Jot Down Cultural Magazine – Ángel Torres Quesada: «Bruguera pensaba que el lector era gilipollas y que no iba a comprar las novelitas de un autor español»

Ángel Torres Quesada: «Bruguera pensaba que el lector era gilipollas y que no iba a comprar las novelitas de un autor español»

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Fotografía: Sonia Fraga

 

Leyenda oculta de nuestra ciencia ficción, Ángel Torres Quesada (Cádiz, 1940) puede presumir de haber creado una de las sagas espaciales más reconocidas de la historia del género en España. Contraviniendo las directrices de su editorial, la siempre amada (pero también odiada) Bruguera, Torres Quesada fue construyendo, de forma subrepticia, un mundo propio alrededor del llamado Orden Estelar, sobre el que escribió más de cincuenta novelas entre 1972 y 1985.

Eran los tiempos de la literatura de quiosco, del bolsilibro, de la llamada novela «de a duro». Tiempos en los que los autores patrios tenían que ocultar su verdadero nombre bajo seudónimos anglosajones, para así (supuestamente) vender más. De este modo, Ángel Torres Quesada tendrá que pasar a la posteridad como A. Thorkent, uno de los escritores más prolíficos y respetados de nuestra literatura popular. Abróchense los cinturones, comienza la cuenta atrás.

Si mis cálculos no fallan, has escrito alrededor de ciento cincuenta novelas y un buen puñado de relatos dedicados a la ciencia ficción.

Creo que he escrito algunas más, porque novelitas de quiosco tengo por lo menos ciento treinta; y luego están las novelas que yo llamo de «mayor enjundia», que tengo como mínimo veinte. Más los relatos y tal… No sé.

Lo ingente de tu producción da un poco de miedo. ¿De dónde nace esa imaginación aparentemente inagotable?

La imaginación es una cosa que hay que cultivar. Date cuenta de que yo nací en 1940, «el año del hambre». Mi padre era panadero y en esa época el pan, como sabes, estaba racionado. Con cuatro o cinco años mis hermanos y yo ayudábamos en la panadería pegando cupones en los pliegos de la gente que venía a por el pan. Me gustaría algún día publicar mis vivencias de mozalbete, que las tengo escritas, porque en esa época me fui yo enterando, poco a poco, de cierta picaresca de la época, ya que los panaderos estaban vigilados para que no se llevaran el pan a casa. Fueron años en los que había que estar alerta para no sucumbir, y eso ayudó a mantenerme más despierto de la cuenta.

Luego tuve la suerte de que a mi hermano Juan le gustaban mucho los tebeos. Compraba El guerrero del antifaz, Flash Gordon, y yo los devoraba. Compraba también las novelas de El Coyote, de José Mallorquí. Todavía conservo algunos ejemplares de esa época, de cuando se publicaban las historietas en una página a dos columnas.

A mí al principio lo que me gustaba era dibujar. Mi ilusión era ser dibujante de tebeos, e intenté dedicarme a ello, pero estando aquí en Cádiz resultaba muy difícil colarse en ese mundillo. Mi hermano fue quien me enseñó. Pero, aunque esté feo decirlo, hubo un momento en que yo lo superé [risas]. Mira [se levanta y nos enseña una carpeta llena de bocetos hechos por él, con fornidos pilotos estelares y turgentes amazonas del espacio]: esto lo hacía yo para practicar, también en ocasiones para hacerme una idea de cómo iban a ser los personajes de mis novelas. Algunos de estos dibujos se publicaron en la revista Nueva Dimensión.

Muchos tienen un aire a Flash Gordon.

Sí, es que a mí me encantaba Flash Gordon. Me gustaba mucho el estilo de Dan Barry y, lo confieso, lo trataba de imitar. Hay que imitar a los buenos, ¿no? [risas]. Yo sacaba magníficas notas en las clases de dibujo que daba en la Escuela de Comercio, que fue donde estudié. No digo que sea un genio, aunque lo piense [risas], pero todo esto me activó la imaginación.

Luego, antes de cumplir los veinte, estuve colaborando en una revista local llamada Cádiz Gráfico, que me encargaba las ilustraciones, y ahí también escribí mis primeros cuentos. Desgraciadamente, los ejemplares de esa revista los perdí. También publiqué en el Diario de Cádiz unas tiras cómicas. Me inventé un personaje del futuro, tipo Flash Gordon, al que bauticé como Mario Mars [risas]: Mario de Marte. Los originales de mis dibujos me los perdieron en el Diario de Cádiz, pero durante mucho tiempo tuve recortadas esas tiras, hasta que las perdí yo también, hace un montón de años.

Te confieso que soy muy coleccionista. Me gusta tenerlo todo guardado, ordenado y clasificado. Es una manía que tengo desde pequeño. Recuerdo que en la panadería de mi padre, en la oficina, había una caja fuerte que estaba cerrada a cal y canto, que no se podía abrir. Te hablo de una caja enorme, ¿eh? La caja no era de mi padre, sino del dueño de la oficina, porque era alquilada. Pero un día apareció el dueño y le dijo a mi padre si no le importaba abrir la caja, para ver lo que había dentro. Vino un técnico, hizo un agujero por el lado, se abrió el portón y dentro no había nada [risas]. Estaba vacía. Salvo una monedita que encontró mi hermano debajo de una plataforma, y que mi padre me dio para que la guardara. Me dijo que era una peseta de plata, y yo la guardé muchos años. Esa fue la primera de muchas, porque luego me he convertido en un numismático profesional. Ya de mayor, cuando aprendí de qué iba esto de las monedas, me di cuenta de que la peseta aquella ni era de plata ni era de . Era una falsificación pésima [risas].

En tu caso se puede perfectamente decir, sin que suene peyorativo, que has hecho libros como si fueran churros o pasteles, pues tu oficio verdadero ha sido el de maestro confitero.

Es verdad. Toda mi vida me he dedicado a la pastelería. Cuando mi padre dejó la panadería, compró un local y allí puse yo la pastelería Orcha, que fue muy popular en Cádiz, hasta que cerró. Yo entraba en el obrador y hacía unos mazapanes muy historiados. Nos encargaban también tartas especiales, con dibujos y tal, y esas las hacía yo. Sabiendo dibujar, era muy fácil luego hacer tartas diferentes. Todo mi interés por el dibujo lo apliqué a la pastelería.

¿Cuándo empiezas a sentirte fascinado por la ciencia ficción?

Desde muy joven. La culpa la tuvo el Flash Gordon de Alex Raymond. También me acuerdo de leer de chico las aventuras del Capitán Rido, que era un personaje creado por José Mallorquí, cuyas tiras venían en las páginas centrales de un semanario.

Me acuerdo igualmente de comprar la revista Futuro y los libros de la colección Nebulae. Allí salió Titán invade la tierra de Robert Heinlein, que me impactó mucho. No era fácil, desde luego, encontrar en Cádiz en esos años material de este tipo, pero en cuanto veía algo de ciencia ficción en los quioscos o en la papelería me hacía con él. El problema, quizás, no era tanto encontrarlo como poder comprarlo, porque eran publicaciones bastantes caras para la época. Los libros de Nebulae costaban veinticinco pesetas, y la revista Futuro pasó de las cinco a las ocho pesetas. Lo que pasa es que como yo ayudaba en la panadería, siempre rascaba algo, siempre tuve dinero para comprarme todas estas cosas.

De todos modos lo más de ciencia ficción que yo viví en esa época fue el estallido del depósito de minas submarinas que había en Cádiz. Yo tenía siete años. Ese día mi padre estaba en la panadería, esperando a los obreros de madrugada, porque empezaban a trabajar a esas horas. Mi casa era enorme, estaba la parte donde vivíamos, que era un piso, y enfrente había otro edificio que utilizábamos para guardar los trastos viejos. Habíamos terminado de cenar, y yo me fui a sentar en un poyete de una ventana que daba al corredor. De pronto, me llama mi madre: «¡Niño, tómate el vaso de leche!», y un resplandor, seguido de un trueno tremendo y… ¡boooom!: toda la cristalería que había en la casa se derrumba. No solo la de nuestra casa, ¿eh?, porque no quedó un cristal vivo en Cádiz. Se fue la luz, encendimos una vela y tuvimos que recorrer a oscuras todos los dormitorios de la casa para llegar al cierro. Íbamos todos en fila india, mi madre a punto de llorar, porque no sabía lo que había ocurrido y todavía tenía cercano el recuerdo de la Guerra Civil. Bajamos las escaleras, salimos a la calle, y nos dimos cuenta de que faltaba mi hermana Juani. Mi madre con un soponcio, hubo que traerle una silla, y en ese momento me asomé y vi dos sombras correr por la calle hacia nosotros, y era mi hermana, que venía con un amigo. A mi hermana le pilló la explosión en el muelle, en el puerto. Allí no se notó tanto, porque la onda expansiva no llegó tan lejos. En fin, fue un momento de miedo que no olvidaré jamás.

Pero ¿llegaste a pensar que eran extraterrestres?

¡No, no! [risas]. La verdad es que no.

¿En qué momento das el salto a la escritura?

Fue también en la Escuela de Comercio. Allí escribí mi primera novelita. Yo no tenía máquina de escribir, pero le pedí permiso a doña Carmen, que era nuestra profesora, para que me dejara utilizar la que teníamos en clase. Cuando acabé de escribirla, tendría unas treinta o cuarenta páginas, se la pasé a ella. La leyó, me hizo algunas correcciones, y la verdad es que me animó mucho a seguir escribiendo. Tendría yo entonces catorce años. Recién licenciado, convencí a mi padre para que me comprara una máquina de escribir, una Olivetti. Luego me fui a la mili, a Campo Soto, donde estuve veinte meses porque hice el servicio militar voluntario, para así al menos dormir en mi casa. Al poco me eché novia. Así que no fue hasta el año 1963 que publiqué mi primera novela.

Un mundo llamado Badoom.

Así es. Me la publicó la Editorial Valenciana dentro de su ya clásica colección Luchadores del Espacio, con tan mala fortuna que esa colección cerró justo cuando yo llegué. Se publicó mi novela, luego una más de otro autor, y cerró.

En la colección Luchadores del Espacio se empezó a publicar la no menos clásica saga de los Aznar, de George H. White. ¿La leías?

Hombre, claro. Ahí la tengo entera. Me encantaba. De esa saga me llamaba la atención mucho que el protagonista fuera español. Ahí nos dio una lección Pascual Enguídanos, que era el nombre real del autor. A mí me entusiasmó, desde luego. Lo llegué a conocer personalmente, en una convención de estas de ciencia ficción.

¿Él conocía tu obra?

No. Ya era muy mayor, y había dejado de escribir. Entonces le pregunté por qué no había seguido escribiendo. Se me quedó así pensativo, como diciendo: «¿Qué le digo yo a este gilipollas?» [risas]. Me dijo que sí, que tenía dos o tres ideas y tal, pero que ya no tenía ganas de escribir. Él tenía entonces la edad que tengo yo ahora, y es ahora, claro, cuando comprendo perfectamente lo que me decía.

¿Qué haces tras el cierre de la colección Luchadores del Espacio?

Yo seguí escribiendo y publicando relatos en revistas y en fanzines. Luego envié una novela a Toray, que era la otra editorial del momento especializada en ciencia ficción, pero ni siquiera me contestaron. Pasaron los años y tanto la Editorial Valenciana como Toray cerraron, y vi que Bruguera empezaba a publicar novelitas de ciencia ficción. Les mandé una mía, y al mes me contestaron diciendo que les había gustado. Yo me puse muy contento, vi el cielo abierto. Así fue como en 1971 se publicó La amenaza del infinito, que fue la primera que publiqué con ellos, dentro de la recién estrenada colección La Conquista del Espacio. Luego ya, cada tres meses, les enviaba cuatro novelitas. Y ya no paré.

La Conquista del Espacio era también el nombre que se le dio en España a la serie Star Trek. ¿Casualidades de la vida o apropiación indebida?

Es verdad, pero no sé si se lo pusieron por la serie. No sé muy bien cuándo se estrenó la serie en España.

En 1969.

Entonces sí, seguro: fue Bruguera la que se aprovechó del nombre. Pero tampoco creo que fuera un título que estuviera registrado ni nada de eso. No sé.

¿La veías? ¿Eras fan de Star Trek?

Cuando podía. En esa época ya estaban las dos cadenas de televisión, y cambiaban los horarios de los programas cuando les daba la gana, así que no podía yo verla siempre. Luego sí he visto las películas y tal. A ver, cuando no hay otra cosa que ver, Star Trek no está mal [risas]. También te digo que tampoco es que echaran muchas cosas de ciencia ficción por la tele, así que había que ver lo que ponían. Me acuerdo de pequeño que en la radio echaban un programa que se llamaba Diego Valor, pero me aburría mucho. Tebeos sí, tebeos compré un montón.

Dado que Bruguera no se había encargado antes de la ciencia ficción, para dar forma a la colección La Conquista del Espacio tiró de los mismos escritores que ya tenía en nómina en otras colecciones. ¿Se notaba esto en el producto final? Quiero decir, ¿se notaba quién era un verdadero fan de la ciencia ficción y quién no?

Es verdad que, de repente, a los que escribían novelas del Oeste o policiacas los pusieron a escribir ciencia ficción. Pero no te puedo decir si sus novelas eran mejores o peores que las mías porque yo nunca leí las suyas [risas]. No tenía tiempo. De todos modos, date cuenta de una cosa: ellos eran escritores profesionales y yo era un simple aficionado. Una vez leí en el diario Pueblo una entrevista a un autor de bolsilibro, no recuerdo quién era, que afirmaba escribir sus novelas en tres días. Yo me lo propuse una vez, y lo conseguí. Pero me jarté [risas]. No tenía por qué hacerlo así, porque yo no vivía de escribir novelas. Yo solía tardar entre diez y quince días en escribir una novelita, porque tenía que trabajar también en la pastelería.  

Por otro lado, tengo que confesar que también he escrito cosas que no son de ciencia ficción. Hice una vez una novelita juvenil, he tratado de escribir en otros registros. En esa época era normal que la editorial te dijera lo que tenías que hacer, pero cuando uno alcanza un nivel bueno de escritura lo haces todo muy fácil. Siempre me he sentido cómodo haciendo ciencia ficción, pero todo evoluciona. No es lo mismo hablar de la ciencia ficción de la década de 1950 que de la actual. Ahora hay que recurrir a otros sitios, hay que tener en cuenta otros elementos. Yo he tenido, por ejemplo, que estudiar mucha astronomía.

Dentro del mundo del bolsilibro, ¿a qué autores destacarías?

Si te digo la verdad, no me acuerdo de los nombres. Además, yo no podía leer todo lo que sacaba Bruguera entonces. Date cuenta de que todas las semanas salía una novela de cada una de las colecciones. Leí algunos de Alf Regaldie, pero no me gustaron. Las de Alan Comet tampoco, y eso que él publicó casi todas las de la colección Robot. No sé, no me hacían gracia.

Siempre has señalado que Bruguera no se tomó muy en serio la colección de ciencia ficción, en el sentido de que apenas dio margen a los autores.

Tras el cierre de Editorial Valenciana y Toray, las dos únicas editoriales que se dedicaban entonces a la ciencia ficción, Bruguera se encontró con un nicho de mercado importante que había que cubrir. Bruguera históricamente había sido una editorial dedicada a las novelas del Oeste y de terror, así que para ellos la ciencia ficción fue algo así como un compromiso que tuvieron que asumir, y que gestionaron como pudieron.

Por ejemplo, en Bruguera no querían sagas como las que había creado Pascual Enguídanos.

Así es. Nunca comprendí el porqué de esa negativa, cuando se había demostrado claramente que las sagas eran muy exitosas desde un punto de vista comercial. Yo llegué a entablar una buena relación de amistad con uno de los mandamases de Bruguera, pero nunca fui capaz de que me explicara los motivos. Pero yo, como sabes, me pasé esa directriz por el forro, porque a mí siempre me han gustado los desafíos. ¿Que no queréis que haga sagas? Pues hago una sin que os deis cuenta: y así, entre 1972 y 1985, estuve publicando, de forma desordenada en el tiempo y en el espacio, novelitas que formaban parte del mismo universo, y que compartían algunos personajes en común. Cuando veía que en Bruguera se daban cuenta de que se las estaba colando, escribía otra novelita de otra cosa, y así estuve muchos años, hasta que quebró la editorial [risas].

¿Tenías entonces clara desde el principio la concepción de una saga?

No, se fue creando sobre la marcha. Mira, aunque no te lo creas, yo me sentaba en la máquina de escribir sin tener ni puñetera idea de lo que iba a poner cuando metía el primer folio en el carro. Me inventaba un ambiente, una fecha, unos personajes, y poco más.

¿En quién te inspiras para tu saga?

Lo de hacer un saga, como concepto, nace de lo que había hecho Enguídanos con la saga de los Aznar, pero luego el contenido de la mía no tenía nada que ver. La saga como tal yo creo que surge cuando creo al personaje de Alice Cooper, que de algún modo vertebra algunas de las historias. En verdad creé a ese personaje para tocarle las narices a los de la censura, porque en las dos primeras páginas en las que sale se ve cómo el oficial está enamorado del comandante de la nave. Lo primero que uno piensa es que el oficial es maricón, hasta que se descubre que el comandante es Alice Cooper, y que es una mujer [risas].

No sé si sabes que hay un músico de rock muy famoso que también se llama Alice Cooper.  

Sí, me enteré después [risas]. Ese personaje se llama así por Alicia, que es el nombre de mi hija, que acababa de nacer, y porque esa noche había visto una película de Gary Cooper. De ahí salió el nombre.

Ya era raro que una saga de ciencia ficción estuviera protagonizada por una chica.

Sí, era atípico. Pero, claro, ¿por qué no? A veces salen mujeres listas [risas].

La saga del Orden Estelar, que es como se conoce esta saga, fue rescatada en 2003 por la editorial Robel pero por primera vez en orden cronológico.

El editor de Robel me propuso la idea de publicar la saga siguiendo el trabajo de José Carlos Canalda, que había creado en su día un orden cronológico con unos cincuenta y tantos títulos. El primer título que yo escribo de la Orden Estelar es Los mercenarios de las estrellas, en 1972, que fue además mi segunda novela para Bruguera. Sin embargo, ese no es el comienzo de la saga, que se remontaría a Rebeldes en Dangha, publicada en 1973. Ten en cuenta que como yo escribí la saga de forma desordenada, para que no se dieran cuenta en Bruguera de que era una saga, al ordenar la historia según la cronología de los hechos sucedía que el tercer libro de la saga, Huida a las estrellas, no se publicaría hasta 1980. Además, al ordenarlo todo me di cuenta de que había huecos en la historia, y estos los rellené escribiendo textos nuevos para la edición de Robel. Se aprovechó también este trabajo de revisión para incluir algunos inéditos de la saga que no salieron en su día por el cierre de la editorial.

Tengo entendido que además de prohibir (sin éxito) las sagas, Bruguera ponía otro tipo de limitaciones.

Aquí hay que distinguir entre los tiempos en los que había censura y los que no. Por ejemplo, en los tiempos de la censura, de sexo o de política no podías poner nada en las historias. Una vez escribí una novelita, la mandé a Bruguera y me dieron acuse de recibo. Lo normal en estos casos es que al poco recibieras el contrato, para firmarlo. Pero pasó mucho tiempo y, al poco, lo que recibo es una llamada telefónica de la editorial en la que me explican que la novela no se puede publicar porque la censura la ha rechazado. Yo pregunto que por qué, para saber lo que tenía que cambiar, pero por lo visto no lo sabía nadie. Simplemente habían dicho que no era publicable, y punto. Curiosamente, desde allí, de Bruguera, me dijeron: «Mira, espérate un tiempo, y la vuelves a mandar» [risas]. Hay que tener en cuenta que ellos publicaban quince o veinte colecciones de bolsilibros a la semana. ¿Tú crees que el censor se podía leer todos esos originales en tres días? Porque a la semana siguiente se enviaban otros veinte originales. Yo creo que el censor lo que hacía es «pito, pito, gorgorito» y a la que le tocaba decía: «¡Censurada!». Así que le cambié a mi novela cuatro parrafitos, aquellos que yo creía que podían haber provocado el rechazo, porque en ella salía una manifestación reprimida por la policía de la tiranía de aquella época —te estoy hablando del año 3000— en la que mataban a muchos manifestantes, y pensé que me la habían censurado por eso, aunque no lo sabía exactamente, me esperé dos o tres meses y la mandé de nuevo. Y ya salió publicada. También le cambié el título, pero ahora no me acuerdo de cuál le puse [risas].

A mí esto de censurar o de prohibir nunca me ha gustado. Pero ni para un lado ni para el otro. Por ejemplo: a mí nunca me ha dado por los toros, no me gustan, pero tampoco saldría a manifestarme a la calle para prohibirlos. Yo no creo en ninguna religión, pero mi mujer, sin embargo, va todos los domingos a misa. Y a mí me parece estupendo. No se lo puedo prohibir. Es que no tengo derecho a hacerlo, vamos.  

¿Cómo era trabajar para Bruguera? Entiendo que tú no trabajaste nunca allí en la redacción, ¿verdad?

No, yo trabajaba en mi casa. Bruguera al principio, cuando existía la censura, te exigía que enviaras los manuscritos por triplicado. Un ejemplar era para ellos, otro para el registro y otro para el censor. Yo, por miedo a que se perdieran por el camino, los enviaba en dos sobres distintos: en uno metía dos ejemplares y en otro, el restante. Lo empecé a hacer así porque alguna que otra vez se perdieron las novelas en el envío, y luego no había forma de recuperarlas. Las copias las hacía con papel de calco puesto en la máquina de escribir, porque entonces no había fotocopiadoras ni nada por el estilo.

Con todo, sí que tenía cierto contacto con la editorial. Cuando mi mujer y yo íbamos a Barcelona, e íbamos de vez en cuando por temas de la pastelería, porque teníamos allí mucha relación con los representantes de las fábricas de caramelos y tal, aprovechaba para ir a Bruguera y hablar con ellos. A Juan Bruguera no lo llegué nunca a conocer, yo traté siempre con un mando intermedio, cuyo nombre no recuerdo. Pero me trataron siempre estupendamente. Me invitaron una vez a desayunar y todo [risas]. Un día me encontré allí con Curtis Garland. Estuvimos charlando un buen rato, muy agradable. Te estoy hablando de cuando la editorial estaba en Camps i Fabrés, que era un pequeño barrio que vivía a costa de Bruguera. Allí tenían los talleres, y allí fue donde conocí a Domingo Santos y a Luis Vigil, que crearon luego la revista Nueva Dimensión.

Lo de firmar con seudónimos anglosajones, ¿era una decisión vuestra o una imposición de Bruguera?

Era una imposición. Por lo visto, Bruguera pensaba que el lector era gilipollas y que no iba a comprar las novelitas de un autor español. Eso pensaban en Bruguera y probablemente fuera verdad [risas], las cosas como son. En todo caso, muchos lectores sabían que detrás de esos nombres en inglés había un escritor español. No era ningún secreto. Yo firmé mi primera novela como Alex Tower, pero para Bruguera me lo cambié por el de A. Thorkent, que era una especie de juego de palabras con mis dos apellidos. Los nombres sí los elegí yo, en eso te daban libertad. El primero me lo tuve que cambiar porque ya había alguien con un seudónimo parecido.  

Francisco Ibáñez y Purita Campos nos contaron en su día que en Bruguera nunca recibieron royalties por sus creaciones. Entiendo que en el mundo del bolsilibro la cosa funcionaba igual.

No del todo. Nosotros recibíamos un anticipo de cuatro mil quinientas pesetas cuando se aceptaba la novela. Luego, cuando se publicaba y pasaba cierto tiempo, unos meses, cobrábamos otro tanto por ciento, que solían ser unas mil quinientas pesetas, o algo así.

¿Qué tiradas tenían entonces los bolsilibros?

La cifra real era top secret. Si me estás preguntando que si nos estafaban, pues seguramente [risas]. Ellos nos daban el número de ejemplares vendidos. Yo he llegado a vender veinte mil ejemplares, y me imagino que mis compañeros venderían algo igual. Los bolsilibros entonces se distribuían de forma muy extraña: se distribuían primero en las grandes ciudades, y estaban en los quioscos solo una semana; los que no se habían vendido los retiraban y hacían una nueva distribución por ciudades con menos habitantes, y ya los que quedaban los recogían y los mandaban a Sudamérica. Y ya de ahí, si no se vendían, los quemaban.  

Pero es cierto que se tenían que vender muchos bolsilibros, porque todavía hoy se encuentran ejemplares en los mercadillos de segunda mano y en internet. Además se venden baratos, por dos o tres euros. Yo tengo ahí muchas novelitas mías repetidas. Lo mismo las pongo en venta un día de estos, a ver si me saco algo [risas].

¿Llegaste a tener traducciones?

Sí, claro. Me han traducido al francés, al portugués y ¡al esperanto! En Portugal me pasó una cosa muy curiosa con un título mío, Guerra galáctica, que me lo tradujeron como Guerra do Galaxias, antes de que saliera la película. Las portadas las copiaron también. Son las mismas que en las ediciones españolas.

A mediados de la década de 1980 se produce en España una especie de punto de inflexión dentro de la ciencia ficción. Por un lado quebraba Bruguera y por otro cerraba la revista Nueva Dimensión.

El relevo de Bruguera lo cogió, de alguna manera, la editorial Forum con la colección Galaxia 2000, donde yo seguí publicando mis últimos bolsilibros. Pero el cierre de Nueva Dimensión sí que supo a fin de época. Esa fue una revista que aportó mucho al género. La ciencia ficción en España le debe mucho a Domingo Santos, y no solo por la famosa antología Lo mejor de la ciencia ficción española. De Nueva Dimensión tengo toda la colección. Ya no hay revistas así. Antes había muchas, pero ya no queda ninguna. Ni con ánimo ni sin ánimo de lucro. Ya no quedan. Él ha sido un gran entusiasta de la ciencia ficción y hemos tenido mucha amistad, pero ya he perdido el contacto con él, hasta el punto de que no sé si es o era.

En Nueva Dimensión publicaste muchos relatos, así como la inconclusa Trilogía de los Dioses, no sin cierta polémica por parte de algunos lectores.

El primer relato que publiqué allí fue en 1968 y se llamaba «Centro de violencia controlada». Ese relato tiene una historia muy curiosa, porque su trama se parece mucho a la de la película Almas de metal, de Yul Brynner. Pero yo lo escribí mucho antes, ¿eh? [risas]. Yo no es que vaya por ahí diciendo que soy futurólogo, pero en mi novela Los vientos del olvido ya vaticiné hasta dónde podía llegar el terrorismo islámico. Esa novela era totalmente profética, y no estaba mal.

Luego, sí, en los años ochenta publiqué Dios de Dhrule y Dios de Kherle, y creo que en la revista recibieron muchas cartas poniéndome verde, pero si te digo la verdad no me acuerdo muy bien por qué. Con la edad se me olvidan algunos detalles. El caso es que esa trilogía no la pude completar entonces.

Domingo Santos empezó luego a trabajar en la editorial Ultramar, y allí publiqué mi Trilogía de las Islas. Eso fue ya en la época en la que me dediqué a hacer novelas con un poco más de categoría. Recuerdo que le mandé a Domingo la primera novela, Las islas del infierno, y le gustó mucho. Me dijo «Esto no termina aquí, ¿verdad? ¿Cuántas más vas a hacer?», y le dije: «Tres». «Vale, escribe la segunda, y si no la has cagado, te publico también la tercera, salga como salga» [risas]. Al poco de publicarse la primera novela, fuimos mi mujer y yo a Barcelona a hablar con Domingo. Nos llevó a la editorial y la hija del dueño me felicitó porque había vendido en seis meses más de cuatro mil ejemplares.

En la colección Galaxia 2000 de Forum publicas, ya por fin sin cortapisas, una nueva saga estelar, la saga de Hongara, recientemente recuperada por ACHAB.

Hongara era un planeta que vivía en el retroceso y sus habitantes no sabían por qué. Ellos avanzaban en la tecnología pero se basaban en técnicas casi medievales. Apenas tenían pistolas, eran más de espadas. Esa saga tampoco la pude completar porque la colección se interrumpió. En su momento solo se publicaron cuatro novelitas. Cuando me contactaron de ACHAB para recuperarla, les dije que tenía dos inéditos que además continuaban con la historia. Así que me propusieron publicar las seis novelas de la saga en un solo volumen. Y así ha salido.

¿Te sorprende que existan hoy día iniciativas como la de ACHAB, dedicadas a reivindicar la valía artística del mundo bolsilibro?

Está muy bien lo que hacen. Su trabajo es casi de arqueología. Ahora me van a publicar también un inédito que hice de fantasía: La maldición del Ragnarok. Prefiero que lo saquen ellos, aunque yo no gane un chavo, a que esté ahí en el cajón. No digo que me estén engañando, ¿eh? [risas]. Soy consciente de que su trabajo es muy voluntarioso y además, sinceramente, editan bastante bien. Se han dedicado a escanear todos mis textos, incluidos los inéditos. Han hecho un gran trabajo.

La saga de Hongara marca el final de tu relación con los bolsilibros. A partir de ahí se habla de tu entrada en la ciencia ficción «seria», con la publicación de novelas más largas. ¿Por qué son más serias estas obras?

Esas novelas tienen indudablemente más enjundia que mis bolsilibros. Para empezar, me he tenido que documentar mucho para escribir algunas de ellas. Una vez me leí el Corán para escribir una. Tengo la ventaja de que a mí la historia me encanta. He leído mucho, me ha gustado viajar. He estado en Egipto, por ejemplo, y gracias a eso he podido ambientar algunas de mis novelas. Son dos tipos de literatura diferentes. La literatura popular se mueve en unos parámetros muy cerrados: su inicio, su nudo, su desenlace. En una novela «normal», uno tiene mayor libertad. Está teóricamente dirigida a otra clase de lector, más preparado. No pretendo con esto insultar al lector de bolsilibro, pero es así.

De todos modos, ya da igual distinguir entre un tipo de literatura u otro, porque hoy ni se lee ni se vende: el universo Gutenberg ha sido engullido por un agujero negro. Una vez hice la locura de montar una editorial y me publiqué a mí mismo algunos títulos. Y mira, no me fue mal. Fui a una convención de estas de ciencia ficción y el primer día vendí setenta y pico ejemplares. El dinero que invertí lo recuperé, pero sé de editoriales y librerías que han tenido que cerrar y la culpa de todo la tiene esto [dice señalando mi móvil]. Tengo un nieto de cuatro años que está todo el día con el ordenador ese. El mayor, que tiene doce años, no ha leído un solo libro mío. Tengo aquí muchos tebeos de mi época, de Asterix y cosas así, pero no los quiere ni mirar. Eso no tiene ya solución.

¿Qué títulos de la ciencia ficción te han influido más?

Robert Heinlein, ya te lo dije, me gustaba mucho. Isaac Asimov también. Arthur C. Clarke un poquito menos, porque era muy científico.

¿Y del cine?

Aquí la más famosa siempre ha sido La guerra de las galaxias, pero para mí no es más que una space opera. Cuando salieron las vi y me gustaron, pero vamos. Hay una que está mejor, que está basada en una novela, Blade Runner. Esa es muy buena. Al autor de la novela, Philip K. Dick, también lo he leído mucho. Luego 2001 me gusta: no se aclara lo que pasa y termina muy poéticamente. Hace poco vi la película Yo, Robot y me decepcionó.

Muchas veces, para darle impronta a la ciencia ficción, le buscamos posos filosóficos a las historias. ¿Qué tratas de contar tú en tus historias?

Como me hagas muchas más preguntas voy a tener que llamar a mi abogado, ¿eh? [risas]. Mira, yo escribo por tres motivos: por afición, por diversión y por dinero. Si cae algo, cae algo. Yo he ganado dinero con esto. La ciencia ficción ha evolucionado mucho desde sus inicios. Edgar Rice Burroughs, el de Tarzán, escribió John Carter de Marte y la serie Venus, pero esa ciencia ficción ya no se hace. Quiero decir: nadie hace una novela en Marte o en Venus en la que los humanos pueden respirar tranquilamente. Eso ya no se admite porque sabemos que no se puede vivir allí. En la ciencia ficción se han cometido muchas barbaridades, pero se disculpaban entonces porque se escribieron en una época en la que no se tenían muchos conocimientos. Antes veías en una novela a una nave aterrizando en Júpiter. La atracción que tiene que haber en Júpiter los aplastaría. Con estas cosas hoy se tiene más cuidado. Además, todos estos problemas se arreglan muy fácil: inventándote un planeta, por ejemplo.  

La ciencia ficción en España siempre ha gozado de buena salud, incluso en Cádiz. ¿Qué era el Grupo Parsec?

El Grupo Parsec lo montamos Rafael Marín y yo en 1979. La cosa es que ambos habíamos ganado un premio en la HispaCon de ese año. Vino entonces un señor a Cádiz a traerme el premio y me dijo que también estaba buscando a un tal Rafael Marín. Me preguntó si lo conocía y le dije que no. «Pero si es también un escritor de Cádiz de ciencia ficción», me dijo. Y yo: «Pues no lo conozco». Entonces él tendría unos dieciocho años, era muy joven. El caso es que el tipo este se tenía que marchar, así que me dio la dirección de Rafa y el premio, para que yo se lo llevara. Al día siguiente me planté allí en su casa, pero no estaba, así que se lo dejé a la madre, que me preguntó quién era yo y le dejé mis datos. Y al día siguiente apareció Rafa Marín en mi casa con una patulea de amigos suyos, para verme, porque resulta que era fan mío, me había leído y todo, pero no sabía que yo también vivía en Cádiz [risas]. Y ahí ya nos juntamos unos cuantos amiguetes de la ciudad aficionados a la ciencia ficción y fundamos el Grupo Parsec.

En Cádiz luego organizamos varias HispaCon con mucho éxito. Mira [señala a la pared], ahí tengo el cartel de una de las ediciones, firmado por Carlos Pacheco, que es un monstruo. Como no me pagaron nada por organizar aquello, decidí quedarme con el original del cuadro. Lo enmarqué, y ahí lo tengo. También diseñé una vez la mascota de una HispaCon: le puse de nombre Quiyo. Más gaditano imposible [risas].

Se lamentaba hace poco Rafael Marín de que tras haber escrito cerca de doscientas obras no tuvieras ni siquiera una calle en Cádiz.

Teniendo en cuenta que en Cádiz hay un perro que tiene una calle… [risas]. No digo yo que le quiten el nombre, ¿eh? La calle a Canelo está muy bien puesta, pero bueno.

A lo mejor para que te pongan esa calle tienes que escribir una chirigota de ciencia ficción.

[Risas] A mí el carnaval me gusta, pero nunca me ha dado por ahí. Ya hubo un coro muy famoso de ciencia ficción en los años cincuenta: Los Marcianos.

De todos modos, entre la intelectualidad gaditana los autores de ciencia ficción estamos ignorados. Bueno, intentan ignorarnos, pero no lo consiguen del todo. Conocía a Fernando Quiñones, hablé con él varias veces porque iba mucho por la pastelería, pero nunca me invitó al festival Alcances. He leído algunos cuentos suyos y, si te digo la verdad, no me gustaron demasiado. Le dejé una vez algunos libros míos, y no sé si los llegó a leer. Este país es así.

9 comentarios

  1. “Luego 2001 me gusta: no se aclara lo que pasa y termina muy poéticamente”
    ¡JAJAJAJAJAJA!
    ¿Alguien puede informar al personal de a qué se debe la obsesión de Jot Down con Bruguera?.

  2. Leí hace años la triología de “Las islas”. Alucinante. Me encantó.
    Muy de acuerdo con todo lo que dice en la entrevista, salvo por el autor Rafael Marin, que me ha gustado como escritor pero decepcionado mucho como persona.

  3. Que entrevista más buena y que tipo más majo. Me encantan las charlas con los autores que han sido la cara B de la literatura española.

  4. ¡Un gigante!

  5. Yo, desde Argentina, he leído muchos de sus bolsilibros. Los compraba mi padre que los leía en el tren y cuando los soltaba, los agarrábamos con mi hermano en casa. Tengo muy buenos recuerdos de sus historias, y junto con las Nueva Dimensión, fueron las que me motivaron a escribir mis propios cuentos de CF.
    Mis saludos a A. Thorkent, un escritor incomparable. Y ya que estamos, saludo a Domingo Santos,a quien he admirado toda la vida.
    PS: No sabéis lo emocionante que fue para mi hermano y para mí descubrir los verdaderos nombres de los autores detrás de los seudónimos.

  6. ¿Soy el único al que le chirría que la entrevistadora tutee a un hombre de 77 años?

  7. Yo adoraba las colecciones de Bruguera. Variadas, representativas, asequibles y abundantes. Podías leer y prestar y seguir leyendo con la alegría de no haber perdido el tiempo, por lo menos dos o tres por semana, sin arruinarte. Excepto los que no me devolvieron (asquerosa costumbre), los que regalé y los que se extraviaron, conservo muchos. Están feos (esas encuadernaciones no estaban hechas para durar), pero me encantan y les tengo un cariño especial, quizá por haberlos releído tanto y porque algunas de las traducciones eran una maravilla. Qué pena que no puedan emularla.

  8. ¡Coño! ¡Qué sorpresas da la vida!. Yo viví en la calle Rosario varios años a mediados de los años ochenta y compraba en la pastelería Orcha (no sé si es la misma), y ahora me entero que el propietario era A. Torkhent.
    Tengo unos cuantos bolsilibros antiguos y TODO El Orden Estelar que se reeditó a principios del nuevo milenio.

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