Portero delantero

José María Albert de Paco: A jamonazos


Bigas Luna

Si mis hijas vieran Jamón, jamón, del recientemente fallecido Bigas Luna, es probable que rompieran a llorar en la escena en que Javier Bardem atropella al cochino Pablito, o acaso en el instante en que Anna Galiena arropa al animal y lo mete en el frigorífico, o cuando lo sirven asado. Sospecho, en fin, que se pasarían media película llorando y otra media perplejas, y sospecho también que la muerte del cerdo Pablito no sólo encogería a mis hijas, sino a muchos de los espectadores que, en septiembre de 1992, contemplamos la película sin el menor aspaviento.

Y es que Jamón, jamón, que ya en su tiempo fue una brava extravagancia, una esplendorosa cazurrada, evoca hoy un mundo extinto, cuyas más salvajes excrecencias se han visto arrasadas por el embate de lo políticamente correcto. Vean, sin ir más lejos, el personaje de Bardem: se atiborra de ajos, es un entusiasta del toreo furtivo (que practica en pelotas y a la luz de la luna) y, por supuesto, prescinde del casco al ir en moto (o, más precisamente, al ir en su Yamaha, pues en Bigas las marcas son, antes que un artificio, un rasgo de humanidad; en eso se parece al mejor Almodóvar). Bardem fuma, bebe, ama, juega, folla, come, ríe, y todo lo hace marcando paquete, ufánandose de su condición de macho ibérico, literalmente ibérico, además, no en vano trabaja repartiendo jamones. De hecho, todo lo que Bigas muestra en Jamón… es de una literalidad exuberante, retadora, vigoréxica, una literalidad que, insisto, ya en el momento en que se estrenó la película suponía una quiebra del gusto imperante, dominado por la metrosexualidad y la gazmoñería, ese magma feminoide que, al cabo, propiciaría que todo un presidente del Gobierno dijera de su hija que estaba “convidada a la vida”. Bigas, por el contrario, siempre vistió de negro.

Ni que decir tiene que ese Bardem, trasplantado a nuestros días, rayaría en lo delictivo, pues todos sus actos resultarían inmorales, ilegales o colesterolémicos, y si ya a principios de los 90 era un hombre improbable, hoy sería exhibido en un museo como lo fue ese pobre negro de Bañolas. ¡Con ustedes, el Hombre de Los Monegros! ¡Pasen y vean, señoras y señores, vascos y vascas! (Los niños, no: no habría suficientes psicólogos para exorcizar el trauma de ver a un hombre de verdad). Vista hoy, en efecto, la película tiene algo algo de galería antropológica, porque Bigas rescató al macho, sí, pero sobre todo nos devolvió a la mujer, a la mujer comestible, literalmente comestible.

Lo asombroso no es tanto el prodigio en sí cuanto que lo lograra en razón de su modernidad. Español a fuer de moderno y moderno a fuer de español, sí, por eso la Cataluña oficial apenas le dio bola. Si el toro de Osborne llegó a venderse en Vinçon, es por Bigas, que añadió un punto de diseni a lo que ya éramos: un hatajo de vividores. Lo que Bigas no previó es esa horrísona bandera rojigualda que atesta las gradas de los estadios, pero claro, supongo que tampoco Peret tiene la culpa de los Gipsy Kings.

No, Jamón no es una historia redonda ni Bigas se distinguió por saber hilar historias redondas. Fue, sobre todo, un cineasta de arrebatos, un cocinero de proezas visuales, y Jamón no es una excepción: apuntalada al comienzo por algo parecido a un andamio, se termina desmoronando de un modo tan insólito que por momentos parece un sabotaje del propio director. Sorprendentemente, en ese trance, cuando la película parece hundirse sin remedio, Bigas nos brinda un lienzo inacabable: el del sexteto de protagonistas, en lúgubre ménage à six, llorando un muerto que es un poco el muerto de todos, la prueba de su naturaleza furibunda, eternamente airada. También en eso supo ver a los españoles, en general, gentes de mal vino capaces de matarse a jamonazos. Como decía el personaje de Ángel de Andrés en Huevos de oro, su siguiente película, “serán los garbanzos”.

Pepe Albert de Paco: Salvar lo nuestro


Almodóvar

He estado buscando las fechas de los estrenos de Almodóvar, por si el fogonazo de felicidad de los días previos era en verdad un sarpullido primaveral. Y no; la mayoría de sus películas (salvo Todo sobre mi madre, que se estrenó un 16 de abril) se estrenaron a principios de otoño o finales de invierno. Aunque en el caso de Almodóvar, estreno es un concepto muy laxo.

Todo empezaba con un breve, una nota minúscula en el periódico que anunciaba que Almodóvar ya trabajaba en el guión de su próxima película, que todavía no tenía decidido el título pero sí el reparto, y que sería un melodrama amargo, o una comedia desternillante, lo que él quisiera, sería. Algo después de ese despacho, llegaba la elección de los actores principales y, sobre todo, de las actrices principales. El panorama quedaba así expedito para el inicio del rodaje, que el telediario ofrecía en su epílogo como maná caído del cielo. “Hoy ha empezado a rodarse en Madrid la próxima [pausa] y esperadísima [sonrisa, caída de ojos y cabeceo], película del célebre-director-manchego”. Ya faltaba menos, ay, para que apareciera en El País la gran entrevista promocional, en la que Almódovar se mostraría, una vez más, exhausto, como si la película, más que terminarse, se hubiera ido de su lado, esas cosas decía.

Lo mejor de ese trajín, a mi juicio, era el día en que aparecía el cartel, por lo común un garabato inmodesto, birrioso y deslumbrante, que siempre me llevaba a imaginar cómo quedaría colgado en mi habitación. Solo luego llegaba la película, que en realidad siempre fue lo menos importante de todo, un amable colofón para el trajín de reportajes, teasers y trailers al que habíamos “asistido” durante meses. Esto lo ha visto bien Boyero, pero lo ha dicho de una forma tan desaforada, tan emponzoñada, que ha acabado por convertirse en una especie de Salieri, en el archienemigo que precisa todo gran creador; en otro miembro, en suma, de la troupe Almodóvar.

Ya en la cola del cine, o sentados en la sala, la mayoría de los espectadores nos entregábamos sin condiciones a aquellas vidas, a aquella historia, a aquellas canciones, y con ser esa entrega enternecedora, más lo era el fingido reparo de algunas damas que, temiendo ceder a algo más que al mal gusto, canturreaban: “Pues no sé yo si esta de Almodóvar me va a gustar”, y que, obviamente, era una forma de afirmar que sí, que ya, que toda. Al salir del cine, bastaba un pestañeo para que alguien dijera: “Qué kitsch, el decorado”. Y es que Almódovar tuvo la habilidad de proporcionarnos, a la vez que sus películas, las palabras que habríamos de emplear para enjuiciarlas. Suyo, en cierto modo, ha sido el marco mental en el que hemos ido acomodando cada una de sus creaciones, para las que no solo andábamos faltos del lenguaje adecuado, sino también, ay, de la moral adecuada, de suerte que cuando algo nos parecía sinceramente ridículo, pedestre o grotesco, en lugar de avergonzarnos de la película nos avergonzábamos de nosotros mismos. Por ser tan poco excéntricos, tan poco petardos, tan poco… almodovarianos. Ni siquiera fue una cuestión de mariconería, pues para sentirse cómodo ante la propuesta de Almodóvar nunca se era lo suficientemente maricón ni lo suficientemente drogadicto ni lo suficientemente nada.

Almódovar, que es un genio, siempre nos fue cambiando el paso como quien recorta becerros a porta gayola, y así, cuando empezamos a entender de urbanidades, cuando ya hubimos incorporado a nuestro léxico el mambo-taxi, le dio por irse al campo a hacer puñetas; cuando creímos haber descifrado a sus mujeres, la emprendió con los hombres, y cuando estábamos a punto de resabiarnos en los tics de sus comedias, empezó a hacer melodramas. El caso, ya digo, era que el público viviera en estado perpetuo de fascinación. En parte, porque sus películas empezaban mucho antes de empezar, pero también porque acababan mucho después de acabar. Apagado el burbujeo del estreno, llegaban los premios y las condecoraciones: los Cesar, los Goya, los Oscar… en los que la troupe proyectaba, invariablemente, el candor irreverente de los recién llegados o de los llegados por casualidad, tan en el extrarradio de lo académico, de lo profesional. Hace más de 30 años que Pedro empezó en esto, pero da igual: cuando llega el festival de Cannes todavía parece que él y su séquito se hayan colado en la gala; como si el mismo maletilla llevara haciendo de espontáneo en Las Ventas desde los tiempos de Tierno Galván. No hay público al que deje indiferente ese fulgor. Tampoco podría explicarse el éxito de ese reality de Alaska y Vaquerizo, por ejemplo, sin esa sensación de estar ante dos vidas que, sin ser la de Almodóvar (de quien en el fondo no sabemos casi nada), podrían serlo.

Pero también el decorado, el vestuario y, sobre todo, las canciones de sus películas, siguen meciendo al público más allá del film, hasta incrustarse, a menudo de una forma incluso molesta, por asfixiante, en la cultura popular. Almodóvar ha tenido bastante que ver en que los bares de maricas, que hasta mediados de los 80 eran lugares más bien sórdidos (la versión anal del serrín y las cabezas de gamba), empezaran a parecerse a sus películas, lo que, además de una mejora general del paisaje, propició que los heterosexuales disfrutáramos de la posibilidad de ser reinas por un día, de ser “un poco” gays o serlo al menos durante un rato, el rato que durase Resistiré, o Espérame en el cielo o Salí porque salí. Sin Almodóvar, en fin, no podría entenderse que tantísimos españoles fueran por ahí diciendo eso de “Yo, que tengo amigos gays…” Si la modernidad es un horizonte moral, Almodóvar nos ha enseñado a mirar ese horizonte sin gafas de soldador; o lo que es lo mismo: ha traído consigo una forma de ser español que a mí me parece muy bien, y que consiste en serlo algo menos para poder ser más cosas, además de español.

Ay, Los amantes pasajeros. Una catástrofe, sí; esta vez Boyero tiene razón, aunque claro, después de escribir la misma crítica durante tantos años, alguna vez tenía que acertar. El problema no es que la película esté protagonizada por tres locas, sino que el semen te acaba salpicando (lo que sigue sin suceder, por cierto, con la lluvia dorada de Alaska en Pepi, Luci y Bom…). Ozores, dice Boyero. No. El problema es Torrente. Me detengo aquí. Es probable que el personaje de Cecilia Roth sea un despropósito crepuscular, pero yo en su Norma no veo a Cecilia Roth, sino un postrero hervor de la Julieta Serrano de Mujeres. El teléfono móvil (un Samsung, en el cine de Almodóvar no hay marcas blancas, un detalle que siempre le agradeceré), el móvil, decía, que cae del viaducto de Segovia (¡qué extrañísima ciudad es Madrid!) empezó a caer en 1988 desde el ático con gallinas de Carmen Maura, aunque entonces no era un móvil, sino un contestador automático, porque el cine de Almódovar ha sido siempre un azar llovido del cielo; y la virginidad de Lola Dueñas se parece bastante a la de Rossy de Palma solo que pasada por el filtro de lo afectuoso; tanto como esa mescalina en el agua de Valencia se parece al gazpacho con somníferos, también de Mujeres, cuya comicidad, ya se veía entonces, eran pura masa madre. Y no solo Mujeres; Norma es también el nombre de la niña suicida de La piel que habito, y el polvo de Miguel Ángel Silvestre con su novia dormida nos trae el eco de la violación de Kika, o de la violación de la misma Vera de La piel; un abuso, en definitiva, porque el placer está hecho de abusos execrables y también eso está en el haber de Almodóvar.

Como ven, estoy seriamente incapacitado para afear una película que es una antología de algo incógnito y familiarísimo. En realidad, ni siquiera las regiones más inmundas de esos amantes pueden compararse a los destellos de esa otra película, especialísima, que se proyecta con cada almodóvar: la de la vida de uno.

Pepe Albert de Paco: Banderas de nuestros chinos


Ya no queda ninguna de las cuarenta y siete banderas que conté a mediados de septiembre, cuando el espumarajo de la Diada corroía Barcelona, convertida de la noche a la mañana en un villorrio del Solsonés. Lejos, muy lejos quedaba el orgullo cívico que exhibieron los barceloneses con motivo de los Juegos, aquella dicha capitalina que devino en leitmotiv del relato urdido por Maragall, y en el que Pujol representaba el papel de aguafiestas, el más verista de cuantos ha representado.

De buen principio, tuve la impresión de que los abanderados de mi patio trasero trataban de evitar, hasta lo humanamente razonable, que el resto de los vecinos les vieran manipular el trapo. Se entiende. Hay pocas cosas más grotescas que un hombre hecho y derecho dudando, hum, de si la estrella va donde debe. De vez en cuando, alguno de los balcones estrellados amanecía desnudo para, al cabo de unas horas, lucir de nuevo la bandera. Las lavan, pensé. Me vino entonces a la cabeza lo que decía Curro Romero de los aficionados que tenían por costumbre lanzarle papel higiénico. “Comprar el papel, llevarlo a la plaza, sentarse a esperar el fiasco… ¡cuánto esfuerzo, señor, cuánto esfuerzo!”.

Hubo escenas en que parecía aletear un documental de Guerín, como la que solía protagonizar la anciana que, al recoger la ropa tendida, también recogía la bandera, o aquellos resopons al fresco de finales de verano: familias trasegando vino en cubículos cuatribarrados, remedando, ay, una parodia crudelísima de El tiempo y los Conway.

Con los primeros fríos, una bandera cayó al tejado de uno de los locales que penetran en la manzana. En los días sucesivos, la humedad ambiental y los orines de gato fueron degradando la tela, que a las tres semanas era ya un guiñapo macilento. En ese momento, y en virtud del adagio tusquetsiano de que todo es comparable, reparé en la rabiosa marcialidad de las banderas que seguían colgadas, un efecto al que, sin duda, contribuía el hecho de que fueran idénticas: las mismas dimensiones, el mismo tejido, el mismo rojo anaranjado. Un buzoneo de estelades a cargo de Omnium, me dije, o una cortesía dominical de la prensa solsonesa. Tratándose de Cataluña, nada era descartable. La explicación, no obstante, era menos prosaica: el súpermercado chino Euro Consumo las vendía a tres euros y aún hoy lo sigue haciendo.

En este barrio no ha lugar a preguntarse retóricamente qué sucedería si las banderas fueran españolas. Hace más de 30 años que el abogado Esteban Gómez Rovira exhibe, con motivo del 12 de octubre, una estanquera en su balcón de la calle Rocafort. A mediados de los 80, uno de los entretenimientos favoritos de los militantes de la Crida consitía en manifestarse a las puertas de su casa. “Una pequeña ‘caza del hombre’”, lo llamó Joan Barril en El País. Bien, no siempre fue “pequeña”. Les jodía la bandera, claro, pero no sólo. Gómez Rovira asistió como letrado a los maestros a los que la Generalitat había negado la plaza en propiedad por no saber catalán. O sea que, en parte (sólo en parte), sabemos lo que sucede cuando la bandera, en lugar de catalana, es española.

No, no creo que mis independentistas y Gómez Rovira sean iguales. Sobre todo, porque los primeros han colgado las banderas en un patio interior, para deleite de sí mismos. Gómez Rovira, créanme, nunca llegó tan lejos.

Pepe Albert de Paco: De elefantes y hombres


Nada podía compararse al regreso de mi padre de alguno de sus viajes al otro lado del mundo; las maletas combadas, ahítas de chismes, reliquias e idolillos que, a mis ojos, iban cobrando credencial de talismanes con el pasar de los días. La alegría que irradiábamos mi hermano y yo con cada una de sus venidas tenía su magno contrapunto en mi madre, preocupada por el parecido, cada vez más evidente, entre el salón y un taller de taxidermia. Hoy son mis hijas quienes de cuando en cuando abren una vitrina y juguetean con cráneos jibarizados, pirañas rojas del Amazonas o alguna de las mariposas que, claveteadas en formación de a dos, siguen animándonos la vista. Y qué no habrían disfrutado con los souvenirs (en puridad, eso eran) de los que nos hemos ido desprendiendo: los colmillos de elefante africano que daban la bienvenida a las visitas, la mandíbula de tiburón tigre que, recostada en el estante de mi habitación, custodiaba mis sueños, la piel de antílope que envolvía el suelo entre los meses de noviembre y febrero… jirones de un tiempo abrupto e indomesticable en que no era infrecuente que los viajeros cruzaran la aduana del Prat trayendo consigo un hatillo de animales en extinción, sin saber que eran ellos, ay, quienes de verdad estaban a punto de extinguirse.

Este sábado pensaba en ello mientras veía, por enésima vez, El encargo del cazador, espectral evocación de la figura del arquitecto y cineasta Jacinto Esteva que filmara Joaquín Jordá. Esteva perteneció a la generación de cineastas que se arracimaron en torno a la llamada Escuela de Barcelona, una corriente imbuida de formalismo que tomó a Madrid como antidogma: sus artífices, entiéndase, hicieron exactamente lo contrario de aquel cine tremendista que por entonces se estilaba en la capital y que, andando el tiempo, sería dignificado con la etiqueta de landismo. El encargo del cazador escarba en la vida exagerada de Esteva, un genio inconstante arrasado por el alcohol y la cocaína que dejó obras de gran valía; entre ellas, claro, su vida.

Hoy he vuelto a ver algunas de las secuencias en que interviene su hija Daría, cuya desenvuelta pesadumbre constituye el centro de gravedad del filme. Tienen sus palabras el mismo aire pedante e indómito que las del Michi de El desencanto. Como él, Daría atornilla relativos entre una y otra cláusula, pesa los adjetivos hasta el nanogramo y finge que ninguna de sus reflexiones merece ser atendida. Otro de los personajes que prestan testimonio es Luis García Berlanga, que, fiel a su leyenda, rehúye el menor atisbo de jactancia intelectualoide y rememora la escena más terrible de cuantas componen el collage. Pero si he traído aquí El encargo del cazador es porque su protagonista, además de cineasta, fue un gran viajero. También él frecuentó África y porteó marfil de un continente a otro. Aquí terminan los paralelismos. Esteva mató alrededor de un centenar de elefantes y, según cuenta la película, lo hizo con arreglo a su faceta de cazador, es decir, orgullosamente. De las paredes de su casa colgaban pellejos, cornamentas, una cabeza de rinoceronte… No parece que tal extravagancia impresionara a sus mujeres o a su hija. A su hijo, en cambio, le vemos posar sobre una pieza con alegría franca. El niño Jacinto. Al poco de suicidarse este, Berlanga se cruzó en el puente aéreo con Jacinto Esteva. Le preguntó por el hijo.

—Aquí lo llevo.

Lo había incinerado en Madrid y llevaba sus cenizas en una bolsa de El Corte Inglés. Por aquel entonces, en Barcelona no había crematorio.

Lo explicó, recuerda Berlanga, “sin patetismo ninguno”.

Esteva murió en 1985, tras una recaída en al alcohol y la coca que convirtió sus últimos días en una exacerbación del delirio vaporoso, inconstante, que fue su existencia. En el testamento, dejó encargado a Daría que guardara memoria de su legado, de esa obra inconclusa que fue un puro descarrilar de talento. En cierto modo, era la única forma de impugnar su fracaso.

En Barcelona ya había crematorio.

Pepe Albert de Paco: Cool de sac


Solo un ignorante o un malintencionado se atrevería a afirmar que en Cataluña hay un problema lingüístico. Para empezar, porque el catalán y el castellano son tan parecidos que no hay que descartar, contra toda ciencia, que una sea dialecto del otro y viceversa: no hay más que ver la naturalidad con que copulan sus respectivas sintaxis. No, ciertamente, el problema no es lingüístico. El problema es político.

Para los nacionalistas, que siguen aferrados a los códigos culturales del antifranquismo, la presencia del castellano en el ámbito público es una rémora del antiguo régimen, una anomalía susceptible de erradicación en aras de lo que el pensador Laporta llamó “plenitud nacional”. En su programa, la verdadera democracia (aunque por razones distintas a las de los indignados, también ellos creen en el advenimiento de lo real); la verdadera democracia, decía, pasa por que Cataluña sea independiente y el catalán se convierta en lengua preferente, vehicular o prioritaria. Hablando en plata: “única”.

Pese a lo que dictaría el sentido común, la atribución de valores positivos al catalán (y negativos al castellano) no es una perversión exclusivamente nacionalista; antes bien, forma parte de la trama de que, a modo de falsilla, gobierna la vida pública en Cataluña. Raro es el músico, por ejemplo, que al salir a un escenario barcelonés no rinda al público un “¡bona-nit-barsalona!”, hasta el punto que la omisión de semejante pleitesía se tiene por una indelicadeza. Que los asistentes al concierto sean mayoritariamente castellanoparlantes no exime al cantante de turno de pasar por caja; al cabo, quién se resiste a acreditar que es persona de bien. Por decirlo groseramente: “bona-nit-barsalona” es cool; “buenas-noches-barcelona” no lo es tanto.

De algún modo, expresarse en castellano ante más de diez personas equivale a significarse, a singularizarse. Uno de los arquetipos de la Universidad, al menos veinte años atrás, era el del profesor castellanohablante que, por no levantar sospechas entre los de su gremio, convertía las exposiciones en un macheteo impune de la lengua catalana. En otra esfera de lo público, la de los llamados “interlocutores sociales”, las truculencias no andan a la zaga. Hace tan solo unas horas, el ugetista José María Álvarez se reunía con el sindicalista escocés Grahame Smith para defender el derecho a decidir de los pueblos escocés y catalán. Al igual que algunos de sus colegas del sindicato, Álvarez, castellanohablante, solo se expresa en catalán ante las cámaras, en un inveterado aleteo que recuerda en algo al de Justo Molinero o al de Manuela de Madre, por nombrar otros dos personajes que, siendo castellanohablantes, han asumido la consigna de que el catalán es una lengua imbuida de cualidades ultraterrenas por el hecho de haber estado reprimida. Que el catalán, en efecto, es más que una lengua.

Entre estos vips, descolla el expresidente autonómico José Montilla, la criatura mejor terminada de la normalización y uno de los arquetipos de la integración que más orgullosamente han exhibido los nacionalistas. Y no precisamente porque tengan a Montilla por alguien digno de elogio, no; el mérito les corresponde a ellos por haberlo tallado y, sobre todo, tolerado.

Como talló y toleró a Paco el señorito Iván en el benemérito nombre de España.

Pepe Albert de Paco: El País era una fiesta


La carta con que Enric González se despidió de El País me devolvió por un instante a los primeros noventa, cuando en sus páginas se publicaba la mejor literatura de que eran capaces los españoles. Había noches en que me iba a dormir con la duda de si Ramón de España se ocuparía de ese artista beodo que había llegado a la ciudad, o anhelando que Santiago Segurola glosara, de una vez y para siempre, la gran finura del nuevo diez del Madrí, o aun temiendo que a Eduardo Haro Tecglen (érase un hombre a dos puntos pegado) se le agotaran la escritura y la vida. No exagero al decir que alargué más de una madrugada por llegarme a las Ramblas en busca del ejemplar con el que habría de ocultarme del sol, ni que la posibilidad de adquirir el diario determinó, en al menos dos ocasiones, mi lugar de veraneo. La playa más indómita y coralina tendía a convertirse en un mugriento páramo sin las crónicas sanfermineras de Joaquín Vidal o las monstruosidades de Jacinto Antón. Cuánto talento y qué bien repartido, Dios. Ya no digamos en domingo, cuando Mario Vargas Llosa se encaraba (aún hoy lo sigue haciendo) con todos los villanos del planeta, o Manuel Vicent hacía emerger de la cerveza del aperitivo un mausoleo corintio, o Feliciano Fidalgo practicaba una entrevista que dio en llamarse “intelectual”.

Nunca he sido tan feliz como lo fui leyendo a Joan Barril, a Eduardo Mendoza, a Rosa Montero, a Javier Marías, a Sánchez Ferlosio, a Muñoz Molina, a Fernando Savater. Valga decir, por si faltaran pruebas de mi devoción, que cuando Ramón de España tildó a Ray Loriga de escritor de “superpop”, me sentí como se siente uno cuando presenta a dos íntimos y estos no se caen bien, o no todo lo bien que uno espera. “¡El País, siempre con El País!”, clamaba mi padre con más razón que un santo, pues incluso para ir del salón a mi habitación llevaba el diario conmigo, engarfiado en el recodillo que forman la mano y la muñeca. Sea como sea, siempre me tuve por un lector más outdoor que indoor. Memorable fue la noche en que, saliendo de la discoteca Karma con el diario hecho un buñuelo, me resistí a deshacerme de él hasta comprar el del día siguiente, no fuera a ser que, en el vacío, me partiera un rayo. Mi apósito de celulosa iba conmigo a todas partes, ya hubiera de acudir a una rave o a un funeral, en el Gol Sur de Sarrià o en una fiesta de disfraces. Cómo no iba a rendirme a aquella servidumbre, si Ángel Fernández-Santos, el insobornable Fernández-Santos, aseguraba circunspecto que había películas “honestas”, si devoré cientos de novelas para empapuzarme las críticas de Ignacio Echeverría, sí.

Al igual que me sucedió con otras adicciones, también esta fue a más, y así llegó el día en que, no contento con leerlo, empecé a coleccionar hits. En mi carpeta de la facultad de Periodismo no guardaba apuntes, sino artículos de Arcadi Espada (¡El degenerado!), de Javier Marías (¡Felones!), de Luis LanderoIncertidumbre de un profesor de bachillerato!). Mi padre asistió a mi deriva con rictus de psiquiatra. “Ha empezado a recortarlo”, oí que le decía a mi madre una noche. “Y bien, ¿se puede saber qué ha hecho usted este fin de semana?”, me amonestó en cierta ocasión un profesor al que no había entregado una noticia. A punto estuve de decirle la verdad: “Verá, YO vivo en una noticia”. Pocos lectores, en fin, podrían ufanarse de haber perdido un trabajo por leer El País, como a mí me sucedió en la sala Zeleste, donde, en cierto modo, también tuve la oportunidad de escribirlo. Escribirlo, sí. Resulta que, en un concierto del grupo Sau, con la sala llena de patufets, el crítico Luis Hidalgo, al que atendía habitualmente en la barra del anfiteatro, me preguntó cuál era la bebida que más pedía el público. Y yo, que sospeché que tan solo pretendía santiguarse para ilustrar la parvulez de los asistentes, no me anduve con remilgos: “Malibú con piña y zumo de melocotón”. Era mentira, claro, aquellos fetillos estaban a un tris de agotar la cerveza, pero qué demonios, lo que yo quería leer en El País era un relato verosímil, que era, después de todo, lo que solía traer el diario.

Me pasé a El Mundo, aunque en puridad fue Arcadi Espada quien me llevó consigo. En mi apostasía también influyó la marcha de Santiago Segurola, quien, tras un lapso titubeante como jefe de Cultura, acabó fichando por Marca. De esa época, aproximadamente, data el portazo de Hermann Tertsch, que en sus últimos tiempos se vio constreñido a una columna semanal. Lo que no pudo la dirección del diario lo pudo el tiempo, que se cernió fatalmente sobre Manuel Vázquez Montalbán, Eduardo Haro Tecglen, Ángel Fernández-Santos, Feliciano Fidalgo y Javier Pradera. De vez en cuando vuelvo sobre mis pasos y me hago con un ejemplar, pero las ausencias son tantas y tan clamorosas que ni siquiera mueven a la melancolía (empezando por la de Jabois, que veinte años atrás no habría recalado en otro diario que no fuera El País). Me hago pasar entonces por lo que Manuel Vázquez Montalbán llamó “intelectual orgánico colectivo”, y me digo, entre retahílas de hombre solo, que tal vez Ángel Fernández-Santos habría dicho de Lo imposible que es un telefilme con ínfulas, y que acaso Ramón de España habría hecho notar, a propósito del artista Ai Weiwei, cómo la condición de disidente ennoblece hasta la más ínfima de las naderías, y Joaquín Vidal se habría ciscado en esa hermandad del couché que forman los toreros del escalafón. Un decir.

 

Pepe Albert de Paco: Obra de gobierno. Un relato


Es ahora, atrapado en la canícula del insulso Ensanche, cuando más echo de menos el bar Resolís, aquel hervor de gitanería que envenenaba la plaza del Raspall. Durante el año que pasé en el barrio de Gracia, me habitué a cenar en la barra junto con otros parroquianos sobre los que también se cernía la soledad. Tras el café, me llegaba hasta la plaza de la Virreina y me sentaba en cualquiera de las terrazas del lado Besós. A menudo escuchaba secretamente alguna de las conversaciones de las mesas contiguas (todavía no se había inventado el iPhone), y en las que yo iba terciando para mis adentros, como si fuera un personaje de Vila-Matas o acaso Vila-Matas mismo. Allí conocí a María Linaza, la mujer que propició mi extravío autoritarista en el verano que estaba a punto de prender, y que el tiempo ha ido reduciendo a una fugacidad de carnes níveas, temblonas, cabalgando mi asombro.

Al poco de salir, en uno de los lances amorosos que me arrastraban una y otra noche a su apartamento (la finca donde vivía Linaza, en la calle Torrent de l’Olla, era uno de los pocos edificios de apartamentos dignos de ese nombre que había en el barrio); en uno de aquellos lances, decía, y hechos ya un amasijo sudoroso, nos libramos a esa clase de parloteo al que se libran los amantes de cuando en cuando, ese fulgor que tan pronto desfallece como recobra el brío, y en que lo importante no es tanto el decoro cuanto una cierta templanza rítmica. Andaba yo enzarzado en una diatriba contra el altermundismo a cuenta de los okupas que había a dos calles al norte, cuando Linaza simuló graciosamente que tomaba notas, para, al punto, susurrarme al oído:

—¿Es todo, señor alcalde?

Aquella madrugada empecé a trazar las líneas maestras de lo que, andando el tiempo, sería mi obra de gobierno.

Al día siguiente, como era costumbre, Linaza llamó para acordar la cita vespertina y, antes de colgar, bisbiseó:

—Tengo una sorpresa.

Aquella noche, mientras yo recitaba mi cuaderno de quejas, Linaza se zafó de mi llave (me gusta inmovilizar a mis amantes, qué le vamos a hacer) y, luego de un raudo trasteo en el cajón de su mesita, volvió el mentón hacia mí. Llevaba puestas unas gafas y en el regazo sostenía una moleskine din A4:

—Usted dirá.

Tomé aire:

—Supresión de las fiestas del barrio de Gracia…, clausura de los cines Verdi…, refundación del Teatre Lliure (que pasará a llamarse Casa de Comedias Arturo Fernández); construcción de un coso taurino de segunda categoría en el solar de la plaza de la Vila de Gràcia (que, antes de ser reducida a escombros, recobrará su nombre original, Rius i Taulet)…

Con la abolición del macramé, Linaza empezó a levitar con el rostro desencajado y los ojos en blanco, como si quisiera arrancarse la piel o ausentarse del mundo. A rebufo de un largo gemido, enroscó su cuerpo al mío y gritó algo incomprensible y memorable. A la mañana siguiente, al salir a la calle, agradecí secretamente que la piel del mundo fuera tan rugosa como solía serlo; que la realidad, en suma, hubiera sobrevivido a mi desvelo depurador.

A principios de agosto, Linaza se fue de vacaciones con su hermana a una isla griega. Por supuesto, me juró que no le apetecía, pero que había previsto el viaje a principios de primavera, cuando todavía no nos conocíamos, y claro, ahora le resultaba un poco violento decirle a su hermana que… “Lo entiendo”, le dije, fingiendo encajar las adversidades como lo haría un estibador de Terranova.

Lo cierto es que no me vino mal que se fuera unos días, pues me apetecía correrme una farra con Senserrich, al que hacía tiempo que no veía. Cuando le hablé de lo mío con Linaza, de la ópera bufa en que se habían convertido nuestras noches, mi amigo evocó la escena de Las amistades peligrosas en que John Malkovitch escribe una carta sobre la espalda de una amante. Para Senserrich no había conducta, por anómala que fuera, que no cupiera en ese grato cajón de sastre en que todo resulta más o menos explicable y, por lo tanto, más o menos excusable.

El día en que Linaza regresó, las primeras caricias fueron insólitamente torpes, como si ambos estuviéramos impedidos por una minusvalía moral. Pensé en un extremo izquierda que anduviera falto de regates, en cómo el vicio, cualquier vicio, puede convertirse en algo tan natural como un caracoleo en el córner.

—¿En qué piensas? —preguntó Linaza.

—En nada —respondí. Entonces reparé en que se había puesto las gafas y, de nuevo, blandía la moleskine.

—Házmelo otra vez.

Como quiera que ya me había ido ocupando de lo urgente, abrí el tarro de lo importante.

—Prohibición del swing y el dixieland, de los amamantamientos colectivos y de los ‘rastrillos’ (ah, esos ‘aplecs de l’intercanvi’)…, deportación de las cuentacuentos africanas…, cierre provisional de los casals d’amistat catalano-nepalès, catalano-nicaragüenc y demás hierbas…, clausura hasta nueva orden de las panaderías escandinavas…

A pocos segundos de estallar, Linaza selló mis labios con el dorso de su mano y resolló: “¿Y el Tradicionarius? ¿Acaso autoriza el señor alcalde que se siga celebrando el Tradicionarius?”.

—Lo autorizo, sí, pero reorientando la programación: a partir de ahora sólo se bailarán jotas.

Y, tras un respingo de incadescencia, Linaza se fundió.

Cuando el acostumbrado boicot okupa del pregón saludó el inicio de las fiestas, Linaza y yo nos dimos a peinar el barrio en busca de alijos con que alimentar nuestra parodia, que, como es de ley, cada vez lo era menos.

—Al Resolís no podemos ir, amor.

—¿Cómo que no podemos ir?

—Lo cerraste hace dos noches, ¿no te acuerdas?

—¿Yo cerré el Resolís?

—Sí. Concretamente… —Sacó la moleskine del bolso—… cuando prohibiste la ironía, el sexo tántrico y las noches de bohemia.

—Ya, pero…

—¿Acaso el Resolís no es un bar bohemio?

—El Resolís es un bar de gitanos.

—De gitanos y bohemio.

Hay amores que se oxidan al contacto con el aire; también le ocurrió al nuestro, tan rebosante de paraísos que fuera del colchón no era más que un contradiós, un marasmo de amenazas que prohibir o tolerar, que es la forma más perversa de prohibir.

Una noche de otoño pasé por el apartamento de Linaza a recoger las cuatro cosas que aún tenía por allí.

—¿Quieres la moleskine? Después de todo, lo que hay escrito es cosa tuya, yo sólo tomaba notas.

“Como Eichmann”, pensé.

Al pasar por la puerta del apartamento contiguo, oí un grito y, de forma maquinal, pegué el oído a la puerta. A los pocos segundos, un largo gemido alivió mi sobresalto y, por un instante, me di asco. Por un instante: el que precedió a un recital que, por el tonillo jactancioso en que estaba siendo proferido, diríase que tenía por audiencia tres o cuatro plazas rojas.

—Supressió en territori català de les curses de braus.., expulsió de la llengua castellana de la vida pública.., llistes negres.., multes als comerços que no rotulin en català.., recompensa per la delació dels espanyols, els lladres i altres delinqüents..,

—¡Aixiiiií! -oí con nitidez.

“Like that”, pensé, sin duda influido por los enjuagues relativistas de Senserrich y aun mi novísima afición al porno.

Ya en la calle, puse rumbo a ninguna parte, presagiando garboso el final de mi relato: “Al despertar, el Resolís seguía allí”.

Pepe Albert de Paco: El libro y la película


En el verano de 1982, Bob Woodward recibió una llamada a la redacción del Washington Post. Judy Jacklin, la viuda del actor John Belushi, fallecido tres meses atrás por una sobredosis de speedball, le pidió que indagara en las circunstancias de su muerte con el fin de formalizar un relato plausible, magnánimo y elegíaco acerca de su vida. 530 páginas después, Woodward concluyó que, en efecto, el despeño de Belushi era un misterio extraordinario, mas no en el sentido intrigante que atormentaba a su esposa, sino en la acepción de que la piel es insondable. A lo sumo, y estirando el chicle, diríase que Belushi conspiró contra la vida desde que empezó a fajarse con el éxito. Tal vez por ello la crónica de Woodward es, antes que una biografía al uso, una imponente autopsia. No en vano, el blues brother puso todo su afán en morir joven y, a despecho del tópico, dejar un hórrido cadáver de 140 kilos.

Para llevar a cabo una empresa como la que acometió Woodward, resultaba de obligado cumplimiento dejar a un lado los adjetivos. Reparé en ello al poco de comenzar la lectura. Acostumbrado como estoy a tanto rizo extemporáneo, no me fue difícil apreciar que Belushi durmió, Belushi cantó, Belushi se drogó y Belushi, ay, soñó. En realidad, la aspiración del autor no solo pasaba por la elisión de los adjetivos, sino también de los nombres. Le alcanza, en efecto, con el relato alucinado de un trozo de carne atravesando la noche en busca de su propio reflejo.

En la madrugada de la muerte de Belushi, pasaron por su bungalow del Chateau Marmont, donde el cómico había fijado su residencia (o, por mejor decir, su ataraxia), jovenes airados como Robert de Niro o Robin Williams, estrellas en ciernes por que por entonces cabalgaban Los Ángeles a salto de snif.

Sostiene Woodward en un sinnúmero de pasajes que la llamada a tal o cual proveedor de cocaína o heroína se produjo a las (cito al bulto) tres y veintisiete minutos de la madrugada. Resultaría obsceno no preguntarse cómo Woodward se atreve a incrustar en el texto esos ‘veintisiete’. La respuesta son 217 entrevistas mas un exhaustivo escrutinio de agendas, diarios, listados telefónicos, cartas, fotos, registros de hotel, facturas de limusinas, recibos de taxi… Dos años y medio de trabajo en que el bisoño ayudante John Ward Anderson desempeñó una función crucial.

Sea como sea, la exactitud en el manejo de los datos no es un alarde preñado de fanfarronería, sino el nítido recordatorio de que el sintagma ‘periodismo de precisión’ es un pleonasmo.

John Belushi actuaba al tiempo que se pinchaba y al tiempo que comía y al tiempo que dormitaba y al tiempo que… ¿follaba? No. La gran aportación de Woodward a la historia universal de lo escabroso es la confirmación de que el sexo de los drogadictos es fútil, accesorio, morcillón. Digámoslo ya: el eslogan “sexo, drogas y rock and roll” es una de las mentiras más solemnes que adornó el siglo XX. Así y todo, y puesto que incluso el más tétrico de los drogadictos siente de tarde en tarde una vaga pulsión animal, Woodward es consciente de que no cabe la posibilidad de escurrir el bulto. ¿Y cómo logra encarar lo que no puede ser sino irrelevante? Sobre todo, recurriendo a unas elipsis monumentales. John Belushi y Fulana de Tal llegan a casa de ella sobre las cinco. Belushi se va a las ocho y cuarto. Esos saltos temporales despliegan un alud de imágenes en que se entrevé un fardo temblón arremetiendo en vano contra un pubis de bandera. El sudor baldío, la inapelable y agónica renuncia.

En el bungalow del decadente Marmont, Belushi recibía a tipos con los que había trabado amistad eterna tres días antes, camellos que le bailaban el agua y, en general, un carrusel fantasmagórico que, durante días, fue asistiendo en riguroso directo a su desplome. Salvo Dan Aykroyd (con quien formó un dúo para la posteridad en The Blues Brothers, traducida en España como Granujas a todo ritmo) y Robert de Niro (que ocupaba una habitación en el mismo hotel y mostró algo semejante a una preocupación sincera por su colega), quienes acompañaron a Belushi en sus últimas horas eran hombres y mujeres tan terminales como él.

La forma como Woodward organiza ese material entraña un riesgo fascinante. Al segmentar el texto en cada uno de los días postreros de Belushi (1 de marzo, 2 de marzo…), Woodward ciñe el relato a una pauta cronológica que, en puridad, es inexistente. No en vano y en su metódica carrera hacia el abismo, vemos a Belushi implorar el afecto de su mujer a horas intempestivas, aguantar hasta cuatro días sin dormir, asistir a largas reuniones de trabajo en las que termina por desplomarse, rememorar los días del show televisivo Saturday Night Live con el mismo aire crepuscular con que Gloria Swanson reclamó su lugar en el olimpo.

Ya en ese instante, el cómico lenguaraz, geniudo e irreverente no es más que un desecho corroído por la paranoia, la soberbia, el odio. Con todo, Woodward atrapa con suma habilidad el deje conmovedor que aflora en algunas de las habladurías de Belushi. Y ultima el reto de contar su vida exagerada sin incurrir en juicios simplistas ni encomendarse al filón de las señales premonitorias. Con esa rara bonhomía que en ocasiones brota de la frialdad.

A Judy, la viuda de Belushi, le desagradó la obra de Woodward. Este comprendió su reacción: “Demasiada verdad”.

(Acompañaría la lectura con Granujas a todo ritmo, titulada absurdamente The Blues Brothers en Estados Unidos. Mi recomendación, no obstante, es rehuir el ‘visionado’ y cualquier otra forma de consumo gafapasta. De lo contrario el film se autodestruye, como sucede con la mayoría de los films que festonearon la infancia, y cuyo recuerdo debe preservarse en el más riguroso de los olvidos. Lo dijo Bola de Nieve y no seré yo quien le enmiende la plana: “Seré en tu vida lo mejor/ de la neblina del ayer/ cuando me llegues a olvidar/ como es mejor el verso aquel/ que no podemos recordar”. Disfruten pues de Granujas como yo disfruto de las películas de Bruce Lee: con el televisor callado, dejando que el salón se pueble de fantasmas.)

Como una moto. La vida galopante de John Belushi, de Bob Woodward / Granujas a todo ritmo, de John Landis

Pepe Albert de Paco: Españolitos (II)


Una foto falsa, desde luego. Si abriéramos el encuadre se apreciaría que Miss España y Miss San Gervasio están sobre los peldaños de una escalera. Y que él (metro setenta y cuatro tirando largo), está dos peldaños por encima de ella (metro ochenta y dos de españolía). Lo que veríamos, en fin, no es esa elegante carátula de duetos a lo Frankie y Nancy, sino el cartel de una película de Esteso. Por lo demás, en mis pesquisas sobre la autoría de Little Spain equivoqué el tiro. No caí en que el diseño de ese blog, tan delicado (¡tan poco Spain!), sólo podía ser obra de Verónica Puertollano, lo que aclara bastante las cosas. Curiosamente, hoy mismo, a propósito del viejo País,  Puertollano y Gervi hablaban sobre cómo la pulcritud y la simetría camuflan la vulgaridad, sobre cómo la grisura urbana (urbana, sí, ese es el adjetivo que les ha faltado para abrochar la faena) tiene un efecto hipnótico. Conste que no es eso lo que opino del blog, del que deberían escribirse doscientos que glosaran su audacia. Lo que también aclara bastante las cosas.

Y ahora atiéndanme.

Es cierto que yo estuve en la boda donde se tomó la foto de Arcadi Espada y Andrea Huisgen. Se casaba el hijo de Puri Losada y, qué demonios, el invierno ha sido largo. Pero tan cierto es eso como que yo no vi que Arcadi estaba dos peldaños por encima de Andrea. Quien sí lo vio fue Patricia Jacas, la autora de la fotografía. O coautora; Steve Jobs también tiene algo que ver en todo esto. El caso es que Patricia se acercó a mí y me dijo:

—Es que además se ha puesto de tal modo que parece que sea igual de alto que ella.

El muy cabrón, pensé yo.

Lo de Esteso tampoco es idea mía. Fue idea de Juan Carlos Girauta. Verán, antes de que Arcadi se hiciera tomar esa foto (se hiciera ‘hacer’ esa foto, más bien), Juan Carlos y yo nos hicimos tomar unas cuantas, hacer unas cuantas. Se trataba de enviárselas a Arcadi para que él, a su vez, se las enviara a Little Spain (por entonces, todavía creíamos que Espada y Little eran inteligencias diferentes). Se trataba, lo admito, de pasar a Little por la cara que por mucho que vacilara de Spain no había nada tan Spain como tener una foto con Miss Spain. Hay quien se divierte quemando containers, qué quieren que les diga. El caso es que, después de una de las fotografías que nos hicimos tomar Juan Carlos y yo, Juan Carlos dijo: “Tengo la impresión de que hemos hecho el numerito de Pajares y Esteso”. Tenía razón, claro.

Respecto a la conversación entre Espada y Puertollano, a ellos pertenece (y pertenece por entero, claro, aunque también estén por ahí Reinhard Gäde y Fermín Vílchez).

Quiero decir que la mayoría de las veces, escribir no es ir sudando ideas geniales, sino ir recogiendo fragmentos de genialidad que, evidentemente, tienen dueño, pero que al rozarse con otros fragmentos de genialidad pasan a ser propiedad del que propicia esa fricción, del que escribe, del muñidor, del que los ha sabido ensartar en algo parecido a un relato.

Los resultados no siempre coinciden con lo que uno desea. Yo no había previsto, por ejemplo, que al final de esta columna Andrea Huisgen quedara como una de esas estatuas de las Ramblas, que es lo que en efecto parece y no es. Y esa es la enseñanza final que, casi obligatoriamente, uno debe extraer de cualquier texto: siempre son una derrota. 

Pepe Albert de Paco: Españolitos


No bien supe de Little Spain empecé a preguntarme quién andaría detrás del cataloguillo. Por entonces, creí que el enigma se resolvería en un pestañeo: dado que ahí se hablaba de personajes como José Tomás y Raúl Tamudo, de lugares como el Pueblo Seco y Los Juanele, di por hecho que el autor sería alguno de los sospechosos habituales. La primicia, como es costumbre en este pueblo, la dio Arcadi Espada, que aludió a “un querido amigo, que pide no ser identificado por razones obvias”, donde ‘obvias’ invitaba a pensar precisamente lo contrario, esto es, que Espada era cómplice de la farsa. Boadella, por cierto, quedó descartado en el instante en que Little entró en un bar de la calle Aragón a ver el Madrí, y antes que Boadella había caído Girauta, cuya indiferencia respecto a la fiesta nacional no conoce mesura. En el caso de Girauta, no obstante, obtuve una íntima confirmación: “Olvídalo, Juan Carlos es del Barça”. Entretanto, cada nuevo cadáver de Little me resultaba más familiar que el anterior: El Vaso de Oro, Tickets, La Central… Tanto, que una noche de fiebres me desperté entre delirios, jurándole a la almohada que Little no era yo. Quien no parecía delirar fue el periodista Marcel Gascón:

“Pepe, això que estàs fent és magnífic, disfrute molt amb cada post i algun dia faré un peregrinatge barcelonés per totes les teues littles spains.
De veritat, enhorabona, i disfruta molt d’aquests llocs. Haver-los donat el gust de la clandestinitat és dels pocs mèrits de l’oficialisme català i progressista.Ara me’n recorde d’una visita al Camp Nou. Ens quedàrem a Ciutat Badia a casa d’una Loli de Màlaga que era cartera, quan els funcionaris eren nacionals. I ens deixava entrar un porter de l’estadi de nom Navarro, originari de Cañete de las Torres i parent del meu amic Pacheco, avui rei sense corona de les tasques de Chamberí.
Una abraçada”

Volví a Espada. Un querido amigo. Ahí está la clave, me dije, en ‘un querido amigo’. Y empecé a bisbesear esas tres palabras en busca del fogonazo que me llevara a la verdad, mas fue en vano.

El sábado, al pasar el dedo por la etiqueta del tinto Figuero, caí en la cuenta de que en la mayoría de los lugares que Little dejaba a mi puerta había estado antes con mi amigo Oriol Trillas. Él mismo se encargó de desbaratar mis sospechas tras asomarse al 3 Food People & Music:

“Éste es el bar al que fuimos Vero, tú y yo. Y de retroespaña cañí tiene lo mismo que yo de culé. Me parece que a éste se le está acabando el repertorio.”

Poco antes de eso, y azuzado por una angustia que empezaba a cobrar visos sartrianos, había dejado donde Little un comentario elogioso con la esperanza de que el autor respondiera y, de paso, mostrara su rostro. No hubo respuesta.

Hace un rato, mientras revolvía el puré de patatas, he ido dando forma, casi sin querer, a algo parecido a un redondel que, a medida que la noche se cernía sobre la ciudad, se ha ido confundiendo con una plaza de toros. El de Galapagar, decía el segundo post. Y he recordado que, cuando José Tomás reapareció en Barcelona, su apoderado, Salvador Boix, brindó la exclusiva a Espada, que dio en su blog el pertinente aviso. La misma secuencia, exactamente la misma, que siguió Little para darse a conocer.

Enfermo de barcelonía, recorro los lugares en los que Little ha dejado su muesca, observando con perspicacia oriental a comensales y bebedores, embriagado con la sola posibilidad de respirar el mismo aire que respira nuestro hombre. ¿Nuestro hombre? ¿Y si se tratara de una hidra? ¿Y si Little fuera Espada, Boadella, Girauta, Trillas, Gascón, Boix… todos juntos a una vez, como un autor colectivo?

Si fuera, en fin, un espejismo amasado con los prejuicios del sintagma nosotros.

Preferiría no saberlo.