Rubén Díaz Caviedes: Pater patriae

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La ambición última de cualquier pater patriae que se tenga por tal en vida es verse forjado en bronce, habitualmente sobre un caballo, y figurar en plazas y avenidas acumulando cagadas de paloma durante el resto de la eternidad —o hasta que se extingan las palomas—. Antes pretende, lógicamente, morir de una de las dos formas propias de los de su condición, que suele ser traicionado a manos de alguien que grite «¡sic semper tyrannis!» o de manera absurda, como por ejemplo haciendo caca.

El pater patriae autoproclamado pretende que se formen colas kilométricas para plañir su féretro, abierto con obscenidad a efectos patriotas, y que su funeral sea tan significado como para que un anarquista ponga una bomba o que Elton John cante Candle in the wind. Y reposar después en un mausoleo de mármol o granito, rocas más perdurables que la caliza, donde se mezclen visiblemente los estilos dórico, jónico, corintio y compuesto, signo artístico inequívoco de la condición transhistórica. El pater patriae a priori en lugar de a posteriori sueña con que allí se le presente todos los años una corona de rosas con los colores de la bandera, caso de que esta tenga los naturales tonos de las rosas o de que no se pueda, en el futuro, alterar el color de las propias flores —genéticamente o pintándolas, como le hacían los naipes a la Reina de Corazones.

Así, cualquier pater patriae designado por sí mismo quiere Alzar, Liberar, Guiar, pero también asegurarse de que deja impresa la propia efigie en los billetes que circularán como leucocitos por la patria que ha engendrado, y poder vigilar la posteridad gloriosa que con tanto empeño fundó mirándola eternamente de reojo desde el retrato de su perfil en las monedas. Quiere ser el primero de insignes listas, como las que comienzan por Rómulo, por Ataúlfo y por Washington, y que su retrato al óleo empiece las sucesiones de ellos que decoran los pasillos y halls de cámaras, palacios y residencias oficiales. Quiere dejar tallada la faz severa pero amable en esfinges y montes Rushmore, de modo que sobreviva a la disolución primero de su progenie y después, genealógica.

Cualquier pater patriae que se marque serlo como objetivo aspira incluso a triunfar sobre la erosión física de sus símbolos y alcanzar la eternidad nominal, que es la más resistente. A que su apellido se adjetive como los de Jefferson y Perón y a que sus seguidores lo hereden para después escindirse y pelearse entre sí por ver quién se lo queda, como los carlistas. E incluso, con los siglos y un poco de suerte, a alcanzar la perpetuidad retórica y mutar ya no en adjetivo, sino en un lexema con el que bautizar pueblos, naciones e ideologías enteras, como Bolívar. A fundirse en uno con la Nación y el Pueblo de cuyas voluntades se dice herramienta y a no hacer historia, sino a serla.

Así lo quiere, al menos, el que desea sobrevivirse homéricamente a sí mismo y a los demás y puede hacerlo, porque ha cosechado ya los medios, los enemigos y la ocasión. Y a quien solo resta, como a Aquiles, ejecutar la parte más sencilla del asunto, que es librar, sin sobrevivir, toda una guerra de Troya.

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3 comentarios

  1. Pedro Torrijos
  2. luis_r

    Buen artículo. Enhorabuena.

    Imprescindible complemento: Qué es España, qué es Cataluña, qué es ser español. Por Arcadi Espada.

    http://www.youtube.com/watch?v=tqRTEUYWSaU

  3. Pingback: Mi huelga : El blog de Marta Martín de la Cuesta

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