
… O cómo los pioneros del rock and roll se tuvieron que poner las pilas para no morir de hambre a finales de los sesenta
Si tal y como se vio en la primera parte de este artículo, la música country parecía ser un buen refugio para muchos de los roqueros moribundos que deambulaban por las últimas posiciones de las listas de éxitos a finales de los sesenta, resulta lógico pensar que no todos los pioneros del rock and roll pudieron realizar la misma transición en igualdad de condiciones. Sobre todo si no eras blanco. ¿Os imagináis a Bo Diddley vestido de vaquero, con un pañuelo al cuello, a punto de desenfundar su arma? Bueno, esta estampa en concreto sí que se pudo ver en la portada de su álbum Bo Diddley Is A Gunslinger (Checker, 1960), pero una cosa es disfrazarse de cowboy y otra muy distinta es interpretar música country con honestidad.
De todas formas, justo es reconocer que a finales de los sesenta el mercado country no estaba, ni mucho menos, cerrado a los negros: Charley Pride, por ejemplo, había cosechado ya un enorme éxito grabando en Nashville para la RCA-Victor. Pero Bo Diddley decidió reinventarse disfrazándose de «otra cosa»: embutido con cinturones de cuero negro y tachuelas relucientes, el torso semidesnudo y, eso sí, las sempiternas gafas de concha, así se presentó en la contraportada de The Black Gladiator (Chess, 1970), con un sonido que trataba de amortizar el funky que él había ayudado a construir (gracias a su característico beat) y con el que estaban entonces triunfando músicos de su quinta como Rufus Thomas o James Brown.
El funk se mostró así como un buen puerto de llegada para todos aquellos pioneros del rock and roll que mantuvieron su esencia rhythm and blues. Era un movimiento, por otro lado, natural, tanto como el que habían realizado Jerry Lee Lewis o Rick Nelson al pasarse de lleno al country. Pero mientras que los intentos de Bo Diddley por actualizar su sonido —en esa misma onda blues–funky-soul grabaría los álbumes Another Dimension (Chess, 1971) y Where It All Began (Chess, 1972)— se escuchan hoy con cierto agrado y poco más, hubo otro coetáneo que verdaderamente consiguió trascender en su readaptación: Little Richard.
Tras su epifánica salida del mundo de la música secular allá por 1957, Little Richard pretendió retomar su carrera discográfica en 1962 dedicado en cuerpo y alma a la música gospel. Craso error, porque allí no había un duro. Así, en 1964, con la Beatlemania comiéndose el mundo, Little Richard decide volver al rock and roll, obtiene cierto éxito en Inglaterra con «Bama Lama Bama Loo» (Specialty, 1964) y al poco es fichado por el sello Vee-Jay; en 1965 grabaría para Modern y, finalmente, en 1967 publicaría varios álbumes para Okeh Records de la mano de sus amigos Larry Williams y Johnny «Guitar» Watson: todo ello fue un fracaso comercial. Y así, harto de todo, siguiendo los pasos de Elvis Presley, Richard dejó de imitarse a sí mismo, se trasladó a ese lugar mágico e infalible que parecía ser Muscle Shoals y volvió con un álbum arrollador: The Rill Thing (Reprise, 1970). No fue además un simple golpe de suerte, un espejismo ni nada parecido, porque a esta especie de milagro discográfico le siguieron tres más: The King Of Rock And Roll (Reprise, 1971), The Second Coming (Reprise, 1971) y Southern Child (Reprise, 1972 —este inédito hasta 2008—). Little Richard había vuelto de verdad, a lo bestia.
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Como la primera parte, sensacional!! The Rill Thing de Little Richard me ha parecido impresionante.
De Dion recomendaría el «Born to be With You», con producción de Phil Spector, que me parece un discazo!
Muchas gracias. Sí, de Dion, todo lo que hizo en los setenta en plan ‘singer-songwriter’ me gusta mucho. ¡Son discos preciosos!