En verdad os decimos

Réplicas Inter-medios


Hace un año leía con agrado un artículo de Roger Senserrich en Politikon donde reflexionaba sobre la menor influencia de la blogsfera española en relación a la de otros países. Entre las causas señalaba la falta de debate inter-medios de la propia blogsfera, por lo que animaba a los lectores de otras cabeceras a criticar y rebatir desde sus tribunas los contenidos que aparecen en su medio. Lo más similar que se da en nuestro país a este tipo de intercambio de enfoques entre comunicadores y tertulianos son las trifulcas al estilo Herman Tertsch vs. Wyoming o las cartas abiertas de Lucía Etxebarría o Pilar Rahola y sus correspondientes y airadas críticas, lo que deja la mala impresión de que solo la comunidad de haters es partícipe del debate. Intuyo que este no es el punto que busca Roger. En mi opinión, lo que propone es el sano ejercicio de la discusión y el debate desde la reflexión y en la medida de lo posible sin los consabidos ataques ad-hominem de nuestros medios patrios. Supongo que tampoco aboga por la correspondencia cruzada de Arcadi Espada, donde la crítica tiene que ir teñida con un velo de desdén que impide cualquier mención directa a la persona o a su escrito. Roger apuesta por enlazarnos unos a otros para dar visibilidad y movimiento a los medios más allá de la propia comunidad de cada uno. Como en Politikon tratan temas muy interesantes sobre política y economía que no domino, he tenido que esperar a esta brillante columna, publicada en Valencia Plaza por Álvaro González, sobre Bob Esponja y El planeta imaginario, para escribir una réplica y hacer mía la propuesta comentada.

Álvaro especula en su artículo sobre la extrapolación de los análisis psicosociales sobre Bob Esponja a El planeta imaginario, serie infantil que él considera de culto.  La especulación al final resulta ser una excusa para narrar su fascinación por El planeta imaginario, “un espacio trabajado con un respeto a sus espectadores, los niños, y a sí mismos, los creadores, que, hoy por hoy, se nos antoja imposible de reproducir”. Precisamente es esta frase la que me impele a escribir este contrapost ya que en mi opinión, Hora de aventuras es la serie infantil más fascinante creada jamás de los jamases y me propongo demostrarlo utilizando la base argumental del propio Álvaro. No obstante, empezaré por contar qué es Hora de aventuras y por qué debería de ser una serie de culto como Deadwood.

Lo primero que atrae de Hora de aventuras es el estilo de la propia animación en sí: de forma clara conecta con la estética de los personajes de La mazmorra de Sfar y Trodheim —y es que Pendleton Ward, el creador de la serie, se reconoce seguidor del trabajo de Sfar—, muchos de ellos animales con características morfopsicológicamente humanas. Los protagonistas son Finn y Jake, dos colegas descerebrados con roles similares a los de Tintín y el capitan Haddock durante sus peripecias. Hora de aventuras transcurre en el Reino de Ooo, situado al parecer en algún lugar perdido de Sudáfrica, donde existen criaturas de aspecto tan terrorífico como los engendros que dibuja Hideshi Hino —qué grande es el niño gusano— y con peor fondo que cualquier artista invitado en Mujeres desesperadas, especialmente el padre de Marceline. En Hora de aventuras el sexo femenino está representado casi en su totalidad por princesas; las hay de todo tipo, como la princesa Hot Dog o la princesa del espacio, a cual más surrealista. El malvado antagonista de la serie es el Rey Hielo, quien convive con sus pingüinos guardianes lobotomizados cuya única obsesión es secuestrar a las princesas para obligarlas a casarse con él. La acción, que es continua,  transcurre a base de mamporros, carreras y en general, como su propio nombre indica, aventuras.

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Bien, espero que después de esta limitada introducción tengan curiosidad por conocer por qué considero a Hora de aventuras la mejor serie infantil de todos los tiempos, superior incluso a —ejem— El planeta imaginario.

El primer argumento que utiliza Álvaro para encumbrar El planeta imaginario es el marco surrealista en el que se desarrolla, con la inclusión de marionetas, danzas y circos televisados. Teniendo en cuenta que el colmo del surrealismo infantil lo detentan Los Teletubbies, una serie investigada extraoficialmente por países como Polonia por la supuesta homosexualidad de sus protagonistas pero en la que se obvian cuestiones de género como que quien ejercía el rol de madre era una aspiradora con vida propia. En mi opinión, Hora de aventuras juega en la misma liga que la serie que protagonizaba Tinky-Winky antes de salir del armario. Una pincelada: Jake, el perro protagonista, tiene una relación amorosa con un unicornio arcoíris que habla coreano y que pertenece a una princesa cuyo cuerpo está hecho de chicle rosa. Todo esto contado sin intención de desmerecer al surrealismo más al uso de El planeta imaginario, cuyo opening parecía un corte de 2001: una odisea del espacio hecha con recortables. Os dejo este memorable corolario a la serie escrito por retroyonki:

Probablemente, la mayoría de enfermedades mentales, fobias y paranoias que sufrimos los que andamos por la treintena, fueron causados durante nuestra infancia por El planeta imaginario. Para los niños de la época, el solo hecho de ver el opening era como comerse un tripi. Tornillos volando, cosas extrañas colgadas de hilos, un planeta deforme parecido a Saturno, fotos ardiendo, malabaristas en calzoncillos y una sintonía electrónica que daba mucho miedo. Luego me enteré de que la música del programa pertenece al Arabesco nº 1 de Debussy, pero en una versión del japonés Isao Tomita, que seguro que ahora está encerrado en una institución mental. El planeta imaginario comenzó a emitirse en 1983, los sábados por la mañana y solo en Cataluña. Debido a lo rápido que se volvieron locos los niños catalanes, pronto comenzó a emitirse en todo el país por la primera cadena de Televisión Española, los lunes por la tarde hasta el año 1986.

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Álvaro nos recuerda que dos episodios de El planeta imaginario comenzaban con Un viaje imposible de René Magritte que tuvo que ser explicado en la prensa: “El mundo de los sueños voluntarios de Magritte podrá resultar igualmente apasionante tanto para los niños como para los adultos”. Más acorde con nuestros tiempos, en Hora de aventuras, durante el episodio Business time, Jake y Finn descongelan un grupo de empresarios que permanecían dentro de un iceberg a los que utilizan para mejorar su vida. Los empresarios actúan como se les espera y resulta, ahora sí, tan apasionante para los niños como para los adultos. No hay que olvidar que los personajes y la estructura de El planeta imaginario beben de las fuentes de Le Petit Prince; los protagonistas de ambos, Flip y el Principito, son adolescentes hippies que visten como los de Abba y sus peripecias planetarias son más soporíferas que la Fórmula 1. Tanto en la novela como en la serie aparecen  personajes abúlicos como el farolero o el lector vampírico. En Hora de aventuras también hay vampiros, aunque algo diferentes al Galindo de Crónicas Marcianas. Marceline, en las antípodas de los blandengues de Crepúsculo, es una vampira rockera que compone canciones y toca su bajo-hacha, le gustan las bromas pesadas y tiene por padre a un auténtico hidepu.

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A veces las comparaciones son odiosas

Por último, y a través de una metáfora digestiva, Álvaro nos señala lo importante que es que un contenido te haga reaccionar, sea positiva o negativamente. Con esto no puedo competir porque la conexión es algo subjetivo y a mí las marionetas siempre me han dado grima, pero desde un enfoque metatelevisivo considero mucho más importante e incluso increíble que una serie de dibujos animados como Hora de aventuras consiga tener tantos adeptos en franjas de edades tan diferentes como la de mi hijo de cuatro años y yo.

Para saber más de Hora de aventuras os recomiendo este fantástico artículo de Daniel Gavilán y el blog de Cels Piñols en Cartoon Network, donde hay varias entradas curiosas y divertidas sobre esta serie. Y si queréis echar unas risas, aquí os dejo un post sobre El planeta imaginario en Retroyonkis.

Un video así es DELITO


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—¡No mire hacia la vía!

Tesis (1996), de Alejandro Amenábar

Un día más, vas aburrido en el metro hacia la universidad y, de repente, el tren se para y te ordenan bajar del vagón. Un guardia jurado te indica que debes salir de la estación caminando pegado a la pared, lejos del borde del andén, para no ver los restos de un suicida que se ha lanzado a las vías. Parece que la advertencia del empleado de seguridad está de más, porque nadie quiere ver un cadáver desmenuzado. ¿O sí? En la escena inicial de Tesis se nos representaba ese impulso irrefrenable que es la curiosidad morbosa donde la propia advertencia parecía funcionar a modo de psicología inversa. “¿Que no mire? ¿Por qué no debería mirar? ¿Qué habrá ahí? ¿Para tanto es?” En este sentido, un reciente tuit de la popular cuenta @policia en el que alertaba de no propagar un vídeo con contenido sexual protagonizado por menores de edad, pudo haber funcionado como acicate, si es que el trendig topic o las decenas de chistes sobre sujetar el pelo no lo habían hecho ya, en un ejemplo más del efecto Streisand.

Distribuir un vídeo así es DELITO ¡No lo compartas! Y no repitamos el desafortunado hashtag

(¡Pensemos en la víctima! Y más, si es menor)

Un video así es DELITO parece un cartel de neón para la curiosidad. No obstante, fue un tuit oportuno porque existe mucha confusión al respecto: que un vídeo de contenido sexual entre menores se haya grabado con su permiso, que lo que estaban haciendo también fuera consentido o que los propagadores fueran los mismos protagonistas no influiría en el hecho de que su tenencia o divulgación es un delito con las leyes en vigor. Se da la circunstancia de que, además, el caso que dio lugar a todo este revuelo parece que fue grabado sin autorización, lo que da lugar a un plus de bajeza y a algún otro delito tipificado. No obstante, el tema legal me supera porque no acabo de entender que se equiparen los menores de edad (por ejemplo, una chica de 17 años y once meses con matrículas de honor en sus estudios y un CI de 130) y los “incapaces”, o que sea legal contraer matrimonio con una mujer de 14 años pero que no lo sea el que su marido lleve en el móvil un vídeo grabado durante la consumación del mismo con su joven esposa. Es muy probable que lo haya entendido todo mal y que en estos momentos hierva la sangre del compañero Tsevan Rabtan, así que es mejor dejar de lado todas estas interpretaciones (probablemente erróneas) del Código Penal.

Lo que no debería admitir discusión es que sea éticamente deleznable que se divulgue material audiovisual de contenido íntimo sin permiso de sus protagonistas, tengan la edad que tengan; no importa que seas concejal de una pequeña pedanía, joven participante en orgía asturiana, futbolista de primera división, concursante de reality show, director de periódico nacional o estudiante de universidad privada. Ya tenga como origen una encerrona, un hacker interceptando un sexting o la mala fe de quien poseyera la grabación, el resultado es el mismo: han violado la intimidad de alguien. Con las redes sociales, un documento de estas características puede ser visto por millones de personas en menos de una hora, lo que no quiere decir que antes de la existencia de Whatsapp, Twitter o Facebook no pasara. Por ejemplo, en la actualidad, un bulo como el del famoso cantante, el perro cariñoso y el pingüe alimento sería fácilmente desenmascarado, pero la falta de redes sociales virtuales no impidió la propagación del rumor o, en la misma época y volviendo a hechos reales, la difusión de un vídeo íntimo de la luna de miel de una socorrista de ficción y un batería de rock. No obstante, aunque no lo parezca, Internet no nos ha hecho más morbosos, solo hay que recordar la facilidad con que se propagaban oralmente por todo el territorio nacional crueles chistes sobre la tragedia ocurrida en un camping o a costa de alguna víctima de atentado terrorista. Lo que ha hecho Internet y, por extensión, las redes sociales, es facilitarlo todo. Antes, los adolescentes con hormonas en ebullición debían reunir valor para ir a un kiosco a comprar revistas pornográficas y ahora, con solo teclear un puñado de letras y pinchar que sí, que eres mayor de edad, tienen a su disposición millares de vídeos de alto contenido sexual de forma gratuita. Y (más o menos) anónima. Es la magia de Internet: acceso a cualquier contenido rápida y discretamente. Porque a más de uno le avergonzaría reconocer en público que ha visto, sin mediar error, ciertos contenidos difícilmente justificables ante amigos, pareja o familia. Por cierto, retomando el concepto de violación de la intimidad, es de esperar que este sufra una mutación en los próximos años al menos en cuanto a lo social. Si bien las videollamadas no han tenido éxito por lo celosos que somos de nuestra intimidad, los gadgets como las Google Glass serán un boom por todo lo contrario: lo mucho que nos gusta la intimidad de los demás. De forma similar a lo que se expone en el capítulo 1×03 Toda tu historia de Black Mirror, nada impedirá que cada uno en su casa rebobine, amplíe y congele fotogramas de vídeos grabados por la calle, en piscinas, en centros comerciales… protagonizados por todo aquel sujeto que nos atraiga sexualmente: un anónimo viandante, un vecino, un familiar político (o no): explíquele a su pareja que no solo devora con la mirada a su cuñado sino que, además, le ha grabado en vídeo tomando el sol para verlo a cámara lenta y hacer zoom en determinadas zonas…

Y es que los voyeurs están de suerte con los avances tecnológicos: cámaras diminutas, infrarrojos, conexiones de fibra óptica… Hoy en día ya existen páginas y foros donde los mirones comparten material gráfico que han conseguido, sin que sus protagonistas se dieran cuenta, en lugares públicos (aparcamientos, parques…) de manera ilícita, sí, porque otro error frecuente es pensar que a alguien que tiene relaciones sexuales en lugares públicos no le importa que le graben en vídeo en plena faena. No es muy descabellado imaginar que dentro de un puñado de años haya en antena programas televisivos (si es que sigue existiendo la televisión tal y como la conocemos ahora), donde se emitan cortes análogos a los que grababa el detective que aparece en Crueldad intolerable, de Joel Coen, cuyos éxitos consistían en pillar a alguien “con el culo al aire”. No falta tanto para que llegue ese momento puesto que no ha sido raro ver ya alguno de los vídeos o fotografías que hemos citado anteriormente en televisión (si bien más o menos pixelados) que, amparándose en el derecho a la información y en que los famosos son “personajes públicos”, comenzaron tímidamente con la emisión de fotografías indiscretas que ponían de manifiesto que la ropa interior es bastante infrecuente en ciertos círculos, pero rápidamente se pasó a comentar vídeos con relaciones sexuales o desnudos que eran para uso (y disfrute) privado, tanto les daba si lo protagonizaba una actriz de éxito, una rica heredera o un joven pivot constantemente lesionado.

El siguiente paso, en el que ya nos encontramos, ha sido la divulgación en televisión de vídeos de personas alejadas de la vida pública que involuntariamente se hacían famosas por Internet. Los medios se justifican diciendo que es material del que hay que informar porque “arde Internet” (sic); hay que estar al tanto de la actualidad… siempre y cuando el contenido no sobrepase lo que el código deontológico de la cadena marque en cada momento. No sería de extrañar que, con las laxas líneas editoriales actuales, la popularidad que tuvo en su día en la red un clip en el que dos simpáticas muchachas jugaban alegremente con una copa y su escatológico contenido (y el subgénero cinematográfico formado por las reacciones al mismo) abriera una animada mesa de debate de magacín matutino, mientras que en una tertulia por la tarde ya tratarían en profundidad fenómenos similares como el de  Señora con Cigarrillo o el de Señor con Tarro de Cristal, siendo sus habilidades con el recto el nexo común de ambas performances. Y qué decir de aquella asombrosa dilatación de esfínter en fotografía que solía finalizar, hace ya una década, cualquier discusión o chistes gráficos en Powerpoint. Espeluznante, diría Pedro Piqueras. Los informativos, por cierto, son harina de otro costal pero no por el sexo, sino por la violencia y la casquería, que son también contenidos apreciados por los morbosos. Nos hemos acostumbrado a documentos históricos en los que veíamos cómo algunas de las cabezas más poderosas del mundo estallaban en mil pedazos o sus cuerpos acababan colgando de una cuerda, cuando no linchados por una turba. “Noticias”, decían. Como cuando organizaciones terroristas hacen efectivos sus ultimátums sobre infelices secuestrados o se nos muestra los efectos de un coche bomba a los pocos minutos de suceder, una escena dantesca llena de pedazos humeantes de origen desconocido. O si llegado a cierto límite de lo visualmente soportable no pueden emitir ciertas imágenes, te dan todos los detalles, con pelos y señales, sobre cuál es el crimen de moda, por si alguien necesita ver un vídeo donde un actor porno asesina, descuartiza y devora a su amante. Y cuando crees que ha pasado lo peor y comienzan la crónica deportiva, arrecian las fracturas abiertas, los accidentes automovilísticos o tragedias en la nieve. Y si es temporada taurina, no escatimarán en presentarnos con detalle los revolcones más angustiosos y las cogidas de varias trayectorias. Picos de audiencia; “niño, no mires (que ya miro yo)”. Morbo disfrazado de información. Todo vale mientras anuncies que “las siguientes imágenes pueden herir su sensibilidad”.

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Neutral Corner: Previa del Real Madrid – Galatasaray


 

Esta tarde volveré al Bernabéu a ver un partido de la Copa de Europa. Mi memoria de berberecho no detecta partidos posteriores en este torneo al Real Madrid – Juve del 86 en el que Butragueño marcó el único gol del partido, aunque debe haberlos. Está claro que recuerdo este partido porque fue la primera vez que pisé el Estadio, en mayúscula. Camacho, Platini, Santillana, Laudrup, Hugo Sánchez… Para qué seguir.

En aquel tiempo los mismos necios que ahora nos reímos del Atlético de Madrid por ganar la Europa League llorábamos de emoción al ganarle al Videoton una Copa de la UEFA. ¡Al Videoton! Ay, aquellos años de la Movida, qué cutrerío de gloria. Borja Casani dice en una de las conversaciones recogidas por José Luis Gallero en Sólo se vive una vez (Árdora, 1991) que la Movida acabó el día del 5-0 que nos metió el Milán (los cursis lobotomizados por la prensa purista que obvien la tilde y pronuncien Milan. Ellos, que llaman “colgueit” al Colgate, son la reserva espiritual de Occidente). No está mal traído, ese partido fue el final de muchas cosas.

Y hoy cuando esté bajando el sol caminaré hacia el campo entre los chalés racionalistas que dibujó Bergamín en El Viso recordando otros míticos momentos futboleros de mi vida, como la Copa de Europa del regate de Redondo en Mánchester, que vi íntegra en el bar Marazul de la plaza del Ángel tomando cerveza y jamón de york cortado con hacha con mi colega Santi; o el recuerdo imborrable de mi padre con su cantinela de “jugando así hay que perder” soltada ya en el minuto tres de cualquier partido del Madrid o del Celta que pusieran por la tele; las risas con el libro de cortes de pelo de futbolistas con mi amigo Julián —si hicieran una nueva edición del libro, con los cortes de pelo que se gastan ahora los jugadores, pasaría a ser un libro de terror en vez de uno de risa—; aquellos gritos ya extintos de “¡hay copas de coñac!” en el Bernabéu que le hacían tanta gracia a mi hermano Miguel; el balón que me firmó Amancio; las imágenes en la tele de mi médico el doctor Cadenas, que era el médico del Madrid y que me decía Pirri porque me llamaba como el jugador a quién él también trataba y que por eso siempre fue mi jugador favorito; o aquella temporada que vi en el Centro Gallego de Nueva York con mis amigos Juan y Marcos. Aunque mi historia favorita de fútbol sucedió viendo un torneo veraniego en Galicia, en el pueblo de mis padres: veíamos el partido —unos años antes el Castilla de la Quinta había jugado ese mismo torneo— mis hermanos, mi padre y yo y de repente andado por la banda hacia su asiento vi a Claudino, el tipo de la tienda de ultramarinos al lado de mi casa, señalo hacia él y digo a todos “mirad, Claudino”, todos giran la cabeza y justo en ese momento, no podía ser de otra forma, marcan el único gol del partido. Estoy escribiendo la anécdota y me río yo solo recordando la imagen. Lo mejor es que tampoco vieron a Claudino porque la gente se puso en pie con el gol. Ninguno de nosotros vio el gol y solamente vi yo a nuestro tendero, a quien veíamos a diario en la tienda al comprar el pan.

Por la noche, a la vuelta de nuestra segura victoria —nuestras victorias no huelen a napalm, huelen a fritanga: a churros, a calamares— veré si escribo una crónica que complete estas líneas previas al partido, aunque cargue de doble trabajo a mi correctora quien, rodeada de bufandas —y no precisamente del Madrid— trata de vencer al resfriado que desde hace un par de días intenta acabar con su imbatible sonrisa, algo parecida esa sonrisa —ya quisiera yo— a la que tendré yo mañana cuando llegue a la oficina montado en el carro de goles que le vamos a meter a los turcos.

Ahora que Platini es una mezcla entre el bajista de Los Suaves y Gérard Depardieu quizá el fútbol ya no tenga tanta gracia, o puede que tenga más, pero lo único que tengo claro es que me lo voy a pasar como siempre que piso el Bernabéu, esto es, genial.


Fernando Olalquiaga: Brockmans Gin y la verticalidad del limón


Hay crisis en el periodismo, ¿acaso alguien no se ha enterado? ¿Tanto nos tenemos que rascar los bolsillos que ya nadie pisa los bares por las mañanas, se tenga un empleo remunerado o no, siempre muy temprano, cuando las conversaciones son más sensatas y profundas porque a esas horas tenemos el puente de Varolio y otras partes de los hemisferios cerebrales —de cuya existencia dudan algunas sectas creacionistas de Arkansas y del Barrio de Salamanca— en estado de semiparálisis, actuando por instinto, o intuición, o mandato divino, un puro acto reflejo de cordura antes de que nuestra alma empiece a tomar posesión sobre la Naturaleza? ¿Nadie ha tomado el pulso a la calle como si fuera un concejal que aún no sabe que esa expresión mueve a risa e incita a la violencia entendida como un acto festivo? ¿Nadie se ha molestado en aguzar el oído y captar los entresijos de las conversaciones de barra de bar que entre carajillo y sol y sombra debaten sobre el futuro de la prensa en papel, la decadencia de las exclusivas —¡ya no hay exclusivas!—, los nuevos modelos de pago y un ente ontológicamente inextricable llamado Periodismo en la Era Digital, que según no pocos teóricos del asunto presenta más de una característica que lo podría definir como orgánico; y otras discusiones sobre códigos éticos mucho más maleables de lo que aconsejaría la decencia y un fiscal misericordioso, si es que existe alguno? ¿Ningún ciudadano ha sido testigo de las airadas disputas que ocasiona la remilgada “filosofía de lo lento”, de las discordias que tratan de resolver, mediante la coacción, una cuestión que de otro modo no presenta solución posible, problemas tanto de carácter teórico como práctico, relacionados estos últimos con la tendencia a consumir horas leyendo artículos glosando el toque de clarín de algún afeminado general prusiano, y que por tanto dificultan de un modo desesperante la maniobra destinada a encontrar un hueco en la barra lo suficientemente holgado como para permitir maniobrar los churros y porras con naturalidad y desparpajo, según mandan largos años de tradición no consensuada pero más innata en el ser humano que ciertos picores y otros reflejos que igualmente incitan a esos procesos placenteros que son el más glorioso fruto de la evolución? ¿Tres mil palabras frente a 140 caracteres y entonces varios heridos por arma blanca, algunas de ellas simples utensilios caseros ingeniosamente modificados, furgones policiales panza arriba y ardiendo en mitad de la vía pública, compañeros y alborotadores mezclados sin orden ni concierto, suplicando, la cara empapada de sangre y lágrimas de frustración, las hembras con el pecho a los cuatro vientos en honor a Isis y los varones sin atreverse a corresponder del todo, salvo los más degenerados, que ya habían tenido episodios de precognición y han estado esperando este Armagedón toda una vida, cada uno de ellos desquiciado, todos voceando, delirando, dirigiendo al unísono su pregunta a un ente superior, que podría ser un redactor de Jot Down pero nunca se estará seguro del todo: “¿PERO QUÉ COÑO ES ORBYT?” ¿En serio que nadie ha visto nunca esto?

Para imponer la paz social, el periodismo moderno debe ocuparse de los temas que realmente preocupan a la comunidad, pero los medios de comunicación siguen ciegos. No es la prima de riesgo, no es Obama, no es la voluntat d’un poble. Hace años, cuando la tracción animal aún reinaba en las calles de nuestras ciudades formando un paraíso ecológico de mierda de caballo y orines, los periodistas se acicalaban con sus mejores galas, entre las que no faltaba una derringer o un bastón de punta afilada y en muchos casos retráctil, se daban un homenaje ya fuera en una tasca o en una casa de putas, los mejor pagados en ambas, y se dirigían en busca de noticias de interés que se vendieran como rosquillas en las ediciones de la tarde. Como la hombría en aquellos años se cotizaba bastante más cara que hoy en día, podían acudir a una sesión del Congreso de los Diputados con la fundada esperanza de que un anarquista arrojara en medio del hemiciclo una bomba, que podía estallar o no. ¿Qué noticia podemos cubrir hoy en día que se pueda equiparar a semejantes primicias? (“¡el encierro de Animalario al completo en el Teatro de España durante una jornada de huelga general!”, gritan al unísono las últimas filas, y después se carcajean y lanzan con notable puntería toda clase de hortalizas en avanzado estado de descomposición).

Una cata de gintonics. Eso es lo que le interesa al pueblo. La sociedad, en su perpetua lucha por cumplir con el devenir de la Historia, necesita saber cómo comportarse ante una tónica que presente un diámetro de burbuja incorrecto, desmesurado o insignificante según sea el caso, pues al divino Carlos Marx, con tanto materialismo por aquí y por allá, se le olvidó, ja ja, entrar en materia, y no tuvo ocasión de centrarse en lo verdaderamente importante. Un liberal nos diría que cada uno se hace los gintonics como le sale del higo, pero para eso se creó la prensa, para cercenar libertades absurdas y guiar a los descarriados por la senda más conveniente a los poderes fácticos. Para lograrlo, unos periódicos regalan baratijas, y muchas veces resulta difícil distinguir si la bagatela es el regalo o el mismo diario; otros publican con una periodicidad nunca abusiva portadas a todo color del Cristo Legionario; y las revistas culturales como esta, dado que su redacción rebosa de doctorados de todo tipo y por tanto sus redactores gozan de una percepción especial de las tendencias sociales, asisten a una cata de gintonics a ver qué se puede ofrecer allí. Y ya de paso, para comprobar si es verdad que en semejantes reuniones puede hacer acto de presencia el mismísimo Diablo, representando una especie de ratificación del absurdo que sería apropiadísima en muchas otras ocasiones, como por ejemplo al finalizar un consejo de ministros. Como podrán apreciar los más pacientes, los que mantienen esa creencia no andan muy desencaminados.

Brockmans es una pequeña empresa familiar que, según más tarde nos hace saber su director en España, es el fruto de la afición de los miembros de una familia británica hacia la ginebra que en otras épocas se podría haber considerado adicción, pero que hoy en día no hace sino elevar la condición social de sus practicantes. En cualquier caso, la popularidad de la ginebra no es algo nuevo; ya en el siglo XVIII, la Edad de la Razón —apuntémoslo para los admiradores de la mente humana entendida como una máquina perfecta— en Gran Bretaña se desató una fiebre de la ginebra como consecuencia del rechazo que generó el afrancesado y por tanto católico (es decir, satánico y jesuítico) coñac. En una guerra contra el francés no solo militar sino también comercial que no estamos seguros de que haya finalizado hoy en día, el gobierno de Su Majestad, mediante las malas artes habituales, apoyó con entusiasmo el consumo de la ginebra, entonces trasegada a palo seco o ligeramente rebajada con agua, abocando a la práctica totalidad sus súbditos en un estado de embriaguez permanente que estuvo muy cerca de destruir las sólidas bases morales del imperio y cambiar la historia para siempre. Pero si nos fiamos de lo que por aquel entonces declamaban las autoridades que se decidieron a tomar cartas en el asunto para restablecer el orden, y que se referían a la ginebra como “the principal cause of all the vice & debauchery committed among the inferior sort of people”, el público objetivo de Brockmans es muy distinto del que en aquel entonces se bañaba en galones de ginebra, y esta nueva Gin Craze que parece no tener fin presenta unas características en nada semejantes a las de aquel entonces, excepción hecha de los oscuros intereses económicos que dejaremos sin investigar para dejar el campo libre a los amantes de las conspiraciones.

Los directivos de Brockmans —ya sean miembros de una familia bien o mal avenida, ya profesionales contratados para lograr el mejor retorno posible para el accionista—, no necesitaban de una educación especial para darse cuenta de que actualmente en España el derecho a consumir gintonics premium está muy cerca de ser considerado un derecho básico, por encima de otras necesidades prescindibles como la sanidad, la educación o la justicia, y que fácilmente se puede establecer una correlación entre el derecho a ser felices y la práctica de agarrarse una moña de cuya resaca uno pueda estar orgulloso, y por lo tanto sería de locos dejar pasar la oportunidad de mostrar su producto del mejor modo posible y empezar a competir en la carrera por ser la ginebra subvencionada por el Estado. Para ello, para lograr una diferenciación con sus competidores que vaya más allá de aumentar el diámetro de la botella hasta llegar a extremos absurdos, y que además es una práctica que presenta un límite físico que todavía no se ha conseguido vencer —y no es descabellado pensar que lograr la botella de ginebra de radio infinito sea el verdadero propósito del gran colisionador de hadrones suizo— nada mejor que exhibir las propiedades excelsas de la ginebra Brockmans en un exclusivo curso de olfatismo que solo los genios del marketing y algún teórico loco de alguna perdida rama del menchevismo podrían haber ideado.

Si existe un manual que detalle cómo preparar con éxito una cata de ginebras, sin duda en Brockmans tienen la única copia guardada bajo las más modernas medidas de seguridad. Apuntaremos aquí que es cierta la historia que asegura que el directivo que propuso protegerlo siguiendo el absurdo método de dejarlo donde nadie se esperaría encontrarlo —es decir, en el lugar más conspicuo de la sede de Brockmans en Lutidine House, Ripley, Surrey GU23 6BS—, fue despedido sin indemnización y ahora suspira por un voluntariado en el sótano más oscuro de las oficinas de Larios. En dicho manual, dado que todo el mundo conoce de un modo u otro que la ginebra por sí misma es un licor de sabor repugnante, los primeros capítulos están enteramente dedicados a la creación de una ciencia olfativa que sirva de apoyo a “una experiencia aromática, única y original”. El golpe de genialidad que experimentamos aquí lo personifica Alexander Schmitt, creador de perfumes y experto en aromas vinícolas según reza su tarjeta de visita, que cualquier coleccionista guardará entre sus trofeos más preciados, quien se encargará de manejar la sesión como una suerte de médium entre nuestras narices y el fascinante mundo de los olores exóticos. Para ello, Alexander, que viste de un modo tan impoluto que nuestros cornetes y meatos ya pueden apreciar su acento francés antes de que comience a hablar, se sitúa en un extremo de una mesa en U a la que los asistentes se sientan no sin antes haber luchado por los asientos más alejados de la cabecera, pues hay miedos atávicos que nunca se lograrán vencer, y el pavor a la exposición en primera línea de una aula es uno de los más potentes. Allí situado, bajo el apropiadísimo techo versallesco de la sala de juntas del Hotel Catalonia en el que nos encontramos, y en el que los asistentes díscolos, ya imbuidos en el espíritu escolar que le invade a uno siempre que se le entrega un folleto en el que figura la palabra “seminario” en el título y se le sienta a esperar las órdenes de un tutor, empiezan a buscar referencias eróticas que se puedan compartir con el compañero de al lado, Monsieur Schmitt pone orden entre las decenas de frasquitos monodosis que se agrupan desordenadamente a su alcance, y que si bien nadie duda de que contienen aromas destilados desconocidos para cualquier persona normal, no dejan de dar la impresión de formar un ingrediente esencial de un consejo de administración consagrado a la difusión del mal y presidido por un mandatario politoxicómano. En este caso Alexander, que además, para reforzar esa impresión, y vista la laxitud que en cuanto a etiqueta van demostrando los asistentes al curso según van llegando, cada uno más vulgar que el anterior, se quita la chaqueta y se remanga el brazo izquierdo hasta la altura del codo.

Antes de entrar en materia, estalla la habitual batalla de hashtags de la que toda reunión de adultos con ínfulas 2.0 es testigo, y que en este caso alcanza niveles post-apocalípticos cuando Ken, una especie de muñeco de Mattel hipertrofiado que ya desde los primeros instantes se ha dedicado a repartir tarjetas y a declamar en un tono innecesariamente alto que él mismo organiza unas catas de ginebras que podrían lograr sin mucho esfuerzo la resurrección de la mismísima Reina Madre, ve que su propuesta de #brockmansgintonics puede verse amenazada por la más oficial #encuentrosbybrockmans. No podemos dar testimonio del desenlace, pues los redactores de esta publicación, haciendo gala de una ausencia de valor con pocas equivalencias en la historia del periodismo moderno, se dedicaron a intercambiar entre ellos notitas sin sentido, atarse los zapatos aunque no tuvieran cordones, buscar pañuelos kleenex usados en bolsillos de complicadísimo acceso, y otra serie de maniobras más o menos disimuladas que tenían como único propósito el no verse obligados a tomar partido al respecto. Pero ya desde el principio quedan definidos dos bandos, uno de ellos liderado por Ken y su mano derecha, en este caso sentado a su izquierda, de cuyas virtudes morales da fe el nudo de su corbata, que resulta ser notablemente más grande que su cabeza. Llegará un momento de la conferencia en el que quedará claro que Ken y el Doctor Maligno forman parte de una intriga muy bien definida, y no tardarán en derrocar al señor Schmitt como guía de la sesión de olfatismo y pasar a presentar ellos mismos su propio Plan de Negocio, muy detallado, incluso con sus respectivas diapositivas de Misión y Visión, destinado a desarrollar una aplicación nativa para el iPhone que reproduzca fielmente toda esta experiencia olfativa. Pero todo eso ocurrirá más tarde. Mientras tanto Alexander Schmitt extiende los brazos hacia todos nosotros, levanta la cabeza con algo que parece ser dignidad, pero que sin duda es algo más que escapa a nuestra percepción, abre un poquito la boca, al modo francés, y exclama, casi recitando: “¡vamos a oler juntos!”.

Una sesión de olfatismo consiste en distribuir una serie de palotes planos humedecidos en los aromas destilados contenidos en los frasquitos que anteriormente hemos mencionado —y que siguen formando un caos intencionado, de modo que nadie pueda adivinar por su disposición sobre la mesa qué olor nos van pasar a continuación—, bastoncillos que los aspirantes a connoisseurs huelen siguiendo una técnica al parecer innata, pues afortunadamente aún resta algo de sentido común en la sala y nadie se ha molestado en indicarnos cómo se debe oler un palo. La mayoría opta por situarlo debajo de la nariz y juguetear con él mientras se fantasea con poseer un bigote del que la sociedad no le haga a uno avergonzarse, mientras que Ken, que en sí mismo es una idiosincrasia y no ceja en su empeño de demostrar su excepcionalidad, se lo introduce por uno de los orificios nasales, indistintamente el izquierdo o el derecho, hasta alcanzar en unas ocasiones la epiglotis y en otras provocar daños irreversibles en el cerebelo que podrían explicar muchas cosas de las que estamos siendo testigos.

Después los más atrevidos dan su opinión al respecto, generalmente definiendo vagamente las sensaciones que experimentan. Si bien es verdad que la mayoría de los asistentes —entre los que una Cleopatra que ha llegado con algo de retraso y que se ha sentado en el extremo más alejado de la mesa demuestra una habilidad asombrosa para clasificar los olores, y que por tanto podría dar lugar a más de una tesis doctoral que estudiara la relación entre la perfección morfológica de las narices con su agudeza olfativa— se conforman con hacer descripciones bastante vagas de lo que perciben (un trastero húmedo, un estuche de lápices, un cuadro al óleo), el bando kensiano va un paso más allá y da lugar a que se comiencen a apreciar movimientos inquietos entre el resto de la audiencia. Si alguien dice que el palo huele a madera, Ken dirá que a él le recuerda a la madera de cedro. Si uno confiesa percibir el olor a pimienta, Ken afirmará reconocer sin lugar a dudas el aroma a pimienta de Sichuán. Si se trata del limón, especificará que es limón verde. Y si a un determinado cronista se le ocurre decir, y a ver qué pasa, que él lo que tiene clarísimo es que el palo le huele a pis de gato, Ken llegará un poco más lejos y sostendrá, mientras lucha por sacarse el palo de las narices, que el gato es siamés.

Así, olfateando palitroques y debatiendo sobre las diferencias entre la menta y el mentol (no tienen nada que ver), solventando las diferencias que pueda haber entre la resina y la savia (finalmente no queda claro); contemplando padres y madres de familia que afirman saber a qué huele el coriandro y que se refieren a “la vodka” una y otra vez, de modo que no puede tratarse de un accidente o de un error; fingiendo sentir interés en seguir una disertación sobre la verticalidad del limón y el carácter más redondeado de la lima que deriva en una lección de química orgánica de la que sacamos en claro que la molécula trans-2 cis-6 nonadienal es la responsable de la nota vegetal a pepino; haciendo todas estas cosas y además siendo testigos de cómo personas con una estado mental aparentemente sano preguntan sobre la influencia de la copa en el sabor de la ginebra, se preocupan sobre las maldades de amargor (“el amargor es muy peligroso”) y toman fotos de un vaso de ginebra, es decir de un vaso sin ninguna característica destacable que contiene un líquido incoloro que podría ser agua y tendría el mismo interés fotográfico, llegamos a la conclusión, en un instante que más tarde reconoceremos como una epifanía, de que se dan muy pocas ocasiones en la vida de un hombre recto y de principios católicos en las que sea apropiado ponerse en pie, sacarse la chorra y golpear fuertemente con ella la mesa de juntas, aun a riesgo de sufrir daños irreversibles, al tiempo que se exclama mirando fijamente a la nada y mordiéndose el labio superior: “¡a bergamota!”. Hay un momento de complicidad entre los redactores de Jot Down que no hace falta expresar con palabras, sino mediante miradas rápidas, guiños sincopados y otras manifestaciones de nerviosismo extremo que hacen evidente que cada uno sabe lo que piensa el otro. Somos conscientes de estar muy cerca de dar un paso irreversible. Es entonces cuando Ken, que a estas alturas ya presenta claros síntomas de necesitar una rinoplastia que no está al alcance de cualquier especialista, pregunta con entusiasmo:

—¿Vamos a oler el enebro?

Y, zas, ya está.

Y ahora, ¿quién va a salvar al periodismo?¿Eh?¿Quién? ¿Quién?

Yolanda Gándara: En defensa de la ortografía


La última edición de la Ortografía de la lengua española (2010) ha generado reacciones en contra por parte de muchos usuarios e incluso por alguno de los propios académicos. Jot Down, sin ir más lejos, publicaba un artículo de nuestro estimado compañero Manuel de Lorenzo, con gran aceptación y asentimiento por parte de los lectores, en el que arremetía contra la RAE, la Ortografía y la ortografía mediante juicios infundados como quedará demostrado más adelante. La intención de este artículo no es otra que la de equilibrar la balanza editorial a favor de la cordura con un análisis de los aspectos más controvertidos de esta última edición.

Antes de entrar en este tema es necesario hacer algunas reflexiones sobre la propia institución. Se ha tachado a la Academia de inquieta y permisiva, de no parar de cambiar los muebles de sitio y de aceptar “cualquier deformación”, esta acusación se podría desestimar por el simple hecho de no aportar ninguna prueba, pero es cierto que desde mediados del siglo pasado la RAE ha sufrido un proceso de modernización y apertura, alejándose en algunos aspectos de aquella academia dogmática que algunos añoran. No tengo datos suficientes para estimar el grado de “relajación” experimentado ni creo que sea oportuno retrotraerse a aquellos tiempos, pero, en lo que se refiere al momento actual, los cambios introducidos atienden a criterios lingüísticos conservadores, es decir, intentando preservar la unidad y la esencia del español y no al contrario. El hecho de introducir nuevos términos no es síntoma de tolerancia, es algo inevitable por la continua producción y renovación de una lengua viva, y cuando se produce se busca siempre la fórmula más ajustada a los parámetros del español, como así lo demuestra el tratamiento de préstamos y neologismos o la propia Ortografía cuyas novedades atienden a criterios lingüísticos unificadores, ejerciendo su labor de “fijar”, pero en ningún caso son cesiones al uso.

El mayor foco de críticas hacia la Academia, o al menos el que tiene mejor altavoz, proviene de los académicos escritores. Se produce la paradoja de que los filólogos son minoría entre los académicos de número; este hecho en sí no es negativo, puesto que el estudio de una lengua está implicado en otras áreas como la literatura, la ciencia, la sociología y demás campos representados en las distintas comisiones. El problema surge cuando, quien teniendo sus palabras mayor repercusión mediática que la de cualquier entregado lingüista, arremete contra el trabajo consensuado desde una disidencia incomprensible. Dice Arturo Pérez-Reverte, y tomo sus palabras por ser la bandera en las que muchos se han envuelto:

“Se revisen o no se revisen algunas de las modificaciones de la nueva Ortografía de la lengua española, yo como escritor y académico seguiré escribiendo ‘guión’, ‘truhán’ y ‘sólo’ con acento cuando sea necesario, porque por encima de cualquier norma técnica, la ortografía, la gramática, son herramientas al servicio de la expresión, así que como escritor necesito esas herramientas y no puede ser que un técnico me las imponga a mí, sino al contrario, debe ser el técnico quien escuche a aquellos que usamos las herramientas”.

Me pregunto si los que se apuntan a su causa pretenden que el fondo documental de la Academia proceda solo de la obra de D. Arturo —con el riesgo de que acabemos hablando como Alatriste por decreto—, que sancione normas según las necesidades de todos los escritores o que esté plenamente compuesta por escritores. La RAE tiene en consideración obras literarias, prensa y otros tipos de textos, además de registros orales y, por supuesto, criterios filológicos para estudiar y dotar de normativa la lengua. Es decir, el material con el que se trabaja abarca distintos campos y registros, esto permite un estudio amplio a distintos niveles y parece más razonable que enfocar el estudio en obras literarias. Las herramientas del idioma las usamos todos y a todos nos debería escuchar la Academia según el razonamiento de Pérez-Reverte. De hecho, así lo hace, la Ortografía objeto de polémica ha tenido en cuenta la experiencia del servicio de consultas; así mismo, la Unidad Interactiva del DRAE ha atendido en un año 266 de las 288 propuestas recibidas por los usuarios, considerando procedentes 97. Lo que se antoja difícil es atender argumentos tan infantiles como “a mí me lo enseñaron así” (Manuel de Lope) o los de Arturo Pérez-Reverte que parecen responder a una necesidad íntima trascendental. Pensar que la ortografía o la gramática se aprendieron en su totalidad y de modo infalible en algún momento de la infancia ya es insensato, pero descartar cualquier avance, investigación o corrección posterior no se puede considerar otra cosa que ofuscación. Si se han de plantear revisiones deberían argumentarse con criterios lingüísticos.

Tómense estas palabras de D. Arturo como antídoto a lo anteriormente expuesto:

Hay dos clases de académicos. Unos son los imprescindibles, los maestros: curtidos filólogos, lingüistas, lexicógrafos. Sabios que hacen posible culminar obras como ésta. Generales honorables, en fin, que con su esfuerzo callado y su ciencia pelean en la trinchera viva del español usado por cuatrocientos millones de hispanohablantes. Otros, allí, somos los humildes batidores que hacemos almogavarías y forrajeos en el campo de batalla, regresando con nuestro botín para ayudar en lo que haga falta: escritores, científicos, historiadores, economistas. Reclutas, o casi, en contacto con la calle. La fiel infantería.”

Otro de los académicos que se ha manifestado en contra de las novedades ha sido Javier Marías, sus argumentos se basan en que las tildes permiten conocer la pronunciación de cualquier palabra, principalmente a los extranjeros, cosa que no ocurre con otras lenguas. Esto no es así, la única forma de conocer la pronunciación de una palabra en cualquier idioma y por cualquier hablante es adjuntar su transcripción fonética —en este aspecto sí que se podría recriminar a la Academia la progresiva omisión del AFI— , de hecho así lo hacen los diccionarios más importantes de otras lenguas. Por otra parte, Marías se contradice en su defensa de la correspondencia entre lenguaje oral y escrito al afirmar, hablando ya de la tilde de solo: La posibilidad de seguirles poniendo tildes a estas palabras no es para mí irrelevante. ¿Cómo saber, si no, lo que se está diciendo en la frase “Estaré solo mañana”? En el lenguaje oral no disponemos de tildes y sin embargo somos capaces de hacer saber al camarero que queremos un café solo o solo un café con la sencilla maniobra de anteponer el adverbio y sin tener que recurrir a pedir “un café solo con tilde”.

Vayamos con el análisis de algunas de las novedades que han causado más rechazo y que quedan explicadas en la propia norma:

Eliminación de la tilde diacrítica en el adverbio solo y los pronombres demostrativos incluso en casos de posible ambigüedad

La palabra solo, tanto cuando es adverbio y equivale a solamente (Solo llevaba un par de monedas en el bolsillo) como cuando es adjetivo (No me gusta estar solo), así como los demostrativos este, ese y aquel, con sus femeninos y plurales, funcionen como pronombres (Este es tonto; Quiero aquella) o como determinantes (aquellos tipos, la chica esa), no deben llevar tilde según las reglas generales de acentuación, bien por tratarse de palabras llanas terminadas en vocal o en -s, bien, en el caso de aquel, por ser aguda y acabar en consonante distinta de n o s.

Aun así, las reglas ortográficas anteriores prescribían el uso de tilde diacrítica en el adverbio solo y los pronombres demostrativos para distinguirlos, respectivamente, del adjetivo solo y de los determinantes demostrativos, cuando en un mismo enunciado eran posibles ambas interpretaciones y podían producirse casos de ambigüedad, como en los ejemplos siguientes: Trabaja sólo los domingos [= ‘trabaja solamente los domingos’], para evitar su confusión con Trabaja solo los domingos [= ‘trabaja sin compañía los domingos’]; o ¿Por qué compraron aquéllos libros usados? (aquéllos es el sujeto de la oración), frente a ¿Por qué compraron aquellos libros usados? (el sujeto de esta oración no está expreso y aquellos acompaña al sustantivo libros).

Sin embargo, ese empleo tradicional de la tilde en el adverbio solo y los pronombres demostrativos no cumple el requisito fundamental que justifica el uso de la tilde diacrítica, que es el de oponer palabras tónicas o acentuadas a palabras átonas o inacentuadas formalmente idénticas, ya que tanto solo como los demostrativos son siempre palabras tónicas en cualquiera de sus funciones. Por eso, a partir de ahora se podrá prescindir de la tilde en estas formas incluso en casos de ambigüedad. La recomendación general es, pues, no tildar nunca estas palabras.

Las posibles ambigüedades pueden resolverse casi siempre por el propio contexto comunicativo (lingüístico o extralingüístico), en función del cual solo suele ser admisible una de las dos opciones interpretativas. Los casos reales en los que se produce una ambigüedad que el contexto comunicativo no es capaz de despejar son raros y rebuscados, y siempre pueden evitarse por otros medios, como el empleo de sinónimos (solamente o únicamente, en el caso del adverbio solo), una puntuación adecuada, la inclusión de algún elemento que impida el doble sentido o un cambio en el orden de palabras que fuerce una única interpretación.

Consideraciones:

Hay que señalar que esta regla afecta a poquísimos casos: cuando hay riesgo de anfibología. Desde 1959 las normas indicaban que solo solamente llevara tilde en caso de ambigüedad; en cuanto a los pronombres demostrativos, recomendaba también reservar la tilde para este caso. Sin embargo, y a pesar de haber transcurrido más de cincuenta años, es habitual ver la tilde en el adverbio solo siempre, aun sin que haya ambigüedad —incluidos textos de Arturo Pérez-Reverte, que al parecer lleva rebelándose contra la Academia la práctica totalidad de su vida—. Con la consideración, además, por parte de algunos de los que hacen este mal uso, de ser un signo de distinción de su saber, según pudimos ver en declaraciones en el artículo de Manuel de Lorenzo y comentarios. Lejos de cualquier utilidad diacrítica, la intención parece ser la de hacer análisis morfológico y marcar pronombres y adverbio por si el que los lee no los conociera, actitud caritativa muy loable pero sin ningún sentido desde el punto de vista ortográfico. Si los “tildantes” compulsivos desean proseguir con esta absurda tarea al menos sería aconsejable que no tilden al resto de “necios” o “analfabetos”. En lo que se refiere al caso que nos atañe, cuando sí hay ambigüedad, vemos de nuevo que es una recomendación, que el cambio se ha producido paulatinamente a lo largo de más de medio siglo y que, como decíamos, afecta a poquísimos casos. La recomendación de resolver la ambigüedad con una palabra tan melodiosa y tan poco aprovechada como solamente me parece especialmente plausible, tanto desde el punto de vista estético como lingüístico, y podría ser la solución para los adictos a la tilde antes de que llegue el día final. La improcedencia de deshacer ambigüedades con signos gráficos queda demostrada en el lenguaje oral.

Propuesta de un solo nombre para cada una de las letras del abecedario

Algunas de las letras tienen varios nombres con tradición y vigencia en diferentes zonas del ámbito hispánico. La nueva edición de la ortografía, sin ánimo de interferir en la libertad de cada hablante o país de seguir utilizando el nombre al que esté habituado, pretende promover hacia el futuro un proceso de convergencia en la manera de referirse a las letras del abecedario, razón por la que recomienda, para cada una de ellas, una denominación única común.

/…

    • La letra y se denomina i griega o ye. El nombre i griega, heredado del latino,es la denominación tradicional y más extendida de esta letra, y refleja su origen y su empleo inicial en préstamos del griego. El nombre ye se creó en la segunda mitad del siglo xix por aplicación del patrón denominativo que siguen la mayoría de las consonantes, que consiste en añadir la vocal e a la letra correspondiente (be, ce, de, etc.). La elección de ye como nombre recomendado para esta letra se justifica por su simplicidad, ya que se diferencia, sin necesidad de especificadores, del nombre de la letra i.
    • La letra i, cuyo nombre es i, recibe también la denominación de i latina para distinguirla de la letra y cuando para esta última se emplea la denominación tradicional de i griega.

Consideraciones:

Como podemos observar, no se trata de una imposición y se señala la intención de no interferir en la libertad del hablante, sino de promover un proceso de convergencia. Siendo una recomendación y reconociendo que la propuesta de un alfabeto unificado es conveniente y necesaria a efectos prácticos, no parece apropiado oponerse sino desear que prospere el uso.

Equiparación en el tratamiento ortográfico de extranjerismos y latinismos, incluidas las locuciones

En la nueva ortografía se da cuenta de las normas que deben seguirse cuando se emplean en textos españoles palabras o expresiones pertenecientes a otras lenguas, siendo la principal novedad en este sentido la equiparación en el tratamiento ortográfico de todos los préstamos (voces o expresiones de otras lenguas que se incorporan al caudal léxico del español), con independencia de que procedan de lenguas vivas extranjeras (extranjerismos) o se trate de voces o expresiones latinas (latinismos).

De acuerdo con estas normas, los extranjerismos y latinismos crudos o no adaptados —aquellos que se utilizan con su grafía y pronunciación originarias y presentan rasgos gráfico-fonológicos ajenos a la ortografía del español— deben escribirse en los textos españoles con algún tipo de marca gráfica que indique su carácter foráneo, preferentemente en letra cursiva, o bien entre comillas. En cambio, los extranjerismos y latinismos adaptados —aquellos que no presentan problemas de adecuación a la ortografía española o que han modificado su grafía o su pronunciación originarias para adecuarse a las convenciones gráfico-fonológicas de nuestra lengua— se escriben sin ningún tipo de resalte y se someten a las reglas de acentuación gráfica del español:

Me encanta el ballet clásico / Me encanta el balé clásico.
Juego al paddle todos los domingos / Juego al pádel todos los domingos
La reunión se suspendió por falta de quorum / La reunión se suspendió por falta de cuórum.

Así pues, según la nueva ortografía, y tal como ilustra el último ejemplo, los préstamos del latín solo se escribirán en letra redonda y con sometimiento a las reglas de acentuación gráfica del español cuando estén completamente adaptados a nuestro sistema ortográfico, al igual que se hace con los préstamos de otros idiomas.

Consideraciones:

El texto es más amplio, incluye normas sobre locuciones, y está relacionado con el epígrafe en el que se detalla la sustitución de la q etimológica en latinismos y extranjerismos adaptados. En definitiva, se pretende homogeneizar criterios para el uso de términos foráneos no adaptados, pudiendo elegir entre la forma adaptada o la forma originaria resaltada. Ni es una restricción ni supone una novedad de criterio. En cuanto a la adaptación de topónimos —comento aquí para no extenderme en exceso en una cuestión tan simple— es algo inevitable por la existencia de otros sistemas de escritura o fonéticos.

Eliminación de la tilde en palabras con diptongos o triptongos ortográficos: guion, truhan, fie, liais, etc.

Para poder aplicar con propiedad las reglas de acentuación gráfica del español es necesario determinar previamente la división de las palabras en sílabas. Y para dividir silábicamente las palabras que contienen secuencias de vocales es preciso saber si dichas vocales se articulan dentro de la misma sílaba, como diptongos o triptongos (vais, o.pioi.de), o en sílabas distintas, como hiatos (lí.ne.a, ta.o.ís.ta).

Al no existir uniformidad entre los hispanohablantes en la manera de articular muchas secuencias vocálicas, ya que a menudo, incluso tratándose de las mismas palabras, unos hablantes pronuncian las vocales contiguas dentro de la misma sílaba y otros en sílabas distintas, la ortografía académica estableció ya en 1999 una serie de convenciones para fijar qué combinaciones vocálicas deben considerarse siempre diptongos o triptongos y cuáles siempre hiatos a la hora de aplicar las reglas de acentuación gráfica, con el fin de garantizar la unidad en la representación escrita de las voces que contienen este tipo de secuencias.

De acuerdo con dichas convenciones, y con independencia de cuál sea su articulación real en palabras concretas, se consideran siempre diptongos a efectos ortográficos las combinaciones siguientes:

    1. Vocal abierta (/a/, /e/, /o/) seguida o precedida de vocal cerrada átona (/i/, /u/): estabais, confiar, diario, afeitar, viento, pie, doy, guion, aunar, acuario,actuado,reunir,sueño,estadounidense, antiguo.
    2. Dos vocales cerradas distintas (/i/, /u/): triunfo, incluido, diurno, huir, viuda, ruido.

Del mismo modo, se consideran siempre triptongos a efectos ortográficos las secuencias constituidas por una vocal abierta entre dos vocales cerradas átonas: confiáis,actuáis, puntuéis, guau.

Como consecuencia de la aplicación de estas convenciones, un grupo limitado de palabras que tradicionalmente se habían escrito con tilde por resultar bisílabas (además de ser agudas terminadas en -n, -s o vocal) en la pronunciación de buena parte de los hispanohablantes —los que articulan con hiato las combinaciones vocálicas que contienen— pasan a considerarse monosílabas a efectos de acentuación gráfica, conforme a su pronunciación real por otra gran parte de los hispanohablantes —los que articulan esas mismas combinaciones como diptongos o triptongos—, y a escribirse, por ello, sin tilde, ya que los monosílabos no se acentúan gráficamente, salvo los que llevan tilde diacrítica.

Las palabras afectadas por este cambio son formas verbales como crie, crio (pron.[krié], [krió]), criais, crieis y las de voseo crias,cria (pron. [kriás], [kriá]), de criar; fie, fio (pron.[fié], [fió]), fiais, fieis y las de voseo fias,fia (pron. [fiás], [fiá]), de fiar; flui, fluis (de fluir); frio (pron.[frió]), friais, de freír; frui, fruis (de fruir); guie, guio (pron. [gié], [gió]), guiais, guieis y las de voseo guias,guia (pron. [giás], [giá]), de guiar; hui, huis (de huir); lie, lio (pron. [lié], [lió]), liais, lieis y las de voseo lias,lia (pron. [liás], [liá]), de liar; pie, pio (pron. [pié], [pió]), piais, pieis y las de voseo pias,pia (pron. [piás], [piá]), de piar; rio (pron.[rió]), riais, de reír; sustantivos como guion, ion, muon, pion, prion, ruan y truhan; y ciertos nombres propios, como Ruan y Sion.

Aunque la ortografía de 1999, donde se establecieron las citadas convenciones, prescribía ya la escritura sin tilde de estas palabras, admitía que los hablantes que las pronunciasen como bisílabas pudiesen seguir acentuándolas gráficamente. En cambio, a partir de la edición de 2010 se suprime dicha opción, que quiebra el principio de unidad ortográfica, de modo que las palabras que pasan a considerarse monosílabas por contener este tipo de diptongos o triptongos ortográficos deben escribirse ahora obligatoriamente sin tilde.

Esta convención es solo ortográfica, por lo que no implica, en modo alguno, que los hablantes deban cambiar la manera en que pronuncian naturalmente estas voces, sea con hiato o con diptongo.

Consideraciones:

En la explicación de este epígrafe puede interpretarse que la norma se adapta al uso de un grupo de hablantes y que la anterior a 1999 se adaptaba al de otro grupo de hablantes, cuando en realidad la norma actual se atiene al concepto ortográfico de diptongo y triptongo independientemente del uso hablado.

El comportamiento fonético de los grupos vocálicos ha ocupado tantas páginas que es imposible hacer aquí siquiera un resumen —ni se pretende, pues no afecta al caso—, pero algunos breves apuntes ayudan a entender la complejidad de establecer división entre sílabas en virtud de la pronunciación. En primer lugar, la percepción por parte del hablante se ve afectada por la escritura, de modo que la forma en que ve escrito un grupo vocálico tradicionalmente influye en la apreciación de una o dos sílabas, independientemente de cómo las pronuncie. Así pues, hablantes habituados a escribir vio percibirían un monosílabo con mayor frecuencia que los habituados a escribir [vió]. Por otra parte, el mismo grupo vocálico puede articularse como hiato o como diptongo no solo por distintas personas, sino por la misma persona dependiendo de la posición en la palabra, del cuidado en la pronunciación y de un sinfín de factores.

La buena noticia es que la diversidad en la pronunciación no afecta a la consideración de diptongos y triptongos, sino que se recogen unas convenciones a efectos ortográficos. Estas convenciones responden a criterios regulares y eliminan el “privilegio” de algunos grupos vocálicos considerados bisílabos en virtud de su pronunciación por algunos hablantes.

En esta norma encontramos algunos obstáculos: se observa que hay una imposición, establecida además en un periodo más breve y sin que se constate un uso extendido, si acaso testimonial:

Consulta:

guión, en 1999-2004, en todos los medios, en CREA

 Resultado:

803 casos en 412 documentos.

Consulta:

guion, en 1999-2004, en todos los medios, en CREA

 Resultado:

2 casos en 2 documentos.

Notas:

CREA solo facilita datos hasta 2004, por lo cual no se puede saber si a partir de ese año ha proliferado la propuesta de 1999.

Se toma como ejemplo guión/guion por ser el más frecuente entre los términos afectados, sin que ello signifique que otros tengan un comportamiento similar.

La muestra de datos obtenida es obviamente insuficiente, pero, si la aceptación fuera tan reducida realmente, la nueva norma podría provocar una diversificación al enseñarse en los colegios mientras que muchos hablantes persistirían en el uso fuera de la norma. Esto no deja de ser una especulación, puesto que en el caso similar de fue la forma normativa parece admitida mayoritariamente.

Consulta:

fue, en 1999-2004, en todos los medios, en CREA

 Resultado:

50889 casos en 14249 documentos.

Consulta:

fué, en 1999-2004, en todos los medios, en CREA

 Resultado:

100 casos en 36 documentos.

REAL ACADEMIA ESPAÑOLA: Banco de datos (CREA) [en línea]. Corpus de referencia del español actual. [17 de octubre de 2012]

Conclusiones:

La Ortografía es continuista y conservadora. Hay un epígrafe cuestionable, pero en su conjunto es un texto argumentado que da forma a una obra ambiciosa y exhaustiva. Sin embargo, ha generado reacciones tan virulentas como para cuestionar la labor de la Academia en su conjunto. La percepción por parte del hablante del uso de su propia lengua está siempre limitada por cuestiones geográficas, culturales y sociales; esto provoca que cualquier cambio se vea como una agresión a lo establecido cuando atiende a una realidad lingüística global. Responder a todas las necesidades se entiende una tarea difícil, necesariamente polémica y con errores, pero las críticas no pueden surgir desde planteamientos tan íntimos como “no lo había oído nunca” y, sobre todo cuando se publican en medios, deben ser sopesadas.

La Real Academia Española genera muchos temas de debate, tanto lingüísticos como extralingüísticos, que podrían ser objeto de varios artículos más, pero el objetivo de este era la defensa de los puntos más polémicos de la Ortografía y, habiendo superado en 211 el número de palabras en que está previsto que el primer comentarista nos sugiera que abreviemos los textos, dejaremos las polémicas generadas por las entradas “contraculturales” del diccionario para otra ocasión.

 Las citas textuales sobre la Ortografía de la lengua española (2010) están extraídas de la página web de la RAE.

Fotografía: Guadalupe de la Vallina y Gonzalo Merat

Donald Worst: La chusma analfabeta


Chusma”, palabra predilecta de Salvador Sostres, uno de los más vociferantes predicadores del credo neoliberal, procede del sustantivo griego κέλευσμα, que significa la llamada del κελευστής, el que marca el ritmo de los que reman en los barcos: el cómitre. La curiosidad por conocer el origen de las palabras y el gusto por destriparlas para saber qué esconden tras su fachada no es una excentricidad propia de filólogos enloquecidos entre montañas de libros polvorientos sino una actitud habitual entre quienes constatan que el lenguaje articulado nos singulariza como especie. El lenguaje es el instrumento necesario del razonamiento (que es lo que significa λóγος, además de palabra), y las carencias e imprecisiones del uno conllevan las del otro. Cuanto más conozcamos sus entrañas menos vulnerables seremos a las trampas dialécticas y falacias a las que nos vemos expuestos día tras día.

Las tan impropiamente llamadas tertulias que podemos seguir por radio y televisión son un buen ejemplo de cómo la deshonestidad intelectual y el sesgo interesado se ponen al servicio de la confusión. No buscan estimular el diálogo ni la reflexión, sino que calen entre la audiencia una serie de ideas primarias y poco elaboradas, cuando no directamente falsas, que, a fuerza de ser repetidas y dadas por evidentes, pasan a ser dogmas indiscutibles para las personas de más perezoso raciocinio.

De este sórdido mundo en el que el griterío reemplaza al razonamiento y las consignas a los argumentos procede José Ignacio Wert, ministro de educación, cultura y deporte del Reino de España. Sociólogo de formación y con una larga experiencia en empresas de sondeos de opinión y análisis de audiencias (Demoscopia, Sofres), el tertulianismo fue su faceta más pública hasta el momento en que accedió al ministerio. Tal vez por eso se ha significado por un punto de chulería y zafiedad en algunas de sus manifestaciones públicas (ilustrativa en este sentido resultó su defensa de la ampliación en un 20% del número de alumnos por clase por él decretada con el peregrino argumento, que casi rozaba el insulto a la inteligencia, de que favorecería que los niños se relacionaran y socializaran en la escuela), pero a pesar de estos errores de modulación del tono José Ignacio Wert está cumpliendo con el trabajo que le ha sido encomendado. Los sondeos no solo sirven para conocer las tendencias de la opinión pública, sino también para, convenientemente interpretados y publicitados, moldearla. De manera que el perfil del ministro es el idóneo para poner en marcha una serie de medidas que claramente perjudican a una mayoría haciéndolas pasar por beneficiosas además de inevitables, algo para lo que se necesita un perfecto dominio de la neolengua descrita por George Orwell en 1984 y que últimamente parece ser la única hablada en los ministerios.

“La educación es el motor que promueve la competitividad de la economía y el nivel de prosperidad de un país. El nivel educativo de un país determina su capacidad de competir con éxito en la arena internacional y de afrontar los desafíos que se planteen en el futuro. Mejorar el nivel educativo de los ciudadanos supone abrirles las puertas a puestos de trabajo de alta cualificación, lo que representa una apuesta por el crecimiento económico y por conseguir ventajas competitivas en el mercado global”.

Este espeluznante pasaje de torpe altisonancia no es el tríptico de una academia no homologada de marketing por correspondencia, sino el primer párrafo del anteproyecto de la LOMCE, ley orgánica para la mejora de la calidad educativa. Estas seis líneas son como la obertura de una ópera en la que se entonan, resumidas, las principales melodías que irán sonando a lo largo de la representación. Se nos escupe ex abrupto una definición de educación cuando menos desconcertante, que solo menciona vagos procesos económicos, a los que se supedita, y obvia a los ciudadanos como sujetos autónomos más allá de su función como peones de esos procesos; peor es todavía el subtexto, pues tal declaración de principios implica tácitamente que el legislador asume el sistema económico actual no ya como inevitable, sino como una especie de estado natural de las cosas. Sobreentendido este engendro como axioma, ya no nos puede sorprender nada del desfile de horrores que se desencadena en las páginas subsiguientes, que más parecen un manual de motivación empresarial que una ley orgánica de la que va a depender el futuro de una generación. La gestión de la educación pública basada exclusivamente en criterios de rentabilidad y el fomento de la arbitrariedad como herramienta de sumisión en la gestión de los recursos humanos son solo dos ejemplos de lo que nos espera, la preparación para la traca final que será la concreción de los planes de estudio curso por curso. Ahí es donde se consuma la reducción a la mínima expresión de las enseñanzas artísticas y musicales en la etapa obligatoria, dando prioridad a lo que el ministro llama “materias instrumentales”, se elimina de un plumazo la cultura clásica y, ya en el bachillerato, se sacrifica cruentamente el griego clásico que pasa de ser una materia troncal en la modalidad de humanidades a ser una optativa de oferta no obligatoria, lo que traducido de la neolengua al castellano significa que, por la mera aplicación de los criterios de rentabilidad que impregnan la ley, no se va a cursar en prácticamente ninguna parte.

No hace mucho que José Ignacio Wert se apareció en TVE precisamente para darnos una clase práctica de neolengua. En su disertación nos alertó sobre las exageraciones difundidas acerca de sus medidas de ajuste, que no eran recortes sino “medidas de eficiencia”, y nos instruyó sobre los correctos términos en que debe plantearse el debate con estas sabias palabras: “yo creo que una discusión sobre un aspecto tan medular en una sociedad como es la educación lo primero que tiene que hacer es ser riguroso con los datos”. Esta frase fue, si dejamos de lado los horrisonantes anacolutos que la adornan, el momento cumbre de la lección. Requisito indispensable para un hablante de neolengua con competencia nativa ha de ser la incapacidad para el rubor, y aquí nuestro ministro obtuvo la summa cum laude. Ni su reciente comparación de las 79 universidades españolas con las 10 de California que en realidad son casi 130, ni su justificación de la supresión de la asignatura de educación para la ciudadanía citando como ejemplo de sectarismo y adoctrinamiento un libro que ni era de texto ni tenía nada que ver con el curriculum de la materia, provocaron el más mínimo temblor en su semblante ni el menor asomo de rubor en sus mejillas, sino que prosiguió impertérrito con su discurso de encantador de serpientes hasta que terminó la entrevista. Tan impertérrito como Salvador Sostres cuando siente la necesidad, día sí y día también, de hacer partícipes a sus lectores de su monolítica visión del mundo, un mundo de chusma desagradecida que vive de parasitar a unas elites que lo son porque se lo merecen. José Ignacio Wert está trabajando para poner en su lugar a esta chusma, porque qué duda cabe de que será mucho más manejable cuando, olvidado el griego, pierda la conciencia de ser la que está remando en la galera.

Ricardo J.G.: Cosas que hacer en Huesca cuando el papel está muerto


Se celebró el XIII Congreso de Periodismo Digital en Huesca y algo aprendimos. Por ejemplo, que a un nativo te lo metes en el bolsillo y te abraza como a un hermano si lo llamas fato mientras tejes burlas a costa de los almendrones. Que la cantidad de periodistas que pueden abalanzarse sobre la mesa de los canapés es inversamente proporcional al número de los que se han hecho fuertes en la de la bebida. O que el siglo XXI es una carrera al puro sprint donde lo que cuenta es no interrumpir al lector su frenético ritmo de vida y debemos aprender a adaptarnos al teletipo para que no tropiece ante un ladrillo. Y que mientras aceleramos a su ritmo no perdamos la calidad por el camino. Se me antoja complicado, pero afortunadamente nosotros no acudíamos allí a encontrar la fórmula. Entre varias acertadas afirmaciones que no desgranaré, ya que otros lo hicieron mejor y además no lo recuerdo porque todo esto sucedió hace seis días, decía Maurizio Carlotti que nadie dispone hoy de tiempo ni ganas para sentarse a leer una novela de 500 páginas. Que se lo expliquen a los fans de George R. R. Martin. Capitular ante los expertos en marketing de la gran ciudad conduce a olvidar en el camino a un número significativo de personas dispuestas a perder su tiempo por el mero placer de leer con pausa. Y reivindicar ese placer, el de la vida lenta de quien se detiene un momento apartado del huracán vital y mediático era nuestro objetivo. Ignoro si lo logramos, pues sabe Dios qué nubló el entendimiento de la Dirección de esta revista para enviar allí a hacer proselitismo a un sujeto cuya única experiencia en discursos frente a un público atento se limita a un par de juicios en su tierna juventud, cuando lo que consideraba un mero divertimento inocente, la sociedad —siempre al acecho— lo tomó como algo discutible por la vía penal.

Fui arrojado allí para debatir sobre el periodismo digital, que es lo mismo que decir periodismo en Internet. A mí eso me suena a una suerte de inversión de valores. Si antes tropezabas con los anuncios de relax mientras hojeabas indolentemente las páginas de papel, ahora en mitad de unos tocamientos torpes inmerso en los rincones turbios de la red puedes verte asaltado por un demencial titular de La Gaceta. El futuro era esto.

Algo aprendimos, decía. Durante la ponencia que nos tocó afrontar, en torno al valor de la marca, Gumersindo Lafuente daba por muerto el periodismo en su soporte clásico. “Yo no estoy aquí para alargar la agonía del papel”, contestaba en el turno de preguntas. Dejaba así en una posición incómoda a este recién llegado, quien de inmediato tuvo que enfrentarse a las astutas preguntas de la moderadora, Beatriz Navarro. ¿Es una provocación, entonces, que un medio recién nacido y que funciona en Internet afirme tener la intención de editarse en formato analógico? En aquellos momentos me resultó incómodo revelar cuál es nuestro plan, pues a medio plazo no es otro que dominar el mundo y a corto averiguar dónde estaban los baños. Minutos antes me había visto precipitado sobre el escenario ya con grandes necesidades a causa de un grave problema médico: no disponer de un juego extra de riñones capaz de procesar cuanto habíamos bebido esos días. Agua, fundamentalmente.

No se trata de ninguna provocación, no hay entre nosotros un afán impostado de nadar contra la corriente. Hay, sí, ese minúsculo romanticismo de quien disfruta con el tacto de las cosas construidas palabra sobre palabra, y acerca siempre la nariz para olerlas como a ciertos pliegues que se esconden en otro cuerpo. Y lo hace todo a veces más real, y casi siempre más humano. Hay una irreductible esperanza en que existen fórmulas para llevar a cabo lo que cualquier contable tacharía de locura. En poco más de un mes, con nuestro primer número impreso, lo comprobaremos. Y tampoco pretendimos nunca desconcertar a nadie con tanta escritura extensa, y por lo visto, pasada de moda, como si de una estrategia para llamar la atención se tratara. Por no saber cómo se hacen las cosas las hicimos como quisimos. Porque pensamos, sabemos, que muchos aún entienden la mutua ofrenda de hacerse escribir y dejarse leer como un juego en el que si ambos sujetos se encuentran con pasión no existe texto inabarcable. Todas estas profundas reflexiones rumiaba yo mientras me meaba vivo y luchaba contra la gran tentación que asalta a cualquiera que se encuentre frente a un público y con un micrófono a mano: acometer una versión de My Way que dejara a Sid Vicious con el pelo liso.

Algo aprendimos, sí, sobre todo de la intervención de Soledad Gallego-Díaz. Pero no nos toca a estas alturas glosarlo, y bastante impaciente estará ya el lector que hasta aquí llegó leyendo cuando había entrado en Jot Down ciñéndose el gorro de pensar a sangre con la intención de asomarse a un profundo texto de estupenda narrativa. Aprendimos tanto que hasta alguno averiguó que a partir de las doce del mediodía ya se dan las buenas tardes. Solo resta añadir que, para no desconcertar a nadie, cuando toque recoger nuestro merecido Nobel a la chorrología, en la entrega será mejor limitarse a un “hey, qué pasa”.

Yolanda Gándara: Las gallinejas son cordero


Gallinejas Embajadores
Embajadores, 84. Madrid

Sirva el título como humilde homenaje al inolvidable gag de Faemino y Cansado, como observación necesaria por si el nombre de este insólito manjar despistara al neófito y como fórmula concisa para expresar  la intensidad sensorial que proporciona degustar cordero de forma intrínseca y visceral. Un sabor que inspira la esencia  de todas las ovejitas que al ser contadas provocaran el sueño de la razón.

Las gallinejas son el intestino delgado del cordero y los entresijos, que se preparan junto con la gallineja o por separado, el mesenterio. Se fríen en su propia grasa, que es muy abundante y solidifica con rapidez. Es preceptivo comerlos calientes, muy hechos y siendo de cordero lechal. En las freidurías en las que se sirven se ofrecen otros platos de casquería, así como la guarnición ineludible de patatas fritas en sebo. Se consumen, al menos preparados de esta forma, casi exclusivamente en Madrid y suelen producir repulsión en los foráneos, como ocurre con tantos alimentos tabú que, por distintos mecanismos culturales y psicológicos, son rechazados en un lugar y considerados un manjar en otro, formando un curioso mapa mundial de distinciones culinarias en el que podemos encontrar platos confeccionados con estómago de oveja, intestino cocinado conteniendo la primera leche materna, puré de pulmón, brochetas de corazones, patas de pollo o pato y casi cualquier componente de cualquier animal. En Madrid, además de las gallinejas, manejamos otros tabúes como la oreja, los callos o, en otros tiempos, los pajaritos fritos, cuyo consumo comercial está prohibido en la actualidad.

La idea de escribir una entrada en Jot Down sobre este plato típico no surgió con el ánimo de hacer apología de las tradiciones locales.  Esta ciudad se caracteriza  por deshacerse de sus costumbres sin traumas —si donde antes se freían tripas ahora crece un McDonald´s, bienvenido sea— y es esta una actitud que nosotros consideramos loable. Carecemos de tesón para andar reivindicando formas de colesterol autóctonas. Nuestra intención no era otra que la de mostrar un plato desconocido para muchos y nauseabundo para otros y de paso despojarnos del sambenito de esnobs de forma categórica.

A pesar de ser sabedores de que cualquier práctica, por muy prosaica y despojada de sofisticación que esta sea,  puede ser presentada como un acto sublime recurriendo al relato glorioso de su ancestral raigambre, a la reseña documentada de su presencia en culturas cuanto más remotas  mejor  y a la ilustración con fotos en blanco y negro, y aún disponiendo de los medios necesarios para ello —conexión a Internet y una cámara  fotográfica— hemos preferido relatar honestamente nuestra frustrante experiencia.

Para enfrentarnos a este reto elegimos el local más popular de los pocos que quedan en Madrid dedicados a la fritura de vísceras en general e intestinos en particular. Si alguien quisiera superar nuestra aventura al más puro estilo Jackass puede probar también los bocadillos de gallinejas y entresijos que se venden en los puestos de la feria de San Isidro.

El local luce en la fachada un cartel bien visible que alerta de que lo que allí se sirve no es cualquier cosa, sino “PLATO TÍPICO DE MADRID”, cebo irresistible para el turista ávido de folclore. El interior goza de una decoración sencilla —sospechamos que la que permite la emisión continuada de partículas de grasa—, con el típico friso de azulejo, las clásicas mesas de mármol y el característico tono ocre generalizado de cualquier local rancio que se precie. En la entrada una vitrina muestra parte del género fresco, detalle que, sí bien haría salivar a cualquier paseante de Walking Dead, nosotros consideramos  de una crudeza gratuita; la cocina está situada en el centro y  es prácticamente diáfana, hecho este que suponemos refuerza la confianza del cliente al poder comprobar sin tapujos que el chef está cocinando intestinos de procedencia animal en sebo hirviendo. El suelo presenta una fina capa resbaladiza y los camareros atienden con presteza, no descartamos que ambos hechos estén relacionados. La carta consiste en una sencilla y breve lista de raciones de distintos órganos cuyo precio no supera en ningún caso los 9 euros. Preguntamos expectantes por  los “pitos picantes” con la convicción de que en un sitio en el que se ofrece filete de ubre dos renglones más abajo no se han de andar con metáforas,  sufrimos nuestra primera decepción cuando nos dijeron que son rollitos de pierna de cordero picada.  Pedimos una de gallinejas, una de entresijos, una de mollejas y una de patatas para tocar los palos más populares. Lo sirven todo junto en un sartén formando un compuesto difícil de  desentrañar. “Desentrañar”, ojo al retruécano.

Degustamos el festín con prudencia mientras el local se iba llenando paulatinamente de señoras y señores. Este hecho sirvió para iniciar un tema de conversación sobre antropología cotidiana: el olor a señora. Olor que en esos momentos invadía el local mezclándose con el olor a cordero ya imbuido en nuestra pituitaria. ¿Hay un único perfume que usan todas las señoras o todos los perfumes adquieren ese aroma al entrar en contacto con una señora? En estas cavilaciones andábamos entretenidos cuando observamos que nuestro menú digestivo —en verdad os decimos que no puede haber plato más digestivo que el lleno de tripas— se estaba solidificando sin que hubiera sufrido apenas merma. Pedimos más cervezas  para intentar acabar lo que habíamos ido a hacer allí, pero no reunimos las fuerzas suficientes para seguir masticando esa textura gomosa y degustando ese intenso sabor recental; bajamos los brazos y aceptamos la derrota. Abatidos, contemplamos la sartén medio llena y completamente fraguada, momento en el que alcanzamos la lucidez plena y sentenciamos: esto es ser esnob.

En definitiva, sabiendo que al lector le gustan las conclusiones taxativas porque nos leemos los comentarios y por si queda alguna duda a estas alturas del texto: No. No recomendamos la experiencia. Si se desea probar el sabor es preferible hacerlo con gallinejas y entresijos elaborados con más mimo y de forma casera. Mejor en casa ajena para no impregnar la propia del olor impenitente a cordero.

Abandonamos el local con el firme propósito de tomar el camino de la exquisitez culinaria, las texturas, el maridaje, el concepto… y de momento una hamburguesa, pero quiso el diablo en una de sus mil formas salirnos al paso, y no queremos desaprovechar la ocasión de compartir con nuestros lectores esta serendipia llamada Bar Cristi 2, situado en la misma calle Embajadores. Local que ha de ser por necesidad de clientes habituales porque nos miraron con cierto asombro al entrar. Es en verdad un sitio acogedor en el que se celebran fiestas como “los martes del despecho” y otros eventos que se anunciaban en distintos carteles. Música latina, gente afable… en definitiva, un buen sitio para coronar una noche y en el que habríamos permanecido largo tiempo de no ser porque a la segunda ronda pensamos que a lo mejor las copas llevaban algún tipo de recargo por la categoría del local. No solo no fue así, sino que el encargado del local, que hasta el momento permanecía en un extremo de la barra en actitud vigilante, nos invitó a un licor típico de su tierra. Así  pues, no ha sido en vano nuestro esfuerzo de salir a la calle con el propósito de traeros recomendaciones para vuestros momentos de ocio y esparcimiento.

Ricardo J. G.: El rey de tallarines


Rey de tallarines
C/ San Bernardino 2, Madrid
Teléfono: 915 426 897

Nos han tachado de esnobs, de elitistas, de gafapastas gastronómicos e incluso algún amable lector, evitando rodeos, de imbéciles. Puesto que cualquier intento de rebatir este último adjetivo podría ser utilizado en nuestra contra, me paré a reflexionar cómo hacerlo con los primeros. Una ardua tarea a causa de nuestra condición intelectual tan certeramente expuesta, que al fin desembocó en lo más simple: me voy a comer a un chino. No a un sujeto de dicha nacionalidad, pues su reducido volumen podría dejarme con hambre y sus conocimientos de kung fu con serias secuelas, sino a un restaurante. Esta decisión levantó un alborozo en la redacción comparable al de la presencia de Gallardón en las listas al congreso en el entorno de Esperanza Aguirre, así que uno, ante la perspectiva, no planteó siquiera que el montante colara como dieta. Y más desde que parte del presupuesto se invierte en un equipo de seguridad compuesto por exlegionarios politoxicómanos pero aún operativos que nos protegen desde que un día tuvimos a bien mentar a los heavys en un tono no demasiado amable. Cuál es su función no lo sé, pues la más seria amenaza que la actual cultura heavy puede plantear consiste en que un día te asalte un grupo de melenudos rellenitos y arrojen a tus pies un dado de veinte caras al grito de “¡crítico con mi espada +3!”, para después huir despavoridos si ensayas cualquier gesto que no sea el de estupefacción. Pero supongo que todo lo que genere empleo es positivo.

Para no romper escandalosamente la línea editorial, reunidos de urgencia acordamos dos puntos para que la experiencia deviniera cultural: buscaríamos un restaurante chino de verdad, no una franquicia Gran Muralla de barrio, y llevaríamos bajo el brazo una antología poética de Li Po y Tu Fu, con la esperanza de olvidarlo en algún sitio y dejar de acumular trastos en casa.

De la amplia oferta gastronómica que ofrece Madrid en este tipo de cocina, elegimos uno de los más entrañables: El rey de tallarines.

Equipo de Jot Down adentrándose en las profundidades del restaurante. La imagen puede no corresponderse del todo con la realidad.

Adentrarse en el establecimiento y caer sobre tu alma la revelación de que hasta ahora los chinos te han estafado con la imagen de sus restaurantes es todo uno. Aquí la decoración no abunda en rojos y dorados, farolillos con dragones, budas de cartón piedra y gatos que con la zarpa dan pescozones en un ir y venir infinito. Lo que encontramos son paredes de un gresite distribuido a la manera que hubiera ideado Gaudí de ser constructor de piscinas y adicto a la ketamina, mobiliario desparejado, una máquina tragaperras que irónicamente no sufre las acometidas de un ciudadano oriental y a varias familias comiendo y de aspecto, sí, chino. Esta es la piedra de toque de cualquier restaurante que asegure ofrecer cocina internacional: si acuden nativos, es que es auténtico. El hecho de que estos comensales arrojen miradas torvas hace además sospechar que bajo el local exista un entramado de túneles que dirijan a un templo subterráneo en donde el hechicero Lo Pan planea desposar por las bravas a una mujer de ojos verdes para recuperar su juventud, y por un segundo acariciamos la idea de acudir al rescate, pero el hambre nos frena. Además no queremos perdernos uno de los principales espectáculos que ofrece el restaurante: la elaboración de la masa para los tallarines. Un cocinero diminuto pero de músculos hinchados, vestido con chándal y camiseta sin mangas y con la colilla de un cigarro colgando del labio inferior amasa con fuerza el mejunje sobre un mostrador. Levanta, estira, hace cucamonas y florituras en el aire y remata los malabarismos con un fuerte golpe contra el mármol. Con regocijo tomamos asiento pensando que comeremos mientras observamos las evoluciones de un personaje desbloqueable del Tekken.

El diseño y redacción de la carta nos sume en una profunda depresión, y solo hallamos fuerzas para señalar las fotos de lo que deseamos a la camarera. Nos adentramos en la idiosincrasia china con unos dim sums y una ensalda de mango. Enfrentarse a un verdadero dim sum es un momento clave en la vida de un hombre occidental convencido de saber manejarse con los palillos. Uno se siente humillado por las miradas que volvemos a imaginar torvas del resto de comensales. Y digo imaginar porque no hay cristiano que desentrañe los hieráticos gestos orientales. No quiera nadie leer aquí un comentario prejuicioso hacia ciudadanos de una etnia concreta. China es una gran nación poseedora de una sabiduría milenaria que nos ha proporcionado multitud de regalos culturales: El arte de la guerra de Sun Tzu; el taoísmo; los guerreros de terracota de Xian; el flan; una especie de aparato cónico por el que mediante un sencillo mecanismo de rotación podemos homogeneizar los purés; la posibilidad de hincharte a donuts si te asalta la necesidad un domingo a horas intempestivas solo con bajar a uno de sus comercios a comprarlos; y, sobre todo, la introducción —tanto en la cultura como en la vagina de la mujer dispuesta— de las bolas ben wa, artefacto con el que dichas mujeres superan en varios puntos el índice medio de felicidad al llevarlo inserto y gracias al cual, tras la práctica de un regular ejercicio, consiguen expeler desde el citado órgano pelotas de golf a varios metros de distancia con precisión. O dim sums, si se prefiere.

“Desde que llevo estas bolas chinas la vida tiene un color más cálido y ha aumentado mi amor propio” parece pensar Julie Ordon en un arrebato de pasional autoestima.

Como no es momento ni lugar para acometer semejante experimento con ellos decidimos continuar porfiando con los palillos, y cuando al fin introduzco uno en mi boca antes de que caiga tengo el veredicto: mediocre, aunque satisfactorio pues cuento con la seguridad de que al menos no me cobrarán, como en Sudestada, un testículo por ello. Consecuente en el afán por salir del restaurante con la virilidad intacta, decido no probar la ensalada de mango. Ya sabemos cómo son estas cosas. Empiezas comiendo ensalada de mango y después no le pones pegas a llevar bolso o depilarte el vello pectoral, y un día terminas ejecutando complicadas y sudorosas coreografías carnales con otros seis individuos en el cuarto oscuro de un bar de ambiente. O incluso comprando un disco de los Smiths. Así que no puedo opinar sobre la ensalada de mango. Supongo que sabría a mango, sea cual sea el sabor de ese inquietante producto de la tierra. Consultad a Morrissey al respecto. Mientras trato de explicar mis razones, nos interrumpe un golpe estrepitoso. El cocinero sigue con la masa. Antes de que podamos decidir si el espectáculo comienza a resultar molesto nos traen nuevos platos. Es este un detalle que sí entronca con la larga tradición del chino de barrio: los camareros te agobian depositando comida antes de que puedas haber terciado siquiera la que ya tenías. Ahora nos encontramos frente a un pato laqueado que hubiera resultado excelente de no estar más duro que los pies de Cristo y de no haber incluido como guarnición un objeto de aspecto verde y sano que podría ser lechuga; y a una ternera con curry rojo francamente agresiva. Por entrenado que se encuentre un paladar frente al picante, la verdadera cocina oriental supone un desafío. Un desafío delicioso, a pesar del minuto de silencio que habremos de guardar por nuestra flora intestinal cuando esa sustancia irrumpa en su hábitat. Dispuesto a inmolarme en curry, devoro extasiado la ternera con lágrimas en los ojos, tanto por la fiesta ardiente en el paladar como por los tiernos sentimientos que despierta el imaginar a la mentada flora como las estatuas calcinadas de los habitantes de Pompeya tras el desastre.

Cualquier persona más o menos normal y educada por el amor de una familia hubiera parado aquí. Pero ni soy normal ni mi familia me quiere, como cualquiera que haya tenido la paciencia de leer hasta aquí habrá podido inferir, y en Jot Down entendemos la crónica, gastronómica o no, como un descenso al abismo de las últimas consecuencias: estamos dispuestos a sacrificar nuestra salud por los lectores, e incluso a renovar el vestuario en la planta de Tallas Grandes. Por no decir que durante las primeras ingestas llegué a convicción de que en la cocina estaban dudando de nuestra capacidad en el arte de trasegar y a mí no me toman por el pito del sereno. Así llega el momento de solicitar la especialidad: tallarines. Dos platos. Y entonces la baraúnda que nuestro amigo de la masa está organizando se torna ya insoportable. Castiga la encimera una y otra vez. Y es en ese momento en el que atisbo la realidad de ese ritual: está marcando su territorio. No es posible un ejercicio de tal envergadura con el mero objeto de preparar unos tallarines. El chino está diciendo con su amasado “aquí estamos yo y mis cojones, y te voy a amargar la comida porque es mi restaurante y hago con él lo quiero”. Y qué puede hacer una persona ante este desafío, pregúntome a mí mismo ya que nadie me presta atención cuando lo hago en voz alta. Una persona no lo sé, pero un gorila macho de lomo plateado no se quedaría plantado en su mesa como una rata pusilánime. No resta otra línea de acción que recoger el guante, situarme frente a él y extraerme el pene de la bragueta con un rápido movimiento para atizar con una violencia superior su enharinada encimera.

David Foster Wallace, la clase de persona que jamás habría rematado su intervención en un programa radiofónico preguntando al locutor que si puede saludar. Julie Ordon tampoco.

Lo que pudiera haber sido una batalla épica finalizó pronto, pues al primer golpe temblaron los cimientos, y en un momento de lucidez llegué a maliciar que ante un derrumbe en pleno centro de Madrid acudieran las cámaras de España Directo o programa similar. Y quizá un hombre puede enfrentarse a otro que sacude un pedazo de mármol con una amalgama de harina y agua usando como remedo la representación física de dicho concepto (hombre), pero no a sus más profundos terrores. No a sí mismo. A conocerse y descubrir al fin qué tipo de persona es. Porque gracias a las enrevesadas tramas morales llenas de matices en gris de hitos de la cultura y el pensamiento como son The Wire o Juego de tronos, hoy sabemos la dicotomía bien-mal no existe. Hay que buscar una nueva ética. Lo que divide en verdad a la raza humana es su actitud frente a una cámara de televisión que nos asalte por sorpresa o ante un locutor de radio al que hemos llamado para opinar sobre algo o recibir un cochambroso premio por acertar el nombre de la canción: están los que preguntan “¿puedo saludar?” y los que no. Siempre he pensado que la ausencia de ese rasgo en la personalidad nos sitúa en el campo de la gente sensanta, honesta, merecedora de respeto y quizá incluso aprecio o lo que surja, según el roce. Podemos destilar la esencia última de una persona imaginando si preguntaría “¿puedo saludar?” Sergio Ramos, los dos sujetos de Andy y Lucas sea quien sea uno u otro, Pepiño Blanco, Maruja Torres, José Antonio Camacho… sin lugar a dudas están en ese ajo. Y no deseo saber si yo lo estoy.

Sumidos en esta trabajosa reflexión que sin duda en un futuro estudiarán en las facultades de psicología —pero no por la teoría, sino por el autor— ponemos el automático y devoramos los tallarines que se enfriaban en la mesa durante este interludio. Aquí sí, el restaurante cumple más que con creces. Una delicia que jamás hemos experimentado en ningún otro sitio, al menos en forma de largas tiras de pasta. Y como no queremos contaminar el recuerdo de tantas aventuras vividas, decidimos no amargarnos la vida solicitando alguno de los postres de aspecto inmundo que nos ofrece la tradición china. Aquí tenemos la cuenta: un montante equivalente al de cualquier restaurante chino falso. Hemos comido tallarines como reyes a un precio ridículo, y así os lo hemos contado. Satisfechos por la certeza de habernos desembarazado de la pátina de esnobismo que nos asfixiaba, y mucho más cómodos en esta de retrasados que después de esta aventura nos adorna de forma definitva, salimos en busca de un Starbucks en el que poder comprar un muffin u otro postre cristiano y de bien, decididos a llevar esta nueva línea de investigación cultural más allá y pensando en la próxima parada de nuestras crónicas: los más inquietantes bares del clásico polígono industrial.

 

Fernando Olalquiaga: Sudestada


Restaurante Sudestada
C/ Ponzano, 85. Madrid
Teléfono: 91 533 41 54

La sudestada es un fenómeno meteorológico que se produce con cierta regularidad en el Río de la Plata entre los meses de abril y diciembre. Básicamente consiste en que vientos provenientes del sudeste saturan las masas de aire polar y provocan precipitaciones que van desde el aparentemente inocuo calabobos a la lluvia más o menos torrencial. Inundaciones en el Barrio de la Boca, procesiones invocando la santa intercesión de El Diego… esas cosas. La Argentina tiene de todo, y no podía resignarse a quedarse sin monzón así como así. Es bien sabido que en ciertos barrios de Manila existen brigadas enteras de voluntarios destinadas exclusivamente a rescatar de las aguas a una cantidad anual nada despreciable de rioplatenses a punto de perecer ahogados mientras hacen gala de un patriotismo suicida al desdeñar los tifones más destructivos por salvaguardar el honor de la sudestada. Los noticiarios bengalíes del mes de julio siempre incluyen hazañas relacionadas con la ingesta de los vindaloos más criminales en condiciones casi subacuáticas llevadas a cabo, no siempre a buen término, por héroes de la Pampa dispuestos a demostrar la supremacía universal del chorizo criollo y las inundaciones de la ya dichosa sudestada. Así pues, decidir llamar a un restaurante de comida asiática Sudestada puede parecer en cierto modo acertado, pero viene a ser más o menos como ponerle por nombre El Bierzo a una casa de comidas noruega.

Sudestada, el restaurante madrileño con sucursal en Buenos Aires, o quizá sea al revés, está regentado por dos socios argentinos y es la sensación asiática de este Madrid cada día menos castizo, menos entrañable y más catalanizado que sólo titanes como Mourinho y Enrique Cerezo intentan devolver a su esencia chulapa más auténtica. Ya ningún hostelero se digna a abrir un restaurante especializado en gallinejas y entresijos, en sesos rebozados y criadillas, en calamares a la romana y soldaditos de Pavía. Es difícil encontrar un restaurante en Madrid en el que estemos seguros de no darnos de bruces con Salvador Sostres en actitud de medir la inteligencia oculta en una ventresca de caballa en escabeche de pollo, es decir: apoquinando ciento setenta euros por que le tomen el pelo a cambio de hacerle sentir muy culto. Quizá llegue el día en que volvamos a ver cómo a las masas que hoy en día abarrotan las mesas de locales como el Sudestada se les saltan las grapas del lifting al darle un bocado a unos callos sazonados como Dios manda, pero desgraciadamente ese momento nos parece muy lejano. Si Lovecraft publicara hoy sus relatos de horror cósmico, de las profundidades del espacio y sus enésimas dimensiones de Calabi Yau no surgirían Primigenios ni Dioses Arquetípicos, sino cocineros recién licenciados en el Basque Culinary Center, investigadores de la Fundación elBulli y algún chef argentino. Quizá también Sánchez Dragó.

En la entrada del local de la calle Ponzano anuncian “Fina Comida Asiática” no dejando claro el grado de literalidad que se le debe dar a semejante afirmación, pero ya sembrando la duda y poniendo en guardia al incauto ante un futuro potencial de hambre y rechinar de dientes. Desde que Ferran Adrià confesara que “a mi restaurante no se viene a comer”, cualquier local que aspire a la excelencia gastronómica sabe que un cliente saciado es un fracaso, una mancha indeleble en el currículo del jefe de cocina y un apunte en el Debe de la cuenta de resultados que habría sido fácilmente evitable. Vendamos finura, refinamiento, inteligencia, cultura; pongámosle a todo eso un sobreprecio, abramos las puertas y dejemos que entre la canalla ansiosa por obtener el certificado de multiculturalidad y distinción intelectual que otorga el zamparse un caldo claro con galangal, leche de coco y tendón de vaca (disponible en Sudestada por 14 euros y veinte céntimos, y realmente nos corroe la curiosidad por saber mediante qué complicados procesos de contabilidad de costes han llegado a un precio ajustado a la décima de euro) acompañado por una botella de Rosita, una cerveza fabricada en Tarragona cuya página web —en la que podemos leer la enrevesada historia plagada de matrimonios socialmente inaceptables, repudios, bautizos secretos y exilios cubanos— recomendamos encarecidamente a los amantes del folletín dieciochesco y a todos aquellos recopiladores de información banal, que entre los gastrónomos son legión. Sepan ustedes que una cerveza puede ser densa en copa, dulce y golosa, tener un paso denso (otra vez) y graso, ser olfativamente compleja, con un grano infusionado persistente y de recuerdos a melaza y tostados, y finalmente dejar un postgusto (sic) balsámico, fresco y sutil. Así que olvídense de llegar a la letra R en un concurso de eructos bebiendo una Rosita. Las otras opciones, en cuanto a cervezas, que ofrece el atento, juvenil y cosmopolita servicio de sala, son la Kirin japonesa y la mañica Ámbar. Baturros, samuráis e indianos. ¿Lo ven?

Es casi seguro que si uno se sienta a la mesa de un restaurante asiático, alguno de sus compañeros de cena se dedique a darles la tabarra contándoles su último viaje de buceo a las costas de Sumatra, se erija en eminencia de la cultura sino-tibetana y finalmente se encargue de prácticamente hacer una exégesis de la carta, librándoles por tanto de la penosa tarea de elegir entre una docena de platos de cuya composición exacta les resultará muy difícil hacerse una idea a poco que sean ustedes personas normales. En este aspecto, en Jot Down somos ferozmente antiliberales y creemos que la felicidad es inversamente proporcional a la capacidad de elección; todos hemos sufrido en mayor o menor medida la angustia existencial que ocasiona el enfrentarse a una carta de más de cinco platos, por no hablar de las cartas de vinos de tamaño enciclopédico. Si no es el caso, si no cuentan con semejante luminaria entre sus amistades —y les felicitamos sinceramente por ello— pidan directamente el menú degustación, aquí denominado Set Menu en otro toque de internacionalización que ya apenas llama la atención, y por 42 euros, bebidas aparte, podrán delegar responsabilidades en la superioridad y además hacerse una idea bastante precisa de por dónde van los tiros de la moda: sopa-fría-de-pepino. Además, y por el mismo precio, nem cua, shui yiao, chana samosas, com rang y ayam bakar. O la sagrada trilogía de los restaurantes chinos de barrio: rollitos, arroz con guisantes congelados y trozos de pollo con almendras. Que sí, que los rollitos hay que envolverlos en lechuga y hierbabuena y remojarlos en un caldo de pescado. Que no, que no son almendras, sino sambal de piñones. Que las diferencias entre una samosa y una empanadilla son sutiles pero EXPLÍCITAS EN BOCA, y saltan a la vista de cualquier sensibilidad mínimamente cultivada. Y que no podemos ver budas felices ni nuestros venerados maneki neko, sino que reina una sobria decoración casi escandinava por la que flotan envarados camareros de al menos media docena de nacionalidades, no todas reconocidas por la ONU. Lo que quieran, pero el curry rojo de carrillera de ternera es tristemente inofensivo, por mucho que lo anuncien como picante, y es dudoso que los críos de Singapur lo usaran para algo más que para lavarse los dientes. Y es un axioma de la sabiduría popular que todo restaurante asiático extiende una especie de cono de sucesos, en cuyo interior es imposible cualquier forma de vida felina, cuyo radio equivalente al de Schwarzchild —y al que todavía no ha dado nombre ningún comité y por tanto aquí proponemos llamarlo Radio de Jot Down— crece exponencialmente con la componente asiática de dicho restaurante. Y sin embargo en la mismísima puerta del Sudestada, provenientes de los bajos de un Seat Supermirafiori que debía de llevar allí aparcado eones y ante el cual estuvimos en un tris de arrodillarnos y proclamar loas en honor de ese tótem representativo de un glorioso pasado que ya no volverá, se podían apreciar sin lugar a dudas los maullidos de lo que hasta el más feroz enemigo de los animales domésticos podría identificar como un gato. Uno de verdad, quizá siamés. Lo más auténticamente oriental que pudimos encontrar en el Sudestada.