Hay mentiras que, a fuerza de ser repetidas, terminan siendo aceptadas ordinariamente como verdades. Como por ejemplo esa inicua sentencia que asocia el acierto al mal pensar, lo cual es una fenomenal gilipollez. Sin embargo hay verdades de las que parecemos no querer enterarnos, no importa cuántas veces hayan sido probadas.
De la forma engañosa de las cosas ya nos advertía Séneca con su célebre “fallaces sunt rerum species”. El propio Aristóteles hizo del tema toda una teoría epistémica que el refranero se ha encargado de reducir a una sencilla máxima, no por ello menos cierta: las apariencias engañan. Pero no trata de ellas este artículo. No principalmente, al menos.
El pasado fin de semana sucedió algo que trajo a mi memoria un episodio con el que me tropecé hace algunos años en la página de sucesos. A primera hora de la mañana de un día cualquiera, una persona se desplomaba en plena calle, en algún lugar de Occidente. Después de varios minutos, el hombre seguía allí tirado sin que nadie lo atendiese. Sin que nadie se detuviese siquiera a observarlo, movido por el morbo o la curiosidad. Cuando varias horas más tarde llegaron al lugar los servicios de asistencia sanitaria, tan solo pudieron certificar su muerte.
El hecho que me hizo recordar esta noticia fue el hurto de un bolso. O mejor dicho, su recuperación. Una amiga se encontraba en un pub negociando con el camarero los ingredientes básicos de la dieta mediterránea que quería en su gin-tonic cuando se dio cuenta de que bajo el abrigo que había colocado a modo de camuflaje en un taburete adyacente ya no había nada. En un movimiento propio de Arsenio Lupin, el ladrón se había llevado el bolso dejando intacta la prenda de ropa que lo cubría.
Un par de días más tarde, un hombre entró en la empresa donde esta chica trabaja y preguntó por ella. Cuando se ofreció a acompañarla hasta un callejón cercano donde decía haber encontrado su bolso —en cuyo interior había una tarjeta con su nombre y lugar de trabajo—, no hubo nadie que creyese en sus buenas intenciones.
He olvidado mencionar, acaso deliberadamente, que la persona que falleció en la calle, invisible a los ojos de la ciudad, vestía pobremente y era de raza negra. Igualmente, no he dicho que el hombre que se ofrecía como cicerone en la recuperación del bolso sustraído era un yonqui más cercano al suelo que a la verticalidad.
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Fantástico análisis/ensayo.
Y sigo sin entender por qué JD se empeña en no fechar los artículos.
Yo tampoco lo entiendo. Siempre nos quedará el recurso de mirar la fecha del primer comentario.
En la barra de direcciones se ve el año y el mes.
Estupendo artículo, pero se bajó usted un par de paradas después de lo que anunció en una brillante entrega anterior y dejó los sólos muy solos, sin su prometida tilde…
Los editores de Jot Down Magazine, amigo Saulo, que son unos malevos.
Por pura casualidad, vi con muy pocos días de diferencia la película que usted comenta, “Carnage”, y “Contagio”, de Soderbergh, cuya trama se centra no en el cataclismo nuclear al que usted alude, sino en una catástrofe global si cabe aún más terrible, y desde luego más propicia para reflexionar sobre la existencia o no de ese dios salvaje primigenio y latente y el sistema de reglas falaces e hipócritas que hemos construido para contrarrestar su presencia. De hecho, Soderbergh plantea exactamente la misma pregunta que Polanski. Es decir, dos historias con el mismo planteamiento, una desarrollada en la pequeña escala del salón de un apartamento y otra a escala planetaria.
No estoy seguro de que todos estemos de acuerdo en la diferencia entre lo que está bien y lo que está mal. Es más, tal vez corren tiempos en los que empezamos a disentir sobre la mismísima realidad, sobre lo normal y lo previsible. No estoy seguro de que esa estabilidad sociocultural que garantiza nuestras pautas sea ya tan estable, precisamente porque el instinto de supervivencia comienza a activarse también en Europa. Sin duda, todos estamos de acuerdo en la pequeña escala (efectivamente, nadie en sus cabales daría una patada al vecino para hacerse con su bolsa de la compra, ni habría quien lo justificase), pero tengo serias dudas de que ese mismo consenso exista cuando se trata de la gran escala. E incluso de la intermedia: “Robar está mal. Ser solidario está bien”, dice usted a modo de ejemplo, y a mí se me viene a la memoria el asalto a supermercardos por parte de sindicalistas y la polémica que originó, con opiniones y matices para todos los gustos.
Claro que es una cuestión interesante y más que pertinente, y probablemente por eso mismo dos grandes cineastas como Polanski y Soderbergh se han ocupado casi paralelamente de ella, y usted lo hace ahora. A ellos les sirvió para hacer dos películas, a usted para rellenar unas líneas y a nosotros para leer un magnífico texto.
Albert, he dicho que todos sabemos diferenciar entre el blanco y el negro «aunque la medición no siempre sea totalmente uniforme». Es un matiz de peso. De mucho peso.
Me alegro de que le haya gustado el artículo. Y de que haya aportado su opinión. Un saludo.
De muchísimo peso, por supuesto. Me lancé a matizar sin tener en cuenta su matiz. Así que hágame un favor y dé por no escrito todo ese segundo párrafo mío. Saludos.
Muy interesante.
Si no recuerdo mal el personaje de Alan no es exactamente un empresario si no un abogado que tiene como cliente a una farmaceútica o similar y durante la película sus afanes son contrarestar la posible mala publicidad sobre uno de sus medicamentos ( de hecho el que toma la madre de Michael) para lo que no escatima en ir ingeniando con su socio por teléfono estratagemas y acciones, a cada cual mas cuestionable éticamente. De alguna manera acepta una lógica, y su consiguiente etica, descarnada de la que la que podemos ver ejemplos en la lógica y/o ética de los mercados, ¿no?.
«…cuánto de apariencia hay en nuestra forma de comportarnos y cuál es la conducta más coherente.»
Felicidades por el artículo, una reflexión buenísima.
Entiendo que «doblegamos» nuestra forma de ser a cada momento para encajar en el marco oportuno que va tocando vivir. Por miles de razones culturales, educacionales, laborales, o de supervivencia, por ser incluso éso que en un remoto pasado nos propusimos ser, aunque luego no queramos descubrir que ya no nos interesa. Lo difícil es aguantar encorsetándonos mucho tiempo cuando el modelo se aleja demasiado de lo que necesitamos o queremos realmente ser.
Ser coherente requiere de una valentía sin sentido del peligro.
Muchas gracias.
Interesantísimo texto. Con muchas capas para reflexionar. Hay máscaras que nos permiten sobrevivir en circunstancias que no controlamos y cuyo peso aguantamos conscientes y resignados (e hipócritas, vale). Pero hay otras máscaras, y esas son las jodidas, que sólo nos damos cuenta de que lo son cuando caen al suelo. Y de repente advertimos estupefactos que ese rostro amable que pensábamos que era genuina, natural e invenciblemente nuestro, ante ciertas circunstancias se deshace y queda al aire un rostro de lobo, tiburón o rata. El problema quizá no es tanto que nos comportemos como ratas, cerdos o perros. Lo gordo es vivir sin saberlo y descubrirlo sorpresivamente. Dice Teresa de Cepeda (de Jesús para los católicos) que solo se puede vivir plenamente desde la verdad del conocimiento propio. Y no siempre nos conocemos de verdad. Fachada.
Estupendo artículo. Muy atinado. No obstante la anécdota del yonqui es menos creíble que Guardiola bailando un chotis.
Le aseguro que es absoutamente real.
De acuerdo con la primera parte del texto y en gran medida con el análisis de la película. Pero no estoy de acuerdo con que el personaje de Waltz es auténtico o el único sincero: el cinismo es también una máscara, una forma de protegerse propia de quienes detengan cierta cuota de poder, como es el caso del fulano este. Además, en la escena en que su esposa destruye el Blackberry, sí que le cambia la cara y se delata su infantilismo.
Quise decir «detentan cierta cuota…» -__-
Me temo que está usted confundiendo cinismo con hipocresía