Manuel de Lorenzo: Un dios salvaje

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Hay mentiras que, a fuerza de ser repetidas, terminan siendo aceptadas ordinariamente como verdades. Como por ejemplo esa inicua sentencia que asocia el acierto al mal pensar, lo cual es una fenomenal gilipollez. Sin embargo hay verdades de las que parecemos no querer enterarnos, no importa cuántas veces hayan sido probadas.

De la forma engañosa de las cosas ya nos advertía Séneca con su célebre “fallaces sunt rerum species”. El propio Aristóteles hizo del tema toda una teoría epistémica que el refranero se ha encargado de reducir a una sencilla máxima, no por ello menos cierta: las apariencias engañan. Pero no trata de ellas este artículo. No principalmente, al menos.

El pasado fin de semana sucedió algo que trajo a mi memoria un episodio con el que me tropecé hace algunos años en la página de sucesos. A primera hora de la mañana de un día cualquiera, una persona se desplomaba en plena calle, en algún lugar de Occidente. Después de varios minutos, el hombre seguía allí tirado sin que nadie lo atendiese. Sin que nadie se detuviese siquiera a observarlo, movido por el morbo o la curiosidad. Cuando varias horas más tarde llegaron al lugar los servicios de asistencia sanitaria, tan solo pudieron certificar su muerte.

El hecho que me hizo recordar esta noticia fue el hurto de un bolso. O mejor dicho, su recuperación. Una amiga se encontraba en un pub negociando con el camarero los ingredientes básicos de la dieta mediterránea que quería en su gin-tonic cuando se dio cuenta de que bajo el abrigo que había colocado a modo de camuflaje en un taburete adyacente ya no había nada. En un movimiento propio de Arsenio Lupin, el ladrón se había llevado el bolso dejando intacta la prenda de ropa que lo cubría.

Un par de días más tarde, un hombre entró en la empresa donde esta chica trabaja y preguntó por ella. Cuando se ofreció a acompañarla hasta un callejón cercano donde decía haber encontrado su bolso —en cuyo interior había una tarjeta con su nombre y lugar de trabajo—, no hubo nadie que creyese en sus buenas intenciones.

He olvidado mencionar, acaso deliberadamente, que la persona que falleció en la calle, invisible a los ojos de la ciudad, vestía pobremente y era de raza negra. Igualmente, no he dicho que el hombre que se ofrecía como cicerone en la recuperación del bolso sustraído era un yonqui más cercano al suelo que a la verticalidad.

El primero tuvo la mala suerte de sufrir un infarto de miocardio en una céntrica calle poco habituada a ver muchachos negros yaciendo inconscientes en sus aceras. Sé perfectamente que la teoría nos iguala, pero en la práctica algunos son más iguales que otros, por desgracia. El segundo olvidó el antiguo proverbio chino que dice “no te metas un chute de heroína que te haga arrastrar la mandíbula por el suelo justo antes de decirle a una mujer que te acompañe a un callejón para recuperar el bolso que le robaron dos días antes”. Sin embargo, no había segundas intenciones en la oferta de aquel tipo. Mi amiga la declinó amablemente, fue ella sola al lugar donde se suponía que estaba su bolso y allí lo halló. Al día siguiente —caprichos del azar—, nos topamos en la calle con el malogrado benefactor, que se encontraba en mucho mejor estado. Humildemente aceptó unas monedas por la ayuda prestada y nos contó alguna anécdota sobre personas a las que había querido echar una mano pero no había podido. “No es mucha la gente que se fía de mí”, comentó resignado. Hablamos durante un buen rato y resultó ser un tipo bastante sensato y con las ideas muy claras, a pesar de no haber tomado las decisiones más correctas en su vida, como era obvio.

Las apariencias convencieron a todos de que la larga noche de excesos de la que probablemente salía el tipo que había perdido el conocimiento le hacía merecedor de su desmayo. En cualquier caso, él se lo habría buscado y no parecía muy conveniente acercarse a curiosear. La realidad es que era un chico normal y corriente que quizá habría resucitado en algún hospital cercano de haber sido blanco y vestir decentemente. También fueron responsables las apariencias del sentimiento de culpa que albergaron los compañeros de trabajo de una chica que, lejos de haber sido objeto del intento de engaño de un crápula que pretendía aprovecharse de ella en una calle oscura, consiguió recuperar su bolso gracias a la ayuda de un tipo enfermo pero bienintencionado y bastante majo.

Sin embargo, no es justo culparles por su error de juicio. Algunos necesitarán circunstancias más escabrosas, para otros será suficiente la más leve anomalía, pero en el fondo todas las personas somos así. Más allá de lo fina que cada uno tenga la piel, un instinto primitivo de supervivencia continúa latente en cualquier ser humano.

Excepción hecha de patologías psicóticas y demás singularidades, todos sabemos distinguir entre qué está bien y qué está mal, aunque la medición no siempre sea totalmente uniforme. Ser capaces de colocarse en el lugar de los demás y actuar en consecuencia es el pilar fundamental de cualquier sistema ético. La moral no es una cualidad anterior al hombre, una suerte de prima hermana de esa bobada llamada ius naturale. Nace, en un sentido histórico, con el desarrollo y perfeccionamiento de la capacidad intelectual de nuestra especie. Sin embargo se proyecta a través de un filtro sociocultural que es el que define sus límites en un tiempo y un espacio determinados. Desde una perspectiva cenital, podemos afirmar que no somos más avanzados —en términos de biología evolutiva— que el hombre del Renacimiento, pero en el siglo XIX seguíamos tolerando el tráfico de seres humanos, y hasta el último tercio del siglo XX, si una mujer se llevaba una hostia en casa era porque se la merecía. Hoy en día continúan existiendo rituales sociales espeluznantes a no demasiados miles de kilómetros del primer mundo. No somos cerebralmente superiores a nuestros bisabuelos ni a los miembros de una tribu del Masái Mara, pero sus circunstancias sociales y culturales fueron y son distintas. Un niño sano nacido y criado en París tiene el mismo nivel de empatía que uno que haya vivido siempre en la jungla, pero su respuesta a una misma situación será generalmente diferente. Las pautas de conducta de una determinada sociedad, que como he dicho no tienen nada que ver con la naturaleza humana y sí con la inteligencia, son definidas y estructuradas precisamente por esas circunstancias.

Mientras estas no varíen, aquellas tampoco lo harán. La estabilidad sociocultural garantiza la inercia de nuestras pautas de conducta. En el caso de Europa —y aunque las cosas cada vez pinten peor—, nuestras necesidades básicas están más o menos cubiertas, y a nadie medianamente normal se le ocurriría soltarle una patada al vecino para hacerse con su bolsa de la compra. No obstante, si en unos años se produjese un cataclismo nuclear —no se pongan tremendos que solo es un ejemplo— y no fuese tan sencillo hacerse con alimentos como lo es hoy, nuestra moral no se interpondría tan a menudo en esa clase de conflictos. El instinto de supervivencia es el principio imperante del “sálvese quien pueda”.

En cualquier caso, no es necesario un desajuste de esas características para que esas motivaciones primarias se impongan a nuestro modelo habitual de conducta. Esas pautas de comportamiento también rigen a pequeña escala —un sistema ético no depende únicamente del gran tejido sociocultural, sino que se ve afectado por nuestras circunstancias personales—, y suelen mantenerse siempre y cuando la coyuntura no se aleje de lo previsible; es decir, actuamos como se supone que debemos actuar solo mientras la situación sea la que se supone que debe ser. Cualquiera se habría fiado de un hombre ordinario que solo pretendía ayudar a una chica a recuperar su bolso. Nadie lo habría juzgado injustamente. Nadie habría sugerido que era una trampa. De igual forma, si hubiese sido ese hombre quien en su día se desplomó en la calle, cualquiera habría acudido en su ayuda. Sin embargo, en estos casos, las apariencias provocaron la sensación de ausencia de control sobre la situación. Algo podría torcerse, no es la clase de realidad a la que uno está acostumbrado, y el instinto de supervivencia se activa recomendando prudencia, recelo y temor.

Como he dicho, no es justo culparles por su error de juicio. Todas las personas somos así. En los casos expuestos, las apariencias han terminado revelando la realidad de nuestra forma de ser. Cabría preguntarse, por lo tanto, cuánto hay de apariencia entonces en nuestra forma de comportarnos.

Roman Polanski formula esta misma pregunta en Carnage, la adaptación cinematográfica de la obra de teatro de Yasmina Reza Le Dieu du carnage. En alguna ocasión he leído que esta película trata sobre la corrección política, la alienación de la pareja… Pamplinas. Michael y Penélope Longstreet —interpretados por John C. Reilly y Jodie Foster— se nos presentan como dos personas sencillas, atentas y bien educadas. Él parece un hombre ingenuo y bonachón, sin dobleces. Ella, su esposa, es una mujer cultivada, metódica hasta lo maniático y socialmente muy comprometida. Christoph Waltz y Kate Winslet interpretan a Alan y Nancy Cowan, una pareja adinerada y pragmática. Michael y Nancy se encuentran en un segundo plano en sus respectivos matrimonios y en la propia cinta. Los verdaderos personajes principales son los de Waltz y Foster, de caracteres netamente opuestos. Ellos son, en sí, la metáfora de esta historia. Reflejan perfectamente el antagonismo entre dos formas muy distintas de entender las relaciones humanas y sus pautas de comportamiento. Penélope cree en la pulcritud de las formas, en el “trato civilizado”. Es un ejemplo de urbanidad. Alan, sin embargo, es directo e inmediato. Ferozmente sincero. Parece molestarle la falsa cortesía y no se anda por las ramas.

A medida que la trama va progresando —este aspecto no nos interesa, pero conviene mencionar que se desarrolla enteramente en el salón del apartamento de los Longstreet, provocando cierta sensación ficticia de hermetismo y claustrofobia—, sus protagonistas van perdiendo el control de lo que sucede a su alrededor y las apariencias se van difuminando. Comprobamos cómo hasta ese momento Penélope y Michael habían estado actuando como se suponía que debían haber actuado porque la situación era la que se suponía que debía ser. Al tornarse caótica, él deja de ser el mayorista simplón y condescendiente que creíamos que era y se muestra airado, rencoroso y contestatario. Por otro lado, las buenas maneras de su esposa y su ensayada contención se diluyen en la emersión de una personalidad neurótica y violenta, hasta entonces oculta. Todo su aparente civismo se viene abajo, y de forma paralela se derrumba el carácter conciliador de Nancy. Puro convencionalismo vencido por las innumerables interrupciones de su marido, quien en medio del desorden intenta seguir gestionando su gran empresa atendiendo a un sinfín de llamadas telefónicas en las que se revela la dudosa moralidad de sus negocios. Él es el único que se muestra tal y como es de principio a fin. Ante una situación descontrolada, las personas que mejor parecían gobernar sus instintos primarios se convierten en seres crueles y agresivos, alejados de la imagen de buenas personas que tenían de sí mismos. Alan, sin embargo, es un cabrón sin maquillaje, y su temperamento no varía. Cuando llega a casa de los Longstreet no se esfuerza por simular amabilidad o simpatía, pero su conducta —y las pautas que la rigen— es la misma cuando la realidad deja de ser previsible. Lo que Polanski nos pregunta es, precisamente, cuánto de apariencia hay en nuestra forma de comportarnos y cuál es la conducta más coherente.

La verdad, sin embargo, es que esto no tiene nada que ver con la coherencia. La ética no solo atiende a grandes cuestiones. Robar está mal. Ser solidario está bien. Las pautas sociales de conducta —normas jurídicas aparte— también nos dictan cómo debemos comportarnos en la cola del supermercado o en el recibidor de un hotel, como tratar a nuestros amigos en el bar o a un desconocido en el ascensor. El personaje de Christoph Waltz está muy bien para la ficción, al igual que lo está el doctor House y tantos otros, pero esa honestidad brutal, desprovista de fingimientos y envoltorios es inviable en la vida real. Son esas reglas de comportamiento las que hacen posible la convivencia, aunque nuestro instinto, en una situación que no podemos controlar o predecir, se imponga a nuestro modelo habitual de conducta. Siendo sincero, a mí no me importa demasiado lo que le suceda a un tipo que se esté desplomando ahora mismo en alguna calle de alguna ciudad de algún país cualquiera. Pero si estoy allí mismo, a su lado, me interesaré por él y trataré de ayudarle. Ahora bien, espero no ser juzgado si miro hacia otro lado porque algo me dice que me voy a meter en líos o si sospecho de las intenciones de un yonqui próximo a una sobredosis que le dice a una chica que la acompañe a un callejón. Aunque me esté equivocando de cabo a rabo.

Penélope, yo creo en un dios salvaje. Un dios cuyas reglas no han sido cuestionadas desde tiempos inmemoriales”, advierte Alan Cowan. La idea de un dios incivilizado sobre cuyas reglas, basadas en la fuerza bruta, los hombres hemos construido todo un sistema hipócrita y falaz es una idea con la que no puedo estar de acuerdo porque me fallan la mayor y la menor. Sin embargo, no les quepa la menor duda, me parece una cuestión de lo más interesante. Al menos, una reflexión sobre la misma me ha servido para rellenar estas líneas, que ya es bastante. Dios me perdone.

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16 comentarios

  1. Fantástico análisis/ensayo.
    Y sigo sin entender por qué JD se empeña en no fechar los artículos.

  2. Estupendo artículo, pero se bajó usted un par de paradas después de lo que anunció en una brillante entrega anterior y dejó los sólos muy solos, sin su prometida tilde…

  3. Albert

    Por pura casualidad, vi con muy pocos días de diferencia la película que usted comenta, “Carnage”, y “Contagio”, de Soderbergh, cuya trama se centra no en el cataclismo nuclear al que usted alude, sino en una catástrofe global si cabe aún más terrible, y desde luego más propicia para reflexionar sobre la existencia o no de ese dios salvaje primigenio y latente y el sistema de reglas falaces e hipócritas que hemos construido para contrarrestar su presencia. De hecho, Soderbergh plantea exactamente la misma pregunta que Polanski. Es decir, dos historias con el mismo planteamiento, una desarrollada en la pequeña escala del salón de un apartamento y otra a escala planetaria.

    No estoy seguro de que todos estemos de acuerdo en la diferencia entre lo que está bien y lo que está mal. Es más, tal vez corren tiempos en los que empezamos a disentir sobre la mismísima realidad, sobre lo normal y lo previsible. No estoy seguro de que esa estabilidad sociocultural que garantiza nuestras pautas sea ya tan estable, precisamente porque el instinto de supervivencia comienza a activarse también en Europa. Sin duda, todos estamos de acuerdo en la pequeña escala (efectivamente, nadie en sus cabales daría una patada al vecino para hacerse con su bolsa de la compra, ni habría quien lo justificase), pero tengo serias dudas de que ese mismo consenso exista cuando se trata de la gran escala. E incluso de la intermedia: “Robar está mal. Ser solidario está bien”, dice usted a modo de ejemplo, y a mí se me viene a la memoria el asalto a supermercardos por parte de sindicalistas y la polémica que originó, con opiniones y matices para todos los gustos.

    Claro que es una cuestión interesante y más que pertinente, y probablemente por eso mismo dos grandes cineastas como Polanski y Soderbergh se han ocupado casi paralelamente de ella, y usted lo hace ahora. A ellos les sirvió para hacer dos películas, a usted para rellenar unas líneas y a nosotros para leer un magnífico texto.

    • Albert, he dicho que todos sabemos diferenciar entre el blanco y el negro «aunque la medición no siempre sea totalmente uniforme». Es un matiz de peso. De mucho peso.

      Me alegro de que le haya gustado el artículo. Y de que haya aportado su opinión. Un saludo.

      • Albert

        De muchísimo peso, por supuesto. Me lancé a matizar sin tener en cuenta su matiz. Así que hágame un favor y dé por no escrito todo ese segundo párrafo mío. Saludos.

  4. iñaki

    Muy interesante.
    Si no recuerdo mal el personaje de Alan no es exactamente un empresario si no un abogado que tiene como cliente a una farmaceútica o similar y durante la película sus afanes son contrarestar la posible mala publicidad sobre uno de sus medicamentos ( de hecho el que toma la madre de Michael) para lo que no escatima en ir ingeniando con su socio por teléfono estratagemas y acciones, a cada cual mas cuestionable éticamente. De alguna manera acepta una lógica, y su consiguiente etica, descarnada de la que la que podemos ver ejemplos en la lógica y/o ética de los mercados, ¿no?.

  5. «…cuánto de apariencia hay en nuestra forma de comportarnos y cuál es la conducta más coherente.»

    Felicidades por el artículo, una reflexión buenísima.
    Entiendo que «doblegamos» nuestra forma de ser a cada momento para encajar en el marco oportuno que va tocando vivir. Por miles de razones culturales, educacionales, laborales, o de supervivencia, por ser incluso éso que en un remoto pasado nos propusimos ser, aunque luego no queramos descubrir que ya no nos interesa. Lo difícil es aguantar encorsetándonos mucho tiempo cuando el modelo se aleja demasiado de lo que necesitamos o queremos realmente ser.
    Ser coherente requiere de una valentía sin sentido del peligro.

    Muchas gracias.

  6. Interesantísimo texto. Con muchas capas para reflexionar. Hay máscaras que nos permiten sobrevivir en circunstancias que no controlamos y cuyo peso aguantamos conscientes y resignados (e hipócritas, vale). Pero hay otras máscaras, y esas son las jodidas, que sólo nos damos cuenta de que lo son cuando caen al suelo. Y de repente advertimos estupefactos que ese rostro amable que pensábamos que era genuina, natural e invenciblemente nuestro, ante ciertas circunstancias se deshace y queda al aire un rostro de lobo, tiburón o rata. El problema quizá no es tanto que nos comportemos como ratas, cerdos o perros. Lo gordo es vivir sin saberlo y descubrirlo sorpresivamente. Dice Teresa de Cepeda (de Jesús para los católicos) que solo se puede vivir plenamente desde la verdad del conocimiento propio. Y no siempre nos conocemos de verdad. Fachada.

  7. Lester

    Estupendo artículo. Muy atinado. No obstante la anécdota del yonqui es menos creíble que Guardiola bailando un chotis.

  8. De acuerdo con la primera parte del texto y en gran medida con el análisis de la película. Pero no estoy de acuerdo con que el personaje de Waltz es auténtico o el único sincero: el cinismo es también una máscara, una forma de protegerse propia de quienes detengan cierta cuota de poder, como es el caso del fulano este. Además, en la escena en que su esposa destruye el Blackberry, sí que le cambia la cara y se delata su infantilismo.

  9. Quise decir «detentan cierta cuota…» -__-

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