Del trivium y el quadrivium

Manuel de Lorenzo: Un simple farol de luz naranja



Resulta sorprendente cómo a veces un olor, un sabor, un sonido o una imagen pueden hacernos viajar a cientos de kilómetros de distancia o retroceder años y años en el tiempo. Nuestra mente nos transporta fugazmente a otro lugar, experimentando sin querer sensaciones olvidadas. El más mínimo detalle conecta con lo más profundo de nuestra memoria y revivimos situaciones que parecían haberse disipado entre las horas, los días, los meses y los años. Por un momento, somos capaces de sentir lo mismo que sentimos aquella tranquila tarde al sol frente al mar, recordar el perfume que llevaba ella el día que se marchó para siempre, escuchar a la abuela preparando la cena de Nochebuena en la cocina, acariciar de nuevo la hierba de aquel prado… La misma serenidad, el mismo dolor, la misma pasión. Por un instante y de forma involuntaria, regresamos a donde o cuando sea.

Mis abuelos tenían una casa en el campo a la que mi familia acudía todos los veranos. Allí nos reuníamos primos, tíos, sobrinos y alguna que otra novia despistada. Muchas noches, después de la cena en el amplio salón de la planta baja, mis tíos salían a fumar al camino que desembocaba en la finca mientras los más jóvenes correteábamos y jugábamos alrededor de la casa. En la fachada interior, una de las puertas conducía a un pequeño patio cubierto por el que se accedía a la bodega y que se encontraba justo al lado del jardín y el estanque de la parte trasera. Era bastante frecuente que los niños trasteasen escondiéndose entre los árboles y los arbustos, ya que la única lámpara que iluminaba la zona era un antiguo farol que pendía del techo del patio tiñendo aquellas calurosas noches de una envejecida y familiar luz naranja.

Años más tarde, cuando llegó la hora de ir a la universidad, me mudé a Santiago de Compostela. De la semana de mi llegada, imagino que como todo el mundo, no tengo el mismo recuerdo que de todas las que la sucedieron. Un amigo del instituto y yo nos habíamos instalado en un colegio mayor cercano a la Catedral y el resto de mis conocidos —los pocos que también se habían trasladado a la capital gallega— se habían dispersado por la ciudad entre residencias universitarias y pisos de estudiantes. En el colegio, como es natural, no conocíamos a nadie y los primeros días de aquel octubre lluvioso fueron solitarios y extraños. Era difícil sentirse en casa.

Una noche, no recuerdo bien si fue el tercer o el cuarto día, salí a caminar por las calles de la zona vella después de charlar con mis padres por teléfono. Supongo que para un chaval de dieciocho años que —escapadas adolescentes aparte— ha vivido siempre con su familia, es normal sentir cierta melancolía ante un cambio tan drástico. Cuando regresaba al colegio mayor, todavía poco habituado a los laberintos del casco antiguo compostelano y fijándome en detalles que con el tiempo pudiesen ir sirviéndome de orientación, me llamó la atención una farola de una de las pequeñas plazas que unen las calles de la parte de atrás de la Catedral. Su luz, más naranja, intensa y añeja de lo habitual, era exactamente igual a la de aquel tímido farol que iluminaba nuestras noches de verano en la casa de mis abuelos, y sin pretenderlo regresaron a mi mente las risas de mis primos, el bullicio proveniente de la cocina, el resplandor del fuego en la chimenea, el aspecto tenebroso del bosque que rodeaba la finca al ponerse el sol… No tenía delante una vieja farola de una plaza de Santiago, sino el farol de aquel patio cubierto, encendido sobre sus bancos de madera, su mesa llena de flores y sus paredes cubiertas de hiedra. Durante unos instantes, la soledad y la confusión que llenaban aquellos primeros días en una ciudad aún desconocida se convirtieron en una clase distinta de nostalgia, en una sensación cálida y reconfortante que todavía hoy asocio a la luz de aquel triste farol.

En mayo de 1939 abría sus puertas uno de los mayores campos de internamiento de mujeres de la Alemania nazi. A pesar de no ser un campo de exterminio —salvo los últimos meses de su existencia, durante los cuales seis mil prisioneros fueron ejecutados en la cámara de gas—, en el momento de su liberación por el Ejército Rojo habían perdido la vida entre sus muros alrededor de cien mil personas en apenas seis años. El hambre, el hacinamiento, la enfermedad y la brutal experimentación médica hacían del campo de Ravensbrück un verdadero matadero humano. A pesar de que el personal también era mayoritariamente femenino —el campo se usaba como lugar de entrenamiento para las SS Aufseherin, entre las que se encontraba la sádica Irma Grese, conocida como “el ángel de la muerte”—, muchas de las prisioneras fallecieron víctimas de letales agresiones sexuales o a causa de enfermedades venéreas. Dos años después de la apertura de Ravensbrück se incorporaron a sus instalaciones dos pequeños subcampos destinados a hombres y niñas, respectivamente. Quienes sobrevivían a las terroríficas circunstancias de aquel infierno cercado y no estaban gravemente enfermos o lisiados, eran obligados a trabajar durante todo el día como esclavos en una de las fábricas de armamento de Siemens adyacente al campo. En estas condiciones dantescas, parece imposible creer que los internos pudiesen dedicar siquiera un minuto a cualquier cosa que no fuese temer por su vida o lamentar haber nacido. Sin embargo, algunas supervivientes relataron cómo un grupo de prisioneras, resistiéndose a las imposiciones de los oficiales y sobreponiéndose a la desgracia, ocupaban las escasas horas libres que tenían a la semana en algo que a primera vista y en un entorno tan aterrador parecía fuera de toda lógica: cantar.

Hasta 1944, en el campo de internamiento de Ravensbrück estaba prohibido cantar. El único acercamiento a la música que tenían sus prisioneras era a través de los altavoces utilizados por los guardias para mortificarlas y de las canciones alemanas que debían entonar durante las marchas obligatorias. Resulta inconcebible que a pesar del horror en el que vivían y después de las eternas jornadas de trabajos forzados, alguien pudiese tener la necesidad de incumplir las normas del campo y exponer aún más su vida. No obstante, unas cuantas mujeres checas se reunían a diario para escribir y recordar canciones que interpretaban clandestinamente los domingos en su barraca. Componían pequeños poemarios que memorizaban mediante melodías y recuperaban las composiciones de Jiri Voskovec y Jan Werich que hablaban sobre libertad. Se encontraban al borde del precipicio, y sin embargo cantaban.

Tal vez sea difícil comprender la motivación de quienes pasaban sus horas y sus días rodeados de muerte y enfermedad, las razones que llevaban a aquellas prisioneras a cantar a pesar de la barbarie que les había tocado vivir. Quizá sea imposible entender que el entusiasmo del canto pudiese coexistir con el espanto de un campo de internamiento nazi. Puede que a alguno le parezca un sinsentido, pero lo cierto es aquellos domingos cantando en la barraca eran los únicos momentos en que la vida de aquellas mujeres, durante apenas unas horas, volvía a ser normal. Al igual que sucedía con los soldados rusos que organizaban pequeños teatrillos al regresar del campo de batalla o los músicos que tocaban piezas clásicas entre los escombros de las destruidas ciudades alemanas, cantar era la forma de recuperar su antigua vida. De revivir una realidad que se había desvanecido. De regresar a los años tranquilos en los que todavía no conocían el infierno. De sentir otra vez un pedacito de inocente cotidianidad. La única conexión que tenían con el mundo que había más allá de los muros de Ravensbrück era la música. No eran sólo un puñado de simples canciones. Eran viajes a un pasado ajeno a la inevitable atrocidad de su día a día. Eran viajes a casa.

Hace unos años, paseando por Compostela después de una cena con amigos, observé que en el lugar donde siempre había estado la vieja farola de luz naranja no había más que un frío foco halógeno, de esos que últimamente invaden casi todas las plazas de casi todas las ciudades de casi todas partes. Un foco exactamente igual a todos los demás. Sin más. Reconozco que el descubrimiento me apenó un poco, tanto por el encanto que había perdido la pequeña plaza como por los recuerdos que siempre me había traído su solitaria protagonista. Sin embargo, es imposible que algún día llegue a olvidar aquel simple farol de luz naranja que una vez volvió a mi memoria mientras contemplaba la vieja farola. Las noches de verano de mi infancia en casa de mis abuelos y la sensación de imperturbable quietud que me produce evocar aquellos momentos es algo que, con un poco de suerte, me acompañará durante el resto de mi vida.

Desconozco cuántas de aquellas prisioneras fallecieron en el campo de internamiento de Ravensbrück. Tampoco sé si aún hoy se conserva alguno de los pequeños libros en los que fueron escribiendo sus canciones. Pero de lo que estoy seguro es que si en aquel admirable grupo de mujeres hubo supervivientes, es imposible que olvidaran jamás sus melodías y poemarios. Seguramente echaron la vista atrás más de una vez a lo largo de los años, recordando cómo sus canciones fueron la razón fundamental de que lograsen mantener la cordura en su terrorífico encierro. Lo único que les hizo sentir que todavía eran personas. Lo único que, en definitiva, las mantuvo vivas.

Manuel de Lorenzo: Mi respetable opinión


Paradójicamente, en estos días de sistemáticos ataques a la personalidad como forma de refutación de la idea más peregrina que al paisano del bar de abajo se le pudiese ocurrir, es muy común considerar que todas las opiniones son igual de respetables. Lo cierto es que yo estoy absolutamente de acuerdo con esa máxima y no alcanzo a entender que se ponga en duda, sin embargo Fernando Savater opina que “si algo les pasa a las opiniones es que no son todas respetables”. Una opinión muy respetable, la suya, aunque un tanto desafortunada, me temo. El filósofo y político vasco, en uno de los probablemente infinitos escritos en los que ha registrado sus razonamientos, distingue entre el respeto que se debe a las personas, que sí debe ser igual en todo caso, y el respeto que se debe a las opiniones que éstas pudiesen manifestar, que no tiene por qué ser igual y que, de hecho, no tiene ni por qué existir. Con un dramático “¡Cómo van a ser respetables todas las opiniones!” deja bastante claro que algunas ni siquiera lo son.

En mi opinión, el caballo de batalla en esta cuestión es la noción de respeto. Siendo ortodoxos, si entendemos que Savater se refiere a la consideración y deferencia debidas, coincido con él en que no todas las opiniones deben ser respetadas en igual grado, pero en tal caso tampoco deben serlo las personas. Así entendido, el respeto que uno le profesa al admirado profesor de literatura a quien uno considera una autoridad no es el mismo que el que normalmente le tenemos al gorrilla que inquieta nuestra cartera cada vez intentamos aparcar, de la misma forma que sus opiniones no son igualmente respetables. Sin embargo, habida cuenta de que el filósofo defiende que “todas las personas son respetables, sean cuales fueren sus opiniones”, es lógico pensar que se refiere al respeto como un mínimo de cortesía, un nivel elemental de educación con el que cualquier persona debe ser tratada, pero también sus opiniones. Que lo que nuestro amigo el gorrilla piense sobre el simbolismo francés tenga menos valor para nosotros que la opinión del profesor de literatura, no nos permite despreciar la del primero ni prescindir de esa exigencia mínima de cortesía. Una estará mejor fundamentada que la otra —y de ello dependerá que una de ambas posturas sea más acertada, ya que creer que todas las opiniones tienen el mismo valor y que no es posible entrar a discutirlas por el mero hecho de ser lo que uno opina es una soberana estupidez—, pero ambas deben ser respetadas por igual y ser recibidas con la misma educación y urbanidad.

Sin embargo, Savater no se entretiene en tales debates semánticos. Para él, las personas merecen ser respetadas por igual pero las opiniones no, y argumenta su postura indicando que “una persona que dice que dos y dos son cinco, no puede ser encarcelada, no puede tomarse ninguna represalia contra ella, pero lo que es evidente es que la idea de que dos y dos son cinco no es tan respetable como la idea de que dos y dos son cuatro”. De nuevo, su opinión no es acertada —aunque la respeto—. Es obvio que la idea de que dos y dos no son cuatro es ridícula. Es una necedad. Sin embargo, el respeto a la opinión de los demás es algo que nada tiene que ver con esto, puesto que no es una cuestión opinable. Que dos y dos sumen cinco no es una opinión desafortunada. Directamente, es una mentira. La verdad, lo que es objetivamente cierto, no admite opinión. Hay una única postura correcta, ajustada a la verdad, y las demás no lo son. Se puede discutir al respecto, por supuesto, pero quien defienda que una molécula de agua está formada por dos átomos de hidrógeno y uno de oxígeno estará en lo cierto y quien defienda cualquier otra posibilidad estará equivocado. No hay opinión posible. Decir que dos y dos son cinco no demuestra que no todas las opiniones son respetables, porque no se trata de una opinión. A diferencia de lo que ocurre con esta clase de cuestiones inopinables, la opinión se apoya únicamente en lo subjetivo, ya que de lo contrario no sería una opinión, sino una afirmación correcta o errónea. En la opinión no hay verdad absoluta. Alguien podría sostener que la obra de Bach le parece más completa que la de Vivaldi y fundamentarlo de mejor o peor manera, pero no existe una postura objetivamente correcta y su opinión merecerá el mismo respeto que la de quien opine lo contrario —salvo que la propia opinión sea en sí misma una falta de respeto—, independientemente de la valoración que hagamos de una u otra.

Estando esto claro y no habiendo descubierto yo la pólvora, ¿por qué un pensador como Fernando Savater defiende entonces que no todas las opiniones son respetables? Sinceramente, lo desconozco, pero esta tendencia actual a poner en duda y, sobre todo, negar porque sí la mayor cantidad de axiomas posible me resulta preocupante. Es evidente que no todas las ideas asentadas y socialmente aceptadas son correctas, pero eso no significa que todas estén equivocadas. Sin embargo, hoy en día parece que es obligatorio sentarse a desmontar cuantos más aforismos mejor. Se impone la necesidad de evidenciar que se ha reflexionado mucho sobre un determinado asunto y se ha llegado a una conclusión totalmente contraria a la que se daba por válida; de dejar claro que si uno va en contra de la corriente habitual de pensamiento es porque sabe bien de lo que habla y es más listo que los demás. En otras palabras, de generar la apariencia de que se piensa mucho y bien. Y lo cierto es que si todos estos pensadores de medio pelo que últimamente asaltan columnas de opinión y demás púlpitos perecederos invirtiesen sus esfuerzos en pensar y no en crear la apariencia de que lo hacen, bastante mejor nos iría a todos. Es mi opinión.

Manuel de Lorenzo: Yo no soy tonto


Ay, la mercadotecnia… Qué palabreja más rara. Algunos prefieren usar el término marketing, que desde luego suena mucho más cool, como todo lo British —salvo quizá sus hooligans, sus turistas borrachos, sus tabloides sensacionalistas y Camilla Parker Bowles—, pero lo cierto es que ambas palabras se refieren a algo tan sencillo y antiguo como el mercadeo. O lo que es lo mismo, hacer comercio.

Hasta el siglo XX, el pueblo compraba lo que había. Ni siquiera la todopoderosa Revolución Industrial fue suficiente para que la oferta superase a la demanda. Lo que se producía, se consumía. Así de fácil. Pero la Gran Depresión dejó a su paso unos cuantos bolsillos vacíos, y se impuso la necesidad de orientar la venta en función del consumo potencial, de promocionar los productos de tal forma que quienes se interesasen en ellos fuesen aquellas personas que los pudiesen comprar. Como se pueden imaginar, el transcurso de las décadas, la aparición de los medios de comunicación y el descubrimiento de la globalización por el inventor Theodore Levitt —discúlpenme el chiste los anarquistas menos tolerantes—, no han hecho otra cosa que contribuir al desarrollo y perfeccionamiento de las técnicas de marketing, hasta el punto de que hoy en día hasta se nos llama por teléfono mientras comemos para preguntarnos si no preferiríamos ver el Madrid – Barça cómodamente desde nuestro salón por unos míseros euros de nada. La hostia.

Asúmanlo, señores. Alguien dirige nuestras compras. Mientras caminan por la calle, navegan por internet, escuchan la radio o leen la prensa, están siendo ustedes manipulados. Qué horror. Qué borregos somos, ¿verdad? Sin embargo, todos hemos defendido con orgullo alguna vez, en la barra de algún bar, esa vieja sentencia que dice “A mí la publicidad no me afecta”. ¡Y lo curioso es que la mayoría se lo cree! ¿O es que eso es precisamente lo que a las agencias de publicidad les interesa que creamos? Desde luego, qué perversas…

Permítanme utilizar dos ejemplos recientes: un anuncio de Loewe y un anuncio de Media Markt.

Loewe

El anuncio de Loewe ha sido duramente criticado en las redes sociales. Somos muy listos y no nos afecta la publicidad, así que no nos dejamos engañar por cualquiera. El anuncio está protagonizado por jóvenes más o menos conocidos de la sociedad española, lo que nos resulta muy gracioso porque eso es no es suficiente para incitar a la juventud a comprar un bolso de Loewe. Además, el tono resulta tan cursi e infantil, que lo único que se merece es que nos metamos con él todo lo que podamos. Qué listos somos nosotros y qué tontos son los de Loewe. Entendemos que se trata de una campaña viral que intenta aprovecharse del “boca a boca”, pero son tan tontos que no se dan cuenta de que dañan la imagen de la marca. La juventud española no va a picar el anzuelo, amigos. Claro que no… ¡Como si a Loewe le interesase un carajo la juventud española! ¿Cómo puede alguien creer que lo que este anuncio intenta es que los jóvenes salgan a comprar bolsos de 2000 euros? Lo que Loewe pretende es una correcta identificación de la firma. Que los veinteañeros que sí pueden permitirse sus precios no rechacen sus productos por asociarlos con sus madres o a sus abuelas, por considerarlos ajenos a la modernidad imperante. A la marca le interesa llamar la atención de sus potenciales consumidores mediante una campaña viral, no la de cientos de miles de muchachos que no ganan ni ochocientos euros al mes. Es cierto que la gente está poniendo a caldo la campaña en las redes sociales, pero eso es exactamente lo que se pretendía. Que la mayoría hable mal del anuncio es algo que a Loewe se la trae al pairo, porque no es esa mayoría la que va a comprar sus bolsos. Y sin embargo aquí estamos, dándole cuartelillo al anuncio y haciendo exactamente lo que se suponía que íbamos a hacer. Pero qué listos somos.

Mediamarkt

En el caso de Media Markt, sin embargo, parece que está clarísimo que somos nosotros quienes nos aprovechamos. Por fin, en estos terribles tiempos de crisis, encontramos una forma de eludir algunos de nuestros deberes tributarios. Si en Media Markt nos ofrecen la posibilidad de no pagar el IVA durante el 5 y el 6 de marzo —dos días enteros, qué locura—, habría que ser idiota para no sacar tajada. Y efectivamente, así estaban sus cajas registradoras, repletas de listos comprando en masa. Somos todos listísimos. O quizá, pensándolo mejor, los listos son los chicos de Media Markt. Listos y oportunistas. Para empezar, quienes se aprovecharon de tan suculenta ventaja fiscal pagaron el IVA como todo hijo de vecino, les hayan dicho lo que les hayan dicho. Si nos hubiesen ofrecido un descuento del 18% durante dos días, nos habría dado más o menos igual, pero la posibilidad de no pagar un impuesto es demasiado tentadora. Nos ponen la zanahoria delante, nos dicen que si la alcanzamos es nuestra, y nos ponemos a trotar como burros. Y lo cierto es que es una táctica realmente reprobable. En primer lugar porque se genera la sensación de estar incumpliendo una obligación fiscal, lo cual, además de ser una actitud ciertamente insolidaria, es básicamente falso. Y en segundo lugar, porque anunciar a bombo y platillo que en sus establecimientos no se cobra el IVA no está muy lejos de ser un acto de competencia desleal. Pero allí estábamos todos los listos de España, aprovechándonos de los pobres ingenuos de Media Markt, que llenaron sus cajas de billetes a costa de nuestra picaresca.

Y, como decía antes, aquí estamos ahora. Dedicando todos los descalificativos que conocemos a Loewe mientras abarrotamos la red compartiendo su espantoso anuncio y aprovechándonos de los incautos de Media Markt, que nos ofrecen la posibilidad de no pagar un triste impuesto. Y mientras tanto, Loewe y Media Markt consiguen exactamente lo que pretendían. A pesar de nuestra astucia e inteligencia. Mucho me temo que el mercadeo nos afecta a todos, queramos o no. Pero no se preocupen, no somos borregos. Simplemente, alguien se nos ha adelantado y ha estado pensado por nosotros. Fue Henry Ford quien dijo que “pensar es el trabajo más difícil que existe; quizá sea ésta la razón por la que haya pocas personas que lo practiquen”. Y no me negarán que Henry Ford sabía bastante del tema. Al fin y al cabo, nos vendió millones y millones de coches. Un tipo listo.

Manuel de Lorenzo: La insoportable levedad de ser John F. Kennedy


Probablemente, una de las cosas más sencillas que uno puede hacer en la vida es matar a un Kennedy. La facilidad con la que mueren los miembros de esa familia es verdaderamente encantadora. Robert Francis Kennedy fue asesinado en 1968 en Los Ángeles cuando era candidato a la Presidencia de los Estados Unidos. Joseph Patrick Kennedy falleció en 1944 en la explosión de un bombardero en Suffolk, Inglaterra. Cuatro años más tarde, en un accidente de avión, murió Kathleen Agnes Kennedy. En similares circunstancias, en otro accidente aéreo en 1999, perdió la vida “John-John” Kennedy sin que su esperpéntico apodo tuviese aparentemente nada que ver. Michael LeMoyne Kennedy murió esquiando, David Anthony Kennedy falleció a causa de una sobredosis, etc. Es muy posible que ustedes mismos, sin pretenderlo, hayan matado a un Kennedy alguna vez y no se hayan dado ni cuenta. Es la familia ideal para cualquier médico que tenga que diagnosticar a uno de sus miembros. Con un sencillo “Se va usted a morir” es imposible fallar. En cualquier caso, es justo señalar que la muerte de uno de ellos siempre ha destacado por encima de la de los demás —en todas las familias hay uno empeñado en ser más que el resto—. La Historia ha sido especialmente escrupulosa al detallar el asesinato del trigésimo quinto presidente de los Estados Unidos de América, John Fitzgerald Kennedy. No cabe duda de que aún a día de hoy es un tema controvertido y sobre el que quizá ya se haya escrito demasiado, así que no tengo intención alguna en profundizar en el análisis de las circunstancias, pero sí me gustaría exponer brevemente mi opinión sobre tan célebre magnicidio.

Una de las pocas cosas que han quedado claras después de años de especulaciones e indagaciones es que en el asesinato de Kennedy, quien oficialmente falleció a causa de un impacto de bala en su cabeza, tan sólo hubo un tirador. La Comisión Warren, creada en 1963 por el Presidente Lyndon B. Johnson para investigar el atentado cometido contra su predecesor, concluyó que los tres disparos realizados en total provenían del mismo rifle. Posteriormente, el Comité Selecto de la Cámara de Representantes sobre Asesinatos, que criticó duramente la labor de investigación llevada a cabo por la Comisión Warren, determinó que en realidad habían sido dos los tiradores y cuatro los disparos realizados. Sin embargo, su conclusión se basaba fundamentalmente en la necesidad de la existencia de un segundo tirador que explicase las diferentes heridas sufridas por uno de los acompañantes del Presidente, el Gobernador de Texas John Bowden Connally, y no en verdaderas evidencias. Las pruebas acústicas presentadas tan sólo sugerían que probablemente hubo más de una fuente de disparos, pero no determinaban con absoluta certeza que hubiese sido así. Años más tarde, la Academia Nacional de Ciencias de Estados Unidos demostró el error en la conclusión del Comité respecto a tales pruebas acústicas, que se había debido a una interferencia en las grabaciones producida por una trasmisión de radio de un policía. Lo cierto es que el Comité también entendía que el asesinato de Kennedy había sido fruto de una posible conspiración en la que no se descartaba la intervención de grupos mafiosos o anticastristas, pero eso ahora mismo no nos interesa. Es posible que en todo este asunto hubiese más intereses personales que los reconocidos hasta la fecha —al fin y al cabo, el principal beneficiario de la muerte de John F. Kennedy fue el propio Lyndon B. Johnson, gran amigo del director del FBI John Edgar Hoover, a quien siempre se ha relacionado con la Mafia—, pero lo realmente interesante es que, como ha quedado de manifiesto, sólo hubo un tirador.

¿Pero quién fue ese tirador? ¿Cuál es la identidad del hombre que se apostó en la sexta planta del Texas School Book Depository y no dudó en poner fin a la vida del siempre sonriente presidente Kennedy? Teniendo en cuenta que, a pesar de las discrepancias entre la Comisión y el Comité sobre muchas de las otras circunstancias del crimen, ambos órganos señalaron la participación de Lee Harvey Oswald, parece claro que la única gran verdad en todo este asunto es que él fue quien cometió el asesinato. Sin embargo, ¿es esto lógico? ¿Pudo ser Oswald el autor de los disparos que provocaron la muerte de JFK o él no tuvo nada que ver, como afirmó reiteradamente hasta que fue asesinado? A mí, sinceramente, me cuesta creer que estuviese implicado.

Para empezar, Lee Harvey Oswald había formado parte del Cuerpo de Marines de Estados Unidos, y basta con ver alguna película como Tras la línea enemiga, Con Air o La teniente O’Neil para darse cuenta de que los militares estadounidenses jamás llevarían a cabo acciones que perjudicasen los intereses de su país. Al fin y al cabo, el lema de los Marines es Semper Fidelis, y si está en latín es porque es algo serio, signifique lo que signifique. Por otra parte, en 1959 se trasladó a la Unión Soviética y llegó a defender públicamente los valores comunistas, por lo que resulta difícil creer que quisiese eliminar a la figura más destacada del Partido Demócrata, representante de la tímida izquierda norteamericana. Además, Oswald nunca llegó a obtener el grado de tirador cuando formaba parte de las Fuerzas Armadas, de tal forma que parece completamente fuera de sus posibilidades haber alcanzado a Kennedy hasta en dos ocasiones con sólo tres disparos. Tampoco tiene sentido haber cometido una atrocidad semejante para después negarlo enérgicamente mientras permanecía detenido. Y por último, que fuese asesinado dos días después por el mafioso Jack Ruby, antes de que pudiese explicar su versión de los hechos ante un tribunal, no hace más que demostrar que Oswald sólo fue un mero chivo expiatorio.

Al contrario de lo que pudiese parecer, la inocencia de Oswald conduce a la evidente solución del rompecabezas. Si todas las investigaciones oficiales han señalado que el responsable del atentado fue Lee Harvey Oswald, pero sus circunstancias personales parecen indicar que no pudo haber sido él, mi conclusión es que John Fitzgerald Kennedy falleció de muerte natural. Resulta obvio. Si la persona que tanto la Comisión Warren como el Comité Selecto de la Cámara de Representantes sobre Asesinatos han señalado como único autor posible no tuvo realmente nada que ver con la muerte de Kennedy, la única opción viable es que éste muriese de viejo. Reconozco que también es posible que sufriese un cáncer fulminante o cualquier otra enfermedad letal, pero en ese caso se lo habría comentado a alguien y la noticia habría trascendido. Descarto asimismo la idea de que se atragantase con un hueso de aceituna, porque no tiene mucho sentido que fuese comiendo aceitunas mientras presumía de descapotable por las calles de Dallas. Siendo sensatos, la muerte natural es la explicación más sencilla que a uno se le puede ocurrir, y tal y como dijo en su momento Guillermo de Ockham mientras se compraba una navaja para afeitar a no sé quién, “la explicación más simple y suficiente es la más probable”. Y no me negarán que esta explicación es lo suficientemente sencilla como para ser la más probable…

El único cabo suelto que podría quedar es el relativo a las heridas sufridas por John Connally en el momento de la muerte de Kennedy, pero si el hombre estaba tan loco como para autolesionarse mientras su acompañante agonizaba en el asiento de atrás, no merece la pena que le preste ni un solo minuto de atención.

Manuel de Lorenzo: El polvo de la alfombra roja


Si yo no hubiese existido, alguna otra persona me habría escrito”. William Faulkner

 Nos detuvimos frente al viejo cine de la Calle Mayor. No sé cuántas veces paso por delante a lo largo de la semana, pero hasta ese instante no me había dado cuenta de que ya no volvería a entrar. Si la memoria no me falla, la primera vez que vi una película en pantalla grande fue allí, con mi padre y mi hermano. Los protagonistas eran Tom Hanks y un perro, creo. Nada reseñable. No negaré que me apenó un poco comprobar que cerraba para siempre un lugar tan íntimamente vinculado a mi infancia, pero es lo que hay, sinceramente. El modelo de mercado ha variado y esos lugares pequeños, incómodos, obsoletos, ya no son imprescindibles. Quien me acompañaba lamentó que a la larga esto pudiese derivar en el propio declive del cine como manifestación cultural, y por ahí sí que no paso. ¿El cierre de las pequeñas salas de cine implica el inevitable fin del séptimo arte? Perdonen, pero lo dudo mucho.

Algo similar sucede con la literatura. En una ligera —muy ligera— comparación con la música, que se defiende de esta epidemia con forma de descarga digital desplazando su centro de gravedad del disco al directo, la literatura no será capaz de soportar el peso de la era digital y acabará pereciendo. O eso es lo que dicen. Los e-books, iPads y demás artificios del diablo provocarán la proliferación de páginas de descarga gratuita que minarán los ingresos de las compañías editoriales y el consecuente colapso de la industria literaria. El fin de la literatura… Y una mierda. Que las editoriales asistan inmóviles a la evaporación de su principal forma de financiación y no puedan retribuir a los autores que tienen en nómina no significa que deje de haber escritores. Sin ir más lejos, uno de los mejores cuentos que he leído últimamente lo ha escrito un buen amigo mío y no creo que exista siquiera una copia en papel. Él no es escritor profesional, pero escribe. Y además lo hace francamente bien. No me sorprendería que las descargas de sus textos, si algún día se decidiese a alojarlos en alguna web, se contasen por miles. Y además, gratis.

Y es en este punto donde surge la gran pregunta: ¿Es justo que quien haya escrito una novela o un ensayo no reciba una compensación por su trabajo? ¿No es esto una vulneración de sus derechos de autor? La respuesta es no. No se puede lesionar lo que no existe. No se puede impedir la eficacia de un derecho si ésta no se ha producido. Supongamos un pasado hipotético —y recalco el carácter hipotético del ejemplo por si a alguno se le ocurre venir hablándome de Historia del Arte o mecenazgos— en el que alguien, en el contexto de una civilización más o menos moderna, crea la primera obra de arte. Sus coetáneos, admirados de la belleza y exquisitez de la pieza, ofrecen verdaderas fortunas por su adquisición. El autor —probablemente ascendiente de levantinos dedicados al sector de la construcción—, ve con claridad el negocio y decide cobrar una determinada cantidad por cada copia que realice de la obra, poniendo en marcha un procedimiento muy rentable que se mantiene constante hasta nuestros días. El problema se produce cuando una variación en el modelo de mercado permite al público acceder de forma gratuita a las copias de la obra en cuestión. Los derechos de autor son un sistema de protección legal en virtud del cual el estado permite al creador, entre otras cosas, acceder a una parte de los beneficios que genera la distribución de su obra durante un determinado período de tiempo. En el momento en que tal difusión no produce renta alguna, no hay derecho que asista al autor en su pretensión de cobrar, del mismo modo que sería absurdo que el responsable de una mala novela reclamase derechos de autor alegando el esfuerzo invertido si nadie estuviese dispuesto a pagar por ella.

La diferencia entre este último ejemplo y la situación actual de la mayoría de escritores se encuentra en que ésta deriva directamente de la existencia de webs de almacenamiento digital de datos donde cualquiera puede descargarse sus libros. Sin embargo —qué putada— resulta que, con el Código Penal en la mano, en España estas páginas no son ilegales. Y aquí entra en escena la figura de la intervención del Estado. Si la legislación no prohíbe estas conductas y la industria literaria, tal y como está montada, se ve desamparada, habrá que intervenir para que esta barbaridad deje de estar permitida. Habrá quien sugiera esta posibilidad… Pues de eso nada. La intervención de los poderes públicos siempre debe obedecer al interés general, y no al particular de unos pocos. En el caso que nos ocupa, la única beneficiaria de una eventual reforma legislativa que convierta en ilegal lo que hasta ahora no lo era —porque ya me dirán qué otra forma de intervención pública podría llevarse a cabo si no es a través de la vía normativa— es únicamente la industria literaria. Y a alguno le parecerá fantástico. ¡Claro que sí! ¡Intervengamos para proteger la industria salchichonera cuando a alguien se le ocurra regalar salchichones! La intervención de los poderes públicos, como ocurre en el caso de la sanidad o la educación, es legítima cuando redunda en beneficio del ciudadano. Si esta meta se logra a través de la libre competencia, habrá que confiar en la oferta y la demanda.

Y mientras haya demanda, la literatura encontrará su camino. El mercado se adaptará, a pesar de la desaparición de las compañías editoriales —lo cual dudo que llegue a suceder, ya que la descarga desalmada de novelas no impedirá que algunos sigamos prefiriendo el papel, de igual modo que la salud del mercado del vinilo sigue siendo buena—. Es más, ni siquiera tiene por qué producirse la tan temida desprofesionalización de la escritura. La venta directa de obras por vía electrónica, que supone una reducción considerable de intermediarios, comienza a imponerse como una de las opciones más satisfactorias para el autor. La financiación mediante publicidad en las webs en las que el público puede acceder al contenido que le interesa no es un modelo ajeno —el propio magazine que están leyendo funciona así—. Las alternativas, como ven, no son escasas.

¿Es una pena que cierren las pequeñas salas de cine? Pues sí, es una lástima. Pero lo es por motivos sentimentales, no por sus posibles consecuencias apocalípticas. No es menos descorazonador que se traspase la tiendecita de la esquina que no puede competir contra la gran superficie, o que el tradicional taller de muebles no sea capaz de hacer frente a alguna empresa nórdica basada en el “hágalo usted mismo” —no quiero dar nombres para que no me denuncien los de IKEA—. El mercado muta y es obligatorio adaptarse a él para sobrevivir. ¿Será éste el fin del séptimo arte? Lo dudo mucho. Pero la industria del cine, tal y como la conocemos, debería ir empezando a recoger su cara y lustrosa alfombra. Antes de que se llene de polvo.

Manuel de Lorenzo: Mataos los unos a los otros como yo os he matado


“El desorden almuerza con la abundancia, cena con la pobreza y se acuesta con la muerte”.
Benjamin Franklin

Cuando Thomas Carlyle se refirió a la economía como “ciencia lúgubre” esbozó un retrato perfecto de las ideas de Thomas Robert Malthus sobre demografía. En su Ensayo sobre el principio de la población, Malthus predecía que el crecimiento lineal de los recursos alimentarios conduciría irremediablemente al colapso de la población, que aumentaba exponencialmente, indicando que la única solución posible consistía en la intervención del Estado mediante el fomento de la enfermedad y la hambruna, eliminando los sistemas de asistencia a las clases más desfavorecidas. Al contrario de lo que pueda parecer, apelando al arbitraje de los Jinetes del Apocalipsis, Malthus no pretendía la perpetuación del statu quo social imperante, sino la supervivencia de los individuos más fuertes, capaces de superar la purga, y la eliminación del proletariado menos útil.

En La invención de Morel de Adolfo Bioy Casares, el protagonista anota esta frase al inicio de su diario: “Si en pocos días no muero ahogado o luchando por mi libertad, espero escribir la Defensa ante Sobrevivientes y un Elogio de Malthus”. Asimismo, Jorge Luis Borges abunda sutilmente en la idea de la catástrofe malthusiana en Tlön, Uqbar, Orbis Tertius mediante un guiño velado a la mencionada novela de su colega. “Entonces —explica Borges— Bioy Casares recordó que uno de los heresiarcas de Uqbar había declarado que los espejos y la cópula son abominables, porque multiplican el número de los hombres”. Siempre me había preguntado por qué estos dos genios literarios, cuya clarividencia y lucidez doy por sentadas, incluían sendas referencias a las virtudes de Malthus a pesar de lo aberrante de sus razonamientos y lo descabellado de sus propuestas, pero la coyuntura económica actual y la situación del mercado laboral me han llevado por fin a comprender la bondad de su argumentación: el único modo de poner fin a esta crisis es matando gente.

De la misma forma que Malthus entendía que si la naturaleza no era capaz de lograr un equilibrio entre los recursos alimentarios y la población era necesario adoptar medidas que condujesen a una reducción del número de individuos, las ejecuciones en aras del interés general son la forma más eficaz de ajustar las curvas de demanda y oferta de empleo. En su ensayo de 1798, el profeta y demógrafo británico —quien se oponía manifiestamente al uso de métodos anticonceptivos por considerarlos ajenos a la moral— señala: “Sobre todo, impediremos la cura de enfermedades que diezman la población; y esos individuos compasivos, pero muy equivocados, que creen hacerle un gran beneficio a la humanidad estudiando la manera de extirpar para siempre ciertas enfermedades, merecen nuestra reprobación”. Habida cuenta de la urgencia con la que debe ser frenada la actual recesión económica, mi proposición consiste en la sustitución de las medidas indirectas malthusianas por métodos activos de homicidio legal. Si el mercado laboral es incapaz de absorber el exceso de trabajadores, el Estado está obligado a intervenir. John Maynard Keynes así lo habría querido. Descanse en paz.

Las ejecuciones públicas deberán ajustarse, en todo caso, al procedimiento que el legislador haya diseñado mediante la norma jurídica aprobada al efecto. Es fundamental evitar cualquier ejercicio arbitrario de esta potestad, pues de lo contrario colisionaría con los principios básicos que rigen el Estado de Derecho —el principio de legalidad, la supremacía de la Constitución, el principio de separación de poderes, el principio de Arquímedes y El Principito de Antoine de Saint-Exupéry—. Los criterios que deben informar la regulación legal de esta “potestas occidendi” son los siguientes:

Criterio sectorial: se ejecutará a más gente en función del superávit de trabajadores desempleados de cada sector. El número de homicidios será proporcional al número de parados en cada uno de los sectores laborales, de tal forma que si la construcción es la que acumula más desempleados, el Estado ejecutará sobre todo a peones, capataces de obra, etc.

Criterio territorial: en aquellas regiones en las que más paro haya, más gente debe morir por el interés general. En su artículo 138.1, la Constitución Española de 1978 señala que es el Estado quien garantiza la realización efectiva del principio de solidaridad, “velando por el establecimiento de un equilibrio económico, adecuado y justo entre las diversas partes del territorio español”. Que la tasa de desempleo en Euskadi se encuentre por debajo del 14% y en Andalucía por encima del 30% es a todas luces injusto, por lo que resulta urgente y necesario exterminar a un número de andaluces suficiente como para ajustar su población en paro al promedio europeo.

Criterio funcional: el Estado procederá a la ejecución de trabajadores y desempleados de mayor edad en beneficio de la juventud. El homicidio legal de parados de edad avanzada se encuentra más que justificado por el propio espíritu de esta “potestas occidendi”. En cuanto a los trabajadores más mayores, su desaparición no sólo supone el acceso inmediato de los jóvenes a los puestos de trabajo que se desocupan, sino que evita el despilfarro en concepto de pensiones de jubilación con cargo a las arcas públicas.

Estos tres criterios servirán de guía en la ordenación de las ejecuciones públicas siempre y cuando no se alcance la optimización del mercado laboral con las muertes voluntarias que se produzcan. Tal y como sucedió en el Crac del 29, los suicidios que se produjeron durante el Martes Negro deben servir de referente no sólo para el desempleado actual, sino también para el trabajador en activo, que debe colaborar con el bien común generando vacantes mediante la amputación de su propia vida. Qué menos que demostrar algo de solidaridad y humanidad en estos tiempos hostiles…

En definitiva, el contexto en el que Thomas Malthus desarrolló su teoría no difiere tanto de las circunstancias contemporáneas. La necesidad de encontrar el equilibrio entre una población cuantitativamente superior a los recursos que su supervivencia requería y una producción alimentaria muy alejada de la sostenibilidad es correlativa al desfase desproporcionado que hoy en día se observa entre la demanda y la oferta laboral. La Ley de Malthus predice que la lucha contra la penuria es estéril y que la única vía de actuación sensata es fomentar la calamidad para lograr la armonía a largo plazo. Paralelamente, si nuestro objetivo es el pleno empleo, la única opción será matarnos los unos a los otros. Es un mensaje del FROM.

Manuel de Lorenzo: Y vio Dios que era rubia


“Hay pocos lazos de amistad tan fuertes que no puedan ser cortados por un pelo de mujer”
Santiago Ramón y Cajal

En el versículo 22 del segundo capítulo del Génesis, Jesús de Nazaret nos explica en un castellano peculiar cómo Eva fue creada a partir de una costilla que Dios tomó del hombre, a quien previamente había dormido —técnica adoptada posteriormente por bandas católicas de ladrones albanokosovares para robar en las urbanizaciones de lujo del Levante español—. Sin embargo, y a pesar de la omisión bíblica, la tradición revela que Adán ya había tenido una esposa, de nombre Lilith, quien habría optado por abandonar voluntariamente el Edén para instalarse en primera línea de playa junto al Mar Rojo.

Las diferencias entre ambas hembras son notables. Lilith fue creada del polvo de la tierra, tal y como había sido creado Adán. Eva, sin embargo, no recibió el divino aliento de vida en su nariz; nació de una chuleta. La primera mujer de Adán se consideraba igual a él y rechazaba ser dominada en la fornicación. La segunda esposa era dócil, sumisa, y aceptaba su subordinación al hombre. Una no refrenaba su lujuria, amancebándose con demonios y otros crápulas. La otra se convirtió en la Martha Stewart del Paraíso. Una era intrépida y decidida. La otra pecaba de prudente. Una era independiente, la otra se había resignado… Sin duda, era más lo que las separaba que lo que las unía, pero todas sus diferencias podrían nacer en realidad de la misma: Lilith era rubia y Eva era morena.

No es infrecuente, en la cultura popular, la consideración de las rubias como mujeres intelectualmente menos capacitadas que las morenas. Este tópico despectivo, cuyo origen suele situarse en la novela de Anita Loos Los caballeros las prefieren rubias, parece quebrar ante la evidencia reflejada en las Sagradas Escrituras. El talante autosuficiente de Lilith, opuesto al sometimiento de Eva, vendría a probar que son los cabellos rubios los que se encuentran asociados a un gran intelecto, en detrimento de la inmerecida reputación de la mujer morena. En relación con esta hipótesis, el Departamento de Sociología de la Escuela de Hostelería de la Universidad Jaime Bausate y Meza —probablemente, la trigésimo novena mejor Universidad de todo El Perú­— realizó en el año 2008 un sencillo estudio en el que se comparaban los conocimientos de cuarenta mujeres rubias y cuarenta morenas. El estudio consistía en la formulación de cinco preguntas y en la valoración de los resultados mediante la comparación del porcentaje de acierto de ambos grupos. En concreto, fueron los siguientes:

Preguntas a las mujeres rubias y porcentajes de acierto.

1.- ¿Cómo se llamaban los Reyes Católicos? Porcentaje de acierto: 47%

2.- ¿Quién descubrió América? Porcentaje de acierto: 53%

3.- ¿De qué color es el caballo blanco de Santiago? Porcentaje de acierto: 68%

4.- Enumere los continentes del planeta Tierra. Porcentaje de acierto: 62%

5.- ¿En qué ciudad se encuentra el Vaticano? Porcentaje de acierto: 56%

Preguntas a las mujeres morenas y porcentajes de acierto.

1.- Explique brevemente la resolución de la Conjetura de Poncairé de Grigori Perelmán. Porcentaje de acierto: 32%

2.- ¿Qué postulado de Euclides no se satisface en la geometría hiperbólica? Porcentaje de acierto: 41%

3.- ¿En qué año inventó Zacharias Janssen el microscopio compuesto? Porcentaje de acierto: 48%

4.- ¿Decía Epiménides la verdad? Porcentaje de acierto: 39%

5.- ¿A qué distancia del Sol se encuentra la Tierra en el perihelio? Porcentaje de acierto: 48%.

Como se puede observar, de la investigación se deriva que el número de mujeres rubias que contestaron correctamente a las preguntas es sensiblemente superior al de mujeres morenas, que en ningún caso alcanzaron el 50% de acierto, lo que revelaría que el cociente intelectual de las primeras es más alto que el de las segundas, invirtiéndose así el mencionado estereotipo de “rubia tonta”.

Personalmente, este estudio no me convence. Adolece de algunos defectos que, aun no siendo determinantes, me impiden atribuirle el rigor científico necesario para advertir en sus resultados un grado pleno de certeza. Coincidiendo con la conclusión del profesor Baldomero Schenkenberg en su célebre ensayo de 1978 Rubias picaruelas, ¿qué voy a hacer con vosotras?, opino que lo más sensato en este caso es conceder a la Biblia el beneficio de la duda y considerar la posibilidad de que las rubias no sean más que un error de Dios. La omisión de la creación de Lilith y su emancipación no fue accidental. A lo largo del primer capítulo del Génesis, Jesús va narrando cómo su padre creó en seis días todas las cosas conocidas, añadiendo a continuación de cada nueva creación la muletilla “Y vio Dios que era bueno”, lo que nos sugiere que el Sumo Hacedor no sabía de antemano cuál iba a ser el resultado. Esta técnica, denominada “ensayo y error”, suele conducir a la comisión de numerosos fallos antes de obtener el resultado pretendido, y no es descabellado pensar que, deliberadamente, Jesucristo los silenció en su escrupulosa descripción bíblica de la Creación. Que en ningún momento se refiera a Lilith y, por extensión, a la mujer rubia, nos indica que Dios vio que lo que había creado no era bueno. Que el propio Creador se percató de que había cometido un error. Y estarán de acuerdo conmigo en que el error de Dios jamás puede ser superior a su acierto: Eva. Como acostumbra a comentar el propio Schenkenberg cuando ofrece una conferencia sobre este tema, “o bien la explicación es ésta, o bien Dios es rubia”.

En mi opinión, la prueba definitiva de la preeminencia de la mujer morena se encuentra en la elección de Adán, quien en ningún momento se esforzó lo más mínimo en conservar a Lilith. Es cierto que desconozco sus gustos, y tal vez se me esté escapando algún dato que incline la balanza a favor del cabello rubio, pero siendo un hombre tan inteligente como para dar nombre a todos los animales de la Tierra en un solo día (Génesis, 2:20), si eligió a Eva, por algo sería.

Manuel de Lorenzo: No eres tú, soy yo


¿Se han preguntado alguna vez por qué tenemos cinco dedos? Yo tampoco. Y la verdad es que no creo que el número de dedos que uno tiene en cada mano o en cada pie sea algo que pueda preocupar a nadie —salvo si es Vd. Juanito Oiarzabal, Edurne Pasabán o cualquier otra persona empeñada en subir una y otra vez a montañas muy altas para luego volver a bajarlas, pero ya hablaremos de eso otro día—. Afortunadamente, este artículo no tiene absolutamente nada que ver con la pentadactilia y su finalidad es, si me lo permiten, mucho menos ambiciosa: confío en que no me tomen por un burdo libertino si les digo que mi intención no es otra que enseñar a los hombres a ligar.

He de confesar que soy un hombre y he de confesar, asimismo, que no sé ligar. Lo asumo, mi experiencia en esta materia es literalmente nula, pero es en tal carencia donde precisamente reside la utilidad de mis consejos, ya que me temo que son ustedes unos autómatas. Todos. Sin excepción. Hasta la Nochevieja de 2011, yo jamás había salido de copas. Siempre he aprovechado las noches de los fines de semana para componer sonatas para violonchelo y escribir, como mi ídolo de juventud, el Marqués de Santillana, sonetos al itálico modo —tareas ambas muy poco satisfactorias, ya que no tengo ni idea de tocar el violonchelo ni he sido capaz de escribir en toda mi vida dos versos que rimasen mediocremente siquiera; salvo una vez, pero fue por casualidad y la segunda palabra, al parecer, no existía—. Hace diez días, un amigo que tampoco se prodiga demasiado en el intimidante mundo de la noche y a quien conocí en 2007 en un chat de internet, me convenció de que le acompañase durante la noche de Fin de Año —por supuesto, yo en mi ciudad y él en la suya, Damasco, aunque permanentemente en contacto gracias a Steve Jobs—. El espectáculo que presencié en las muchas discotecas de nombre impronunciable en las que estuve fue turbadoramente bochornoso. Atónito, comprobé que los hombres no saben cortejar a las mujeres. Repiten inútilmente dos o tres clases de rituales que en la mayoría de los casos los conducen al más estrepitoso de los ridículos. Son muchos los que lo intentan y muy pocas las mujeres seducidas, y eso es intolerable.

¿Dónde está el problema? En la lección aprendida. En el arte del flirteo, todos los hombres adoptan patrones que previamente han observado en peliculitas de galanes trasnochados o en modelos de conducta todavía más torpes que ellos, y que han venido repitiendo constantemente desde la primera vez que han tratado de conquistar a una mujer. ¡Y lo cierto es que casi nunca funcionan! ¿Alguien se atreve a negar que lo más habitual es no comerse un rosco? ¿Por qué ese empeño, entonces, en perpetuar tácticas evidentemente ineficaces? Es inexplicable. Para alguien como yo, que jamás ha intentado ligar con nadie pero que ha visto cómo la mayoría de los que lo intentan fracasan irremediablemente, para alguien que se solidariza por necesidad con los de su mismo sexo, tal catástrofe amatoria resulta casi dolorosa. Mi objetivo, como decía en un principio, es enseñar a todos esos damnificados a ligar, y creo que la estrategia salta a la vista. Si lo que se ha venido haciendo no funciona, es hora de variar el método: lo que hay que hacer es exactamente lo que no se está haciendo.

Aun a riesgo de ser considerado un temerario o de ser acusado de enclítico —lo cual sería absurdo porque, tal y como indica el Diccionario de la Real Academia Española, “enclítico” se refiere a una partícula o a una parte de la oración que se une con el vocablo precedente formando una sola palabra, y no tendría ningún sentido que alguien me acusase de algo así—, dejo aquí constancia de mi Decálogo para ligar con la esperanza de que sea consultado por todo aquel que lo necesite y el deseo de que sea puesto en práctica por todos los hombres lo antes posible.

Decálogo para ligar

1.- Llama la atención de las chicas. Los hombres soléis mostraros un tanto apáticos en las discotecas, así que una buena forma de atraer el interés femenino es bailar eufóricamente cerca de ellas. Si uno es capaz de hacer la competencia a los gogós desde el centro de la pista, tiene gran parte del camino recorrido.

2.- Trata a las mujeres de tú a tú. Que sean del sexo contrario al tuyo no significa que no sean como tú. Demuéstraselo invitándolas a duelos de chupitos. Probablemente, ellas adoren ingerir cantidades descomunales de alcohol en competiciones rudimentarias. Si no lo hacen, es porque nadie las ha invitado. El factor sorpresa, siempre a favor.

3.- Haz que pase un rato agradable. Una vez has conseguido entablar conversación con alguna chica, ella debe creer que tú opinas que es muy simpática y divertida. La mejor forma de hacerlo, para no equivocarse nunca, es reírte de todo lo que diga. Cada vez que comience a hablar, ríete alto y fuerte para que todo el mundo se gire y vea lo graciosa que es. Señálala con el dedo para que todos sepan que es la causante de tus carcajadas.

4.- No descuides tu aspecto. He notado que los chicos se preocupan muy poco por su pelo. En las discotecas he visto crestas, melenas sin acicalar, peinados poco uniformes… Debes llevar un peine contigo y peinarte constantemente para marcar la diferencia. Péinate mucho, incluso mientras conversas con tu posible ligue. No dejes de peinarte ni un solo instante y, si lo ves oportuno, péinala a ella también. Ante todo, eres un caballero.

5.- Sé espontáneo. Mi consejo es que de vez en cuando digas la palabra “sabrosón”, bien comentando algo en concreto (por ejemplo: “Oye, qué ritmo sabrosón, ¿no crees?” o “Tienes un cuerpo sabrosón”), bien exclamándolo fortuitamente, para que vea que eres imprevisible.

6.- No caigas en tópicos. Actualmente impera la dictadura de lo políticamente correcto. No está de más dejar esa pose a un lado y comentar alguna historia un tanto sórdida. Presumir de los muchos esclavos que tu familia tuvo en el pasado o decir que te dedicas a explotar a inmigrantes ilegales despertará su interés por tu personalidad rompedora.

7.- Demuestra tus habilidades. Sé que en una discoteca es muy difícil exponer qué eres capaz de hacer y qué no, pero servirá con algún ejemplo sencillo. Introducirse monedas en la nariz o escupir muy lejos darán a entender a la chica que no eres precisamente un don nadie.

8.- Manifiesta tu interés. Ha llegado el momento de pasar a la acción. Ella debe saber que te atrae y que estás un poco excitado. Compra una botella de agua y viértela por tu cabeza y tu pecho sin dejar de mirarla a los ojos. Ponle tu cara más seductora. En la medida de lo posible, desabróchate la camisa un poco y acaríciate un pezón.

9.- Haz que se sienta especial. Antes de hacer el último movimiento es necesario desarmarla, y para ello es obligatorio que crea que te importa su vida. Interésate especialmente por aspectos muy personales. Pregúntale datos íntimos como a qué edad perdió la virginidad, en qué portal vive y en qué piso, cómo se apellidan sus padres, con qué frecuencia suele masturbarse, etc. Le parecerá enternecedor que quieras conocerla tan bien.

10.- Formula tu propuesta. ¿Para qué quieres ligar con una mujer? Para llevártela a la cama. El resto te da absolutamente igual, así que expresa tu proposición de un modo conciso y claro. Las mujeres están hartas de insinuaciones e indirectas. Hacer un trío con su hermana o con cualquier otra chica de su familia que sea atractiva será una oferta que demostrará iniciativa y seguridad en ti mismo. ¡Suerte y al toro! Eso sí, siempre en su casa. No quieres meter a desconocidos en la tuya.

11.- Bonus. Una vez te hayas acostado con tu ligue recuerda que es muy probable que lo único que ella quiera sea sexo, así que en cuanto termines, vístete y márchate. Ten en cuenta que durante el coito has podido manchar algo y no quieres quedar como un egoísta. Por si acaso se ha producido algún desperfecto, deja algunos billetes en su mesilla de noche.

ADVERTENCIA: Se recomienda seguir los diez puntos por orden para una mayor garantía de éxito.

Manuel de Lorenzo: ¿Qué es Matrix?


Que la verdad y la mentira son a menudo imágenes cuya visión hacemos depender del color de un mero cristal, es algo que aprendí hace muchos años. Que el arte —el cine, en concreto— no escapa a esta sentencia, vine a confirmarlo hace apenas unos días, en la tranquilidad de una sobremesa nocturna. El profesor Baldomero Schenkenberg y yo discutíamos entre escoceses de malta sobre los elementos necesarios para conformar una buena película. Su concepción del cine, mucho más instruida que la mía, exige la excelencia no sólo en la dirección, la interpretación, la fotografía o la escenografía, sino fundamentalmente en el guión, extendiendo la noción de éste tanto a los diálogos y las narraciones como a la trama —sobre todo a la trama— que a través de ellos se hila. En opinión del profesor —con la que no puedo estar de acuerdo, por ser excesivamente reduccionista—, para que una cinta sea magistral debe cumplir todas las condiciones académicamente exigibles y además invitar a la reflexión sobre las cuestiones fundamentales, sobre los principios de la realidad, sobre las verdades establecidas y pacíficamente aceptadas, en todos los órdenes e independientemente del leitmotiv de la película, trate ésta sobre la solitaria vida de un pastor o sobre la lucha contra la tiranía distópica de las máquinas. Y precisamente es éste el ejemplo que usó para ilustrar sus convicciones: Matrix.

Schenkenberg sostiene que, más allá de la historia que la trilogía de los hermanos Andy y Larry Wachowski narra en primer plano, se hallan latentes en ella varias de las preguntas que sirven de base a los fundamentos del pensamiento occidental. Matrix plantea el debate entre el idealismo y el materialismo mediante el análisis de una realidad dependiente del pensamiento. Opone a la felicidad propia de la ignorancia la desgracia inherente al progresivo conocimiento de la verdad. Se pregunta sobre el origen de la capacidad ética, sobre su esencia natural o social. Indaga en la subjetividad de lo correcto y lo perverso. Propone un examen del dualismo entre determinismo y libre albedrío como justificación de la existencia. Revisa expresamente el argumento ontológico. Referencias, en definitiva, a Kant, Platón, Sartre, Descartes, Baudrillard… En estas disertaciones se hallaba absorto el profesor cuando William Peláez, un amigo común con un exiguo sentido de la intimidad, se incorporó a la conversación. William nos había reconocido a través de la empañada ventana del restaurante y, como era previsible, no dudó en compartir su espontánea opinión con nosotros. En suma, coincidía con Schenkenberg en las numerosas alusiones metafísicas apreciables en la trilogía, pero discrepaba gravemente en su calificación. Lo que para uno era la clave del ensalzamiento de Matrix como referente cinematográfico, para el otro no era más que “un desorden injustificado de ideas y doctrinas más parecido a una macedonia de frutas en mal estado que a un ejercicio intelectual”. La polémica, en la que tuve el detalle de no participar, estaba servida.

Esa misma noche, ajeno a discusiones estériles, decidí brindar a Matrix su merecida oportunidad. La misma suerte de desidia nacida de la saturación que me había llevado a posponer su visita me incitaba, años después, a reconsiderarla. La decepción, por desgracia, fue completa. Tal fue la cantidad de errores y atentados contra la inteligencia del espectador que apenas pude terminar la primera parte de la trilogía. Un desastre creativo de tal magnitud ni siquiera debería ser tenido en cuenta por la crítica.

En primer lugar, The Matrix está plagada de intolerables errores de racord que privan a la historia de continuidad y estabilidad. Sin ir más lejos, en algunas partes de la película Keanu Reeves tiene pelo y en la escena siguiente, súbitamente, no lo tiene. En otras, los protagonistas van escrupulosamente vestidos con imponentes prendas oscuras y ataviados con gafas de sol, pero al instante sus ropas parecen harapos que revelan una escasa confianza en la higiene personal.

Por otro lado, los detalles están muy poco cuidados. ¡Utilizan siempre al mismo actor para hacer de agente! Da igual que haya muerto en las vías del metro o que se encuentre en otra zona de la ciudad. El tipo que encarna al agente más próximo a Neo siempre es el mismo. Ni siquiera tienen la decencia de disimularlo un poco. Teniendo en cuenta el presupuesto con el que contaban, ¿no podían haber contratado a una docena de actores para desempeñar el papel de agentes? Es inaceptable.

Otro aspecto a destacar es la total ausencia de coherencia cronológica. En un principio, los personajes parecen vivir en un año no muy lejano al final del siglo XX. Sin embargo, a medida que la película avanza, se producen constantes alternancias que parecen hacerlos bailar entre esa época y alguna posterior. Para colmo —quizá para hacer más creíble su pertenencia a un hipotético futuro cambiante—, se puede observar cómo algo similar a un enchufe aparece y desaparece de su nuca como por arte de magia. Si he entendido bien la película, Morfeo debe de ser una especie de hechicero que viaja en el tiempo con los protagonistas para encontrar al Oráculo. En cualquier caso, es una cuestión que no se refleja de una forma lo suficientemente clara.

La falta de credibilidad y el recurso a lo imposible es lo que más chirría en toda la cinta. En más de una ocasión, Neo se salva porque suceden fenómenos que no se creería nadie. Hay un momento clave en el que las pistolas de los agentes se estropean —qué casualidad— y las balas se proyectan con tan poca potencia que al muchacho le basta con echarse un poco hacia atrás para esquivarlas. Al final de la película, incluso se detienen en el aire antes de alcanzarlo y caen a plomo ante sus narices. ¡Hasta le da tiempo a coger una! En otra escena no menos ignominiosa, el agente con el que está peleando comienza a golpear tan despacio que Neo ataja sus guantazos con una sola mano, como quien espanta un par de moscas. ¿Es que acaso creen que somos idiotas? Esa clase de chapuzas resultan bochornosas.

Sinceramente, no me gustaría extenderme más de lo necesario en la identificación de los fallos y disparates existentes en The Matrix, porque su mero repaso me avergüenza incluso más que su triste descubrimiento. Asuntos como la ingesta de pastillas de colores, las carreras por la pared, las suspensiones en el aire o los niños aprendices de Uri Geller que doblan cucharas en la consulta del Oráculo se retratan por sí solos. Huelga decir que ni por casualidad pienso asomarme a The Matrix Reloaded ni a The Matrix Revolutions, por mucho que el profesor Baldomero Schenkenberg equipare la trilogía a clásicos como Inland Empire de David Lynch, ¡Vaya un Santa Claus! de John Pasquin o Primer de Shane Carruth. No obstante, he de rescatar algo provechoso de todo este asunto, y es que me ha ayudado a confirmar, como decía en un principio, que son muchas las opiniones que dependen del color del cristal a través del cual observamos el mundo, y que cada uno, en definitiva, tiene la suya. Lo paradójico es que fue el propio Schenkenberg quien me enseñó esta valiosa lección hace años, pero supongo que el hechicero Morfeo, al fin y al cabo, tiene razón: “El destino, al parecer, no está carente de cierta ironía”.

Manuel de Lorenzo: Tempus fugit


Escoger el momento es ahorrar tiempo“. Francis Bacon

Decía Nicolás Salmerón que la ciencia es el pedestal de la verdad. Y tal vez se equivocaba. El hombre, movido por la admiración de la que nos habla Aristóteles en su Metafísica, siempre se ha formulado preguntas eternas. La sed de conocimiento es consustancial a la naturaleza humana, que necesita comprender las reglas que rigen el orden universal. Las cuestiones que la religión siempre se ha esforzado en explicar del modo más accesible, facilitando la digestión intelectual de los menos exigentes, tratan de ser contestadas por la ciencia con precisión y pulcritud. Pero eso no significa, por desgracia, que sus respuestas sean siempre acertadas.

Una de las ramas científicas más ligadas a la historia del ser humano es la astronomía. La reflexión sobre el origen y organización del Universo a través de cosmogonías, como la Teogonía de Hesíodo o el propio Génesis bíblico, se identifica con la esencia misma de cualquier mitología. No es imprudente considerar que en la astronomía, en su evolución y desarrollo a lo largo de los siglos, se halla no sólo el origen de las preguntas que siempre han inquietado al hombre sino también su escurridiza respuesta. Y sin embargo, la astronomía se equivoca. Tal vez no sea un fallo insubsanable, quizá no sea la más imperdonable de las equivocaciones, pero la entidad de su error es suficiente como para provocar la inevitable duda sobre la certidumbre de todo el modelo astronómico. Al fin y al cabo, ¿quién podría afirmar sin titubear que jamás descubriremos más vicios que el que nos ocupa?

La ciencia como pedestal de la verdad se encuentra en entredicho. Los pilares que la sostienen se tambalean ante uno de los más graves desaciertos que se conocen desde la concepción geocéntrica del Universo. Y tal catástrofe tiene un responsable: Julio César. El Papa Gregorio XIII tuvo la oportunidad de enmendar su crimen a través de la bula Inter Gravissimas, pero lejos de poner fin al disparate de César, lo agravó conservando el nefasto error de su calendario juliano: el perverso año bisiesto. Que nadie se haya deshecho aún de semejante necedad dice muy poco de la raza humana y sus pensadores. Más de dos mil años perpetuando tamaña superchería nos hace merecedores de la mayor de las penitencias. ¿Cómo es posible que aceptemos sin reparo ese 29 de febrero que se escabulle cada cuatro años en nuestros almanaques? ¿Por qué toleramos sin más al intruso?

Después de razonarlo detenidamente, he reducido a tres los motivos que podrían justificar su existencia:

A) Cada cuatro años, la Tierra tarda un poco más de lo habitual en completar su órbita alrededor del Sol. Evidentemente, este razonamiento es de todo punto absurdo. Las variaciones temporales en la trayectoria que el planeta describe se producen debido a la desaceleración de su velocidad de traslación, lo cual dota a la órbita terrestre de una apacible uniformidad a corto plazo que hace imposible la pauta que este argumento propone.

B) El 29 de febrero obedece a un error en la medición de las unidades de tiempo que debe ser corregida periódicamente. Esta tesis —defendida por el profesor Baldomero Schenkenberg en su célebre ensayo de 1978 Minutos picaruelos, ¿qué voy a hacer con vosotros?— propone que los minutos, las horas, los días, no duran lo que deben durar, sino un poco menos. Esta anomalía produce una constante pérdida de tiempo, un goteo incesante de segundos no computados que es necesario recuperar, de donde resulta la obligatoriedad de añadir un día más al calendario cada cuatro años. Reconozco que, en un primer momento, la teoría de Schenkenberg me pareció interesante e incluso advertí cierto atractivo metafísico en la pérdida real del tiempo. No obstante, y a pesar de su belleza poética, no me queda más remedio que rechazarla por irracional. Un minuto no puede durar menos de un minuto. Si un minuto dura un minuto, es porque dura exactamente un minuto, ya que si no durase un minuto, no sería un minuto. Puede parecer una perogrullada, pero así es.

C) Los años no duran 365 días, sino 365 días y seis horas, aproximadamente. El 29 de febrero, por lo tanto, no es un día que se añade cada cuatro años al calendario tras el 28, sino una forma sencilla de computar las seis horas extra de duración anual. Es decir, cada año se produce una cuarta parte de ese 29 de febrero, que es sumada a las otras tres en los años bisiestos. A simple vista, ésta puede parecer la propuesta más sensata de todas, pero me temo que estamos ante la más ridícula de las tres. De ser cierta esta sandez, todos los años, un segundo después de las 23 horas, 59 minutos y 59 segundos del día 28 de febrero, no comenzaría el 1 de marzo, sino el correspondiente cuarto del 29 de febrero, de seis horas de duración. Por lo tanto, a las 6:01 AM del 1 de marzo, serían en realidad las 0:01 AM, ya que las seis horas previas pertenecerían al 29 de febrero. Y si esto fuese así, continuando el desfase horario, a las 22:00 PM del 1 de marzo, serían realmente las 16:00 PM. Seamos serios, ¿cómo van a ser las cuatro de la tarde el 1 de marzo a las diez de la noche? ¡A esas horas es completamente de noche! ¡No pueden ser las cuatro de la tarde! Es más, la lógica nos dice que lo más probable es que a las cuatro sean las cuatro. El trastorno de horarios, que se acumularía día a día hasta el siguiente 28 de febrero, donde el desfase se doblaría, resultaría un verdadero despropósito que, como resulta evidente, no ha sucedido jamás. Hagan memoria e intenten recordar si vivieron seis horas muertas el último 1 de marzo. Apuesto a que no.

Detesto ser portador de malas noticias —también detesto el agua que permanece en el plato una vez terminadas las aceitunas, pero éste es otro tema—, sobre todo cuando evidencian el fallo que terminará por sembrar la duda de la sospecha en todo cuanto a la astronomía se refiere, pero opino que la verdad debe ser expuesta sin subterfugios. La ciencia no es infalible, así que no pongan sus ilusiones en manos de un mero espejismo. Nicolás Salmerón así lo hizo y ahora está muerto. Por algo será…