son poquísimos. Pero el que un señor pueda mandarme a mí por fuerza, eso me resisto a aceptarlo». No podría asegurar que al maestro Sampedro le hubiese gustado la serie de Daredevil: Born Again, y más concretamente la máxima que se apodera de los neoyorquinos en los últimos capítulos de la segunda temporada con pintadas y carteles que rezan «rebel, resist» (rebélate, resiste), ante la intimidación que la unidad especial creada dentro del NYPD (Departamento de Policía de Nueva York), llamada AVTF (Anti-Vigilante Task Force/Fuerza Especial Anti-Vigilante) y alentada por su alcalde, Wilson Fisk (Vincent D’Onofrio), está ejerciendo sobre los ciudadanos de la Cocina del Infierno, o Hell’s Kitchen, como prefieran. Una extorsión traducida, en vista del argumento y las secuencias, en coacción; en un uso excesivo de la fuerza y el poder que lleva intrínseca la condena y censura de toda libertad de expresión. Tanto es así que, con tal de modificar el relato, a Fisk no le tiembla la mano a la hora de tergiversar los hechos y las palabras adaptando, o moldeando, el mensaje de tal forma que cale en lo más hondo del espíritu de sus vecinos. Sin embargo, en esta era, y en estos tiempos de redes sociales y mil canales de comunicación, por mucho que unos digan que las cosas son de una manera, o que la verdad solo pertenece a unos pocos, basta con salir a la calle, escuchar y, si con suerte se está dotado de cierto pensamiento analítico, criterio propio o juicio reflexivo, quizá, quizá, el relato tildado de oficial se caiga por sí solo. Claro que para ello, se ha de tener una forma de mirar las cosas, de entender el mundo o tratar de entenderlo. De, principalmente, hacerse preguntas sin la esperanza de que otros las respondan por ti, sino que seas tú quien, apelando a la responsabilidad moral, a la razón e inteligencia perspicaz, las halle; las elabore o las coteje para, en definitiva, sacar tus propias conclusiones, como hace BB Urich (Genneya Walton), que, a pesar del miedo y la sospecha de ser tarde o temprano descubierta, no duda en enmascararse para desenmascarar al gánster de Nueva York. BB, cuyo canal pirata acaba siendo el único reducto informativo fiable, expone los datos y los hechos a los espectadores con crudeza e ironía sin olvidar ni ocultar esa verdad que otros, poderosos, se empeñan en velar. Y todo para subsanar no solo una venganza personal —recordar al lector que fue Fisk quien asesinó a su tío, el periodista Ben Urich (Vondie Curtis-Hall)—, sino, más importante todavía, impulsar un activismo político que garantice justicia social y, por qué no, celebrar otra forma de anarquismo.

Es posible que, siguiendo con la definición de Sampedro sobre qué es ser un anarquista, todos los héroes, ficticios o reales, lo sean a su manera. Matt Murdock/Daredevil (Charlie Cox) más que probable, habida cuenta de la autoridad moral —en su caso, aquella regida por Dios— en la que deposita su fe y su valor para actuar; el profundo rechazo que siente frente a la opresión de unos hombres, bien gobernantes, bien agentes de la ley, sobre los justicieros, los desamparados o los indefensos; y la predisposición innata que padece en aras de la «internalización del deber» o la «fraternidad humana» para la defensa, ya no solo del prójimo, sino de los derechos ajenos, como buen abogado que es. Pero conviene recordar que los ideales utópicos no solo se conciben para sistemas políticos, sociales o legales, sino que también anidan en el alma humana. Principalmente cuando creemos que estamos haciendo lo correcto. Que estamos cumpliendo, como diría la versión de Matt de Drew Goddard, con el plan que Dios tiene para nosotros. Con nuestro propósito, con nuestro Ser. Hay veces que cuando el mandatario y su sistema se erigen desde la integridad y la honradez de su labor u oficio, el camino de los justos, ese plan divino, ese sino, se vuelve más claro, más nítido. Y ayuda. Pero cuando el dignatario y su ordenanza fallan, entonces la visión de ese camino y ese plan se enturbia y se embarra. ¿Dónde queda la ley ante semejante circunstancia? ¿Dónde los límites del correcto comportamiento moral y humano? Son las preguntas que surgen en la mente del ciudadano de a pie, incluido el héroe, que ha perdido la referencia del líder que fue democráticamente elegido con el objetivo de, en principio, salvaguardar sus calles y protegerlas; de allanar o despejar el recorrido; de asegurar a sus vecinos ese anhelado Estado del bienestar que, por dignidad, a todo hombre y mujer se les debiera garantizar. Ahí reside uno de los inconvenientes, y gran peligro al que un político como Wilson Fisk se enfrenta a lo largo de la segunda temporada de Daredevil: Born Again en el momento en que ese control opaco que fue reuniendo durante la primera, con mayor o menor acierto; con mayor o menor violencia; con mayor o menor chantaje, poco a poco se va desgastando cuanto más aumenta la pérdida de credibilidad ante el pueblo y la sublevación, el amotinamiento del mismo, se torna incontrolable. Y a partir de esa fractura, no hay ideal utópico que valga, solo la acción inmediata.

Desde una atalaya particular, desde un despacho más o menos oval, supone un reto asomarse a la ventana con un traje impoluto y comprobar cómo la turba se va desperezando y, por tanto, despertando. Cómo la desconfianza ha dado paso a la desesperación, y la conciliación a la rabia, de unos súbditos que claman «rebélate, resiste» con más juicio y menos partidismo. Como si, en vista del panorama nacional, geopolítico y mundial, los guionistas hubieran querido rendir homenaje a aquel cartel de James Montgomery Flagg con el Tío Sam que rezaba «I want YOU [for U.S. Army]» e instaran, ya no al pueblo, sino al espectador in situ, a tomar partido. A escoger, o posicionarse, en un bando u otro porque esa «rebelión» y esa «resistencia» forman parte de la idiosincrasia humana. Sobre todo cuando las cosas empiezan a ponerse feas. Y en ese sentido, llama la atención que en los últimos tiempos —por no decir años—, los creadores audiovisuales hayan querido estrechar, todavía más, las supuestas líneas que separan el cine, la ficción y la vida. Claro ejemplo de ello resultan El ser querido, de Sorogoyen, que a su vez, e inevitablemente, despierta ligeras reminiscencias, ligeros retazos, de aquel otro filme noruego de Trier titulado Valor sentimental, donde en ambos casos, esas tres corrientes confluyen de manera tan palpable y cercana que, precisamente por eso, inquieta, perturba, asombra y engancha. Más en el ejemplo de Sorogoyen que en el de Trier, pues Sorogoyen es uno de los nuestros y, por tanto, es más temperamental, más carnal, más pasional. Más de sangre caliente, como Murdock y Fisk. Seres complejos y viscerales. Penitentes, serviciales e impíos; uno católico, el otro cínico espiritual… y en cuyas personalidades se entrevé cierto anhelo de perdón. De expiación de los más oscuros e ilegítimos pecados, sean estos capitales o no. Tampoco fue casual, o eso piensa otra parte de la población, tanto estadounidense como internacional, que el regreso de Wilson Fisk, aspirante a la alcaldía de Nueva York, coincidiera con el regreso de Donald Trump a la Casa Blanca, ni que la supuesta subida al ring de Trump con Topuria casi sucediera el mismo día que se estrenaba el capítulo en el que Fisk se subía al ring para enfrentarse al mejor boxeador de Nueva York y demostrar a sus votantes y vecinos qué tipo de alcalde —imbatible, por supuesto— habían elegido: un hombre que no le teme a nada ni a nadie. Fisk combatió y Trump tomó de nuevo el mundo como patio de recreo, donde, según el día, interpretar la figura del matón o del delegado bonachón. También Wilson, o mejor dicho, este Wilson Fisk de Daredevil: Born Again, juega con esa doble moral para convencer, para llegar a los rincones más oscuros de la sociedad con simpatía o empatía en la superficie, pero, en verdad, como un autócrata matón. Y esto ya queda claro en el segundo episodio de la primera temporada, precisamente en una conversación entre Fisk y el comandante de la policía: «El que nace matón, siempre es un matón», le espeta el agente a un delgado y, en teoría, renacido Wilson que trata de enmendar los errores del pasado; las irregularidades o los chantajes ilegales aunque sin gracia y sin suerte. Entre otros motivos, porque Matt Murdock/Daredevil sigue, aunque desaparecido, tan vivo como el resto de vigilantes. Unos más cerca de la luz, otros de la oscuridad; unos más cerca del remanso, otros del caos. Cada uno sabe a qué bando pertenece o cuál debería escoger. Sin embargo, tanto en la ficción como fuera de ella, el mundo está demasiado convulso como para no tomar partido. Como si ya no fuese posible mantenerse al margen, pues, se quiera o no, siempre le acaba salpicando a uno la sangre, los insultos, las vociferaciones y las antagónicas versiones. Y mientras el mundo y sus habitantes se debaten, también lo hacen en consecuencia, o sincronía, el elenco de personajes.

Gabriel García Márquez escribió en Crónica de una muerte anunciada, y en referencia a Ángela Vicario, aquello de «Dueña por primera vez de su destino (…), descubrió entonces que el odio y el amor son pasiones recíprocas». Quizá porque solo cuando somos dueños de nuestro destino, reconocemos la esencia que comparten las pasiones, así como las fuerzas recíprocas del bien y el mal, la luz y la oscuridad, o la vida y la muerte. No obstante, para evitar caer en el reduccionismo que en ocasiones sostiene el maniqueísmo, es probable que otro de los aspectos que hace que Daredevil: Born Again, de Dario Scardapane, Matt Corman y Chris Ord, como el Daredevil de Goddard, atraiga a tantos espectadores como amantes del cómic sea el constante equilibrio y cadencia de las leyes naturales que no solo rigen al ser humano, sino que también operan sobre aquello que le rodea. Por eso, además de Matt/Daredevil y Fisk, personajes como Vanessa (Ayelet Zurer), Karen Page (Deborah Ann Woll), Benjamin «Dex» Poindexter/Bullseye (Wilson Bethel), Daniel Blake (Michael Gandolfini), la ya citada BB, Buck Cashman (Arty Froushan) o Heather Glenn (Margarita Levieva) oscilan entre uno u otro extremo, pues todos ellos no son más que la viva imagen de los polos que, sin su némesis, sin su opuesto, se quedarían varados en la tibieza de la nada, y eso es lo que menos interesa. Lo atractivo es contemplar cómo cruzan la frontera y se corrompen. Cómo traspasan los límites de la ética profesional y humana, y vuelven a nacer encarnando, o mostrando, una versión diferente de sí. Movidos en su mayoría por la culpa, único sentimiento que aviva el alma para que esta pase de la quietud a la acción, observan lo que sucede y late alrededor: la pérdida de control de su amada ciudad de Nueva York; los juicios televisados, la justicia amenazada y comprada; la psicología que camufla la locura; la compasión que reclaman los sicarios; los disturbios que se disparan, las protestas; los héroes asesinados bajo la impunidad de quien viste un uniforme y luce una placa; la ineludible necesidad de revelar la identidad del héroe y del símbolo para que el pueblo recupere la esperanza que había perdido como aliciente, como indicador, de que la lucha no ha terminado todavía. Cada uno pelea contra un enemigo, a veces común, otras personal, y aun así cada uno termina traspasando la línea que los convierte en aquello que más odian y temen.

Héroes o villanos, víctimas o verdugos, ángeles o diablos, cada uno habita «el lugar más salvaje que conoce el hombre, donde los cobardes no tienen cabida», como describió Karen la Hell’s Kitchen neoyorquina. El lugar donde sufrimos y aprendemos a sobreponernos aun perdiendo a quienes más queremos, y a pesar de ello, aquí seguimos. Tratando de sobrevivir, intentando salir más o menos victoriosos, más o menos malheridos, del lugar al que pertenecemos, aquí donde hemos sido condenados: nuestra propia Cocina del Infierno. Al igual que los personajes de Daredevil: Born Again, y por ese motivo las idas y venidas, las dudas y las mentiras, los sacrificios y las verdades que entroncan con un cierto sentido de compasión, justicia y conciencia, nos acercan. Solo que ellos, además, cuentan con un símbolo mitad hombre, mitad héroe; mitad discapacitado, mitad sobrecualificado, convencido de ser el adversario que el pueblo necesita, pues no olvidemos que Matt se considera a sí mismo el Daredevil en la Tierra porque solo así el ángel caído puede redimirse y, tal vez, asegurarse la readmisión en el Paraíso perdido. El diablo que hiere, pero nunca mata. El que camina a través de los infiernos y sale renacido. Uno de los rostros más oscuros de la naturaleza humana, que, a pesar de la piedad que siente frente al enemigo, deja que la rabia, que la ira, sea alimento tanto del alma como de la adrenalina. Y lograr así que cada golpe sea más fuerte que el anterior hasta que, exhausto, con las manos y el cuerpo entumecido, aseste el último, el definitivo. Porque él, como Daredevil, es el que odia más que ama. No como Fisk, que odia y ama con idéntica fiereza e intensidad y por esa razón siempre toma represalias. A modo de venganza. Es la autoridad moral que viste de blanco impoluto, el intocable, el intachable; la encarnación del «poder material sobre los demás». El impune que manda a los suyos con fuerza bruta, somete y censura sin importarle un ápice las consecuencias, porque su fin justifica los medios y, por ende, sus medidas autoritarias. El ideal, no del anarquismo utópico, sino del populismo y la tiranía. «Os equivocáis conmigo. ¡Os equivocáis! Lo he hecho todo por vosotros. Os he entregado mi corazón y mi alma», reconoce ante las acusaciones de «criminal y mentiroso». Pero él continúa: «He luchado por vosotros y sigo aquí. Yo solo quería una Nueva York mejor», sentencia ante el griterío neoyorquino, con el rostro, los puños y el traje manchados con su sangre, cuando la vileza y el salvajismo lo han cegado hasta el punto de creer que su enajenación está justificada. Sin embargo, su desequilibrio no es más que la tentativa de instaurar una nueva dictadura entre los rescoldos de una democracia debilitada. Y cuando eso pasa, es el turno del pueblo, que se arma de valor para salir a las calles y reclamar el derecho propio y el ajeno. Que demanda, que exige más bien, la presencia del espíritu ácrata de Daredevil que apela a la internalización del deber y la fraternidad humana. Y poniendo en jaque el ideal, pelea con o sin máscara, para que este se haga realidad. Solo ante él, el pueblo se detiene, baja los brazos, escucha y calla. Porque él es Daredevil. El héroe que más se ha rebelado y más ha resistido. Y si él, como Daredevil y Matt Murdock, ha vuelto a nacer, también los suyos, también los neoyorquinos, han de renacer.

Compartir:XWhatsAppTelegramBluesky

SUSCRIPCIÓN MENSUAL

5€mes
Ayudas a mantener Jot Down independiente
Acceso gratuito a libros y revistas en PDF
Descarga los artículos en PDF
Guarda tus artículos favoritos
Navegación rápida y sin publicidad
 
 

SUSCRIPCIÓN ANUAL

35€año
Ayudas a mantener Jot Down independiente
Acceso gratuito a libros y revistas en PDF
Descarga los artículos en PDF
Guarda tus artículos favoritos
Navegación rápida y sin publicidad
 
 

SUSCRIPCIÓN ANUAL + FILMIN

105€año
Ayudas a mantener Jot Down independiente
1 AÑO DE FILMIN
Acceso gratuito a libros y revistas en PDF
Descarga los artículos en PDF
Guarda tus artículos favoritos
Navegación rápida y sin publicidad
 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*