La insoportable levedad del tuit

Rubén Díaz Caviedes: Amanece Dorado, que no es poco


¡Al de ilicral inmigraision aut!”, gritaba el otro día por las calles de Atenas Nikolaos Michaloliakos, líder de los neonazis que acaban de llegar al Parlamento griego. “¡Aut of mai cantri!”, reiteraba el amigo con cara de pocos ídem y en un inglés de Cuenca Kuεvkα, en griego también de Cuenca que invitaba a preguntarse, para empezar, what the fuck estaba haciendo un tipo razonablemente nazi y nacionalista, valga la refinfoncia, dirigiéndose a su target potencial en un idioma que no es el propio de su país. Para hacerse entender, dirá el lector que no respete las retóricas, entre aquellos a quien se dirige, que son precisamente los ilicral inmigraision. Pues nos ha jodido mayo, lector, con sus flores y su color. Pero es que el tipo es nazi, quiero decir. Poco le importa a Nikolaos que le entiendan los albanos, los búlgaros o los georgianos que hay en su país si no es en otro idioma que el suyo. El inmigrante que lo es en Grecia, según estos tipos, debería saber más griego que Sófocles.

Pero es que había cámaras y la perfo, querida amiga, es la perfo. De eso los nazis saben más que los ratones colorados. Nikolaos, no en vano, se puso su pin en la solapa con la medio esvástica esa que su partido tiene por logo un ingeniosa solución de continuidad entre la posta griega y el símbolo nazi y se lanzó a las calles a paso marcial, soltando proclamas y rodeado de unos armarios empotrados andantes más surtidos en músculos que el Batman de Tim Burton, engalanados todos con camiseta ceñida y no me pregunten por qué riñoneras a juego. Hasta obligó a los periodistas a levantarse, fíjate lo que te digo, cuando entró en la sala de prensa con un traje de raya diplomática una concesión a los años 30, me figuro que le estaba tres tallas grande, antes de ponerse a gritar más chuminadas.

Ya no hay nazis como los de antes”, me comentaba hace poco y en clave frívola un amigo mío aficionado al clásico atuendo germano de lo nacionalsocialista por pura estética, asegura, pero yo sospecho que le va el rollo, no sé si me entienden. Y tiene razón. Hay algo de tragicómico en que el liderazgo de lo nazi, o lo neonazi, como queramos llamarlo, recaiga en un señor de voz de pito y proporciones encontradas, gordo como una cebolla y a buen seguro, más peludo que un kiwi. El tipo de señor del sur de Europa y medio turco, para más funfún al que los nazis primordiales le hubieran puesto el sello, cloc, y al matadero sin más trámite, por atentar de forma obvia y manifiesta contra el refinamiento físico de la especie.

Lo extremista da miedo, estamos de acuerdo, pero sólo porque quiere darlo. Es su herramienta de trabajo. El propio líder de los nazis griegos, sin ir más lejos, se amorraba el otro día al micrófono cual becerro a teta y amenazaba un “temednos, porque ya llegamos” que hubiera hecho que el mismérrimo Führer le propinase de sopapos allí mismo y hubiera dicho más tarde, como dijo de Franco después de Hendaya, que no era un fascista a tener en cuenta, sino un simple charlatán. Porque Nikolaos Michaloliakos puede haber conseguido 21 escaños, pero va de nazi por la vida. Y los nazis dan miedo. Por esta razón, nadie nunca ha conseguido llegar democráticamente al poder yendo de nazi, sino siéndolo, pero haciendo como que no o a lo sumo, que sólo un poco. Y ya después de entronados y autorizados es cuando se revelan, ahora sí que sí, como los locos brutales y paranoicos que son. Para más informarse de cómo funciona el proceso, véanse los estos tres minutos de Cabaret.

Algo así como lo que está haciendo Marine Le Pen, esa mujer sonriente con perfecto aspecto de señora bretona haciendo brioches que lidera y arenga, no obstante, al ultraderechista Frente Nacional francés al que el pasado fin de semana votaban seis millones de personas. Muchos de los que opinan y opinan muchos se niegan hoy a catalogarla al lado de los nazis griegos, Dios les libre, hay que ver, qué cosas dices, principalmente porque Marine no se dice a sí misma nazi o ultraderechista, sino de centro-derecha. Comparte vehemencia, discurso y propuestas con Amanecer Dorado, no obstante, y las dos formaciones se parecen hasta el detalle ridículo, terrible y repugnante de atribuírsele a ambas la supuesta profanación de tumbas judías en Carpentras, Francia, y Tríkala, Grecia.

Pero a ella, que es más lista que el griego y según parece, que su propio padre, le basta evitar la mención de la bicha la palabra fascismo o nazismo para que reduzcamos su posición ideológica a una simple cuestión de catálogo mientras llama, con la otra mano, a deportar a seres humanos en masa. Un ejemplo de su éxito confundiendo a los que opinan sobre el objeto del que hay que opinar lo tenemos, por reciente y cercano, en Federico Jiménez Losantos, que decía hace unos días, siempre a la altura de sí mismo, que “el gran problema de la extrema derecha francesa no es que no tenga un gran afecto por las libertades; es que además se parece a la extrema izquierda”. O Hermann Tertsch, siempre a la altura del primero, que tuiteaba súpertranquilo que “los nazis, griegos o españoles de Amaiur, empeñados en enseñarnos modales a todos”. Cito a estos dos no por fobia personal y les tengo fobia, créanme, sino porque ambos son contrastadas brújulas ideológicas de lo suyo y esta palabra me encanta, llevaba tiempo queriendo utilizarla creadores de opinión.

Con todo esto no quiero decir que a mí no me la dan con queso, pese a que sea ese el subtexto que siempre hay detrás de cualquier columna de opinión. Con queso me la darán, me figuro, como a cualquier hijo de vecino. Con esto quiero decir, o proponer, que a los nazis griegos, como a la ultraderecha de Francia, no hay que tenerles miedo. De verdad que no. Hay que reírse de ellos. Apuntarles con el dedo y decirles, meados de risa, pero a dónde vas, alma de cántaro, con la esvástica y esas pintas. Llamarles, como hemos querido hacer aquí, señores peludos como kiwis y señoras que hacen brioches. O montarles hashtags y TTs con los que, aunque solo sea un ratito, deslegitimar esa solemnidad artificiosa y ridícula en la que viven instalados y consigamos, así, quitarles un poco de poder. Lo último que deberíamos hacer pensemos estratégicamente, como hacen ellos es tomarles en serio y caer presa de ese miedo sobre el que cabalgan, que con tanto afán se empeñan en darnos y que puede conseguir, si persiste, que acaben en el poder y vuelvan a llenar trenes de carga con seres humanos. Demostremos, coño, que somos más listos que ellos. Que no es complicado, quiero decir. A fin de cuentas, son nazis.

 

Rubén Díaz Caviedes: Neruda en Ciudad Real


En 1939, el poeta chileno Pablo Neruda se fue a Francia, cogió un barco llamado Winnipeg y rescató de los campos de internamiento, que algunos llaman de concentración, a 2200 refugiados españoles. Años después, el premio Nobel se referiría a este hecho de la siguiente manera: “Que la crítica borre toda mi poesía, si le parece. Pero este poema, que hoy recuerdo, no podrá borrarlo nadie”.

Se equivocaba, claro. El verano pasado, sin ir más lejos, el ayuntamiento de Villamayor de Calatrava, provincia de Ciudad Real, retiró una calle con su nombre, el de Neruda, aduciendo al efecto que era una persona, abre comillas, “no conocida”. Tuvo el honor de borrar lo que el poeta juzgó imborrable un tal Juan Antonio Callejas, alcalde pepero de esta localidad a la vez manchega y reconstructivista histórica, que además resolvió el empate en la votación consistorial ejerciendo el voto de calidad que le corresponde como primer edil, forma institucional de decir que por sus cojones. En esta operación también se prescribió anatema a Pablo Iglesias y Enrique Tierno Galván, cuyos nombres desaparecieron del callejero, y se decidió la consagración de una plaza a La Roja, entendida por tal no un ser humano en particular —nótese que no va en negrita—, sino la selección española de fútbol. Momentos antes de quedarse tan ancho, el alcalde explicó a la prensa que “en el pueblo había un clamor popular desde hace bastante tiempo para quitar el nombre de políticos que levantan fobias”, categoría en la que, se conoce, incluye por igual a Iglesias, Tierno y Neruda. No explicó por qué. Ni, ya de paso, qué es lo que entiende, en su edil cosmogonía, por “clamor popular”. Tampoco es que sea necesario, siendo justos. Nadie duda, a estas alturas del carrete, que el clamor no fuese, en efecto, popular.

Me acuerdo de todo esto hoy que le han quitado algo a Rafael Alberti. Un teatro, en este caso. Y porque la historia, hasta nueva reescritura, dice que fue Alberti quien se dirigió a Neruda por carta para contarle la tragedia de los campos de españoles en el sur de Francia. Precisamente por eso, porque se ve que estaba a otras cosas, el poeta Alberti “no vende bien la ciudad porque no tiene ninguna vinculación histórica con el municipio”, según ha explicado un concejal que ha resultado ser de cultura. Y eso que el municipio del que hablamos es Huércal-Overa, en Almería, y no Brønderslev, en Dinamarca. O Monbeltrán, en Ávila, cuyo alcalde acaba de anunciar que la localidad tendrá en breve una calle Intereconomía. También por clamor popular, se entiende, y por su “defensa de la familia, de los valores nacionales que siempre ha defendido en nuestro país, por su compromiso con nuestras raíces cristianas y por independencia en su línea editorial”.

Antes, ya ven, la ideología se escribía en verso, pero ahora se hace en nomenclatura urbanística. Cosas de los tiempos que nos ha tocado vivir, que son prosaicos, y de sus coetáneos, que a Neruda juzgamos de la ceja y a Alberti, un vulgar Willy Toledo. Es de lo que va todo esto, claro. Lo sé yo y lo saben ustedes. Podríamos mentirnos, por supuesto, y hacer como que no, pero también he pensado que podemos rentabilizar este espacio tan guay que es Jot Down Magazine para no tomarnos, por una vez en la vida, por los tontos del nardo por los que los españoles tendemos a tomarnos los unos a los otros. O intentarlo, al menos, así cien mil concejales de algo puestos uno detrás del otro nos expliquen con dialéctica transitiva —de Transición— que purgar las calles de Neruda, Alberti y Hernández no es, ni mucho menos, una medida ideológica. O que hacerlo para después dársela a la selección española de fútbol no roza en absoluto con el escalofrío orwelliano o peor aún: con el chiste de Gila. He pensado, a ver qué les parece, que por esta vez, podríamos considerar el quitarle una calle a Neruda como una indecencia. Sin más. Un ejercicio de revanchismo absurdo, indocumentado y garrulo y una sinvergonzonería de esas en las que eclosionan el mando, la mala baba y el neocórtex congestionado por la rosca de la boina. Por atentatorio que resulte, fíjense, contra ese diálogo tan sano y edificante que mantienen las dos Españas a efecto, se dice, de que no vuelvan a intentar matarse la una a la otra. O por sesgado que suene, habida cuenta de que Neruda era tan fan de lo suyo que en su día, y hablando de Stalin, dijo aquello tan controvertido de que “hace falta el castigo”. Y sin entrar a criticar, ya para acabar de rematarla, las ridiculeces injustificables que muchos acometieron en tiempos del Maligno, como ponerle a teatros y auditorios el nombre de Pilar Bardem. Así, renunciando en la opinión a la ecuanimidad y a la equidistancia que demandan —y demandarán, no les quepa duda— los que piensan, por alguna razón, que Neruda es su enemigo. Pero paso, miren. Rescatar de campos de concentración a 2200 compatriotas bien merece, pienso yo, un estar por encima del bien y del mal. Un permitirnos ser tendenciosos, si es que en esto mediase tendencia alguna. Y una calle, hija de mi vida. Aunque sea una pequeñita, setenta años después y en un pueblo de Ciudad Real.

 

Rubén Díaz Caviedes: El datamatrix de Montoro y la salvación neoclásica


El ministro de Hacienda y Administraciones Públicas, don Cristóbal Montoro, acudía ayer al Congreso de los Diputados para hacer entrega de los Presupuestos Generales del Estado, que a efectos escénicos y del flash presentó en un primoroso código de barras de quedarte tú allí mismo muerta en la bañera. Este código se denomina comúnmente QR, bidi o mejor todavía: datamatrix. En un irresponsable ejercicio de lo que no se debe hacer en periodismo, hoy en Jot Down vamos a hablar del código de barras y en ningún caso, pero es que ni siquiera remotamente, de los Presupuestos.

Y es que, vamos a ver. Esto no es, ni mucho menos, lo que prometió Mariano Rajoy. Porque prometió cosas, aunque no lo parezca. Hay quien dice que si el pepero discurso preelectoral para recuperar y salvar España S.A. no abundó en ideas concretas fue sencillamente porque no las tenían. Y hay quien, más allá, pone el hecho en continuidad con que Rajoy se haya pasado la legislatura que nos precede haciendo más trolling que oposición, las cosas como son, y lanzando al Gobierno de entonces unas réplicas que más que réplicas, parecían tuits. El silencio del Rajoy pre Rajoy le pareció a sus críticos, pues eso: silencio. Sin más. Se lo hubieran alabado, seguramente, de dedicarse Mariano a la poesía, donde el silencio se cotiza bastante más, o de ser Mariano Isabel Coixet o Won Kar-wai. Pero Rajoy, aunque a veces parezca que no, se dedica a la política. Y en política el silencio ni vende, ni gusta. Las ideas con que se ha criticado el mutismo que mantuvo el candidato Rajoy han sido muchas, incluso algunas muy elaboradas, pero partían todas de una noción básica, siempre en subtexto: la de que el líder del PP, querida amiga, es tonto.

Yo no lo creo. Honestly. Muchos detractores de Rajoy —y detractores así, a secas— olvidan que a diferencia del tonto histórico, el tonto contemporáneo se caracteriza porque grita y porque, por lo general, goza del aplauso social cuando lo hace —el aplauso, en el fondo, es otra forma de grito—. Conozco gente, en el sentido 2.0 de la noción conocer gente, dispuesta a aplaudir accesos de estupidez tal que este, por ejemplo, mientras a Rajoy le critica su inclinación por llegar, soltar sujeto, verbo y predicado, e irse echando leches por donde ha venido. Seguramente la cosa no vaya ni de lo uno ni de lo otro, claro, pero por higiene, miren, aunque sólo sea por priorizar y por pura estética, de momento yo me quedo con lo segundo.

Mariano Rajoy, que hoy abandera la austeridad, la discreción y esa cosa tan falaz a la que llaman tecnocracia, ha vehiculado con sus silencios precisamente ese tipo de ideas. Adrede, quiero decir. Completamente a propósito. Nos ha trasladado la tesis de que el PSOE, en lugar de estar a lo que hay que estar, se había enmarañado en un pandemonio de leyes de memoria, alianzas de civilizaciones y educaciones para las ciudadanías. De que hacía una política manierista, del detalle y la anécdota, profusa, abundante y con horror vacui, y de que se había enrocado sobre su propia ideología hasta ejecutar zapatiestas que del tolerable barroco habían pasado a un rococó imperdonable. Y Mariano, con su silencio, nos prometió la salvación neoclásica. Es un impepinable de todos los tiempos —o un hashtag humano, si me permiten la popez, y no deberían permitírmela— que nuestras pulsiones oscilan, por acción y reacción, entre lo mucho y lo poco. Que al Rococó le sucede el Neoclásico y que a todos los ochenta les llegan sus noventa. Y Rajoy entendió, o eso parecía, que en su lapso en el gobierno del mundo le iba a tocar ser el Mozart de Händel, por ejemplo, o el Machado de Rubén Darío. No nos lo ha dicho así, claro, porque un político no puede salir a la palestra a decir hola, vengo a ser el Mozart de Händel. Pero ha sostenido una efectiva campaña de lluvia fina con la tesis subyacente de que el horno de España no está para los bollos de Zetapé y de que él viene a abanderar la entropía. A recortar de donde hay que cortar, a desterrar por siempre la floritura y a llamar, porque alguien tiene que hacerlo, al pan, pan y al vino, vino.

Pero no, mira. Cuando recién superamos los cien días de su imperio, Montoro se nos planta en el Congreso exhibiendo con orgullo lo último y más novedoso en filigranas porque sí; el datamatrix. Tachán. Es un detalle, claro está. Una chuminada. Y no es lo que más importa con la economía a punto de nieve y teniendo como tenemos a los otros nazgûl practicando la redefinición de lo social, el uno, o flagrantes e impunes ejercicios de los nepotismo, las otras. Haciendo el tipo de cosas que tanto nos gustaba aducir al pajinismo, el bibianismo y al amaricone socialista, en resumen, en nuestra ilusión de que los unos y los otros no son dos versiones de una misma cosa. Pero lo de Montoro, sin ser lo más relevante, es lo más significativo.

Hubiera sido elocuente, poniéndonos en supuestos y cerrando con esto la égloga, que el ministro llegara, saludara a la concurrencia, nosdías, nosdías, y procediera sin más dilación a ruegos y preguntas, aduciendo, si preguntado, que si no posa gilipollasmente con un pen drive en la mano es sencillamente porque este ministro de España, eh, no tiene el chichi para farolillos. Se conoce, por el contrario, que algún estratega —con máster y MPP, me imagino, y preposición entre apellidos— le ha recomendado el fire with fire, como a Scissor Sisters, y plantarse en las puertas del Congreso con un código QR pegado a una cartulina. La perfecta solución de continuidad para aquel experimento con gaseosa que fue presentar los Presupuestos Generales del Estado en una memoria flash a la que seguirá, aventuro, presentarlos en una suscripción a Dropbox —los de 2013—, presentarlos en un procesador computacional cuántico —los de 2014— y presentarlos en uno de esos lingotes de cristal que tenía Supermán en su Fortaleza de la Soledad —los de 2015—. Todo con tal de estar bien updated, lógicamente, y sincronizados con lo nuestro. A ver si se van a pensar los mercados que es que no somos modernos.

Rubén Díaz Caviedes: Crónica de la última vez que prometieron transparencia


Sabrán, me imagino, que Cristóbal Montoro acaba de anunciar que en la nueva ley de transparencia de su Gobierno los políticos tendrán “responsabilidades penales” por su actuación financiera. Hoy vamos a hablar de la última vez que anunciaron algo parecido y de qué fue lo que acabaron haciendo al final. Ya verán qué divertido. Es una historia que no defrauda. Garantizado.

La importancia de ser un PEP

Digan lo que digan los algoritmos de Google, la voz PEP no refiere sólo al señor estupendo que entrena al Barça, sino también a las siglas de politically exposed person, esto es, persona expuesta políticamente. Esta categoría incluye no sólo a los cargos electos —gobierno y oposición— de las tres instancias del power —Estado, autonomías y ayuntamientos—, sino a todos los cargos políticos del país y lo repetiré para darle empaque, porque en Jot  Down no ponemos negritas así como así: a todos los cargos políticos del país. Desde la jefatura del Estado a la diplomacia pasando por ministerios, secretarías, instituciones de defensa, magistraturas, empresas públicas o empresas privadas concesionarias de un servicio público. Un PEP, por sintetizar, es cualquier persona con poder político o de origen político. Un PEP elige, dirige, licita, subvenciona y se queda o se marcha según sea la mayoría parlamentaria a la que se acoge. Por sintetizar y decirlo en inglés, claro, y además con siglas. Que queda como mejor y más dos punto cero aunque aquí, hasta donde alcanza mi entender, a esto se le ha llamado casta política de toda la vida. Que es a lo que en realidad refiere la noción de PEP, por cierto. A lo de casta. No por nada no se considera PEPs sólo a los cargos que les comentaba, sino también a sus cónyuges, familiares y allegados.

Y en España estuvimos a punto una vez de meterles mano. De vigilarles. O lo estuvieron ellos, mejor dicho. Los propios PEPs. Ellos estuvieron a punto de hacer una ley para vigilarse a sí mismos, pero al final dijeron que no, mira. Que mejor no. Les cuento la historia.

¿A dónde vas?

Lo anunció una mujer, señora doña Soledad Núñez, que era y sigue siendo directora general del Tesoro, allá por el año 2009. Que el glorioso Gobierno de España estaba preparando una ley antiblanqueo de capitales que iba a ser, bueno bueno. De agárrate y no te sueltes a la goma de la braga. No con estas palabras, claro; lo que ella dijo fue que el plan iba a ser “el más duro de Europa”. Contexto: el día anterior —2 de abril de 2009—, Zapateto había acudido de guest star a una cumbre del G20, la de Londres, donde abogó por el final de los paraísos fiscales. Se conoce que le dio uno de estos fervores demo-socio-progresistas que le daban a él y entonces, poco  aficionado como era Zapatero a la improvisación, le pidió a Núñez que convocara a la prensa al día siguiente y anunciase a bombo y platillo que estaban trabajando en una ley antiblanqueo tan guay tan guay, pero tan sumamente guay, que hasta sometería a los PEPs españoles a, cito literal, “vigilancia reforzada”. Qué te parece.

Y Soledad Núñez lo anunció, claro. Y se tiró las flores consecuentes. No dijo para cuando estaría la ley, porque para qué adquirir compromisos, ni explicó que la medida se trata en realidad de la trasposición a ley orgánica de una Directiva Europea, la 2006/70/CE. Que en la UE, por cierto, hicieron para todas las naciones de la Unión, como compete, pero con especial funfún en el tipo de países que entendemos la economía pública un poco a la remanguillé, no sé si me explico. En los que hace más calorcito y cantamos y bailamos muy bien. Tampoco mencionó que ya en 2008 la UE le había dado un toque a España por tardar en aplicarla y por ser uno de los cinco países europeos carentes de una ley de transparencia —los otros, ilustro, son Grecia, Chipre, Malta y Luxemburgo.

Manzanas traigo.

Y la ley se hizo, no se crean. Había que hacerla, porque las directivas europeas es lo que tienen. Y se aprobó un año después, en abril de 2010. La clave, ya verán qué divertido, está en que el PSOE, con el apoyo del PP, decidió cambiar la denominación de lo que era un PEP. Donde el anteproyecto mencionaba a las “personas físicas, españolas o extranjeras, que desempeñen o hayan desempeñado funciones públicas importantes, así como sus familiares más próximos y personas reconocidas como allegados”, en la redacción de la ley puso “personas físicas que desempeñen o hayan desempeñado funciones públicas importantes en otros Estados”. Punto. Es decir, que eximió a los políticos nacionales. Sometió a vigilancia a los PEPs de origen extranjero —como los diplomáticos procedentes de otro país, por ejemplo, o los políticos españoles en instituciones comunitarias— y decidió que la ley no sometería a vigilancia a los PEPs españoles que viviesen en España, y lo voy repetir: a los PEPs españoles que viviesen en España. Que, por si a alguien se le escapa, vendrían a ser todos los políticos, cargos y funcionarios del Estado más familia más amigos. Quedaron exentos todos los diputados, los ministros, los concejales, los alcaldes, los secretarios y subsecretarios, los consejeros, los presidentes de autonomías y los presidentes de cajas de ahorro, por citar sólo algunos. Quedó exento Jaume Matas, por ejemplo. O Iñaki Urdangarín, sin ir más lejos. O Francisco Camps y El Bigotes. O Teddy Bautista. O Francisco Javier Guerrero.

¿Qué motivación tuvieron los políticos españoles para blindarse de su propia ley de transparencia? A mí, personalmente, se me ocurren varias. Corrupción institucional, por ejemplo, indecencia ideológica, secuestro de la voluntad popular, sinvergonzonería, amparo al latrocinio… Y en El País dijeron que la CECA —Confederación Española de Cajas de Ahorros— tuvo mucho que ver con el cambio porque, me imagino, a los presidentes de las cajas de ahorro no les gustaba la idea de verse sometidos a “vigilancia reforzada”. El ejercicio de poca vergüenza correspondió al grupo IU-ICV, que presentó una enmienda para incorporar a la definición el término “nacionales” que, por supuesto, fue rechaza por PP y PSOE tal que así, miren. En un decir pin pan, toma lacasitos. El texto, de hecho, gozó de lo que los medios llaman un amplio consenso y hasta hubo quien se animó a comentarlo. Gloria Gómez, del PSOE, aseguró entonces que “no tiene sentido investigar a todo el mundo y hacer una acumulación de datos de tal calibre”. Y Baudilio Tomé, del PP, manifestó que “que haya que vigilar a 60000 personas entre concejales, cónyuges y sus vínculos familiares” le parecía “exorbitante”. Desconocemos la opinión de Soledad Núñez o de la ínclita María Teresa Fernández de la Vega, que es quien anunció finalmente los contenidos de la ley. Ambas obviaron el tema de que fuera un despropósito porque, en fin. Futilidades, you know. Para qué explicar lo que está bastante claro.

Ley de transparencia.

Y hoy, lo dicho. Que Cristobal Montoro vuelve al mercado de la venta de burras en stock y jode con el tatachín una vez más con esa transparencia, bendita transparencia, que prometen a voz en grito con el mismo denuedo con que la eluden en silencio una y otra y otra vez más. Spain, one point. Les quiero invitar a que visiten la web Ley de Transparencia Ya, para que vean lo que se pierden, o que consulten la posición de España en el preceptivo ranking de corrupción de Transparency International, privilegiada como lo suele ser la de nuestro país en tanto ranking se publique en lo referente a dar vergüenza. Y animarles, por si no queda a claro, a que no se crean ni media. Lo que nos faltaba en este país, realmente lo último que nos faltaba, es empezar a creernos una misma milonga cuando no han transcurrido ni dos años desde la anterior.

Rubén Díaz Caviedes: 1985


No sé si ustedes son de los que se pelean por defender que su generación, la suya de ustedes, es la que lo tiene más jodido ante la crisis. Antes de que me respondan que no pensando que yo tampoco, les diré que yo sí. Yo lo hago. Afirmo que mi generación es la que lo tiene más jodido ante la crisis.

Si usted, oh lector, es de esta misma generación —la llamada generación Y, nacida a partir del 82 y hasta 1994—, enhoramala: es probable que usted, amigo mío, las esté ahora mismo pasando putas. Si es de otra generación, que es lo más probable estadísticamente, enhoramala también, porque lo más probable estadísticamente es que también las esté pasando putas. Pero igual de probable que esto lo es, dese cuenta, que usted conociera en primera persona el mundo laboral precrisis, Arcadia hoy perdida hace cosa de cuatro años. Mucho o poco, pero la conoció. A nosotros, a los de la llamada generación Y, nos ha tocado saber de ella sólo de oídas.

Los de mi quinta fuimos buenos. Lo que hoy dice el dogma de barra de bar, que en este país también declaman los columnistas y los que presiden el gobierno, es que los españoles fuimos malos, imprudentes y muy derrochones. Que firmábamos hipotecas como si fuesen autógrafos y nos endeudábamos como tontos para comprarnos un Audi TT. Si pones Callejeros en la tele, por ejemplo, es lo único que se dice. A mí, como explicación y como discurso, me parece personalmente una mierda de explicación y de discurso, pero hagamos como que es verdad. Hagamos como que la culpa de todo esto no la tienen las estructuras de gobierno, sino las estructuras gobernadas. No les negaré, porque sólo faltaba, que la generación que crió a la mía —que fue la del baby boom, nacida entre 1946 y 1960— nos dio una noventez de lujo y a mayor suerte nuestra, pienso con frecuencia, porque entre el Quincentenario, la Expo ‘92 y los fondos de cohesión, los niños de la época nos criamos analógicos, con buen color y gordos como cebollas. Los que fuimos críos en los noventa y principios de los dos mil fuimos también la última generación humana de por estas latitudes en poder sentirse afortunada, aunque sólo fuera un ratito, con su propio momento histórico. Y es que ahí está el quid, karate kid; lo malo que yo le veo a los noventa, amén de Enya y la invención del color beige, es que a esa década le ocurre como a Meryl Streep; que después de ella no hay nada.

Pero, ojo. Seamos justos. No por bien criados nos convertimos en malcriados porque, insisto; hasta donde alcanza mi entender, creo que fuimos unos niños bastante buenos. En tiempos remotos hubo otras generaciones que sucumbieron enteras a la rebeldía sin causa, a la rebeldía con causa o mismamente a la heroína, y le dieron a sus madres disgustos de los gordos, pero nosotros no. Nosotros nos portamos bien. Nos creímos sin rechistar y sin un decir tururú la cosmogonía del bienestar, que con el tiempo se ha revelado un mondongo. Aprendimos inglés y a tocar el piano y cuando llegó el momento, atestamos las universidades, los grados medios y superiores como si fuesen conejeras porque nos habían dicho, fíjate tú, que estudiando se llega algo, o que al menos tienes la oportunidad. Vaya traca, querida amiga. De las gordas. Los últimos de la Y que vinimos a nacer al mundo laboral lo hicimos el día que acabamos la carrera, y ese verano, el de 2008, fue cuando se acabó el mundo. Éste fue mi caso, por ejemplo, y el de todos los universitarios que nacimos alrededor del 85. Fuimos los primeros en llegar tras el derrumbe y tuvimos el triste honor de ser los más jóvenes de entre todos los que, desde aquel momento, tuvimos que intentar habitar entre las ruinas. Los de antes vivieron en ellas, cuando aún eran torres soberbias de acero y plexiglass, y los siguientes se las encontrarán ya a medio reconstruir. A nosotros nos tocó en suerte tener que dormir al raso sin haber conocido techo.

El post apocalipsis, que es el presente, no depende de nosotros. El presente lo gobiernan los del baby boom asistidos por la tanda humana siguiente, la llamada generación X, aquellos que nacieron entre 1960 y 1982. A nosotros se nos ha encomendado el futuro, nada menos, y creo hablar en nombre de mi generación, como hizo Kerouac, si les digo que estamos cagados de miedo. Y no porque se espere mucho de nosotros, claro, como ocurrió con los JASP. Hoy el país está para tan pocas ambiciones que se conformaría con un futuro que fuera la repetición del pasado. Pero creo que ni a eso llegaremos. Si tenemos miedo es porque, según nos cuentan, tenemos que reconstruir el futuro a golpe de explotación, minijobs, precariedad y empalmando puestos de becario uno detrás de otro, y eso sólo la mitad porque la otra mitad —el 46 por ciento, que se dice pronto— está en paro o poniendo copas en Londres. Es lo que hay, repiten camareros, taxistas y ministros, aunque en España sigue habiendo también prejubilaciones de alto rollo, incentivos por objetivo y salarios de ejecutivo, y por supuesto más ladrones que perros descalzos. Y la armazón abstracta del circo sigue intacta porque nos echamos la culpa a nosotros mismos, por ejemplo, los camareros repiten lo que los ministros dicen y nos parece bastante normal que haya un sueldo mínimo pero no uno máximo. No parece que nadie quiera invertir los restos del naufragio en nada que no sea quedárselos, quiero decir, y no parece que nadie se lo vaya a reprochar. Mucho menos quienes lo causaron, que no por nada por ahí siguen, gordos, calvos y sesentones, presidiendo cosas más contentos que unas pascuas.

Las generaciones se sacrifican, porque toda la vida ha habido primeras líneas de infantería, pero lo que a nosotros se nos pide no es un sacrificio, sino la comunión con ruedas de molino. Que recuperemos un país que nosotros no perdimos, en lo filosófico, y que lo hagamos, en lo técnico, sin dinero, sin techo y sin trabajo. O nuestros mayores tienen mucha fe en nosotros y en nuestro dominio del fino arte de la generación espontánea o, lo que es más probable, siguen siendo tan inconscientes como cuando compraban Audis TT. De egoísmo no hablaré, porque habrá quien por excluido se sienta aludido, y no. Jodidos estamos todos, eso es evidente, y bastante tendrán con la memoria que vamos a dejar de ellos cuando les expliquemos a nuestros hijos, los hijos de la generación Y, que sus abuelos eran unos cabrones que, a la hora de espolearnos, no tuvieron la decencia siquiera de inventarse un discurso patriótico o un enemigo exterior, como se hacía antiguamente, cuando los mayores eran más sabios que sus jóvenes.

Fractura social, lo llaman, o generación perdida, y con frecuencia le niegan hasta el inalienable derecho a la pataleta. Que antes que nosotros, replican, ya hubo quien lo tuvo jodido, confiando en que se nos olvide —o porque también ellos lo han olvidado— que no somos una generación de posguerra, sino la que vino después de un festín de buitres. La primera generación que vivirá peor que sus padres, dicen también, más porque les suena original que porque se den cuenta realmente de lo terrible de la sentencia. Desconozco el nombre que le pondrán en el futuro, que es a quien corresponde, aunque me atrevería a adelantar que uno sin mucha rimbombancia. El futuro, como se ha dicho, nos toca a nosotros, y los filólogos a quien correspondería regar la pamplina posmoderna están ahora mismo trabajando en el Starbucks por seiscientos euros al mes. Para cuando quieran ponerse con las nomenclaturas, si es que llegan, se les habrán pasado las ganas de andarse con manierismos. Y de llamar a las generaciones por nombres de letra.

Rubén Díaz Caviedes: Madurez democrática


El otro día ocurrió que Mariano Rajoy ganó las elecciones. Estarán al corriente por los periódicos, me imagino, y porque en algunas coordenadas del espacio y del tiempo el evento se celebró con efusión, profusión y bastante porompompero. En mi pueblo hasta tiraron cohetes, no les digo más, y pusieron música. Y hasta bailaron. Parecía el pueblo de los ewoks al final de El retorno del Jedi.

Ganó Rajoy, les decía, y al día siguiente amaneció en Génova —el concepto, no la ciudad— para ponerse a trabajar bien prontito porque los presidentes, como sabrán, es lo primero que hacen: subir al balcón, dar el urbi et orbi y anunciar que mañana mismo estarán ahí, dando el callo por España desde las nueve de la mañana. No sabemos con tanto detalle a dónde se fue Rubalcaba, además de a la mierda, al final de esa jornada que los medios denominan “fiesta de la democracia”. Ni qué fue lo que hizo o dejó de hacer en la siguiente jornada, denominada “de resaca electoral”, aparte de hacer como que la cosa no iba con él. Sí sabemos, no obstante, que el PSOE sufrió una “debacle electoral”, que Amaiur tiene una “hoja de ruta” y que Izquierda Unida ha salido de su “travesía por el desierto”. Eso y que el poble de Catalunya demostró una enorme “madurez democrática” aunque esto último, les advierto, no lo dijo un medio, sino Duran i Lleida. Que con el subidón de petarlo contra todo pronóstico hasta tuvo la deferencia de dirigirse en catalán a su electorado, que siempre es un detalle, y anunciarles lo que les digo; que el pueblo de Cataluña demostró el otro día una enorme “madurez democrática”. Por haberle votado a él, por supuesto. Si no, madurez democrática de qué.

De todas las muletillas con que los medios, los políticos y los medios de los políticos adecentan la prosa electoralista, “madurez democrática” es sin duda mi preferida. Madurez democrática, repitan conmigo; ma-du-rez de-mo-crá-ti-ca. Suena bien, ¿verdad? Llena la boca. Y ocurre con ella que tan polisémica es y tanto se va con el primero que pasa que la puede decir cualquiera, miren. Y arrogársela para sí o para sus electores, que a fin de cuentas viene a ser lo mismo. Sin que importe mucho no ya el estar incurriendo en incoherencia, que también, sino hasta el estar contraviniendo su significado, el de la propia expresión, con su mismo uso. Que ya es contravenir.

Porque, no sé si me explico; en principio no parece —o no me lo parece a mí, que soy así de extravagante—, que despachar “madurez democrática” porque gane el partido de uno sea de tener mucha madurez democrática. ¿No? Digo yo. Me parece que tal, de hecho, incurre en su contrario: la inmadurez democrática. Tampoco me parece propio de mucha madurez democrática alabarla el día después de que tu periódico, el ABC para más señas, hiciera esta portada en jornada de reflexión. Y no me parece de madurez democrática que el día después de violar la jornada de reflexión, tu periódico diga sobre quien sí la respetó los indignados, para más señas, que no pidieron el voto ni se reunieron el 20N— que lo hicieron no por madurez democrática, sino porque “han perdido fuelle” y porque “a sus últimas convocatorias apenas han acudido un puñado de personas”. Publicando una foto de varios en Sol quemando cosas —ya verán, esto tiene gracia— seguida de la frase “su escenario simbólico, la Puerta del Sol, permaneció ayer vacío por completo”. No creo que haya mucho de madurez democrática en que un candidato recién ganado, Rajoy para más señas, preconice la “madurez democrática” del país justo después de expresar su deseo “de que tengamos un traspaso de poderes modélico” como diciendo que oye, quién sabe; a lo mejor podría ser modo. No me parece que un país donde el traspaso de poderes pudiera ser no modélido deba tenerse a sí mismo por democráticamente maduro, ni que pudiera tenerse por democráticamente maduro cuando, siendo modélico el traspaso —y sabemos todos que lo es—, los candidatos de sus partidos se permitan dudar del mismo con semejante alegría. No me parece que haya mucha madurez democrática en un país donde una victoria democrática se celebra con banderas predemocráticas. Me parece que tal situación es democrática, en efecto. Y además, mucho. Rabiosamente democrática. Soy de los que piensan que, de hecho, no debería ser ilegal. Pero ¿maduro? ¿Democráticamente maduro? ¿Maduro como diciendo, lo predemocrático está superado? Pues no, miren. Ojalá me lo pareciera, pero no.

Democracia hay toda la que quieran, claro está. Hasta con palos en las ruedas, la democracia sigue siéndolo. Pero la “madurez democrática” —que si tanto importa es por cacareada, no porque no deje de ser una entelequia bastante inane— es otra cosa. Y no creo que haya mucho de esta cosa en un país donde su propia idea, la de la madurez democrática, está así de devaluada. Donde la idea de su ejercicio se resume con frecuencia en su simple enunciación y donde sus apóstoles, los que la enuncian, son normalmente quienes más tienen que callar. Donde no salta a la vista, resumiendo. Por lógica elemental se me ocurre pensar —ya les dije antes que es que soy extravagante— que en un país donde la “madurez democrática” aconteciera realmente no existiría la necesidad de tener que afirmarla constantemente.

Rubén Díaz Caviedes: Gira la noria


Tengo que confesarles que me gusta el debate que hay montado en torno a La Noria. Que me gusta en sí, quiero decir. Como debate. No confundir con que me alegre, que son cosas distintas. Ni que no me alegre con que no me parezca justo, que también es distinto. Justo me lo parece, y ahora más todavía porque, no sé si lo saben: varios periodistas de prestigio, entre ellos Julia Otero, Isabel Durán o Melchor Miralles han mostrado públicamente su apoyo al programa de Telecinco. Es decir, que de linchamiento unidireccional ha pasado a ser, pues eso. Un debate. Estupendo, proclamo. Viva debatir. Y le aplaudo a Otero el valor que hay que tener para meterse en según qué jardines sin que a una le vaya el sueldo en ello. “Tiene gracia —tuiteaba la de Monforte— que nos estemos mojando los que nunca hemos ido ni iremos”. Y se lo aplaudo sólo a ella, les aclaro, porque Miralles y Durán son habituales del programa y que lo defiendan parece, en principio, lo propio. Peor, digo yo, sería que no lo hicieran.

El debate me gusta por la razón bien sencilla de que es muy propio de los tiempos. Nos parezca justo o no, La Noria es presa ahora mismo de un boicot comercial y hay a quien se le escapa que no es precisamente el primero. Wikileaks, por ejemplo, que es una organización filantrópica y sin ánimo de lucro, acaba de caer presa de otro. Y dos naciones europeas tienen ya un gobierno no democrático fruto del boicot de los mercados. Los anunciantes de Telecinco han decidido no comprarle espacio publicitario a La Noria para no verse relacionados con ella y esto, en principio, no guarda ninguna diferencia fundamental —sólo de escala— con que los agentes financieros decidan no comprarle a España su deuda soberana por considerarla tóxica, por poner un ejemplo. Lógica de mercado, quiero decir. Así es el bussiness. Yo me limito a dejar comprarte cosas y si tú te vas al carajo, ah, se siente. Problema tuyo. Nos guste o no —y en principio no nos gusta— ningún boicot comercial es en realidad ilegítimo mientras sea precisamente así: comercial. En su día inventamos, luchamos y matamos a dos manos por implantar un sistema económico que sólo funciona si sus reglas son inmunes al alcance de lo moral, lo ético y en muchas ocasiones, la simple conveniencia social. Y nos pareció a todos estupendo, además, hasta hace cosa de cuatro años. Así que ahora apechuga, quiero decir, y agárrate como puedas a la goma de la braga. Lo que no puede ser, digo yo, es que nos parezca mal si le ocurre a Wikileaks y bien si le ocurre a La Noria. Además de errónea, es una lógica perversa. Por mucho que en Telecinco se esfuercen en demostrarnos que tienen menos vergüenza que un litro de vino, quiero animarles desde aquí a que nos parezca mal en todo caso. Al capitalismo no se les vota, desde luego, pero estar de acuerdo con él porque a ti te beneficia es la quintaesencia que lo mantiene vivo y con una salud de hierro. Si lo van a hacer, que sea por lo de siempre: porque son ustedes ricos y porque quieren seguir siéndolo. Hacerlo y seguir siendo pobres es, me perdonen la sinceridad, del género gilipollas.

No quiero que quiten La Noria. De verdad que no. Hace unas semanas, viendo la tele con mi pareja, asistimos a ese gran momentum televisivo que fue ver a Pilar Rahola y Celia Villalobos llamándose cerda a gritos la una la otra. Fue lo más zafio, lo más grosero y lo más divertido que se ha visto en televisión en años con permiso, quizá, de este momento. Pero lo mismo que lo cortés no suele quitar lo valiente, no se me ocurre pensar que la desaparición de La Noria, si ocurriese, fuese injusta. No creo siquiera que nadie esté siendo injusto con ellos ahora porque, pienso, han sido víctimas de sí mismos. La televisión privada, especialmente Telecinco, sobreexpone, agita y explota la crónica negra de España hasta el borde mismo de la arcada, desde la AR a La Noria pasando por los informativos, y no les cuento ya si en ella median menores de edad. Les asiste en su necrofilia la libertad de expresión y los ratings de audiencia —“Las cifras de audiencia son mi ética”, dijo una vez el grande Paolo Vasile—, con los que construyen en torno a sí una infranqueable muralla de inmunidad ética y con frecuencia, judicial. La indignación de quienes pensamos que no hay derecho a que hagan lo que hacen ha encontrado, sencillamente, un medio indirecto de franquear esa muralla y se ha colado de polizón con las contratas publicitarias. ¿Es lo deseable? Creo que no. Lo deseable sería que Telecinco actuase con un poco más de sentido de la decencia o que fuese La 2, puestos a desear. Y que a la voz del pueblo soberano, en este contexto llamado audiencia, se le reconociera la facultad de estar en desacuerdo con lo que ponen en la tele pese a encender el televisor, del mismo modo que no por votar cada cuatro años se concluye que esa misma audiencia, en este contexto llamada pueblo soberano, esté contenta con lo que hacen sus partidos. O dicho de otro modo; que lo injusto no es que La Noria se hunda, sino que se hunda así. Cuando se juega con fuego, lo propio si mueres es morir por deflagración, no por asfixia.

Mientras tanto, lo dicho. Pan y circo. Yo, que soy muy frívolo, seguiré viendo La Noria de vez en cuando por el gusto de ver a María Antonia Iglesias llamar demagogo a gritos hasta a los objetos inanimados. Y Jordi González ponerse solemne por chorradas, que es otra cosa que también me gusta. Y los análisis en profunda profundidad de Sandra Barneda, mujerón bellísimo, y sus objetivérrimas encuestas a pie de web. Y a ese público aplaudir con furioso entusiasmo cuando Celia Villalobos hace una proclama de centro-izquierda, cosa sorprendentemente frecuente. Y me daré por contento si lo de esta ocasión queda, sin más, como un toque de atención. Y si no tenemos que volver a ver allí a ministros de Fomento, madres del cuco y violetas santanderes.

 

Rubén Díaz Caviedes: Los e-books de Berlusconi


Sin pretender ponerme a emitir sentencias cual si fuera yo aquí un Oscar Wilde de la vida, les diré que a fecha presente pienso —porque es posible y deseable que esto cambie con el tiempo— que el hombre más poderoso es el que consigue sobrevivir a sus propias contradicciones. Y me explico. Cuando en el futuro, si lo hubiera, los e-books de historia reseñen la figura de Silvio Berlusconi estoy seguro que lo harán como los nuestros analógicos suelen con Fernando VII, por ejemplo, o el papa Alejandro VI. Nos contarán que pese a monarca deseado entregó su país a los franceses, como hizo el rey Borbón, o que era un putero sin complejos que obraba con descaro y menos miedo que vergüenza, como el papa Borgia de Játiva. Pero no nos explican qué maña se dieron ni cómo coño lo hicieron para alzarse y triunfar en el mundo actuando precisamente así: mintiendo abiertamente.

No por constituir el ADN de la política la mentira deja de ser un tema muy simple. Tanto la clave de que funcione como su propio significado residen en hacerlo sin que se note; mentir y que se note no es mentir, sino ejercer la hipocresía. Que es un arma poderosa, sí, pero también muy peligrosa. Suele estar en el top ten de lo que las personas odiamos más y se vuelve con frecuencia contra quien la utiliza. No hay test de la Psychologies, quiero decir, ni televisiva encuesta a pie de calle sobre qué es lo que menos te gusta en una persona en la que la hipocresía no se acabe alzando en el primer lugar, sólo a veces desplazada por algún otro trending topic imperecedero como la injusticia. En la historia, no obstante, no abundan pero sí redundan los personajes que mintieron y lo hicieron no de baracalofi, sino abierta y alegremente. Ejerciendo sonora y públicamente la contradicción y lo que es más revelador; sobreviviéndola. Y Berlusconi, lo que les digo. Consiguió a finales del siglo XX y principios del XXI —parafraseando a esos futuribles e-books de historia de los que antes les hablaba— construir un emporio empresarial de ingentes proporciones y una fortuna personal casi igual de monstruosa en base a la corrupción política, preexistente en unos casos e inventada en otros por sí mismo, y a la elusión de sus responsabilidades con la ley mediante la perversión personalista e indisimulada del sistema judicial. Acuñó su poder en tantos poderes fácticos existieron en la época —políticos, económicos, mediáticos— y lo hizo, además, ante la estática indiferencia de una sociedad que por aquella época —finales del XX, principios del XXI— se significaba precisamente por su alto grado de sensibilización política y democrática. Y atentó, para acabar de rematarla, contra las dignidades aparentes e indispensables en el hombre de según qué clases sociales, apuntalándose la cara a liftings e implantes capilares de solvencia bastante dudosa que con frecuencia aderezaba con looks ibicencos con ascendente a Miami Vice y blancas bandanas con estampados de fantasía. Esto o algo parecido dirán los e-books de Il Cavaliere aunque, está claro; lo mismo que de Calígula se cuenta lo del caballo pero no los aburridos desmanes de su política fiscal, por ejemplo, los de Berlusconi incidirán no en lo importante, sino en lo mucho que le gustaban las menores de edad, por ejemplo, en sus happenings orgiásticos y en que se hacía rodear de una cohorte de hieródulas, modo filoclásico de decir putón desorejado, que se encaramaron al poder con tan solo pasarse al viejo por el arco de Trajano.

Pero, ¿cómo lo ha hecho? Misterio. Algunos apuntan a los endemismos propios de la política italiana y otros a la inexistencia de una réplica solvente por el lado izquierdo del dirigir. Yo ni idea, miren, aunque señalar a los abstractos nunca me ha parecido una gran manera de razonar. Me quedo, por quedarme con algo, con la noción de que la historiografía es seguramente menos perversa de lo que hasta ahora yo pensaba porque, no sé si se dan cuenta; Berlusconi ha demostrado que no es que la historia perdone los pecados olvidándolos, sino que en algunos casos esos pecados ocurrieron con la complacencia y el asentir de sus coetáneos. Lo que, siendo puristas, hace que no sean pecados. Le pasó a Fernando VII y le pasó a Alejandro VI. Y le pasará probablemente a Berlusconi. Se han granjeado el derecho a que lo más reseñable de sus villanías no sean las villanías en sí mismas, sino el enorme talento político y mérito innegable que requirió el poder acometerlas. Y eso, querida amiga, no se puede decir de cualquiera.

Rubén Díaz Caviedes: Wikileaks y El País


¿Se acuerdan del “Cablegate”? Así fue como se llamó en el extranjero a lo que aquí, que somos menos revaival, llamamos sencillamente “filtraciones de Wikileaks”. O “revelaciones”, según las bautizaron en El País con gran dramatismo aunque legítimamente, eso sí, porque técnicamente eran suyas. Wikileaks, de hecho, seleccionó en noviembre de 2010 a los cinco grandes periódicos a los que cedería la mayor filtración de secretos de Estado de la historia y entre ellos, entre los cinco elegidos, estuvo el diario español, que sin comerlo ni beberlo se descubrió ser —y nos descubrió que era— una de las chicas populares del instituto en lo que vendría siendo ser de los más guays del periodismo occidental. OMG!!!, le faltó titular en portada aquel día. Y se pasó un mes y parte del siguiente publicando secretos de Estado, uno, otro, otro, con unas portadas a doble columna y unas negritas y unos reportajes ilustrados y unos análisis en profundidad que en fin. Qué furor informativo, miren. Qué cosa. Todo sea, que lo fue, por el prevalecer de la Verdad, dicha así con mayúsculas, y demás reivindicarse juramentos hipocráticos y deontologías de la información en plan segundo de periodismo. Por la “recuperación del papel de contrapoder que le correspondió a la prensa”, como dijeron con odgullo y satisfación cuando les dieron el Premio Internacional a la Libertad de Prensa 2011 por esto precisamente. A ellos, quiero decir. A El País. Porque no se lo dieron a Wikileaks, sino a El País. Y abundaron por aquel entonces, como suelen en este periódico, ese tipo de editoriales tan propios de los periodistas en los que los propios periodistas reflexionan periodísticamente sobre qué es el periodismo. Que por lo visto está en crisis, no sé si lo saben, y lleva en crisis toda la vida, hija de mi vida. Y en este periódico, lo que les digo: nobleza obliga. Tiran mucho de este tipo de autoreflexiones, válgame la refanfinfla, sobre el Cuarto Poder en mayúsculas que con puño poderoso se enfrenta a las villanías de los políticos. Eso y charlas on-line con Boyero, las que ustedes quieran. Incluso hoy mismo, sin ir más lejos, aún se puede acceder en su web a un estupendo apartado monográfico titulado “Las revelaciones de Wikileaksen el que se nos desglosan ordenada y estupendamente todos los artículos al respecto. No es que ahora lo publiciten mucho, claro, pero ahí lo tienen. Mediando insertos, por supuesto, una serie de banners y ads de publicidad que en su día, gracias a Wikileaks, debieron generar, no sé. Un gritón del dólares, por ejemplo. Así a ojo.

Pero ay, amiga. Quién nos ha visto y quién nos ve. Ayer supimos que Julian Assange, el ex hacker cuarentón con cara de niño cano, está visto para sentencia. Del arresto domiciliario que cumple en Londres —once meses que lleva sin que se le haya imputado cargo alguno, por cierto, pero que incluye hasta pulserita de localización por satélite, muy en continuidad con el tono George Orwell que está adquiriendo el asunto— de su arresto domiciliario en Londres, les decía, se lo van a llevar a Suecia, donde la fiscalía le va a imputar tres delitos de agresión sexual y uno de violación. Por su parte, Bradley Date Por Jodido Manning —el soldado de veintidós años responsable de las filtraciones más gordas acerca de Guantánamo y la guerra de Iraq— está en prisión incomunicada con menos garantías constitucionales que una alpargata de esparto porque Roma, como sabrán, no sólo no paga a traidores, sino que además consigue que se arrepientan de haber nacido. Y Wikileaks ha cesado, como ETA, presa según nos cuentan del Bank of America, de Visa, de Mastercard, de la Western Union y de PayPal, que le están haciendo la trece catorce al más puro estilo boicot comercial a Naboo en La Guerra de las Galaxias. Digo según nos cuentan porque, en fin. Es eso lo que nos cuentan. Que lejos de estar siendo objeto de una limpia de alcance internacional orquestada desde los órganos de poder estadounidenses con la música de MacGyver de fondo, a Wikileaks y sus colaboradores simplemente les ocurre lo que a Jim Carrey; una serie de catastróficas desdichas. Sin más, you know. Casualidades de la vida. Porque en periodismo no decir es lo mismo que decir lo contrario y el periodismo español, que desde lo de Wikileaks es como decir El País, no ha dicho ni mu. O sí, miren; seamos justos. Al día siguiente de conocerse el boicot comercial a Wikileaks, veinticinco de octubre para más señas, El País le dedicaba al tema un artículo de cuatrocientas palabras al final de su octava página —titulado “Wikileaks deja de publicar temporalmente por su situación de asfixia financiera”. Que, para que se hagan una idea, es menos de la mitad de palabras de las que llevan ustedes leídas hasta aquí. En ese mismo número, por ilustrar, le dedicó artículos más largos al estreno en Madrid del musical del Rey León, a la implantación en Estados Unidos del libro electrónico y uno a página completa sobre el cambio que va a hacer Facebook en la apariencia del perfil de sus usuarios. Apasionantes temas todos donde los haiga, oiga. Comparables en vigencia informativa a los que utiliza estos días para evitar dedicarle el espacio que le debe —el periodismo en general y El País en particular— a la más que probable extradición de Assange.

Una lástima, miren. Lo peor no es, aunque podría serlo, la injusticia flagrante con la que Wikileaks se va al carajo “por falta de financiación”, como titulan estúpidamente en El País, mientras en el propio periódico hicieron, hacen y harán caja y qué caja a costa de los contenidos que Wikileaks les entregó gratis. Ni los premios al buen periodismo que recogieron con su correspondiente echada de flores por publicar los contenidos que les cedió a fin de cuentas una organización razonablemente filantrópica y sin ánimo de lucro. Ni la forma tan tonta con la que la que este diario ha demostrado estar plegado ante el poder corrompedor de Estados Unidos que hace unos meses denunciaba con tanta pasión y, lo dicho; recolecta de premios. Lo peor, creo yo, es que El País pierde así su oportunidad para ejercer de una buena vez y de facto ese buen periodismo que con tanta soberbia se arroga cada vez que puede. De ejercer con decencia de contrapoder, como le gusta cacarearse, y de “pilar central” de cosas. Y eso que no era complicado porque, vamos a ver; euroórdenes cogidas con alfileres, bloqueos financieros, detenciones manifiestamente ilegales y acusaciones que se presumen, así de lejos, más falsas que un euro con la cara de Popeye. Y todo a la vez, además, y justo después de las filtraciones. El reportaje, aunque fuera uno sólo, incluso un simple editorial, casi se hubiera escrito por sí mismo porque, vamos a ver; no será porque el complot internacional contra Wikileaks no se está desarrollando ante nuestros ojos bovinos con una falta de sutileza casi obscena. Con la que opera Estados Unidos, quiero decir: a lo Kissinger. La clase de obviedad despreocupada que sólo puede permitirse quien ha hecho previamente callar a los periódicos por vete tú a saber qué métodos no necesariamente expeditivos. Habrá que esperar, para conocerlos, a la siguiente filtración, si es que la hay. Que espero de corazón —jamás pensé que diría esto— que se la den a Pedro Jota. De verdad que sí. No es que fuera a hacer mejor uso de ella, creo yo. Ni más decente. En eso andan todos ahí ahí. Pero seguro que no se callaba cuando le llamasen, ring ring, de la embajada. ¿Pedro Jota? Ni debajo del agua. Con lo que le gusta a él una conspiración, madre de Dios. Más que a un tonto una tiza.

Rubén Díaz Caviedes: Orgulloso de ser hombre


Estarán al corriente, imagino, de la famosa sentencia del juez Del Olmo. Un tipo con antecedentes penales amenazó a su mujer en al menos dos ocasiones, la llamó “zorra” entre otras lindezas y le aseguró al hijo de ambos que su intención es matarla, determinación que expresó asegurando que la vería “en el cementerio en una caja de pino” porque una buena metáfora, pues nunca está de más. Y enfatizó finalmente jurando sus intenciones “por el sol”, cito literal, extremo inaudito desde Akenatón, estarán conmigo, y además pelín sobreactuado.

Un juzgado de Cartagena le condenó por ello a no acercarse a menos de 500 metros de su ex mujer durante un año, a un mes de trabajos para la comunidad y a la prohibición vitalicia de tenencia de armas. No obstante el juez Del Olmo, otrora instructor de los atentados del 11M para furia pedrojotesca y hoy en la Audiencia Provincial de Murcia, decidió la semana pasada rebajarle al tipo las medidas de seguridad –de 500 a 300 metros y sólo durante seis meses– y anular tanto la condena de un mes a trabajos para la comunidad como la de tenencia de armas.

Y se ha montado el Delolmogate, claro, aunque les digo una cosa: el de este año, pse. Ha venido como el verano, más flojo que el de anteriores. No ha sido como cuando secuestró la revista El Jueves, por ejemplo, convirtiéndonos en la envidia de los más prestigiosos sistemas judiciales islamistas. O como cuando el año pasado este mismo juez Del Olmo absolvió de la pena de cárcel a un hombre que le había propinado a su mujer un cabezazo en la nariz porque, arguyó en su auto por aquel entonces, “no toda agresión leve debe reconducirse automáticamente a violencia de género”. En su trayectoria fulgurante por el star system judicial, de hecho, el juez Del Olmo se significa por su abnegado compromiso con la interpretación rigurosa del Código Penal en materia de maltrato doméstico y para defensa, se entiende, del legítimo orgullo masculino, concepto en nuestro tiempo menoscabado, colgandero y feo a rabiar como los cojones en los que se encarna. Porque sí, amigos, por qué no decirlo; el vaginal imperio de la dictadura feminazi nos obliga a vivir rehenes de la hipersensibilidad hacia la violencia de género, por una parte, y a tener que escribir con arrobas por la otra. Ya está, ya lo he dicho. Hasta el punto, por ejemplo, de no poder ni romper la nariz a la mujer de uno sin que lo acusen de maltrato. Es que ni llamarla zorra, oigan. Pero vamos a ver; ¿estamos locos, o qué? ¿Adónde vamos a llegar?

Por suerte y en ese caso, el juez Del Olmo ha desestimado acertadamente que “zorra” constituya insulto machista alguno. En su auto, muy pedagógico, explica que “procede señalar que la expresión zorra […] no se utilizó por el acusado en términos de menosprecio o insulto, sino como descripción de un animal que debe actuar con especial precaución a fin de detectar riesgos contra sí mismo”. Y en efecto; ésa es la quinta acepción que aparece en la RAE, después justo de “prostituta”. “Zorra” es (coloq.) la “persona astuta y solapada” y el juez Del Olmo, que atendiendo a los hechos es más zorra que ninguna, lo sabe bien. Y además el que les escribe, yo mismo sin ir más lejos, les puede confirmar que arcaísmos aparte, “zorra” y “zorro” se sigue utilizando y mucho en el norte de España, al menos en el ámbito rural de Cantabria, donde nací y crecí como una berza tempranera, con ese mismo significado: denominando “zorro” o “zorra” al que es astuto o solapado, al zorro –animal en sí mismo– como “raposa” y a la que es puta, pues puta.

Es la riqueza de nuestro idioma, amigos; basta con unos malabares sencillos con las polisemias del castellano para salvar a un hombre de las garras de este sistema perverso y kafkiano al que obliga la pertinaz costumbre de la mitad de la humanidad de no tener pene. Para que luego digan que el español es sexista, miren, cuando a sus putas depara tan abastecido abanico de aptitudes. Es lo bueno que tienen las decisiones de un juez así ese juez se empecine con denuedo en parecerse al Bonico del To; que sientan jurisprudencia. Así que no teman más a la discriminación positiva; ellas serán astutas y solapadas, que lo son, pero desde hoy nosotros podemos comportarnos como animales y acogernos después a nuestro derecho, siempre ejemplar y edificante, a interpretar la ley como nos salga, lo voy a decir, de los cojones. Que para eso se inventaron, miren: como fuente de argumento. Agradézcanselo, si gustan, al juez Del Olmo y al plausible ciudadano que decidió llamar zorra a su mujer. Hoy, gracias a ellos, pueden ustedes sentirse orgullosos de ser hombres.