Rubén Díaz Caviedes: Amanece Dorado, que no es poco
“¡Al de ilicral inmigraision aut!”, gritaba el otro día por las calles de Atenas Nikolaos Michaloliakos, líder de los neonazis que acaban de llegar al Parlamento griego. “¡Aut of mai cantri!”, reiteraba el amigo con cara de pocos ídem y en un inglés de Cuenca —Kuεvkα, en griego también de Cuenca— que invitaba a preguntarse, para empezar, what the fuck estaba haciendo un tipo razonablemente nazi y nacionalista, valga la refinfoncia, dirigiéndose a su target potencial en un idioma que no es el propio de su país. Para hacerse entender, dirá el lector que no respete las retóricas, entre aquellos a quien se dirige, que son precisamente los ilicral inmigraision. Pues nos ha jodido mayo, lector, con sus flores y su color. Pero es que el tipo es nazi, quiero decir. Poco le importa a Nikolaos que le entiendan los albanos, los búlgaros o los georgianos que hay en su país si no es en otro idioma que el suyo. El inmigrante que lo es en Grecia, según estos tipos, debería saber más griego que Sófocles.
Pero es que había cámaras y la perfo, querida amiga, es la perfo. De eso los nazis saben más que los ratones colorados. Nikolaos, no en vano, se puso su pin en la solapa con la medio esvástica esa que su partido tiene por logo —un ingeniosa solución de continuidad entre la posta griega y el símbolo nazi— y se lanzó a las calles a paso marcial, soltando proclamas y rodeado de unos armarios empotrados andantes más surtidos en músculos que el Batman de Tim Burton, engalanados todos con camiseta ceñida y —no me pregunten por qué— riñoneras a juego. Hasta obligó a los periodistas a levantarse, fíjate lo que te digo, cuando entró en la sala de prensa con un traje de raya diplomática —una concesión a los años 30, me figuro— que le estaba tres tallas grande, antes de ponerse a gritar más chuminadas.
“Ya no hay nazis como los de antes”, me comentaba hace poco y en clave frívola un amigo mío aficionado al clásico atuendo germano de lo nacionalsocialista —por pura estética, asegura, pero yo sospecho que le va el rollo, no sé si me entienden—. Y tiene razón. Hay algo de tragicómico en que el liderazgo de lo nazi, o lo neonazi, como queramos llamarlo, recaiga en un señor de voz de pito y proporciones encontradas, gordo como una cebolla y a buen seguro, más peludo que un kiwi. El tipo de señor del sur de Europa —y medio turco, para más funfún— al que los nazis primordiales le hubieran puesto el sello, cloc, y al matadero sin más trámite, por atentar de forma obvia y manifiesta contra el refinamiento físico de la especie.
Lo extremista da miedo, estamos de acuerdo, pero sólo porque quiere darlo. Es su herramienta de trabajo. El propio líder de los nazis griegos, sin ir más lejos, se amorraba el otro día al micrófono cual becerro a teta y amenazaba un “temednos, porque ya llegamos” que hubiera hecho que el mismérrimo Führer le propinase de sopapos allí mismo y hubiera dicho más tarde, como dijo de Franco después de Hendaya, que no era un fascista a tener en cuenta, sino un simple charlatán. Porque Nikolaos Michaloliakos puede haber conseguido 21 escaños, pero va de nazi por la vida. Y los nazis dan miedo. Por esta razón, nadie nunca ha conseguido llegar democráticamente al poder yendo de nazi, sino siéndolo, pero haciendo como que no —o a lo sumo, que sólo un poco—. Y ya después de entronados y autorizados es cuando se revelan, ahora sí que sí, como los locos brutales y paranoicos que son. Para más informarse de cómo funciona el proceso, véanse los estos tres minutos de Cabaret.
Algo así como lo que está haciendo Marine Le Pen, esa mujer sonriente con perfecto aspecto de señora bretona haciendo brioches que lidera y arenga, no obstante, al ultraderechista Frente Nacional francés al que el pasado fin de semana votaban seis millones de personas. Muchos de los que opinan —y opinan muchos— se niegan hoy a catalogarla al lado de los nazis griegos, Dios les libre, hay que ver, qué cosas dices, principalmente porque Marine no se dice a sí misma nazi o ultraderechista, sino de centro-derecha. Comparte vehemencia, discurso y propuestas con Amanecer Dorado, no obstante, y las dos formaciones se parecen hasta el detalle ridículo, terrible y repugnante de atribuírsele a ambas la supuesta profanación de tumbas judías en Carpentras, Francia, y Tríkala, Grecia.
Pero a ella, que es más lista que el griego —y según parece, que su propio padre—, le basta evitar la mención de la bicha —la palabra fascismo o nazismo— para que reduzcamos su posición ideológica a una simple cuestión de catálogo mientras llama, con la otra mano, a deportar a seres humanos en masa. Un ejemplo de su éxito confundiendo a los que opinan sobre el objeto del que hay que opinar lo tenemos, por reciente y cercano, en Federico Jiménez Losantos, que decía hace unos días, siempre a la altura de sí mismo, que “el gran problema de la extrema derecha francesa no es que no tenga un gran afecto por las libertades; es que además se parece a la extrema izquierda”. O Hermann Tertsch, siempre a la altura del primero, que tuiteaba súpertranquilo que “los nazis, griegos o españoles de Amaiur, empeñados en enseñarnos modales a todos”. Cito a estos dos no por fobia personal —y les tengo fobia, créanme—, sino porque ambos son contrastadas brújulas ideológicas de lo suyo y —esta palabra me encanta, llevaba tiempo queriendo utilizarla— creadores de opinión.
Con todo esto no quiero decir que a mí no me la dan con queso, pese a que sea ese el subtexto que siempre hay detrás de cualquier columna de opinión. Con queso me la darán, me figuro, como a cualquier hijo de vecino. Con esto quiero decir, o proponer, que a los nazis griegos, como a la ultraderecha de Francia, no hay que tenerles miedo. De verdad que no. Hay que reírse de ellos. Apuntarles con el dedo y decirles, meados de risa, pero a dónde vas, alma de cántaro, con la esvástica y esas pintas. Llamarles, como hemos querido hacer aquí, señores peludos como kiwis y señoras que hacen brioches. O montarles hashtags y TTs con los que, aunque solo sea un ratito, deslegitimar esa solemnidad artificiosa y ridícula en la que viven instalados y consigamos, así, quitarles un poco de poder. Lo último que deberíamos hacer —pensemos estratégicamente, como hacen ellos— es tomarles en serio y caer presa de ese miedo sobre el que cabalgan, que con tanto afán se empeñan en darnos y que puede conseguir, si persiste, que acaben en el poder y vuelvan a llenar trenes de carga con seres humanos. Demostremos, coño, que somos más listos que ellos. Que no es complicado, quiero decir. A fin de cuentas, son nazis.







