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Cuando Capote se disfrazó de Gatsby

Frank Sinatra y Mia Farrow. Foto Everett Collection  Ev Everett  Cordon Press
Frank Sinatra y Mia Farrow. Foto: Everett Collection / Ev Everett / Cordon Press.

Artículo patrocinado por Seagram’s Gin

Nueva York. Junio de 1966. Truman Capote da pequeños tragos a su té helado en la terraza de su casa en Los Hamptons, donde las familias más pudientes de Nueva York pagan a precio de oro parcelas de tranquilidad y latigazos de brisa marina. Una sonrisa maliciosa asoma por la comisura de los finos labios del escritor mientras da vueltas en su cabeza a una idea. A La Gran Idea.

La editorial Random House acaba de publicar A sangre fría, el libro que sabe le catapultará a los altares de la literatura. Ha sido un parto literario algo tortuoso, tras seis largos años de infinitas notas sobre el brutal asesinato de la familia Clutter, un agotador trabajo de campo en Kansas y una involucración personal con la que no contaba, cóctel que le acaba afectando personalmente. Necesita descansar. Despejar la cabeza. Y Truman Capote tiene una idea sobre cómo puede hacerlo. Es el momento perfecto. Lo nota. Acaba de ingresar una cuantiosa suma de dinero de su suculento contrato con Random House y el libro está recibiendo excelentes críticas. Hasta el mismísimo Norman Mailer, su principal rival, siempre tan mordaz y ácido con sus enemigos, envaina su pluma y se deshace en elogios hacia Capote: «Es el escritor más perfecto de nuestra generación. No cambiaría ni una línea de sus libros».

Siempre viviendo en la pobreza y eterno aspirante a desayunar con diamantes frente al escaparate de Tiffany & Co., por primera vez en su vida Capote nota a qué sabe realmente el éxito, el dinero y el respeto. Ha triunfado. Ha llegado donde dijo que llegaría a esos niños del internado que se metían con él por sus amaneramientos y su voz atiplada. Ha llegado. ¿Quién en es ahora el maricón? Ha llegado, maldita sea. Como ya avisó que haría mientras rellenaba compulsivamente esos cientos de cuadernos y cuadernos con sus escritos tan imperfectamente perfectos.

Y es justo entonces, en la cresta de la ola, cuando La Gran Idea comienza a tomar forma en su cabeza. Es entonces cuando Truman Capote decide que va a celebrar la fiesta más importante del siglo. La madre de todas las fiestas.

La fecha elegida es el 28 de noviembre de 1966. El lugar, el salón de baile del Hotel Plaza, el único rincón que parece adecuado para el exquisito e inconformista gusto de Capote. Además el enclave presenta una importante particularidad estratégica que Capote sabrá manejar con maquiavélica maestría: su espacio reducido. Solo caben quinientas personas. Tendrá que ajustar los invitados.

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11 comentarios

  1. Enhorabuena. Un texto buenísimo

  2. Siempre me encantaron las fotos de esa fiesta. Todos con máscara, salvo Warhol, que debía pensar que él ya la llevaba puesta y algún despistado. Gracias por divertirnos con estas historias.

  3. Pingback: Bitacoras.com

  4. Que elegante el articulo y la sección. Historias que entretienen y ayudan a sonreír. Hasta la publicidad es bonita. Enhorabuena por tanta calidad. Gracias.

  5. Isabel Pantoja

    ¡Qué pena que yo tubiese solo un añito en ese momento porque si no mubiesen invitao la primera!

  6. Maraviiloso Truman. Fuera como fuera era un maravilloso escritor.

  7. Pingback: Cuando Capote se disfrazó de Gatsby

  8. Pingback: la vida no trae instrucciones | Serendipity, 25/01/2013

  9. Pingback: ¿Por qué escribir? | Cabo Machichaco

  10. Ginnie Wisley

    Óstias, Pedrín! Sehr gut

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