Opinión Portero delantero

José María Albert de Paco: Cuatro instantes cinexín — El cine como patria sin sobresaltos

Smoke

Hace poco quise saber qué había sido de Smoke, en qué rompeolas yacían sus restos. Tras verla de nuevo, habría de preguntarme dónde yacen los míos. Ya el monólogo de William Hurt nos lleva a retreparnos en el sofá, a aguzar los sentidos ante lo que asemeja el preámbulo de una tormenta de sutilezas. No en vano, esa disertación sobre el peso del humo es una efusión lírica con que Paul Auster, guionista y codirector del filme, alude a la naturaleza de su propio estilo, al hecho de que sus postales neoyorquinas sean eso mismo, una conversación disoluta, un torrente de aventis apenas gobernado por la cadencia con que se van liando los cigarrillos. Soy humo, nos dice Auster, puro humo, pero no yerren el tiro: también el humo es susceptible de pesaje, de cierto grosor filosófico. Auster. Mis pleitos con él, que los hubo, provienen de un antiguo entusiasmo que, en el caso de la película que nos ocupa, sigue intacto, lo cual me anima a pensar (de forma un tanto optimista) que acaso el estupor en que me sumieron sus últimas novelas tenga más que ver con la deriva del autor que con mis recelos. Entre las columnas y humaredas que, en un sentido casi periodístico (de dominical, si quieren), jalonan Smoke, la del álbum de fotos de Auggie es mi predilecta; aún hoy tiendo a verla como un bumerán que el azar devuelve en forma de genial precuela. El álbum en cuestión, compuesto de cuatro mil fotografías tomadas a diario a la misma hora y en la misma esquina de Brooklyn, tiene algo de antecedente de los blogs y es, a su manera, un hermoso blog analógico; máxime teniendo en consideración que Harvey Keitel, a cuyo cuidado están esas fotografías, nos recuerda que el sentido profundo de ese blog tiene que ver con la posibilidad de ser algo más que el dependiente de un estanco. «Yo creía que eras solo estanquero», observa Hurt. «Nadie es solo una cosa», repone Keitel. Por esa misma razón escribo yo. A cada conversación, con cada una de esas humaredas, el argumento da un salto a un territorio inédito cuyo mar de fondo es la vicisitud de narrar lo vivido. ¿Adónde nos lleva el blog de Auggie? A la cámara con la que va tomando las fotografías, y que sugiere que Auster, en fin, es uno de esos autores para quienes la luna importa tanto como el dedo que la señala; así, el personaje de Auggie echa a volar el relato de cómo consiguió la cámara. Y Auster, señalando al dedo que señala la luna, remata la película con la escenificación de ese mismo relato. El mostrar sigue al declarar, sí, pero no siempre los desvelos incurren en redundancia; menos aún cuando el autor ha logrado la hazaña de llevar la acción a un horizonte en el que lo que de veras importa es la fricción del lenguaje, ese tribalismo de hoguera que nos lleva a contar y recontar cuanto somos y que acaso atenúa la tragedia de vivir.

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3 comentarios

  1. césarirazábal

    Excelente elección.Pequeña corrección: la marca del whisky en el discurso del juez en El secreto de sus ojos,es Old Smuggler, y no Osburne. Gracias y salud!!

  2. Estupendo artículo, me ha dado ganas de volver a ver Smoke. Creo que hay una pequeña errata en la transcripción del monólogo del Juez Fortuna, lo que pidió el sujeto en el almacén del pueblo fue una botella de Old Smuggler. ¡Saludos!

  3. Como salmantino expatriado me ha hecho gracia ese cartel taurino que cuelga en el apartamento de la Fonda y el Redford.
    Gracias por el artículo, que ha sido el mejor acompañante para este primer café del sábado.

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