Rubén Díaz Caviedes: Toros y superioridad

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Torero muerto, de Édouard Manet
Torero muerto, de Édouard Manet.

En El fin de la infancia, una novela menor de Arthur C. Clarke, una raza extraterrestre viene a la Tierra y decreta una serie de normas destinadas, entre otros objetivos, a acabar con la crueldad con los animales. Esto es lo que ocurre cuando en España se violan por primera vez esas normas:

La plaza de toros estaba colmada cuando los matadores y sus acompañantes iniciaron su desfile. Todo parecía normal. La brillante luz del sol chispeaba sobre los trajes tradicionales y la muchedumbre, como tantas otras veces, alentaba a sus favoritos. Sin embargo, aquí y allá algunos rostros estaban vueltos ansiosamente hacia el cielo, hacia la lejana sombra de plata que flotaba a cincuenta kilómetros por encima de Madrid.

Los matadores habían ocupado ya sus lugares y el toro había entrado bufando en la arena. Los flacos caballos, con las narices dilatadas por el terror, daban vueltas a la luz del sol mientras sus jinetes trataban de que enfrentasen al enemigo. Se dio el primer lanzazo —se produjo el contacto y en ese momento se oyó un ruido que jamás hasta entonces había sonado en la Tierra.

Era la voz de diez mil personas que gritaban de dolor ante una misma herida; diez mil personas que, al recobrarse de su sorpresa, descubrieron que estaban ilesos. Pero aquel fue el fin de la corrida y en verdad de todas las corridas, pues la novedad se extendió rápidamente. Es bueno recordar que los aficionados estaban tan confundidos que solo uno de cada diez se acordó de pedir que le devolvieran el dinero, y que el diario londinense Daily Mirror empeoró aún más las cosas sugiriendo que los españoles adoptaran el cricket como nuevo deporte nacional.

Es una ficción pero C. Clarke tiene razón. Quien sufriera el tormento que atraviesa un toro en la lidia y viviese para contarlo no volvería a presenciar una corrida ni querría que se celebrasen. La empatía, en principio, debería activar esta repulsa en todos nosotros sin necesidad de atravesar físicamente la experiencia, pero los toros son bóvidos, los bóvidos son rumiantes y el gesto de los rumiantes, así como apático y algo hueco, anima poco nuestra empatía. Imagino que porque son nuestras presas en el esquema fundamental de las cosas.

Para colmo de males —de sus males, se entiende los toros también son política, como lo acaba siendo todo en España, y han caído en un país donde los adjetivos se usan según su sonoridad y no por lo que signifiquen, de modo que si pides su abolición siempre habrá, porque aquí siempre hay, quien te llame fascista. En España, donde los adjetivos vuelan más que en otros lugares porque aquí no los lastra el significado, incluso empieza a ser complicado criticar simplemente el toreo entre quienes compete, que son sus partidarios, sin que te menten otro concepto de moda en la retórica de la barra de bar, a la que aquí recurren lo mismo taxistas que ministros: la superioridad moral.

A mí me lo dijo el otro día una persona, sin ir más lejos, y lo hizo en la barra de un bar, cuando le comenté que planeaba escribir esta pieza el día del Toro de la Vega, ese entrañable show folclórico anual en el que se lancea un toro hasta morir en Tordesillas, Valladolid, que tiene lugar este martes como todos los segundos martes de septiembre desde hace ni se sabe. La persona en cuestión, taurina pero poco amiga de esta fiesta en particular y ese «pero» está bien puesto, me aconsejó estratégicamente que no cayera en el error en el que caemos con frecuencia los antitaurinos, que es el de hablar «desde la superioridad moral».

Así me dijo, no convencerás a nadie.

Y a mí convencer me gustaría convencer, claro, porque a ver si no de qué iba yo a estar aquí contando este mondongo, pero no estoy seguro de poder hacerlo siquiera mínimamente si partimos de esa gran gilipollez, la de que cualquier alusión a la moralidad implica superioridad moral, una noción acuñada y utilizada casi exclusivamente como dispositivo retórico defensivo y no porque signifique algo. En particular porque contra el toreo, a ver si nos enteramos, solo existe ese argumento. La lidia es bonita, es singular y es histórica, pero es moralmente inaceptable porque consiste en matar por diversión, entretenimiento o cultura, según el grado de solemnidad que confiera cada cual a la fiesta. O por el arte, incluso, condición que le niegan con frecuencia sus detractores como queriendo decir o sin querer decirlo, pero diciéndolo realmente que los toros no son aceptables porque no son arte y que, si lo fueran, entonces estarían bien.

Qué chorrada, oigan. Eso y el eslogan antitaurino de referencia, ese tan cacareado que reza que «la tortura no es arte ni cultura». Los toros son arte y cultura por una razón muy simple: a diferencia de las manzanas o de la ley de la gravedad, que son y punto, el arte y la cultura son categorías que dependen de una decisión colectiva. Si el consenso decide que pintar en óleo sobre lienzo es cultura, la pintura es cultura; y si el consenso colectivo decide que matar toros es cultura algo hoy cuestionado, pero sencillamente irrefutable en España hasta hace treinta años, los toros son cultura. Quienes niegan esta condición artística del toreo, además de no haberse parado nunca a ver los pases de según qué diestros, simplemente incurren en un error de razonamiento, el de querer que las cosan sean según convenga a su opinión. Razonan mal, en el mejor de los casos, y tergiversan el razonamiento a sabiendas en el peor, confiando en que su interlocutor no caiga en el truco. Y así, como mi interlocutor me dijo a mí pero ahora, de verdad, sí que no se convence a nadie.

Por eso a mí, particularmente, me parece que el toreo sí es arte y cultura y me da absolutamente igual que lo sea, por este orden de relevancia, ya que es cruel e implica la tortura y la muerte de un animal, y no quiero matizar que «inocente» porque los animales siempre lo son. Poco me importa también la imagen que dé el toreo de España y de quienes la habitamos, menos aún a estas alturas del carrete, y no digamos ya esa entelequia que reza que lo de menos es el toro, sino que lo verdaderamente trágico es que el espectáculo de su muerte degrada a quien lo disfruta. Casi lo mismo que la diferencia que haya fundamental, según algunos entre una corrida elaborada estéticamente y una suelta campera donde el animal quede a merced de los diez mozos más lozanos del pueblo con el cerebro congestionado por la rosca de la boina. En uno y otro caso se sacrifica a un animal y se hace torturándolo hasta el sadismo. Quien quiera aceptar que el grado de refinamiento artístico con el que se haga marca una diferencia tendrá que aceptar también que se le acuse de inhumanidad sin querer neutralizar la acusación recurriendo a lo de la superioridad moral, que incluso siendo cierto que no lo es, no implicaría equidistancia. Puede que creerse muy bueno y virtuoso esté feo, pero es que los contrarios en la ecuación defienden matar, que es bastante más grave. Si van a seguir haciéndolo, tendrán que aceptarlo. Y si no quieren aceptarlo, que dejen de defenderlo, como hizo Sabina cuando le preguntaron. Hasta entonces bastaría con no querer redefinir lo que está bien y lo que está mal en función de aquello con lo que uno comulga y con lo que quiere hacer comulgar, en particular si son ruedas de molino. Matar en un espectáculo, lo mires por donde lo mires, es algo simplemente espantoso.

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33 comentarios

  1. Muy de acuerdo con el artículo. A mí los toros me gustan (lo del toro de la Vega no, qué horror), pero como escribí por ahí una vez, son «una crueldad perfectamente reglamentada». Vamos, que como dices, son moralmente indefendibles.

  2. Roberto

    Aceptemos por un momento que se puede usar a los animales como divertimento. En ese caso, ¿por qué no hacen acrobacias como en Creta o le quitan un adorno como en algunos lugares de Francia? La respuesta para mí es que incluso aunque sea más exigente para el torero y se pueda hacer más artístico, no prosperaría entre el público actual, que va en busca de sangre y tranquiliza su conciencia con lo del arte.

    Este año vi como jineteaban un potro sin amansar y disfruté ver cómo el potro caía y el jinete lograba mantenerse montado y hacer que el animal se levantara y siguiera corcoveando. Siempre me han repugnado estos espectáculos y ahí estaba, aplaudiendo y gritando por el jinete. Es cultura, es destreza y valor, incluso puede ser arte (el relator componía versos al mismo tiempo) y todo eso no importa porque había un tipo pegándole a un caballo asustado.

  3. Ivanhoe

    Totalmente de acuerdo pero mucho me temo que tendremos que esperar dos o tres generaciones para que se extinga la tauromaquia en España. La gente que disfruta en las plazas de toros mantienen, por lo que sé, estrechas relaciones sentimentales con ellos. Es como si de pronto yo no pudiera ir al cine -con la obvia diferencia de que en el cine no se maltrata a un animal hasta la muerte.

    • Arcimboldo

      Las plazas de segunda fila están semivacías. Únicamente se llenan ya los 6 o 7 cosos de primera categoría. Se acabará antes por falta de afición. Ni un solo joven del S XXI malgasta su dinero en el pastizal que supone asistir a una corrida, que puede por otra parte ser un tostón. Ninguna tv generalista los emitirá por pérdida progresiva de audiencia.

      • Ivanhoe

        Bueno a eso me refería, supongo que de 40 años para abajo poca gente irá ya.

      • Serradellas

        Las plazas de segunda y tercera se llenan bastante, las corridas que se celebran en ellas coinciden con las fiestas del pueblo y suelen estar petadas. En los pueblos hay bastante afición, siendo buena parte de ésta gente joven, de Madrid para abajo hay mucha gente joven aficionada, en el norte es verdad que menos, excepto en País Vasco que hay bastante curiosamente.
        Los precios de las entradas de los toros son bastante baratas, de hecho ir en San Isidro o corrida de la prensa a Las Ventas a andanada sol no creo que cueste + de 8-10€, y eso se supone que es el festejo y plaza + importante.
        Entiendo perfectamente que haya a gente que no le gusten, pero animaría a que todo el que pueda vaya un día a un tentadero de vacas o intente organizar una capea con amigos, en ninguno de los dos casos se daña al animal (no hay banderillas, estocadas ni picador, simplemente se le pegan muletazos, aparte de que esos animales viven mejor que cualquier otro en la tierra y pasada la capea o tienta vuelven al campo) no hay sensación igual al miedo que pasas y al sentir algo tan potente a tu lado, el toro bravo es un animal precioso.
        Lo que si que no me gusta nada son los toros embolados, el toro de la Vega y esas cosas.
        Los toros tienen valores de otra época y acabaran desapareciendo, pero a mi me gustan en parte precisamente por eso, por que son una locura, ¿a quien le entra en la cabeza que haya unos tíos que 30-50 tardes al año se jueguen la vida? es una locura

  4. viejotrueno

    Es muy difícil defender esto de los toros porque, por lo menos es lo que yo pienso, es algo que se debe hacer por razones metafísicas casi… y claro, como decirle al personal que es importante y necesaria -sobre todo en la clase de sociedad en que vivimos- una institución cultural -así es- que lo que hace es ponernos delante de los ojos los límites entre hombres y animales, lo que nos diferencia. Es el sueño de la Antropología… y es también lo que nos define.
    Entiendo que la gente, atomizada por mil razones socioeconómicas, cada cual encapsulado en su -supuesta- autonomía, no está para tales razones, pero sí para este tipo de subjetivismos como la «empatía», olvidando que tal cosa no puede darse estrictamente entre hombre y animal (paradoja, la tauromaquía sirve para definir ese tipo de límites como: hasta donde puede llegar nuestra empatía). En cualquier caso, el argumento de la «superioridad moral» es, naturalmente, falso, por la sencilla razón que el aficionado a los toros no es un sádico, ni un psicópata, ni carece de «empatía». Un ejemplo personal: uno de mis bisabuelos era amante de los toros, de la lidia del toro, y amaba al animal, sin embargo cuando el toro moría por el estoque mi bisabuelo parece ser -según me cuenta mi madre- que lloraba a moco tendido como un crío. ¿Cómo puede darse entonces esta muestra de supuesta empatía hacia el animal, y al mismo tiempo disfrutar de la lidia? pues porque esa reacción no es tanto de empatía como de simple y llana pena, de lástima… Y la lástima es, en todo caso, un producto ideológico de una moral determinada que se expresa como reacción emocional (dicho de otra forma, no es universal). Pero la empatía es un constructo científico que los psicólogos han comenzado a investigar bastante recientemente (de otra manera, es universal, o se supone que lo es, por lo menos para los humanos del género sapiens sapiens). A pesar de ello se emplea con gran ligereza en diferentes contextos, y siempre al servicio de algún movimiento determinado, con su aparato ideológico detrás, etc.
    Pero bien, en general, cuando un antitaurino expone razones contra los toros, me da casi siempre la impresión de que no está entrando en el meollo del asunto, y que se queda en la superficie, como sería este el caso… por eso yo siempre recomiendo estas dos lecturas:
    «Los dioses olvidados» de Alfonso Tresguerres
    http://helicon.es/pen/7848456.htm

    y «La escuela más sobria de tu vida. Tauromaquia como exigencia ética » de Victor Gómez Pin
    http://www.lecturalia.com/libro/6626/la-escuela-mas-sobria-de-tu-vida-tauromaquia-como-exigencia-etica

    ambos dos filósofos excelentes que tratan el asunto desde puntos de vista distintos pero fructíferos, y teniendo en cuenta que el tema, en lo que yo considero, es precisamente esto, filosófico…
    Y por cierto, mejor nos olvidamos de Jesús Mosterín, no por ser antitaurino, sino porque -ya con respecto a otros temas muy alejados- parece haber perdido completamente el juicio

  5. Jose Meto

    «Quien sufriera el tormento que atraviesa un toro en la lidia y viviese para contarlo no volvería a presenciar una corrida ni querría que se celebrasen.»

    «Quien sufriera el tormento de ser sacado de su casa con un anzuelo en la boca y ahogado en un cubo de agua no volvería a pescar en su vida, ni querría que se vendiesen cañas de pescar». Pues eso; vaya argumentos.

  6. Galahat

    A mí sí me importa la imagen que las corridas de toros den de España y los que la habitamos, sobre todo cuando esa imagen, totalmente desproporcionada con respecto a la realidad, lo permea todo. Sin que nadie me hubiera explicado lo que era aquello, desde niña me provocaba tal horror y repulsión que apagaba la tele sin tener la más mínima consideración hacia el espectador. Como española, siempre he llevado muy mal que me metiesen en ese saco. Para mi fortuna, en toda mi vida solo he conocido a dos personas que hubieran asistido a una corrida de toros (que fuera yo consciente de ello). Algo, no obstante, que no deja de ser llamativo para tratarse de un denominado «deporte nacional». Muy curioso también que quienes claman al cielo ante los «vividores» del dinero público, guarden un sepulcral y sospechoso silencio ante las subvenciones taurinas. No intento convencer a nadie, es una batalla perdida. Mi mayor consuelo es que la tauromaquia ya está muerta. Le queda la última estocada; dos o tres generaciones como dice Ivanhoe. Sin espectadores se acabó el espectáculo, a pesar de Esperanza Aguirre, sus mamandurrias, las subvenciones públicas y las declaraciones como Bien de Interés Cultural. Vamos jodidamente despacio, pero todo llega.

  7. Aquí hay dos cuestiones diferentes que son, cuanto menos, dudosas. En primer lugar se parte del dogma de que hacer daño a los animales es malo ‘per se’. Y en segundo que cualquier cosa mala debe ser prohibida. Cuando se argumenta bajo esas dos presunciones, ya se está hurtando el punto de partida de toda discusión racional sobre este asunto, del mismo modo que asumir a priori que el feto no es un ser humano ni tiene derechos supone hurtar el punto de partida de toda discusión sobre el aborto.

    No he ido nunca a una corrida, aunque algunas veces (pocas) las he visto por la tele. Y como el fútbol, muchas veces me pareció un coñazo y otras una cosa extraña y hermosa. Hacer daño a un animal no me parece bueno, pero no lo coloco en ninguna categoría siquiera cercana a hacer daño a otro ser humano. Y porque soy humanista, considero que los seres humanos tienen derechos, incluyendo el de hacer daño a los animales. Naturalmente, también está el derecho a recriminárselo. Pero no a prohibírselo.

    Uno de los mayores problemas de nuestra sociedad es la manía de imponer nuestras preferencias a los demás. Parece que todo lo que nos parece bueno debe ser obligatorio y lo que nos parece mal debe ser prohibido. Pues no. Ni el tabaco ni los toros.

    • «Y porque soy humanista, considero que los seres humanos tienen derechos, incluyendo el de hacer daño a los animales. Naturalmente, también está el derecho a recriminárselo. Pero no a prohibírselo.»

      Te has lucido, chato. ¿Por qué motivo enfermizo crees que tenemos derecho a hacer daño a los animales? Está bien, nos los comemos, pero eso no quita que hacer daño por diversión o deporte sea solo producto de mentes enfermas.

    • Yo estoy con usted. Y sin ánimo de discutir con nadie, diré que si en España se puede abortar, miren, entonces el toro que se joda

    • hastaloshuevos

      espero que todos estos humanistas con derechos acaben bien pasados por la piedra en otra vida o en esta.

  8. Y,digo yo sr Daniel Rodríguez Herrera, ¿por qué los derechos de hombres y animales son esos y no otros? ¿Quién fija que hacer daño a un animal es un derecho que el hombre tiene pero hacer daño a otro hombre es un derecho que no?

    El argumento de «prohibir a los demás lo que no nos gusta es malo» sí que es gran problema, puesto que se usa para justificar cualquier burrada. Yo no prohibiría los toros porque no me gustan, los prohibiría porque, como dice el artículo, son profundamente inmorales. Me dan 1000 patadas los programas del corazón, la música de los 40 o la ropa que se vende en Stradivarius, pero nunca pediré su prohibición. Así que no, el argumento de «queréis prohibir lo que no os gusta» es falso y malintencionado. No confundamos.

    • PorComentar

      Disculpe usted, si quiere igualar sus derechos con los de un animal a mi me parece estupendo, pero no iguale los mios.
      Por otro lado, prohibir algo porque a usted le parece «profundamente» inmoral (me encanta la gente que utiliza adjetivos cuando no es necesario, queda tan…profundamente inteligente) me lleva a preguntarme:¿que considera usted inmoral?¿tal vez el aborto,los chistes de arevalo, la minifalda…?

      • Le agradecería que dejara de inventarse cosas. No estoy igualando los derechos de los humanos a los de un animal, estoy negando el derecho de un humano a hacer daño a un animal por su propio disfrute. Algo que, que yo sepa, no está reconocido en la carta de los Derechos Humanos ni ningún documento similar.

        Por otra parte, casi todas las prohibiciones de este mundo se basan en la moralidad e inmoralidad. Lo mismos derechos humanos no son más que el paso a norma de lo que es moral o inmoral hacer con nuestros semejantes.

        La gracieta del final pues bueno. El típico recurso de quien debate por Internet y pretende demostrar a todos lo sarcástico que es para pretender dar imagen de estar muy por encima del debate. Nada nuevo

  9. Fulgencio Barrado

    No hace mucho se trató el tema en esta misma revista desde una perspectiva bastante parecida:
    http://www.jotdown.es/2013/04/tsevan-rabtan-panegirico-y-despedida-de-la-fiesta-de-toros/
    Mi opinión al respecto es que los supuestos extraterrestres nunca llegarían a ver una corrida de toros, pues antes de que se celebrase, no habría nadie libre de haber sufrido en sus carnes el dolor infringido a los animales por su causa directa o indirecta.
    A pesar de que sí los considero arte y cultura (aunque no siempre), los haría desaparecer, pero en último lugar detrás de todos los actos que el ser humano comete contra los demás seres de la tierra. Al menos los toros encuentran su justificación en mostrarnos lo que somos, evitando en cierta medida que nos convirtamos en psicópatas asépticos.
    En todo el mundo y en cada momento de la existencia, el ser humanos está siendo un asesino cruel y despiadado. Ahora mismo hay millones de animales sufriendo por nuestra causa una vida miserable o una muerte infame.
    Los toros al menos tienen algo de singular. Esa singularidad es lo que, -en mi opinión-, los salvaría de la quema (hasta el fin de los otros actos). Pero para otros, que no quieren mirar más allá, los convierte en lo más llamativo.

  10. dejaos de rollos, las corridas de toros son una cosa asquerosa propia de un país de bestias

  11. Pingback: Toros y superioridad

  12. Excelente artículo. El toreo, será arte y todo lo que ellos quieran, pero mata.

  13. granjefeindio

    Bien, señor Díaz Caviedes, bien.
    Efectivamente, será arte, será nuestra cultura, pero es asqueroso. Es asqueroso porque es casquería pública (alguno me saldrá con que la vida es dura y la naturaleza, cruel), es asqueroso porque implica una suerte de superioridad mezquina respecto del animal basada en burlarle una otra y vez (lo cual no deja de ser un juego, si no fuera porque mientras se le lancea y se le clavan picos) y es asqueroso por la pompa rancia y españolista que desprende.

  14. Belmonte

    Si la tradición marca que el tercer miércoles de septiembre se celebre el Torneo del Toro de la Vega en Tordesillas ahora empieza a instaurarse la tradición del artículo antitaurino sobre lo cruel de ese espectáculo y el de los toros en general. Las almas sensibles no pueden ver el sacrificio de un toro -de todos los toros- y más si eso produce una cierta diversión, un espectáculo, incluso arte para disfrute de algunos malvados como yo. Pocas cosas hay más hermosas que un natural de mano baja y la suerte cargada a un animal tan bello como es el toro que vive y muere precisamente por eso y para eso. Pero parece que muchos de los lectores no han superado la muerte de la madre de Bambi. Supongo que esas disquisiciones acerca de la crueldad y de la burla del hombre hacia el toro no las hacen ante la langosta que para mejor degustar han tenido que sumergir antes viva en agua hirviendo. Nadie se apiada de las pobres langostas o de los bogavantes.

    En fin, hasta el año que viene por estas fechas, en las que algunos volverán a rasgarse las vestiduras.

  15. Fulgencio Barrado

    No se puede ser simplista…., o sí.
    Defenestrar el toreo por ser un espectáculo sangriento es simplista. Tendríamos que defenestrar a los seguidores de Tarantino.
    Unos dirán que lo de Tarantino es mentira y que el toro muere de verdad. Pero entonces no podemos colocar el problema en el sadismo del espectador, y debemos trasladarlo a la muerte del animal. Y trasladándolo a la muerte del animal resulta que es un animal tratado como ningún otro y que sufre una muerte atroz…, como muchos otros.
    El toreo, viéndolo dentro de todo lo que supone la existencia del ser humano para el planeta, es casi una bendición. Al menos ayuda a que mucha gente sepa quienes somos los seres humanos y lo que hacemos. Que ya va siendo hora de mirarnos al espejo. Que ese filete que tiene sobre la mesa ha significado, la inmensa mayoría de las veces, no una muerte miserable (que también), sino una vida miserable, estabulada, controlada hasta el milímetro, sin el más mínimo ápice de libertad.
    La famosa frase del Ché «Es mejor morir de pié, que vivir de rodillas», aplicada al mundo animal, hace del toro de lidia un héroe.
    Y repito, no defiendo las corridas de toro, únicamente veo un simplismo absurdo convertirlas en el objetivo de la ira animalista.
    ¿Que queremos ser simplistas…?, uff, no encuentra uno ni por donde empezar.

    • Visual Hero

      Podriamos empezar por lo de los toros y luego miramos lo de los filetes o los peces y seguir corrigiéndonos, que falta nos hace… sólo es cuestión de voluntad.
      Aclaremos también que morir de pié, en el sentido que intuyo el Che daba a entender, dista bastante de ser arrastrado sedado en un camión para ser soltado ante peña alborotada pidindo que te corten el rabo o las aurículas.

      • Fulgencio Barrado

        Bueno, esas es tu opinión. Parece que hay gente que prefiere empezar por otras cosas, y, en principio, con tanta legitimidad como la que tú puedas tener (a no ser que seas estrictamente vegetariano, o únicamente consumas carne de caza llevada a cabo en condiciones totalmente «éticas»). El Ché, no se caracterizaba por ser especialmente sensible hacia los animales.

  16. A mí los toros me la traen al pairo, los que me preocupan son los taurinos

  17. MARTHA ELENA DELGADO VELEZ

    Considero que hace muchos años las corridas de toros era un arte, muy atractiva y que en cierta forma se asistía porque daba estatus o cierto nivel a las personas de épocas atrás porque no cualquier persona podía pagar la entrada y palcos privados, en la actualidad la juventud no tiene el habito ni se le a inculcado el amor por esta profesión que es el arte taurino, pero que aun en una minoría hay quien disfruta de una buena tarde, una corrida de toros en una muy buena plaza.

  18. A mi me gusta ver cuando el torero matan al toro, es un momento estupendo para muchos…pero también me gusta ver cuando el toro cornea al torero, el esta ahí por «amor al arte».
    Esto me define a mi y a muchos perfectamente.

    • Serradellas

      Jamás en una corrida he visto a un solo aficionado que se alegre porque el toro vaya morir o que esté deseando el momento de ver morir al toro, si no todo lo contrario, todos ellos están deseando que se gane el ser indultado, y si el torero mata mal haciendo que el toro sufra más se le recrimina e increpa al torero.
      En cambio si que he leído y visto decenas de veces la alegría y disfrute de los antitaurinos cuando un torero es corneado.

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