
Resulta medio raro que un libro tan importante como la biografía de Vargas Llosa escrita por Gerald Martin (publicada por Bloomsbury en Londres) no se publique en España. Al parecer, estaba contratada por Debate, que se descabalgó del proyecto, y la publicará Planeta México. Ni idea de si se distribuirá por aquí. La edición británica ha obtenido plácemes de todos los colores en lugar tan habituado al género biográfico que logró que, cuando en otros países se realiza una biografía minuciosa de alguien, se suela decir como máximo halago que sigue el modelo inglés. Un lugar común insiste en que en España las biografías nunca importaron lo suficiente, que componían un género ancilar, a pesar de que a comienzos del XIX Navarrete trató de agarrar todo lo que se sabía de Cervantes en un monstruo de seiscientas páginas, y un siglo después Antonio Marichalar logró una excelente narración en Riesgo y ventura del duque de Osuna. Para entonces, desde la cúspide del Johnson de Boswell, los ingleses ya habían hecho del género una provincia más de la literatura: hasta se había desembarazado de su condición de «texto yedra», es decir, aquel que necesita de una pared para erigirse, lo que significa que había biografías tan buenas que el biografiado era más un personaje del biógrafo que alguien que nos interesara antes de zambullirnos en las aguas de su vida.
Las biografías de Gerald Martin siguen esta pauta: tanto la que escribió sobre García Márquez como esta de Vargas Llosa pueden ser disfrutadas sin culpa por quienes no hayan tenido la precaución de gozar de las novelas de uno y otro o tengan el defecto de considerarlos escritores sobrevalorados. Por supuesto, son libros ambos de los que se saca mayor provecho cuantas más horas haya pasado uno en los arrebatados mundos de los dos capitanes del boom, pero diría que hasta quienes no se han asomado a las magistrales páginas de Conversación en La Catedral o El otoño del patriarca o hayan naufragado en La guerra del fin del mundo o El amor en los tiempos del cólera podrían disfrutarlas y o bien utilizarlas de minuciosa introducción a esos mundos o darse por satisfechos como si hubieran leído grandes novelas protagonizadas por escritores que lograron la fama mundial, se metieron en toda clase de líos, se codearon con líderes mundiales, arrastraron multitudes y murieron millonarios y llorados en todo el planeta.
Que Martin admira a Vargas Llosa está fuera de toda duda. Pregunta, por ejemplo: ¿alguien sabe de algún autor contemporáneo que haya firmado cinco grandes novelas indiscutibles? Ahí ya entrará la valoración personal de cada lector, claro. Confieso que al escuchar la pregunta, porque la escuché en La Palma, en la presentación del libro que hizo Armas Marcelo, se me vinieron a la cabeza algunos nombres. Pero son ganas de echar a pelear a unos autores con otros, cosa que no es necesaria a no ser que haya que decidir a quién darle un premio, y Vargas Llosa los ganó todos. No hay un solo libro suyo que no guarde alguna felicidad. Tiene novelas flojas y aun en ellas, en las que escribió deprisa para ganar un premio Planeta o porque quiso practicar la novela de género o porque se le venía encima la hora, hay páginas imponentes. Ahora bien, en lo que parece improbable disputarle el trono a Vargas Llosa es en la intensidad desbocada y la maestría técnica —fruto de una dedicación sacerdotal— de sus primeras obras. Enlazar La ciudad y los perros, La casa verde, Conversación en La Catedral, Pantaleón y las visitadoras, La tía Julia y el escribidor y La guerra del fin del mundo —con esa pausa que es Los cachorros— parece que no conoce, ni en español ni en lengua alguna, parangón. Se me dirá que Pantaleón es una debilidad en ese listado, pero qué va: fue la novela con la que el ambicioso Vargas Llosa perseguidor de la novela total descubrió la salida de incendios del humor, que llevaría a radiante cima en La tía Julia y el escribidor, un libro que le tapa la boca a todo aquel que, desde el dogmatismo y el ansia de etiquetaje, promulgue insensateces sobre la autoficción, que solo es pésima cuando la vanidad de quien redacta es superior a su talento, exactamente igual que le pasa a la novela histórica, al ensayo político y al poema lírico.
Puede aceptarse que más tarde Vargas Llosa pierde fuerza e intensidad como novelista, el propio Martin no aprecia demasiado la que muchos consideran gran novela suya de la segunda época, La fiesta del Chivo, y en eso estoy más o menos de acuerdo, pero aun así siguió produciendo novelas que se seguirán leyendo con apasionamiento cuando el tiempo nos debilite a todos, incluida alguna que no solo fue malinterpretada, sino que directamente parece haber sido leída con una escafandra (Historia de Mayta). Otros lectores sencillamente no le perdonaban un talento tan descomunal y una influencia tan creciente —sin esa influencia es imposible que se dé la figura del intelectual: recuerdo la entrada en su Diccionario de literatura de Umbral, libro en el que se le dedicaban varias páginas a eminentes nulidades y que al gran novelista peruano le reservaba unos renglones para decir que su primera novela era faulkneriana, la segunda incomprensible, y la tercera y siguientes realistas y aburridas, antes de salvarle la vida con un «Vargas Llosa ha reservado lo mejor de su talento para los ensayos literarios, no paga impuestos a su rival político Fujimori y gusta mucho a las mujeres»—. La entrada, me temo, retrata más a Umbral que a Vargas Llosa.
Pero la gracia de las biografías de escritores es que solemos zambullirnos en ellas porque queremos saber más, todo lo que se pueda, claro, acerca de quienes nos depararon tantas horas de emoción o perplejidad, y en cuanto echa a rodar el cuento nos damos cuenta de que nos interesan bastante menos las vicisitudes que hicieron nacer La ciudad y los perros o La casa verde que las propias circunstancias de quien, después de crear tantos personajes memorables, queda ahora convertido en personaje por la diestra mano de un biógrafo. Quiero decir: no es raro que uno se asome a una biografía de Tolstoi agradecido por Ana Karenina y alentado por la curiosidad sobre en qué situación se puso el hombre a encabalgar las páginas de Guerra y paz, pero esta se nos despintará en cuanto veamos al joven disoluto que irá haciendo el camino —la guerra, la vida literaria, el descubrimiento de un anarquismo cristiano— hasta ese momento de ópera en que un viejo escritor que quiere regalar todo lo que tiene decide abandonarlo todo y huir de su propia vida para encontrarse con la muerte en una remota estación de tren. No le cabe a un novelista mejor regalo, después de que sus novelas se mantengan vivas, que un biógrafo lo convierta en personaje de una novela que no le ande a la zaga a las que él mismo talló.
¿Quién era esa criatura, ese estajanovista de la prosa, ese muchacho ambicioso que quizá fue de los últimos en considerar que la novela era un vehículo para indagar en los laberintos de la realidad y desde ahí sacar a la luz mentiras, marasmo, abusos del poder, insensata necesidad de dominio, crueldades, pozos ideológicos en los que ahogar el sentido común, y a la vez se convertía en intelectual que parecía representar con ciertas actitudes el campo mismo que sus novelas trataban de minar? Hablar de un Jekyll y Hyde para explicar la distancia del Vargas Llosa novelista al Vargas Llosa intelectual puede parecer un exceso: aunque fuera el último realista, como lo motejó Carlos Barral, la ficción otorga libertades que la realidad no suele conceder. MVLL, como se sabe, pasó de marxista apasionado a apasionado liberal y conservador apasionado, de donde puede deducirse que en lo único que no cambió a lo largo de las décadas fue en la capacidad de apasionarse, sin que le pesara mucho cambiar la camiseta. «Si las circunstancias cambian, ¿cómo no van a cambiar las opiniones?», podría haberse defendido. En efecto, fue de los primeros que saltó del tren comunista en cuanto presintió que la esperanza que se llamó Cuba era un trampantojo y las revoluciones suelen no pararse a contar víctimas y no hay revolución que no tenga en sus genes el nacimiento de un Napoleón. De ahí a mandarle flores a Margaret Thatcher dándole las gracias por lo que la Dama de Hierro hizo por la civilización occidental —sin que se sepa muy bien qué hizo además de condenar al paro a millones de seres— hay un recorrido de complicada explicación: Gerald Martin se las arregla para hacerlo apasionante.
Armas Marcelo, que escribió desde la admiración sin grietas su muy valioso libro El vicio de escribir, extraordinaria fuente de información y desfile de momentos memorables, defiende que Vargas Llosa padeció siempre «síndrome del emperador»: habituado a ser el príncipe feliz cuyos caprichos enseguida quedaban satisfechos dos segundos después de pronunciados, de repente todo se tuerce con la aparición de alguien que él creía, porque así se lo contaron, borrado, un padre al que le rezaba en su cielo cada noche que de pronto se hace realidad y se convierte en el monstruo autoritario que, por cierto, combatirá durante toda la vida, ridiculizará en ficciones, afligirá cargándolo de todas las culpas cuando toque ya en novelas, ya en ensayos. Es un Leviatán. La encarnación del Estado, la autoridad ante la que la única manera de salvarse es diciendo no, aunque eso signifique condenarse. Un extraño que se presentó repentino para desequilibrarlo todo y dar órdenes e imponer su voluntad. Todo lo peor —militares crueles en La ciudad y los perros, ridiculizados en Pantaleón— lo tendrá como modelo. Puede que haya algo de eso y puede, también, que sea excesivo arrojar esa luz para explicar toda la obra de Vargas Llosa, pero parece fuera de duda que ese primer baño de realidad sentenció el carácter del niño que años después se convertiría en gran novelista de nuestra época, como parece indiscutible que lo que sufrió en la carne como una humillación deplorable —el ingreso en el colegio militar Leoncio Prado— supo transmutarlo después en su primera obra maestra convirtiendo una pesadilla en regalo.
Son tan simpáticas como conocidas las anécdotas que apuntalan la innegociable relación profesional de Vargas Llosa con la escritura. Amigos que andan bebiendo en la orilla de una cala y dándose zambullidas en el mar mientras que en la casa de allá atrás se escucha el tecleo de una máquina. Barral durmiendo la siesta en el apartamento parisino de Vargas Llosa, el timbre que suena, una voz de mujer saludando, tacones por el pasillo, Vargas Llosa a la máquina interrumpiendo su prosa un momento para reñir a la visitante: «¿Qué haces? Vístete, que te resfrías»; vuelve a sonar la máquina de escribir y se oye un portazo de la visitante defraudada. Cosas así. La pasión por la escritura —y la literatura— de Vargas Llosa era tal que, en su breve periplo como político, cuando decidió presentarse a la presidencia de la República de Perú, guardaba las horas de la noche para, ya que no ejercer como escritor, leer al más difícil de los poetas españoles, Góngora, para mantener entrenado el entendimiento y exigirse concentración.
Es una de las cumbres, en términos representativos de su ambición, de la vida de Vargas Llosa: la campaña en pos de la presidencia contra Fujimori. Su derrota se coronó con la dicha de una obra maestra: El pez en el agua, en el que, siguiendo un modelo al que le sacó mucho partido en otras novelas, barajaba dos relatos, una confesión biográfica con los pormenores de su campaña electoral, que habrían de demostrarle que conocía su país menos de lo que creía y que se tasó a sí mismo por encima de sus posibilidades. Uno diría que se metió en aquel embolado como visitaba selvas, congos y repúblicas bananeras: para contar de primera mano después de haberse hartado de investigar. Así escribió La guerra del fin del mundo, inducido por Os sertões de Euclides da Cunha y después de pasar semanas amazónicas, así también, tras agotar bibliografía, se fue al Congo para escribir El sueño del celta. Cito ambas obras porque con la primera se produce un hiato importante en su obra: por primera vez sus ficciones abandonan Perú y se entregan al hipnotismo de una relación histórica de tintes apocalípticos que vuelven el realismo mágico, tan pródigo en otros autores de su generación, un ejercicio parvulario.
Gerald Martin no solo es un narrador eficaz, también es un analista literario consumado. Su Vargas Llosa se alimenta por igual de los hechos de la vida de su protagonista —una vida que si conoció despachos llenos de banderas y primeros ministros no renunció a aventuras imponentes— y del seguimiento y comentario de las novelas que lo convirtieron en el último gigante, así como de los episodios esenciales de una trayectoria que, vista desde lejos, puede parecer una montaña rusa ideológica, pero que matizada y explicada por su biógrafo es más bien una evolución que va continuamente corrigiéndose a partir de hechos históricos que pulverizan cualquier afán teórico previo. Estas rectificaciones constantes, en el fondo, empequeñecen cualquier concepción ideológica preconcebida del mundo, desbaratan el ideal, sumiéndolo siempre en un adanismo que no se lleva bien con la tozudez de los hechos y las constantes invenciones de la historia como máquina generadora de realidad. Vargas Llosa nunca temió entrar en combate defendiendo sus ideas ni denunciando dogmatismos henchidos. Son famosas sus grescas con Günter Grass, a cuenta del fidelismo incomprensible de García Márquez, aun después del nefasto caso Padilla, y más valioso aún el modo en que, tras la matanza de Uchuraccay, puso en su sitio a los reporteros de los periódicos del primer mundo echándoles en cara que aquello mismo que no consentirían para sus propias sociedades —por ejemplo el frenesí homicida de Sendero Luminoso, respondido con abominable ceguera por la violencia estatal— lo considerasen ideal para los países de América, de donde les pintaran tantas sonrisas de satisfacción las tiranías cuando estas se producían lejos de sus cómodas y aposentadas democracias liberales, como si fuesen experimentos de laboratorio en los que ellos no corrían el menor riesgo y los muertos los ponían siempre otros. Se recuerda mucho que Vargas Llosa le hacía la cruz a cualquiera que apoyara a un tirano comunista, pero poco que también se la puso a Borges por aceptar un premio de Pinochet.
Trasladar los presupuestos de la democracia occidental, tan en horas bajas en la hora presente, a los países de América fue un afán constante de su esfuerzo político, pero lo que en prosa se volvía firme y consistente, convincente y sensato, quedaba luego desmentido por sus halagos a líderes con tendencia al autoritarismo —en una reunión en la que le explicó a Thatcher sus proyectos para el Perú, la líder tory le dijo: «Está muy bien, pero lo que necesita son tres cosas: autoridad, autoridad y autoridad»—. Vargas Llosa decidió involucrarse en política activa, abandonar los trastos de la escritura para agarrarse al mitin, después de que Alan García anunciara la estatalización de la banca peruana. El éxito de un mitin le dio alas, la petición de amigos más o menos millonarios le prestó motor, las advertencias de escritores e intelectuales como Octavio Paz no fueron suficientes. Él mismo fue quien más habría de agradecer su derrota en las urnas.
Convertido en estampa del intelectual de amplio espectro —y desde que nos falta, por lo menos en español, creo que no hay figura comparable a la suya, quizá la época de los grandes clérigos, por hacerle un guiño a Julien Benda, se acabó con él—, los años finales de Vargas Llosa habrían de depararnos un nuevo giro de guion. Las revistas del corazón habrían de dar puntual información sobre un crepúsculo en el que, perdido el vigor narrativo, es mejor no engañarse en esto, se empleó a fondo en causas como la unidad nacional, a cuenta del procés catalán, y en vivir sus amores con una afamada socialité. Que esa relación se descorchara poco después de leído su emocionante discurso de aceptación del premio Nobel de Literatura le daba a la cosa una pátina de teleserie que volvía la épica de su vida en comedia de sobremesa, pero el corazón tiene razones urgentes que no entiende la razón y la razón, por su parte, tiene sus corazonadas que el corazón no comprende. El problema es que la comedia se agrió al final: la ruptura de ese romance de papel cuché devolvió al escritor a un aislamiento incómodo, desatando una guerra de cartas íntimas publicadas y reproches públicos que terminó por empañar los días previos a su regreso definitivo a Lima, donde encontraría la muerte ya despojado de los focos de la prensa rosa.
Se deduce del gran libro de Gerald Martin que Vargas Llosa fue una criatura afortunada. Su talento inconmensurable encontró cauce propicio en el crepúsculo de la novela antigua, a la que supo darle brío nuevo. Su energía supo emplearse a fondo en la intervención pública. Su pasión literaria deparó algunos ensayos sobre novelas imprescindibles que están entre lo mejor que ha producido la crítica literaria. Paseó su sabiduría por todo el mundo. Nos regaló algunas de las obras maestras de nuestra literatura. Y encima ha tenido un biógrafo a su altura que ha encerrado las mejores y peores jugadas de su vida en un tocho de casi novecientas páginas. Incomprensible, de veras incomprensible, que este Vargas Llosa de Gerald Martin no se publique en España.






