A principios del siglo XIX, más de cien años después de que —por ejemplo— Isaac Newton formulara la ley de la gravitación universal, un ex oficial del ejército de los Estados Unidos llamado John Cleve Symmes sostenía, con relativo éxito popular, la pintoresca tesis de que en los polos de la Tierra había una especie de “agujeros avellanados” que eran la entrada a una serie de siete mundos sucesivos alojados unos dentro de otros “como los estratos de una esfera china”. Amparado en extrañas ecuaciones que escapaban al entendimiento de cualquiera que no fuese él, se atrevió a jurar por su vida que sus teorías eran ciertas y se mostró dispuesto a probarlas in situ si el mundo le apoyaba en su empresa. No obstante, cuando en 1825 Rusia le ofreció un puesto en una expedición polar, Symmes buscó y acabó por encontrar algún motivo para no embarcarse.
Y es que hubo un momento en que los territorios más meridional y más septentrional del globo constituían los últimos secretos que el planeta ocultaba al hombre. El interés en el Ártico venía de muy atrás: los marinos ansiaban desde hacía siglos encontrar el legendario estrecho de Anián, un paso que permitiría acceder a Asia bordeando América por el norte y acortar en miles de millas las rutas comerciales conocidas. El caso del Polo Sur era distinto. El afán por encontrarlo y pisarlo obedecía probablemente al mismo motivo que George Leigh Mallory adujo cuando le preguntaron por qué quería escalar el Everest: “Porque está ahí”.
Durante todo el siglo XIX, diversas exploraciones se aventuraron por el Ártico. Algunas, como la de Parry o la de Nansen, conocieron cierto éxito; otras, como la del Polaris, fueron poco menos que un despropósito. La conquista quedó aparentemente zanjada cuando Robert Peary afirmó haber llegado al Polo Norte en su expedición de 1909. A la vista de las anotaciones sobre distancias y velocidades que él mismo registró en su diario, casi nadie a día de hoy cree verosímil que tal cosa sucediese. Pero durante mucho tiempo su testimonio se tuvo por cierto y la mirada de los exploradores se dirigió con avidez al otro extremo del mundo: la Antártida. La lucha por el honor de ser el primero en alcanzar el corazón de ese territorio inexplorado quedó finalmente circunscrita a dos hombres: Roald Amundsen, el triunfador, y Robert Falcon Scott, que moriría junto con todos sus compañeros en el viaje de regreso.
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Conmovedora historia, magistralmente narrada.
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Hay una canción, cargada de emoción, sobre la decisión del capitán Lawrence. Es del grupo Warcry: http://m.youtube.com/#/watch?v=gf0s44s9tNw&desktop_uri=%2Fwatch%3Fv%3Dgf0s44s9tNw&gl=ES
Gran artículo.
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