
La última edición de la Ortografía de la lengua española (2010) ha generado reacciones en contra por parte de muchos usuarios e incluso por alguno de los propios académicos. Jot Down, sin ir más lejos, publicaba un artículo de nuestro estimado compañero Manuel de Lorenzo, con gran aceptación y asentimiento por parte de los lectores, en el que arremetía contra la RAE, la Ortografía y la ortografía mediante juicios infundados como quedará demostrado más adelante. La intención de este artículo no es otra que la de equilibrar la balanza editorial a favor de la cordura con un análisis de los aspectos más controvertidos de esta última edición.
Antes de entrar en este tema es necesario hacer algunas reflexiones sobre la propia institución. Se ha tachado a la Academia de inquieta y permisiva, de no parar de cambiar los muebles de sitio y de aceptar “cualquier deformación”, esta acusación se podría desestimar por el simple hecho de no aportar ninguna prueba, pero es cierto que desde mediados del siglo pasado la RAE ha sufrido un proceso de modernización y apertura, alejándose en algunos aspectos de aquella academia dogmática que algunos añoran. No tengo datos suficientes para estimar el grado de “relajación” experimentado ni creo que sea oportuno retrotraerse a aquellos tiempos, pero, en lo que se refiere al momento actual, los cambios introducidos atienden a criterios lingüísticos conservadores, es decir, intentando preservar la unidad y la esencia del español y no al contrario. El hecho de introducir nuevos términos no es síntoma de tolerancia, es algo inevitable por la continua producción y renovación de una lengua viva, y cuando se produce se busca siempre la fórmula más ajustada a los parámetros del español, como así lo demuestra el tratamiento de préstamos y neologismos o la propia Ortografía cuyas novedades atienden a criterios lingüísticos unificadores, ejerciendo su labor de “fijar”, pero en ningún caso son cesiones al uso.
El mayor foco de críticas hacia la Academia, o al menos el que tiene mejor altavoz, proviene de los académicos escritores. Se produce la paradoja de que los filólogos son minoría entre los académicos de número; este hecho en sí no es negativo, puesto que el estudio de una lengua está implicado en otras áreas como la literatura, la ciencia, la sociología y demás campos representados en las distintas comisiones. El problema surge cuando, quien teniendo sus palabras mayor repercusión mediática que la de cualquier entregado lingüista, arremete contra el trabajo consensuado desde una disidencia incomprensible. Dice Arturo Pérez-Reverte, y tomo sus palabras por ser la bandera en las que muchos se han envuelto:
“Se revisen o no se revisen algunas de las modificaciones de la nueva Ortografía de la lengua española, yo como escritor y académico seguiré escribiendo ‘guión’, ‘truhán’ y ‘sólo’ con acento cuando sea necesario, porque por encima de cualquier norma técnica, la ortografía, la gramática, son herramientas al servicio de la expresión, así que como escritor necesito esas herramientas y no puede ser que un técnico me las imponga a mí, sino al contrario, debe ser el técnico quien escuche a aquellos que usamos las herramientas”.
Me pregunto si los que se apuntan a su causa pretenden que el fondo documental de la Academia proceda solo de la obra de D. Arturo —con el riesgo de que acabemos hablando como Alatriste por decreto—, que sancione normas según las necesidades de todos los escritores o que esté plenamente compuesta por escritores. La RAE tiene en consideración obras literarias, prensa y otros tipos de textos, además de registros orales y, por supuesto, criterios filológicos para estudiar y dotar de normativa la lengua. Es decir, el material con el que se trabaja abarca distintos campos y registros, esto permite un estudio amplio a distintos niveles y parece más razonable que enfocar el estudio en obras literarias. Las herramientas del idioma las usamos todos y a todos nos debería escuchar la Academia según el razonamiento de Pérez-Reverte. De hecho, así lo hace, la Ortografía objeto de polémica ha tenido en cuenta la experiencia del servicio de consultas; así mismo, la Unidad Interactiva del DRAE ha atendido en un año 266 de las 288 propuestas recibidas por los usuarios, considerando procedentes 97. Lo que se antoja difícil es atender argumentos tan infantiles como “a mí me lo enseñaron así” (Manuel de Lope) o los de Arturo Pérez-Reverte que parecen responder a una necesidad íntima trascendental. Pensar que la ortografía o la gramática se aprendieron en su totalidad y de modo infalible en algún momento de la infancia ya es insensato, pero descartar cualquier avance, investigación o corrección posterior no se puede considerar otra cosa que ofuscación. Si se han de plantear revisiones deberían argumentarse con criterios lingüísticos.
Tómense estas palabras de D. Arturo como antídoto a lo anteriormente expuesto:
“Hay dos clases de académicos. Unos son los imprescindibles, los maestros: curtidos filólogos, lingüistas, lexicógrafos. Sabios que hacen posible culminar obras como ésta. Generales honorables, en fin, que con su esfuerzo callado y su ciencia pelean en la trinchera viva del español usado por cuatrocientos millones de hispanohablantes. Otros, allí, somos los humildes batidores que hacemos almogavarías y forrajeos en el campo de batalla, regresando con nuestro botín para ayudar en lo que haga falta: escritores, científicos, historiadores, economistas. Reclutas, o casi, en contacto con la calle. La fiel infantería.”
Otro de los académicos que se ha manifestado en contra de las novedades ha sido Javier Marías, sus argumentos se basan en que las tildes permiten conocer la pronunciación de cualquier palabra, principalmente a los extranjeros, cosa que no ocurre con otras lenguas. Esto no es así, la única forma de conocer la pronunciación de una palabra en cualquier idioma y por cualquier hablante es adjuntar su transcripción fonética —en este aspecto sí que se podría recriminar a la Academia la progresiva omisión del AFI— , de hecho así lo hacen los diccionarios más importantes de otras lenguas. Por otra parte, Marías se contradice en su defensa de la correspondencia entre lenguaje oral y escrito al afirmar, hablando ya de la tilde de solo: La posibilidad de seguirles poniendo tildes a estas palabras no es para mí irrelevante. ¿Cómo saber, si no, lo que se está diciendo en la frase “Estaré solo mañana”? En el lenguaje oral no disponemos de tildes y sin embargo somos capaces de hacer saber al camarero que queremos un café solo o solo un café con la sencilla maniobra de anteponer el adverbio y sin tener que recurrir a pedir “un café solo con tilde”.
Vayamos con el análisis de algunas de las novedades que han causado más rechazo y que quedan explicadas en la propia norma:
Eliminación de la tilde diacrítica en el adverbio solo y los pronombres demostrativos incluso en casos de posible ambigüedad
La palabra solo, tanto cuando es adverbio y equivale a solamente (Solo llevaba un par de monedas en el bolsillo) como cuando es adjetivo (No me gusta estar solo), así como los demostrativos este, ese y aquel, con sus femeninos y plurales, funcionen como pronombres (Este es tonto; Quiero aquella) o como determinantes (aquellos tipos, la chica esa), no deben llevar tilde según las reglas generales de acentuación, bien por tratarse de palabras llanas terminadas en vocal o en -s, bien, en el caso de aquel, por ser aguda y acabar en consonante distinta de n o s.
Aun así, las reglas ortográficas anteriores prescribían el uso de tilde diacrítica en el adverbio solo y los pronombres demostrativos para distinguirlos, respectivamente, del adjetivo solo y de los determinantes demostrativos, cuando en un mismo enunciado eran posibles ambas interpretaciones y podían producirse casos de ambigüedad, como en los ejemplos siguientes: Trabaja sólo los domingos [= ‘trabaja solamente los domingos’], para evitar su confusión con Trabaja solo los domingos [= ‘trabaja sin compañía los domingos’]; o ¿Por qué compraron aquéllos libros usados? (aquéllos es el sujeto de la oración), frente a ¿Por qué compraron aquellos libros usados? (el sujeto de esta oración no está expreso y aquellos acompaña al sustantivo libros).
Sin embargo, ese empleo tradicional de la tilde en el adverbio solo y los pronombres demostrativos no cumple el requisito fundamental que justifica el uso de la tilde diacrítica, que es el de oponer palabras tónicas o acentuadas a palabras átonas o inacentuadas formalmente idénticas, ya que tanto solo como los demostrativos son siempre palabras tónicas en cualquiera de sus funciones. Por eso, a partir de ahora se podrá prescindir de la tilde en estas formas incluso en casos de ambigüedad. La recomendación general es, pues, no tildar nunca estas palabras.
Las posibles ambigüedades pueden resolverse casi siempre por el propio contexto comunicativo (lingüístico o extralingüístico), en función del cual solo suele ser admisible una de las dos opciones interpretativas. Los casos reales en los que se produce una ambigüedad que el contexto comunicativo no es capaz de despejar son raros y rebuscados, y siempre pueden evitarse por otros medios, como el empleo de sinónimos (solamente o únicamente, en el caso del adverbio solo), una puntuación adecuada, la inclusión de algún elemento que impida el doble sentido o un cambio en el orden de palabras que fuerce una única interpretación.
Consideraciones:
Hay que señalar que esta regla afecta a poquísimos casos: cuando hay riesgo de anfibología. Desde 1959 las normas indicaban que solo solamente llevara tilde en caso de ambigüedad; en cuanto a los pronombres demostrativos, recomendaba también reservar la tilde para este caso. Sin embargo, y a pesar de haber transcurrido más de cincuenta años, es habitual ver la tilde en el adverbio solo siempre, aun sin que haya ambigüedad —incluidos textos de Arturo Pérez-Reverte, que al parecer lleva rebelándose contra la Academia la práctica totalidad de su vida—. Con la consideración, además, por parte de algunos de los que hacen este mal uso, de ser un signo de distinción de su saber, según pudimos ver en declaraciones en el artículo de Manuel de Lorenzo y comentarios. Lejos de cualquier utilidad diacrítica, la intención parece ser la de hacer análisis morfológico y marcar pronombres y adverbio por si el que los lee no los conociera, actitud caritativa muy loable pero sin ningún sentido desde el punto de vista ortográfico. Si los “tildantes” compulsivos desean proseguir con esta absurda tarea al menos sería aconsejable que no tilden al resto de “necios” o “analfabetos”. En lo que se refiere al caso que nos atañe, cuando sí hay ambigüedad, vemos de nuevo que es una recomendación, que el cambio se ha producido paulatinamente a lo largo de más de medio siglo y que, como decíamos, afecta a poquísimos casos. La recomendación de resolver la ambigüedad con una palabra tan melodiosa y tan poco aprovechada como solamente me parece especialmente plausible, tanto desde el punto de vista estético como lingüístico, y podría ser la solución para los adictos a la tilde antes de que llegue el día final. La improcedencia de deshacer ambigüedades con signos gráficos queda demostrada en el lenguaje oral.
Propuesta de un solo nombre para cada una de las letras del abecedario
Algunas de las letras tienen varios nombres con tradición y vigencia en diferentes zonas del ámbito hispánico. La nueva edición de la ortografía, sin ánimo de interferir en la libertad de cada hablante o país de seguir utilizando el nombre al que esté habituado, pretende promover hacia el futuro un proceso de convergencia en la manera de referirse a las letras del abecedario, razón por la que recomienda, para cada una de ellas, una denominación única común.
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- La letra y se denomina i griega o ye. El nombre i griega, heredado del latino,es la denominación tradicional y más extendida de esta letra, y refleja su origen y su empleo inicial en préstamos del griego. El nombre ye se creó en la segunda mitad del siglo xix por aplicación del patrón denominativo que siguen la mayoría de las consonantes, que consiste en añadir la vocal e a la letra correspondiente (be, ce, de, etc.). La elección de ye como nombre recomendado para esta letra se justifica por su simplicidad, ya que se diferencia, sin necesidad de especificadores, del nombre de la letra i.
- La letra i, cuyo nombre es i, recibe también la denominación de i latina para distinguirla de la letra y cuando para esta última se emplea la denominación tradicional de i griega.
Consideraciones:
Como podemos observar, no se trata de una imposición y se señala la intención de no interferir en la libertad del hablante, sino de promover un proceso de convergencia. Siendo una recomendación y reconociendo que la propuesta de un alfabeto unificado es conveniente y necesaria a efectos prácticos, no parece apropiado oponerse sino desear que prospere el uso.
Equiparación en el tratamiento ortográfico de extranjerismos y latinismos, incluidas las locuciones
En la nueva ortografía se da cuenta de las normas que deben seguirse cuando se emplean en textos españoles palabras o expresiones pertenecientes a otras lenguas, siendo la principal novedad en este sentido la equiparación en el tratamiento ortográfico de todos los préstamos (voces o expresiones de otras lenguas que se incorporan al caudal léxico del español), con independencia de que procedan de lenguas vivas extranjeras (extranjerismos) o se trate de voces o expresiones latinas (latinismos).
De acuerdo con estas normas, los extranjerismos y latinismos crudos o no adaptados —aquellos que se utilizan con su grafía y pronunciación originarias y presentan rasgos gráfico-fonológicos ajenos a la ortografía del español— deben escribirse en los textos españoles con algún tipo de marca gráfica que indique su carácter foráneo, preferentemente en letra cursiva, o bien entre comillas. En cambio, los extranjerismos y latinismos adaptados —aquellos que no presentan problemas de adecuación a la ortografía española o que han modificado su grafía o su pronunciación originarias para adecuarse a las convenciones gráfico-fonológicas de nuestra lengua— se escriben sin ningún tipo de resalte y se someten a las reglas de acentuación gráfica del español:
Me encanta el ballet clásico / Me encanta el balé clásico.
Juego al paddle todos los domingos / Juego al pádel todos los domingos
La reunión se suspendió por falta de quorum / La reunión se suspendió por falta de cuórum.
Así pues, según la nueva ortografía, y tal como ilustra el último ejemplo, los préstamos del latín solo se escribirán en letra redonda y con sometimiento a las reglas de acentuación gráfica del español cuando estén completamente adaptados a nuestro sistema ortográfico, al igual que se hace con los préstamos de otros idiomas.
Consideraciones:
El texto es más amplio, incluye normas sobre locuciones, y está relacionado con el epígrafe en el que se detalla la sustitución de la q etimológica en latinismos y extranjerismos adaptados. En definitiva, se pretende homogeneizar criterios para el uso de términos foráneos no adaptados, pudiendo elegir entre la forma adaptada o la forma originaria resaltada. Ni es una restricción ni supone una novedad de criterio. En cuanto a la adaptación de topónimos —comento aquí para no extenderme en exceso en una cuestión tan simple— es algo inevitable por la existencia de otros sistemas de escritura o fonéticos.
Eliminación de la tilde en palabras con diptongos o triptongos ortográficos: guion, truhan, fie, liais, etc.
Para poder aplicar con propiedad las reglas de acentuación gráfica del español es necesario determinar previamente la división de las palabras en sílabas. Y para dividir silábicamente las palabras que contienen secuencias de vocales es preciso saber si dichas vocales se articulan dentro de la misma sílaba, como diptongos o triptongos (vais, o.pioi.de), o en sílabas distintas, como hiatos (lí.ne.a, ta.o.ís.ta).
Al no existir uniformidad entre los hispanohablantes en la manera de articular muchas secuencias vocálicas, ya que a menudo, incluso tratándose de las mismas palabras, unos hablantes pronuncian las vocales contiguas dentro de la misma sílaba y otros en sílabas distintas, la ortografía académica estableció ya en 1999 una serie de convenciones para fijar qué combinaciones vocálicas deben considerarse siempre diptongos o triptongos y cuáles siempre hiatos a la hora de aplicar las reglas de acentuación gráfica, con el fin de garantizar la unidad en la representación escrita de las voces que contienen este tipo de secuencias.
De acuerdo con dichas convenciones, y con independencia de cuál sea su articulación real en palabras concretas, se consideran siempre diptongos a efectos ortográficos las combinaciones siguientes:
- Vocal abierta (/a/, /e/, /o/) seguida o precedida de vocal cerrada átona (/i/, /u/): estabais, confiar, diario, afeitar, viento, pie, doy, guion, aunar, acuario,actuado,reunir,sueño,estadounidense, antiguo.
- Dos vocales cerradas distintas (/i/, /u/): triunfo, incluido, diurno, huir, viuda, ruido.
Del mismo modo, se consideran siempre triptongos a efectos ortográficos las secuencias constituidas por una vocal abierta entre dos vocales cerradas átonas: confiáis,actuáis, puntuéis, guau.
Como consecuencia de la aplicación de estas convenciones, un grupo limitado de palabras que tradicionalmente se habían escrito con tilde por resultar bisílabas (además de ser agudas terminadas en -n, -s o vocal) en la pronunciación de buena parte de los hispanohablantes —los que articulan con hiato las combinaciones vocálicas que contienen— pasan a considerarse monosílabas a efectos de acentuación gráfica, conforme a su pronunciación real por otra gran parte de los hispanohablantes —los que articulan esas mismas combinaciones como diptongos o triptongos—, y a escribirse, por ello, sin tilde, ya que los monosílabos no se acentúan gráficamente, salvo los que llevan tilde diacrítica.
Las palabras afectadas por este cambio son formas verbales como crie, crio (pron.[krié], [krió]), criais, crieis y las de voseo crias,cria (pron. [kriás], [kriá]), de criar; fie, fio (pron.[fié], [fió]), fiais, fieis y las de voseo fias,fia (pron. [fiás], [fiá]), de fiar; flui, fluis (de fluir); frio (pron.[frió]), friais, de freír; frui, fruis (de fruir); guie, guio (pron. [gié], [gió]), guiais, guieis y las de voseo guias,guia (pron. [giás], [giá]), de guiar; hui, huis (de huir); lie, lio (pron. [lié], [lió]), liais, lieis y las de voseo lias,lia (pron. [liás], [liá]), de liar; pie, pio (pron. [pié], [pió]), piais, pieis y las de voseo pias,pia (pron. [piás], [piá]), de piar; rio (pron.[rió]), riais, de reír; sustantivos como guion, ion, muon, pion, prion, ruan y truhan; y ciertos nombres propios, como Ruan y Sion.
Aunque la ortografía de 1999, donde se establecieron las citadas convenciones, prescribía ya la escritura sin tilde de estas palabras, admitía que los hablantes que las pronunciasen como bisílabas pudiesen seguir acentuándolas gráficamente. En cambio, a partir de la edición de 2010 se suprime dicha opción, que quiebra el principio de unidad ortográfica, de modo que las palabras que pasan a considerarse monosílabas por contener este tipo de diptongos o triptongos ortográficos deben escribirse ahora obligatoriamente sin tilde.
Esta convención es solo ortográfica, por lo que no implica, en modo alguno, que los hablantes deban cambiar la manera en que pronuncian naturalmente estas voces, sea con hiato o con diptongo.
Consideraciones:
En la explicación de este epígrafe puede interpretarse que la norma se adapta al uso de un grupo de hablantes y que la anterior a 1999 se adaptaba al de otro grupo de hablantes, cuando en realidad la norma actual se atiene al concepto ortográfico de diptongo y triptongo independientemente del uso hablado.
El comportamiento fonético de los grupos vocálicos ha ocupado tantas páginas que es imposible hacer aquí siquiera un resumen —ni se pretende, pues no afecta al caso—, pero algunos breves apuntes ayudan a entender la complejidad de establecer división entre sílabas en virtud de la pronunciación. En primer lugar, la percepción por parte del hablante se ve afectada por la escritura, de modo que la forma en que ve escrito un grupo vocálico tradicionalmente influye en la apreciación de una o dos sílabas, independientemente de cómo las pronuncie. Así pues, hablantes habituados a escribir vio percibirían un monosílabo con mayor frecuencia que los habituados a escribir [vió]. Por otra parte, el mismo grupo vocálico puede articularse como hiato o como diptongo no solo por distintas personas, sino por la misma persona dependiendo de la posición en la palabra, del cuidado en la pronunciación y de un sinfín de factores.
La buena noticia es que la diversidad en la pronunciación no afecta a la consideración de diptongos y triptongos, sino que se recogen unas convenciones a efectos ortográficos. Estas convenciones responden a criterios regulares y eliminan el “privilegio” de algunos grupos vocálicos considerados bisílabos en virtud de su pronunciación por algunos hablantes.
En esta norma encontramos algunos obstáculos: se observa que hay una imposición, establecida además en un periodo más breve y sin que se constate un uso extendido, si acaso testimonial:
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Consulta:
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guión, en 1999-2004, en todos los medios, en CREA
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Resultado:
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803 casos en 412 documentos.
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Consulta:
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guion, en 1999-2004, en todos los medios, en CREA
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Resultado:
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2 casos en 2 documentos.
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Notas:
CREA solo facilita datos hasta 2004, por lo cual no se puede saber si a partir de ese año ha proliferado la propuesta de 1999.
Se toma como ejemplo guión/guion por ser el más frecuente entre los términos afectados, sin que ello signifique que otros tengan un comportamiento similar.
La muestra de datos obtenida es obviamente insuficiente, pero, si la aceptación fuera tan reducida realmente, la nueva norma podría provocar una diversificación al enseñarse en los colegios mientras que muchos hablantes persistirían en el uso fuera de la norma. Esto no deja de ser una especulación, puesto que en el caso similar de fue la forma normativa parece admitida mayoritariamente.
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Consulta:
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fue, en 1999-2004, en todos los medios, en CREA
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Resultado:
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50889 casos en 14249 documentos.
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Consulta:
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fué, en 1999-2004, en todos los medios, en CREA
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Resultado:
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100 casos en 36 documentos.
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REAL ACADEMIA ESPAÑOLA: Banco de datos (CREA) [en línea]. Corpus de referencia del español actual. [17 de octubre de 2012]
Conclusiones:
La Ortografía es continuista y conservadora. Hay un epígrafe cuestionable, pero en su conjunto es un texto argumentado que da forma a una obra ambiciosa y exhaustiva. Sin embargo, ha generado reacciones tan virulentas como para cuestionar la labor de la Academia en su conjunto. La percepción por parte del hablante del uso de su propia lengua está siempre limitada por cuestiones geográficas, culturales y sociales; esto provoca que cualquier cambio se vea como una agresión a lo establecido cuando atiende a una realidad lingüística global. Responder a todas las necesidades se entiende una tarea difícil, necesariamente polémica y con errores, pero las críticas no pueden surgir desde planteamientos tan íntimos como “no lo había oído nunca” y, sobre todo cuando se publican en medios, deben ser sopesadas.
La Real Academia Española genera muchos temas de debate, tanto lingüísticos como extralingüísticos, que podrían ser objeto de varios artículos más, pero el objetivo de este era la defensa de los puntos más polémicos de la Ortografía y, habiendo superado en 211 el número de palabras en que está previsto que el primer comentarista nos sugiera que abreviemos los textos, dejaremos las polémicas generadas por las entradas “contraculturales” del diccionario para otra ocasión.
Las citas textuales sobre la Ortografía de la lengua española (2010) están extraídas de la página web de la RAE.

Fotografía: Guadalupe de la Vallina y Gonzalo Merat