
El paso de Josef Albers por el Black Mountain College está a la altura de la leyenda que acompaña al centro de estudios que desarrolló una de las actividades docentes más experimentales del siglo XX. Casi al mismo tiempo que Hitler ascendía al poder en Alemania, se inauguraba en Carolina del Norte la escuela que acogería a jóvenes entusiastas por aquel entonces todavía desconocidos. John Cage, Robert Rauschenberg, Willem de Kooning, Aldous Huxley, Anaïs Nin, Buckmister Fuler… pasaron, entre otros muchos, por sus aulas.
El Black Mountain College fue fundado por John Andrew Rice en 1933, un profesor de filosofía clásica criticado por sus extravagantes formas de enseñanza que consistían básicamente en otorgar al estudiante un papel activo y una amplia libertad de horarios.
Modos de enseñanza lo suficientemente incomprendidos en la época como para expulsar a Rice del sistema universitario oficial de Florida. La expulsión causó tal revuelo que parte del alumnado y una minoría de profesores decidieron seguirle en su intención de fundar un nuevo centro docente que revolucionaría los programas educativos de Norteamérica.
Precisamente, la primera institución de los Estados Unidos que convocó a miembros de la Bauhaus para su facultad fue el Black Mountain College; entre ellos estaría uno de los artistas más reputados de Alemania, Josef Albers. En 1933, a causa de la llegada de los nazis al poder, Albers acababa de perder su trabajo como director de la Bauhaus, la innovadora escuela de diseño y arquitectura alemana.
Josef Albers y su esposa Anni, artista textil de gran talento, decidieron iniciar la aventura americana, sumándose de esta manera a la larga lista de influyentes intelectuales europeos que encontraron refugio fuera de Europa durante los oscuros años del nazismo. Comienza así una de las experiencias pedagógicas más singulares y extraordinarias del siglo XX.
De carácter autoritario y serio, Josef Albers se encontraba lejos de ser un revolucionario en el ambiente poco reglamentado del Black Mountain, donde ya se empezaban a vislumbrar en los jóvenes actitudes y comportamientos que serían el caldo de cultivo de la generación beat de los años cincuenta. A pesar de ello, todos los alumnos llegaron a reconocer la impronta del profesor alemán y su increíble labor docente.
Aparte de la conocida obsesión de Albers por el color y los misterios de su interacción, investigación a la que dedicó todo el esfuerzo de su trabajo, realizando infinitas series combinatorias para lo que redujo al mínimo los elementos formales y materiales, la gran aportación del profesor a la escuela sería su lección de vida, basada en una abisal comprensión de la realidad en relación con la creatividad sustentada en el espíritu.
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