La página par Opinión

Manuel Jabois: Pregones

En verano emergen, como los cadáveres de un naufragio ordinario, las cerezas, los shorts, la melopea ligera de sangría y también se abre la temporada de pregones, que en Galicia es una cosa de la que se viene encargando Carlos Blanco. Blanco es un actor magnífico que encarga la figura totémica del genio contemporáneo gallego, y le acaban saliendo los pregones solos incluso en el supermercado. Me lo encontré hace dos meses a las ocho de la tarde de puertas afuera en el bar en el que iba a actuar. Estaba lacónico delante de su maleta, porque los gallegos salimos siempre de casa con la maleta hecha, por lo que pueda pasar, y al verla tan cerca se nos viene una nostalgia de muy adentro. Blanco, decía, estaba allí sentado en unas escalinatas una hora antes de la actuación y al preguntársele que por qué no llamaba al dueño a casa dijo encogiéndose de hombros: “A ver si voy a despertar al empresario de la siesta”.

Galicia acoge en temporada alta una media de diez pregones diarios, casi el doble que fiestas, y como Carlos Blanco no puede ir a todos de vez en cuando se avisa al primero que pasa y se le pone un micrófono delante para que perore a gusto. El pregón es una ocurrencia municipal que surgió para que el alcalde invitase a alguien de fuera al balcón a hacer turismo. El pregón es una suerte de arenga de descamisados y un instrumento casi militar, como todo lo que implica dirigirse al pueblo desde cierta altura. Debió abolirse después de que Tierno mandase a todo el mundo a drogarse, porque al fin y al cabo ahí se condensó la naturaleza del pregón, pero ha seguido celebrándose con más pena que gloria ya que parece que si alguien no dice una palabra más alta que la otra no se pueden subir los niños a los caballitos.

Yo vengo de dar mi primer pregón con el escritor Manel Loureiro y lo venimos de dar en Poio, de donde se cree que es originario Colón. Lo escribí muy poco y dejé que fuese Loureiro, que es superventas, el que se encargase del grueso para luego añadirle un poco de orégano. Yo con la escritura tengo una relación difícil porque escribo mucho con la cabeza y ahí no cedo un milímetro. Quiero decir que uno se pasea escribiendo cosas que a ratos se susurra y le suenan bellas. Todo mi pensamiento se construye con frases a menudo larguísimas, como esas subordinadas de Marías, y de tan bien que las voy hilando me quedo absorto, entretenido con ellas, y no articulo palabra en todo el día. Salgo de casa hacia el periódico y voy pensando en la columna de mañana, y la escribo tan bien por el camino que cuando llego al ordenador todo lo que puedo hacer es estropearla. Si a mí se me trasladaran esos textos al ordenador, incluso esas novelas que voy haciendo con severidad inglesa, probablemente hubiera bailado ya con alguna rubia en Estocolmo, pero me resulta muy cómodo escribir paseando y luego ya esa gimnasia de apoyar el dedo en la tecla como que no.

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3 comentarios

  1. A usted lo detendrán por lo mismo que a Assange.

  2. No creo tener yo tanta potencia como para romper la goma, pero nunca se sabe.

  3. ¡Madre el amor hermos, que pedazo de pregón!
    Lástima de habérmelo perdido.
    La cosa está entre éste y el de «Bienvenido Mr. Marshall».

    Y eso concejala tonta, que no sabe distinguir un borracho del que no. Porque con medio gin, ya me dirás tú.

    Un saludo.

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